LOS ALGORITMOS QUE EDUCAN:


¿NUEVOS MAESTROS O REPRODUCTORES DE DESIGUALDAD?

Cuando contemplo el panorama educativo actual, no puedo evitar recordar aquellas largas sesiones de análisis de discurso parlamentario que realicé para mi investigación doctoral. Entonces estudiaba cómo los debates sobre el agua revelaban tensiones profundas entre diferentes visiones del mundo. Hoy, esos mismos patrones se repiten en un ámbito aparentemente más técnico: los algoritmos educativos.

Me pregunto, ¿Qué ocurre cuando delegamos en sistemas automatizados la delicada tarea de evaluar potenciales humanos? En mi trabajo sobre alfabetización digital ya advertía que «las pautas de actuación educativas deben impulsar el crecimiento del código abierto» (Rivas et al, 2014), pero la realidad que observo es bastante más compleja. Las plataformas educativas que prometen personalizar el aprendizaje están creando lo que podríamos denominar destinos algorítmicos – trayectorias formativas predeterminadas que condicionan el futuro de los estudiantes desde edades tempranas.

Recuerdo un caso particularmente revelador que analicé recientemente. En un instituto de educación secundaria, el sistema de recomendación algorítmica sugería consistentemente itinerarios de formación profesional a estudiantes de origen inmigrante, mientras orientaba hacia el bachillerato a sus compañeros de perfil socioeconómico más favorecido. ¿Estamos ante una nueva forma de segregación, ahora revestida de objetividad técnica? Esta situación me evoca lo que documenté en la política hídrica española, donde «la percepción del agua como recurso ilimitado es interpretado en dos perspectivas distintas» (Comunicación y Educación, 2007) según los intereses de cada coalición.

Lo fascinante -y a la vez preocupante- es que estos sistemas operan bajo un velo de neutralidad científica. Como señalé en mis investigaciones sobre comunicación científica, existe una tendencia a «considerar el dato desnudo de contexto como generador de una ilusión de objetividad» (Cisneros Britto, s/f). Pero, ¿realmente podemos capturar la riqueza del talento humano en variables cuantificables? ¿No estaremos perdiendo precisamente aquello que hace única a cada persona en nuestro afán de medir y clasificar?

Durante los talleres que he dirigido con docentes, surge recurrentemente una inquietud profunda. Muchos educadores sienten que se están convirtiendo en meros supervisores de procesos decididos en lugares remotos, por ingenieros que nunca han pisado un aula. Esta desprofesionalización silenciosa me recuerda las tensiones que estudié entre los técnicos de confederaciones hidrográficas y los agricultores, donde la experiencia local a menudo chocaba con los modelos centralizados.

Pero quizás lo más intrigante es la paradoja temporal que observamos. Mientras los sistemas educativos tradicionales preparaban para un mundo estable, los algoritmos actuales entrenan para un presente perpetuo. Como reflexionaba en mi trabajo sobre alfabetización digital, necesitamos formar ciudadanos capaces de «recoger, organizar, evaluar y generar información» (Rivas et al, 2014), pero los sistemas automatizados parecen empeñados en crear consumidores pasivos de contenidos predigeridos.

Me pregunto si no estaremos repitiendo, en el ámbito educativo, aquellos errores que critiqué en la gestión del agua: privilegiar la eficiencia inmediata sobre la sostenibilidad a largo plazo, optar por soluciones técnicas que eluden debates de fondo sobre qué sociedad queremos construir. Después de todo, como escribí en mis conclusiones sobre política hídrica, «el cambio de paradigma no es tecnológico, sino cognitivo».

Frente a este panorama, se me ocurre que necesitamos con urgencia lo que podríamos llamar espacios de deliberación algorítmica – foros donde educadores, familias, estudiantes y sí, también desarrolladores, puedan examinar colectivamente estas herramientas no como productos terminados, sino como artefactos culturales que reflejan valores y visiones del mundo. Tal vez así logremos lo que propuse en mi investigación doctoral: que el cambio en las políticas no sea solo superficial, sino que emane de «un cambio en el sistema de valores de los actores».

Al final, la pregunta crucial sigue siendo la misma que me hacía al estudiar los conflictos por el agua: ¿sabemos realmente hacia dónde queremos ir, o nos estamos limitando a optimizar el camino hacia lugares que no hemos elegido conscientemente?


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