Sobre Suspended y Búnker, de Mona Hatoum. White Cube. Publicado en Parataxis. 12/03/2011

El mundo se compone de ciudades autónomas e interconectadas. Los lugares intermedios han sido borrados: campos, bosques, desiertos, océanos, cordilleras son redefinidos como espacios vacíos, espacios a saltar o espacios a preservar como lugares de huida, de interrupción de la realidad. Las ciudades son lo único que importa: en ellas se genera la realidad por medio del movimiento, la producción constante, el consumo frenético. En las guerras sólo las ciudades importan: puertos, carreteras, industrias, yacimientos son sólo relevantes en tanto dan acceso a o son accesibles desde las ciudades.
Los individuos se desplazan de unas ciudades a otras e interactúan con otros individuos utilizando medios de comunicación físicos o virtuales. Hay individuos que pueden utilizar las vías rápidas para llegar a lugares reconocibles y ser ellos mismos reconocidos. Y otros individuos que se ven obligados a utilizar accesos clandestinos, transitar espacios inhóspitos y llegar a lugares marginales donde se pierden a sí mismos. En la zona media: quienes invierten su tiempo, estudiantes y artistas, el proletariado emprendedor. La vida de los individuos es la vida de las ciudades, pero la vida de cada individuo constituye una mera anécdota para el sistema que las ciudades componen.
La red de las ciudades es tan poderosa que ni siquiera la desaparición de una ciudad afectaría significativamente al equilibrio de la totalidad. Y en esa totalidad cada ciudad lucha por tener un protagonismo que ya no se basa en su fundamentación física o histórica, sino en su puro dinamismo y en la relación con las otras. En la pugna de las ciudades, fundamentos e identidades se convierten en valor de cambio. El control de los flujos y su administración se convierten la principal tarea de quienes las gobiernan.
Como las ciudades que Marco Polo describió a Kublai Khan en el libro escrito por Italo Calvino, las ciudades contemporáneas son invisibles. Pero son también indescriptibles: se hurtan a la admiración del viajero y lo que verdaderamente importa de ellas ya no es representable como imagen, sino sólo comprensible como movimiento.
En Suspended, Mona Hatoum crea una totalidad en equilibrio y en movimiento. El movimiento interno de las ciudades y el movimiento sistémico de flujos y reajustes generados por los juegos de poder entre ellas ha sido sustituido por el ligero balanceo de los columpios que se mueven sin ser tocados debido al desplazamiento de aire que los visitantes producen al caminar entre ellos.
La belleza de la imagen derivada de la presencia de esa multiplicidad de columpios en movimiento, de la percepción del ritmo de las líneas y sus intersecciones imaginarias, se ve cuestionada de forma inmediata por la inscripción de los planos sobre el panel de fibra. Ya no se mira: se abandona la actitud de espectador-a para tratar de descifrar las inscripciones. El/la visitante-viajero-a puede recorrer ahora la instalación como un-a turista en busca de los referentes de cada uno de los mapas: la identificación será posible en función de los conocimientos y las experiencias de cada uno. La disposición aleatoria de los mapas ciudades dificulta la localización de las ciudades así como su identificación. Hasta advertir que éste no es el juego interesante o más bien que lo interesante aquí no es el juego. Y es que el mapa de cada ciudad es el mapa de cualquier ciudad y su localización geográfica resulta insignificante.
Los mapas inscritos sobre los paneles producen recortes arbitrarios, que reducen la mayor parte de las ciudades a sus centros. Manzanas, avenidas, ríos, costa, parques se combinan en configuraciones diversas, pero arrojan el mismo silencio. Difícilmente esos planos nos permitirán adivinar ni mucho menos comprender la vida que las habita.

Son ciudades flotantes, invisibles, no porque no puedan ser vistas, sino porque aquello que de las ciudades es visible no es lo que las define ni mucho menos aquello que son (por más que los administradores y agentes de poder de las ciudades contemporáneas se empeñen en crear nuevas identidades mediante la visibilidad de la arquitectura, la ingeniería y el diseño). Tampoco la distancia física entre las ciudades nos dice nada de la distancia real que media entre ellas (que puede ser nula para algunos e insalvable para otros). Y su localización en un determinado país o región no resultan completamente determinantes, pues cada ciudad puede contener en sí la totalidad del sistema en distintas proporciones.
La imagen del parque infantil, la imagen inocente de los columpios, podría ser interpretada como una invitación al juego. Pero no ocurre así: esta instalación no es como otras que incitan al espectador a participar, a convertirse en niño, y a veces también a ver comprometida su capacidad crítico-discursiva. En este caso esa invitación se ve inmediatamente desviada hacia otro tipo de exigencia, hacia otra pregunta.
Lo-as visitantes de la exposición, que tienen los pies en el suelo, quedan sobrecogidos por la levedad y la inestabilidad del sistema que ello-as mismo-as habitan: un mundo de transacciones virtuales, un mundo de turistas, un mundo de migrantes, un mundo aparentemente sin fronteras que exhibe la ligereza de la población flotantes (la excitación de quienes se lanzan a una potencialidad casi ilimitada de encuentros e interacciones) y esconde el dolor de quienes habitan los espacios intermedios y los espacios borrados, la deslocalización de aquellos que no pueden usar las vías de comunicación rápidas, aquellos que quedan en la zona de tránsito o en la zona de exclusión, fuera o dentro de las ciudades, y que no son visibles en los mapas.


En la planta sótano de la galería, Mona Hatoum propone otra instalación titulada Bunker. Aquí una ciudad es reconstruida mediante tubos de hierro que reproducen a escala edificios emblemáticos de Beirut. En contraste con la liviandad de Suspended, Bunker presenta un espacio pesado, de muerte y de memoria, donde tan fuerte como el color del metal y la sensación de peso de la estructuras es el olor de ese material que ha sido atacado con herramientas de fuego para producir agujeros y grietas. Una vez más, el visitante debe dar un paso más allá de la belleza de las formas, del juego de la luz y la opacidad, de la pesadez y el vacío, para formular sus preguntas.
El contraste con Suspended no deriva solo de las formas y los materiales: se ha producido un cambio de escala que afecta físicamente al visitante; ya no paseamos imaginariamente por los intersticios del sistema como totalidad, sino por las calles invisibles de una ciudad abandonada y descolocada. Si en Suspended se borraba el mapa del mundo para descontextualizar fragmentos de mapas urbanos, en Bunker se borra el mapa urbano para descontextualizar las maquetas de grandes edificios que pueden funcionar o haber funcionado como iconos de modernidad. Son edificios concebidos como espacios que reproducen la autonomía misma atribuida a la ciudad, espacios que hacen innecesarios el uso de la calle. Si las ciudades suspendidas ponen en evidencia la marginalidad de los espacios intermedios (borrando intencionalmente las fronteras que no para todos existen), Bunker pone en evidencia la borradura de la calle y del espacio público, al mismo tiempo que muestra el fracaso de aquello que hace innecesaria la calle: esa construcción racional, moderna, inhóspita.


Hay algo desconcertante en el uso de un material inadecuado para la producción de maquetas. Si fuera de un material sintético, remitirían a un espacio de proyección, un espacio futuro, y mostrarían la dimensión positiva de la modernidad: una ficción de modernidad asociada a la construcción racional. Y si fueran de madera su olor introduciría además la memoria del bosque o del campo en el proyecto mismo de la ciudad desnaturalizada. Serían estructuras provisionales, cuyo único sentido sería el de anunciar los espacios reales de habitabilidad. El hierro dificulta la imaginación de la provisionalidad, pero también imaginar un futuro distinto. Se ha subvertido la utilización de los materiales porque se ha invertido la mirada: ahora tenemos estructuras de hierro que no remiten al futuro, sino al pasado, que es además un pasado de fracaso. Paradójicamente, estas maquetas están forjadas para persistir: no sólo para que persista la memoria de la destrucción, sino también para denunciar la persistencia de los proyectos de anulación de los espacios públicos y de los lugares de comunicación intersubjetiva y política en beneficio de la creación de islas y espacios autónomos que en cualquier momento pueden ser atacados y destruidos.
La tercera sala que cierra el itinerario de la exposición añade un material nuevo: el papel. Otra vez mapas, pero en este caso mapas heridos con círculos concéntricos en forma de sutiles depresiones y motas geométricas situadas en lugares aleatorios. Son ciudades castigadas por las guerras recientes: Beirut, Kubul, Bagdad. Nada podemos aprender de ellas con una mirada externa, a no ser que nos inclinemos para leer y pongamos en marcha la memoria o la imaginación, que nunca suplirán la experiencia de las calles, las conversaciones y las presencias.


Lo que nos muestran estos planos es una operación realizada por cirujanos que no se han molestado en comprender el organismo sobre el que estaban interviniendo, o más bien que no han considerado la posibilidad de contemplar la dimensión orgánica de su objeto. Un proyecto caprichoso, en el que la misma precisión que sirve al valor estético actúa como denuncia de la ignorancia y la torpeza. Esas figuras meticulosamente recortadas de acuerdo a un platón repetido despiertan nuevas preguntas: ¿qué calles ha inutilizado el bisturí al trazar sobre el papel cada uno de los arcos que conforman los círculos que permiten la elevación o el hundimiento estético?, ¿cuántas tuberías y cables ha cortado?, ¿qué pared ha destruido?, ¿qué puerta ha bloqueado?, ¿qué vida ha segado? ¿Cuánto tiempo será necesario para que nos acostumbremos a las cicatrices y para que la vida continúe en ellas, sobre ellas o con ellas?
Fibra, hierro, papel: tres materiales para producir preguntas sobre nuestra experiencia de las ciudades, sobre nuestra experiencia del viaje, de la migración, de la comunicación, de la responsabilidad política. No hacen falta explicaciones: todo está a la vista, pero la belleza de la imagen, la emoción de la impresión no son más que una invitación al verdadero viaje. Ahora releo Le città invisibili, y llego nuevamente a ese (falso) final en que Marco Polo le dice a Kublai Khan: “El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”. Para esta tarea, poco ayudan los mapas, las maquetas y los proyectos; es el tiempo de la generosidad: la mirada debe alternarse con la presencia, el silencio con el hacer y la palabra con la escucha.
José A. Sánchez, Londres, marzo 2011