{"id":4575,"date":"2021-06-25T12:20:00","date_gmt":"2021-06-25T12:20:00","guid":{"rendered":"https:\/\/blog.uclm.es\/joseasanchez\/?p=4575"},"modified":"2026-01-10T12:22:23","modified_gmt":"2026-01-10T12:22:23","slug":"a-nublo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blog.uclm.es\/joseasanchez\/2021\/06\/25\/a-nublo\/","title":{"rendered":"A Nublo"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading\">de <a href=\"http:\/\/Mar\u00eda Jerez\">Mar\u00eda Jerez<\/a> y Edurne Rubio<\/h4>\n\n\n\n<p>Kaaitheater. Bruselas. 25\/06\/2021<\/p>\n\n\n\n<p><em>A Nublo&nbsp;<\/em>ten\u00eda que haber acontecido en enero pasado en Madrid. Se suspendi\u00f3 un par de d\u00edas antes de la presentaci\u00f3n por una incompatibilidad de los requisitos t\u00e9cnicos de la pieza con las medidas de seguridad COVID. Se present\u00f3 por fin en el Kaaitheater de Bruselas, que retoma ahora su actividad presencial despu\u00e9s de meses de confinamiento virtual. El protocolo sanitario en Bruselas establece que hay que entrar a la sala manteniendo la distancia y ocupar el asiento que se te asigne por orden de entrada, sin margen a la elecci\u00f3n personal, una molesta p\u00e9rdida de derechos asumidos provocada por un ser no humano y no vivo que, se dir\u00eda, nos quiere arrastrar hacia su modo de existencia, y que en cierto modo nos deshumaniza, si no fuera porque somos los humanos quienes aceptamos modificar nuestro comportamiento y renunciar a nuestras peque\u00f1as libertades cotidianas con el fin de proteger nuestra vida animal sin la cual tampoco existe nuestra vida social ni pol\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n<p>La extra\u00f1eza del protocolo hace que casi pase desapercibida la presencia de Edurne y Manah (que sustituye a Mar\u00eda) sobre dos plataformas en el patio de butacas. Son ellas las que silban, soplan y producen ruidos que amplificados se funden con otros que nos transportan a un paisaje sonoro, que poco a poco se va transformando tambi\u00e9n en un paisaje visual, un lugar donde sopla el viento y corre el agua, donde hay rocas y piedritas, \u00e1rboles y arbustos, granos y cortezas, p\u00e1jaros, roedores, reptiles, y donde predomina la oscuridad. Cuando todos los espectadores han entrado, ambas abandonan sus plataformas y se escabullen en las sombras cerradas que dominar\u00e1n la escena durante varios minutos. Ahora s\u00ed, es un bosque o un valle nocturno, poblado de seres simulados mediante ruidos producidos de forma no tan obvia. Tambi\u00e9n se escucha un grito, que podr\u00eda ser un graznido, pero que de ser humano a\u00f1adir\u00eda una tercera dimensi\u00f3n a la pieza: a la materialidad del teatro, de las int\u00e9rpretes y el resto del equipo y al mundo invisible que se va conformando gracias a sus acciones en la imaginaci\u00f3n del espectador se superpone ahora una dimensi\u00f3n metateatral, que es en parte de memorias cinematogr\u00e1ficas o audiovisuales, pues es dif\u00edcil que nuestras memorias f\u00edsicas puedan competir con \u00e9stas.<\/p>\n\n\n\n<p>Como estamos en un teatro, que es un lugar para ver, uno se esfuerza en atravesar la oscuridad del escenario en busca de figuras reconocibles, y \u00e9stas aparecen, casi como pistas falsas, gracias a iluminaciones tan tenues que lo que revelan no llega a ser significante y que nos devuelven a la escucha, y a la triple imaginaci\u00f3n: lo que cada ruido evoca, la intriga por averiguar c\u00f3mo est\u00e1 producido, y su sentido, que s\u00f3lo depende de su inscripci\u00f3n en fragmentos o microrrelatos que fugazmente se cruzan sin que&nbsp; d\u00e9 tiempo a aferrarlos.<\/p>\n\n\n\n<p>Por fin la escena se ilumina detr\u00e1s del tel\u00f3n de fondo, que al poco desciende, demasiado r\u00e1pido para un amanecer, lo cual ya nos advierte que este dispositivo no est\u00e1 concebido seg\u00fan nuestros tiempos y menos con el fin de producir el placer contemplativo. El descenso del tel\u00f3n descubre un sol tosco, un enorme foco con filtro amarillo que nos ciega. Uno no espera necesitar gafas de sol dentro de un teatro, y menos viniendo del mundo real, de una tarde lluviosa, de extra\u00f1o inicio veraniego, en una ciudad habitualmente no demasiado luminosa, pero en pocos momentos como \u00e9ste se echan de menos, as\u00ed que hay que recurrir a la mano como visera para poder seguir cumpliendo como espectador e intentar ver algo; ahora que por fin hay luz, tampoco podemos mirar, porque la potencia de ese proyector frontal, nos saca de la comodidad. La molestia comienza a amortiguarse cuando otro foco blanco corre lateralmente ante el amarillo para provocar moment\u00e1neamente un eclipse mec\u00e1nico, demasiado r\u00e1pido, con un ritmo que queda muy lejos de las mimesis&nbsp;<em>tecnonaturales<\/em>&nbsp;de Robert Wilson (como el ocaso de ne\u00f3n en&nbsp;<em>Einstein on the Beach,&nbsp;<\/em>1976), y que remite m\u00e1s a la presencia abrumadora de las cosas en las escenograf\u00edas mec\u00e1nicas de Heiner Goebbels en&nbsp;<em>Stifter&#8217;s Dinge&nbsp;<\/em>(2008). Tampoco puedo evitar la memoria del sol de&nbsp;<em>La mano feliz<\/em>&nbsp;(1913) de Sch\u00f6nberg y su sue\u00f1o de hacer m\u00fasica con los recursos de la escena, o los dise\u00f1os escenogr\u00e1ficos para esa misma obra de Oskar Schlemmer ya en 1930. Es como un viaje al pasado, treinta a\u00f1os atr\u00e1s, a la incitaci\u00f3n que me llev\u00f3 a escribir&nbsp;<em>Dramaturgias de la imagen&nbsp;<\/em>(1992). Claro que ahora no se trata de hacer m\u00fasica, ni de interrumpir el pensamiento discursivo en beneficio de lo sensible o de lo no verbalizable, sino de una indagaci\u00f3n en la materialidad misma de la escena y su correspondencia no mim\u00e9tica con la naturaleza (\u00bfdefinitivamente?) ausente.<\/p>\n\n\n\n<p>Por fin, la nube. Tan esperada por el t\u00edtulo y por las im\u00e1genes que anuncian la pieza. Resopla la m\u00e1quina detr\u00e1s del tel\u00f3n bajo, y la nube se conforma, con bellas formas que obstruyen moment\u00e1neamente la luz del sol cegador. La nube amarilla se vuelve blanca. Crece gracias a nuevos resoplidos. Y a medida que avanza y se expande sobre la escena, el tono blanco adquiere matices azules. Cuando la nube comienza a flotar sobre los espectadores, ya suena el \u00abPreludio\u00bb de&nbsp;<em>Lohengrin<\/em>, que nos transporta a un teatro de \u00f3pera, y se van sumando nuevos colores, naranjas, magentas. Deber\u00eda ser un momento de placer, y sin duda hay belleza en la imagen, pero la nube no deja de ser humo surgido de una m\u00e1quina de humo, que de vez en cuando resopla, su colorido complejo y cautivante no deja de ser efecto de la iluminaci\u00f3n por una hilera bien visible de focos en un lateral del escenario, y su avance no se da entre el cielo y la tierra, sino entre el techo t\u00e9cnico del teatro y la platea de espectadores, que quisieran abandonarse al disfrute, pero que no lo consiguen del todo, atrapados en la extra\u00f1eza y en parte convertidos ellos mismos en elementos del paisaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Incluso en su desintegraci\u00f3n, el humo coloreado produce momentos hipn\u00f3ticos: la nube deja de ser nube y se transforma en tela, de tacto sedoso y reflejos volubles. Pero todos los fen\u00f3menos naturales pasan, como pasan las horas del d\u00eda, inexorables, y en esta pieza todo pasa m\u00e1s r\u00e1pido de lo que cabr\u00eda esperar. Porque a esa especie de aurora boreal sucede sin previo aviso una tarde desapacible, inquietante, y uno no sabe si es el viento el que agita las hojas, quiebra las ramas, desplaza la tierra y hace que las cosas caigan y se rompan, o es que por fin ha comenzado la pel\u00edcula y nos adentramos en el escenario de un crimen, un crimen que se va a cometer, o uno que se est\u00e1 cometiendo, o que quiz\u00e1 ya se haya cometido y estamos entonces a punto de encontrarnos el cad\u00e1ver, o el asesino. O puede no ser la escena de un crimen, sino un paisaje afectivo, el escenario de una experiencia en la que un personaje invisible se est\u00e1 enfrentando, m\u00e1s all\u00e1 de nuestra pantalla imaginaria a la frustraci\u00f3n, a la soledad insoportable o simplemente se ha perdido y le agobia su desorientaci\u00f3n. S\u00f3lo que no hay personajes, son escenarios posibles para una escena sin personajes. Y es que nos resulta tan dif\u00edcil aceptar que las cosas tienen su propio tiempo, que las cosas hacen al margen de nuestros deseos, nuestras percepciones, nuestros sentimientos. Afortunadamente, no hay tiempo para el estupor filos\u00f3fico ni para la angustia metaf\u00edsica y, como este paisaje es tan mec\u00e1nico como natural, ni siquiera las m\u00e1s tenebrosas imaginaciones dejan de ser divertidas, y ah\u00ed seguimos dentro y fuera de una pel\u00edcula sin principio ni fin, que es mera r\u00e1faga sugerida, pura inestabilidad, producto de un viento inconstante que hace que se descuelguen cables, caigan telas, oscilen las varas de luz en el telar, tambi\u00e9n sobre nuestras cabezas, rojas, como en una tarde amenazante, pero ineluctablemente seca. Es ahora cuando el paisaje esc\u00e9nico revela m\u00e1s claramente su naturaleza material: es el movimiento de las cosas y las m\u00e1quinas lo que se hace presente m\u00e1s all\u00e1 de cualquier imaginaci\u00f3n o cualquier referencia. S\u00f3lo que las figuras humanas no han desaparecido del todo, est\u00e1n ah\u00ed, entre bastidores, detr\u00e1s de las telas, en lo alto de la caja esc\u00e9nica o al fondo de la sala, en el control t\u00e9cnico, y son sus manos y sus actos los que dotan de vida propia a las cosas, y son ahora esas dos dimensiones las que se superponen: una dimensi\u00f3n en que las cosas se mueven por s\u00ed mismas produciendo im\u00e1genes y sonidos y una dimensi\u00f3n en las que un grupo de personas escondidas entre las sombras activan, sueltan, empujan, regulan, &nbsp;tensan, desplazan e incluso corrigen invadiendo furtivamente la escena cuando alguna de esas cosas supuestamente vivas no realiza el movimiento que se esperaba de ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Y se desata la tormenta. Bajan del telar ventiladores industriales. Caen sobre el proscenio cortinas pesadas, como gigantescas alas de cuervo. Y a las sensaciones t\u00e1ctiles que antes provoc\u00f3 el humo se a\u00f1ade ahora la del aire impulsado con fuerza desde la escena hacia la platea. Es un despliegue poderoso, aunque afortunadamente no llega a caer el agua desde el techo, la representaci\u00f3n puede ser casi tan bella como la naturaleza, pero nunca tan agresiva ni tan peligrosa. Claro que no se trata de competir con la naturaleza, sino de instalarse en la extra\u00f1eza, en jugar con la potencia de los cuerpos humanos y de las cosas para producir imaginaciones fugaces, para compartir la consciencia de nuestra vulnerabilidad, pero tambi\u00e9n el poder de nuestra inventiva l\u00fadica. Las cosas, por otra parte, son incluso m\u00e1s fr\u00e1giles que nosotros: incapaces de remediar sus errores, de repetir lo que hacen mal, tan susceptibles de romperse o de dejar de funcionar y quedar entonces a expensas de que alg\u00fan humano las repare o las devuelva al movimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Calmada la tormenta, Edurne y Manah aparecen de nuevo en escena. Antes de que d\u00e9 tiempo a esperar nada, avanzan hacia el patio de butacas y comienzan a atravesarlo. Los ventiladores industriales siguen siendo visibles, y yo los asocio a los que sirven para impulsar los barcos en las zonas pantanosas, donde la escasa profunidad del agua impide el uso de h\u00e9lices con motor, y se debe recurrir al impulso de las astas del ventilador con el aire. Es una memoria de una serie infantil, vista hace d\u00e9cadas la que ahora se activa para que el avance de Edurne y Manah sobre las butacas me parezca el de quienes avanzan por un pantano, teniendo que alzar mucho las piernas para sacarlas del barro, o para saltar sobre la vegetaci\u00f3n, o simplemente para vencer la resistencia del agua. Claro que podr\u00eda ser tambi\u00e9n un avance sobre la nieve, sobre una ladera volc\u00e1nica o sobre una superficie cenagosa, o simplemente, sobre un patio de butacas.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta que desaparecen, disolvi\u00e9ndose de nuevo entre las sombras, regresando a su ser furtivo de inventoras y art\u00edfices de fen\u00f3menos atmosf\u00e9ricos teatrales, tan lejos de la naturaleza como de la representaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Al salir del teatro, caminando de vuelta al centro, escuch\u00e9 el sonido de un avi\u00f3n y supuse que era Edurne produci\u00e9ndolo con uno de sus efectos especiales de tecnolog\u00eda precaria. E imagin\u00e9 que los coches que avanzaban por la avenida se mov\u00edan solos, que nadie los conduc\u00eda. Tard\u00e9 un rato en comprender que normalmente las cosas no se mueven solas, o a veces s\u00ed, pero dif\u00edcilmente con la intensidad y con la potencia con que se mueven las cosas en ese inquietante paisaje vespertino llamado<em>&nbsp;A Nublo<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 A. S\u00e1nchez<\/p>\n\n\n\n<p>Bruselas, 26 de junio de 2021.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero como ya estamos hablando de lo grande y lo peque\u00f1o, voy a exponer mis opiniones, que probablemente divergen de las de muchas otras personas. Considero grande el soplo del viento, el murmullo del agua, el crecimiento de los cereales, la ondulaci\u00f3n del mar, el verdor de la tierra, el brillo del cielo, el resplandor de las estrellas; la tormenta que se acerca grandiosa, el rayo que hiende las casas, la tempestad que agita las olas, el monte que escupe fuego, el terremoto que sepulta comarcas; todo eso no lo tengo por m\u00e1s grande que los fen\u00f3menos anteriores (&#8230;) Cuando el g\u00e9nero humano estaba en la infancia y sus ojos espirituales a\u00fan no ten\u00eda contacto con la ciencia, se dejaba impresionar por lo cercano y llamativo y se llenaba de amor y admiraci\u00f3n; pero cuando se le revel\u00f3 su sentido, cuando la mirada empez\u00f3 a dirigirse al nexo causal, los distintos fen\u00f3menos fueron descendenciendo cada vez m\u00e1s y la ley fue elev\u00e1ndose cada vez a mayor altura, las maravillas cesaron, el prodigio aument\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Adalbert Stifter, \u00abPrefacio\u00bb (1852) a&nbsp;<em>Piedras de colores,&nbsp;<\/em>Pre-textos, Valencia, 2018, pp. 8 y 10.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>de Mar\u00eda Jerez y Edurne Rubio Kaaitheater. 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