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Sostenibilidad: ¿soluciones sencillas para problemas complejos?

María Ángeles Tobarra (MariaAngeles.Tobarra@uclm.es)

Ampliar el número de personas informadas y sensibilizadas acerca de los problemas medioambientales que nos afectan es, sin duda, uno de los objetivos fundamentales si realmente queremos generar cambios a largo plazo. Por un lado, porque es más fácil conseguir avances en políticas medioambientales cuando los políticos saben que esos temas son relevantes para un porcentaje significativo del electorado. Y por otro, porque otra parte importante de los cambios necesarios proviene de nuestras decisiones como consumidores. Sin embargo, eso genera diferentes problemas. Ante el bombardeo de información, ¿qué criterio usar para decidir qué temas son más relevantes, o acuciantes? ¿Debe centrarse la información en aquellos aspectos en los que podemos tomar decisiones a nivel individual? ¿Qué nivel de detalle o análisis deberíamos considerar?

A veces creemos encontrar un problema grave, que genera considerables daños medioambientales o sociales, y que podemos contribuir a su solución de forma decisiva. Pero, ¿hasta qué punto sirven las soluciones “fáciles” para resolver dichos problemas? Ejemplo reciente es el uso del aceite de palma, o su prohibición. Como todos sabemos, dicho aceite se utiliza de forma muy generalizada en numerosos productos alimenticios y estéticos, y en menor medida, como biodiésel. Y nos hemos enterado de ello gracias a las campañas alertando de los problemas medioambientales que genera. El aceite de palma se produce principalmente en zonas del Asia tropical, como Malasia e Indonesia (aunque también en algunos países africanos y americanos, como Colombia y Ecuador) y ello ha llevado a la deforestación de grandes extensiones de bosque tropical en zonas como Borneo, reduciendo el hábitat en el que habitan especies amenazadas, como el orangután. Gran parte de los productos que lo contienen son consumidos en países desarrollados como el nuestro.

Aceite de palma.
Aceite de palma.

Ante ello, la solución más inmediata parece clara: reducir drásticamente nuestro consumo de productos que utilicen aceite de palma. De ahí las peticiones para que se prohíba su utilización en productos vendidos dentro de la UE y la proliferación de productos que indican en su etiquetado que no utilizan este aceite. Sin embargo, un estudio reciente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza muestra que la realidad es más compleja de lo que parece. Y nos sirve para introducir un elemento general y fundamental en todas las discusiones sobre sostenibilidad: ¿qué alternativas son probables o deseables si tomamos una decisión sobre este producto?

Aunque este cultivo ha generado una importante deforestación concentrada en zonas limitadas (50% en Borneo), sólo supone el 0,5% de la deforestación mundial. Además, produce nueve veces más aceite por hectárea que la soja y siete más que el girasol, de forma que el aceite de palma supone el 35% de todo el aceite vegetal a nivel mundial, pero sólo ocupa el 10% de la Tierra. Y se trata de una importante fuente de ingresos en algunos países en desarrollo. Si se prohíbe su uso, ¿cuánta deforestación se producirá en otros sitios para producir la soja necesaria para sustituirlo? ¿Qué otras especies pondremos entonces en peligro? ¿Qué comunidades se beneficiarán y cuáles perderán?

Los autores del informen piden a la UE que no prohíba radicalmente este aceite, puesto que si lo hace dejará de tener voz y voto en su producción y comercio. Los otros consumidores, China e Indonesia, no van a fomentar las plantaciones de aceite de palma sostenibles. Y aunque éstas aún presentan graves deficiencias de funcionamiento, podrían contribuir a ser parte de la solución. Sobre todo, si sirve para reforestar algunas zonas previamente deforestadas, como en ciertas partes de la Amazonia brasileña. También aportar incentivos económicos a la protección de las especies en peligro. Mejorar la biotecnología para hacer más productivos otros cultivos es igualmente un elemento fundamental. Otro es reconsiderar el uso de biocombustibles frente a otras opciones, como la progresiva electrificación del transporte junto a la creciente generación de electricidad renovable.

En resumen, la sostenibilidad suele ser un equilibrio complejo entre necesidades sociales, económicas y medioambientales. Las soluciones rápidas y aparentemente fáciles no siempre producen los efectos deseados. Deben analizarse todos los factores en juego, así como las posibles alternativas. Y la opinión pública es un elemento tan importante de ese proceso que debe recibir suficiente información sobre las ventajas y desventajas de las opciones. Aunque eso complique el mensaje a transmitir y las decisiones a tomar.