EL PESO DEL MUNDO:


ECO-ANSIEDAD Y LA BÚSQUEDA DE ESPERANZA EN TIEMPOS DE COLAPSO.

Cada vez que recorro las riberas de nuestros ríos, ahora tan frecuentemente menguantes, no puedo evitar reflexionar sobre la peculiar relación que hemos establecido con el planeta. En mis investigaciones sobre política hídrica, analicé cómo «los actores políticos actúan mediante un determinado sistema de ideas» (Comunicación y Educación, 2007). Hoy, ese sistema de ideas incluye una nueva dimensión: el miedo existencial al colapso ecológico.

Me sorprende observar cómo la crisis ambiental se ha instalado no solo en los debates públicos, sino en la intimidad de nuestras psiques. Lo que comenzó como preocupación se ha transformado en lo que algunos denominan eco-ansiedad – esa sensación de estar cargando con el peso de un mundo que se desmorona. Y me pregunto, ¿no será esta ansiedad el síntoma de una relación rota, no solo con la naturaleza, sino con nuestro propio lugar en el cosmos?

Recuerdo una conversación particularmente iluminadora con un grupo de jóvenes investigadores. Uno de ellos me confesaba sentirse como en aquellos relatos mitológicos donde un personaje carga con el peso del cielo. Me hizo pensar en cómo hemos pasado de entender la naturaleza como algo que nos trasciende a verla como una responsabilidad agobiante. Esta transformación me recuerda lo que analicé en mi trabajo sobre comunicación científica: el paso del «antropocentrismo ilustrado» a una suerte de hiper-responsabilidad paralizante.

Lo paradójico es que, mientras más sabemos sobre la magnitud de la crisis, menos capaces nos sentimos para actuar. Es como si el exceso de información, en lugar de empoderarnos, nos hubiera sumido en lo que podríamos llamar la parálisis del conocedor. Esto me evoca aquellas sesiones parlamentarias que estudié, donde «la discusión sobre grandes temas de principios apenas acapara el 5% del debate» (Comunicación y Educación, 2007), ahogada por consideraciones técnicas inmediatas.

Me fascina observar cómo diferentes comunidades están desarrollando lo que podríamos denominar prácticas de esperanza activa. En algunos pueblos de montaña que visité recientemente, he visto cómo los habitantes han convertido el miedo al deshielo en proyectos concretos de recuperación de acequias tradicionales. No se trata de negar la gravedad de la situación, sino de encontrar en la acción local un antídoto contra la impotencia global.

Esto me hace recordar lo que descubrí en mi investigación sobre política hídrica: que «el principal motor del cambio se produce en la interacción social». Tal vez la solución a la eco-ansiedad no esté en buscar respuestas individuales, sino en tejer redes de cuidado mutuo donde el peso del mundo pueda repartirse entre muchos hombros.

Me pregunto si no estaremos confundiendo la naturaleza del problema. La crisis ecológica no es solo una cuestión técnica que requiera mejores tecnologías, sino lo que podríamos llamar una crisis de significado – hemos perdido la capacidad de habitar el mundo con sentido, de encontrar nuestro lugar en el gran tejido de la vida. Como señalé en mis trabajos sobre comunicación, tendemos a privilegiar «la razón instrumental frente a la razón respecto a fines».

En mis talleres con educadores, suelo plantear una pregunta que me parece crucial: ¿cómo preparar a las nuevas generaciones para un futuro incierto sin transmitirles ni un optimismo ingenuo ni un pesimismo paralizante? La respuesta, me atrevo a sugerir, podría estar en lo que he denominado pedagogía del arraigo esperanzado – aprender a habitar el presente con plenitud mientras trabajamos por futuros mejores, aceptando que no tenemos todas las respuestas pero podemos seguir haciendo preguntas significativas.

Al final, quizás la lección más importante la encontremos en aquellos saberes tradicionales que estudié en comunidades rurales: la idea de que cuidar el mundo no es una carga, sino un privilegio; no una tarea que completar, sino una relación que cultivar. Como escribí en mis conclusiones sobre política hídrica, a veces el cambio más profundo comienza cuando «descargamos de ideas incorrectas» y recuperamos visiones más sabias de lo que significa ser humano en un planeta vivo.


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