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Os dejo mi última colaboración en Nueva Alcarria:

El hombre es un ser social y, en la convivencia social, el ser aceptado constituye una necesitad casi tan vital como comer o respirar. Es terrible esa sensación de estar aislado, repudiado, de ser un extraño en un territorio hostil que a veces es la escuela, el trabajo… o tu propio país. Porque lo que importa es ser “uno de los nuestros” cueste lo que cueste, aunque suponga la integración en el ambiente que tan bien retrató Scorsese en la película que da nombre a este artículo.

El domingo hay elecciones en Cataluña, y la atmósfera que se respira recuerda mucho a un thriller de esos en los que no ganan los buenos, pero pierden todos. Vemos en las noticias calles tomadas por radicales para los que no funcionan toques de queda ni de civismo, atacando hoy a unos, ayer a otros, mañana a todos los que no piensan como ellos, porque son dispensadores de cédulas de demócratas a golpe de palo o piedra.

Aparecen carteles electorales más propios de una novela de Dickens, con un exministro de sanidad con aspecto de enterrador, que es una paradoja macabra; o con independentistas que llevan como punto fuerte de su delirio electoral la promesa de violar la legalidad, con la amenaza y la mentira como herramientas.

Y encima, elecciones con el miedo sobre el miedo. Miedo al resultado, que termine de quebrar la frágil convivencia en una Cataluña dividida. Y miedo a que en el camino no sólo haya contagios de estupidez y malevolencia, sino también de COVID, que no puedes ver a tus padres, pero si al presidente de la mesa electoral.

En la locura surrealista que vivimos parece que ahora los jueces o la Junta Electoral son culpables por hacer cumplir la ley. Porque, recordemos, las elecciones se convocaron durante la vigencia de un estado de alarma, a sabiendas de lo que podía pasar, con limitaciones serias de las libertades individuales y colectiva, pero que no contempla la suspensión de las elecciones. Si vas a 180 por la carretera no puedes decir “¡ahí va!” cuando te encuentras la cosechadora en la curva.

La ley establece las causas para suspender el derecho al voto, que son tasadas y no abiertas y dispuestas a la ocurrencia de cualquiera: ahora no votas porque tienes COVID y mañana porque no me gusta lo que votas… Y la ley no contempla que te nieguen el derecho a votar porque estás enfermo.

Lo más penoso es que el señor con aspecto de enterrador de novela de Dickens pudo cambiar la ley para permitir la suspensión de las elecciones, articular formas de votar que respetaran derecho de sufragio y seguridad y tantas otras cosas que echamos de menos a diario. Y no lo ha hecho porque no ha querido. Porque cuando han querido, han volado para aprobar leyes que, seguramente, hubieran necesitado otra pensada o más consenso.

Así que el día de San Valentín confiemos en que la Moreneta nos ampare, y de paso la Virgen del Pilar, que nos pilla de camino. Y por supuesto, el Estado de Derecho, que es donde todos podemos sentirnos otra vez en casa.

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