Divulgar en prisión

Hace unos días se publicó la noticia sobre la tercera edición del programa de divulgación científica en centros penitenciarios, una iniciativa impulsada desde la Universidad de Castilla‑La Mancha y coordinada con gran sensibilidad y profesionalidad por Cristina Rodriguez Yagüe. Al leerla, no pude evitar detenerme un momento y pensar en todo lo que este proyecto ha significado para mí.

He tenido la suerte de participar en las tres ediciones desde que comenzó. Tres años entrando en un espacio donde la rutina pesa, donde el tiempo parece discurrir de otra manera, y donde, precisamente por eso, la ciencia puede abrir pequeñas ventanas de aire fresco. Cada sesión se convierte en una oportunidad para hablar, escuchar, aprender y, sobre todo, compartir.

Lo que sucede en esos espacios no se parece a nada que ocurra en un campus universitario. El interés es directo, sin adornos; las preguntas, profundas y a menudo desarmantes; la curiosidad, sorprendentemente viva. Allí la divulgación adquiere otro sentido: ya no es solo transmitir conocimiento, sino construir puentes, deshacer prejuicios y descubrir que la ciencia también puede ser una herramienta de inclusión y dignidad.

Es una experiencia diferente y profundamente enriquecedora. Siempre salgo con la sensación de haber recibido más de lo que he dado. Y, por supuesto, seguiré participando siempre que Cristina me lo pida. Su compromiso, su capacidad para coordinar, su confianza y su visión hacen que este programa sea mucho más que una actividad de divulgación: es una apuesta real por la educación, la cultura y las segundas oportunidades.

Comparto este pequeño texto con el deseo de que más iniciativas como esta sigan creciendo. Porque la ciencia tiene que llegar a todas partes. También, y quizá especialmente, allí donde menos se espera.

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