{"id":312,"date":"1997-09-11T20:10:14","date_gmt":"1997-09-11T19:10:14","guid":{"rendered":"http:\/\/blog.uclm.es\/joseasanchez\/?p=312"},"modified":"2025-06-23T10:26:14","modified_gmt":"2025-06-23T10:26:14","slug":"el-ladron-de-miradas-1997","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blog.uclm.es\/joseasanchez\/1997\/09\/11\/el-ladron-de-miradas-1997\/","title":{"rendered":"El ladr\u00f3n de miradas"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading\">Un cuento para Antonio P\u00e9rez<\/h4>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image alignright size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"355\" height=\"446\" src=\"https:\/\/blog.uclm.es\/joseasanchez\/wp-content\/uploads\/sites\/195\/1997\/09\/Antonio-Perez.-Sobresaura.-Ladron-de-miradas.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-3167\" style=\"width:266px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/blog.uclm.es\/joseasanchez\/wp-content\/uploads\/sites\/195\/1997\/09\/Antonio-Perez.-Sobresaura.-Ladron-de-miradas.png 355w, https:\/\/blog.uclm.es\/joseasanchez\/wp-content\/uploads\/sites\/195\/1997\/09\/Antonio-Perez.-Sobresaura.-Ladron-de-miradas-239x300.png 239w\" sizes=\"auto, (max-width: 355px) 100vw, 355px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p>Relato publicado en el&nbsp;cat\u00e1logo de la exposici\u00f3n&nbsp;Antonio P\u00e9rez&nbsp;<em>El<\/em> <em>objeto encontrado.&nbsp;<\/em>C.A.M., Valencia, 1997, pp. 9-28.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Durante muchos a\u00f1os, Antonio P\u00e9rez ha mantenido en c\u00edrculos privados el secreto de sus robos. Es un vicio que contrajo muy joven y que, a pesar de las advertencias de sus amigos, fue incapaz de abandonar. Un d\u00eda, paseando por el campo, encontr\u00f3 un grupo de vilanos desprevenidos y le asalt\u00f3 la tentaci\u00f3n; sin pens\u00e1rselo dos veces, los captur\u00f3 y los encerr\u00f3 en un bote de cristal transparente. Tanto le gust\u00f3 el resultado que, aun siendo consciente de que algo il\u00edcito hab\u00eda en su acci\u00f3n, decidi\u00f3 probar nuevamente fortuna y salir a la caza de objetos.<\/p>\n\n\n\n<p>A decir verdad, sus primeros hurtos casi no pueden ser considerados como tales: un biciclo inservible, una silla torcida, algunas latas, material de construcci\u00f3n&#8230; Pero a Antonio no le importaba el valor que otros les concedieran, sent\u00eda un placer inclasificable cuando, sentado en su sill\u00f3n de mimbre, dej\u00e1ndose llevar por una m\u00fasica de jazz que le recordaba sus correr\u00edas por Par\u00eds, miraba y remiraba los objetos que poco a poco empezaban a acumularse en una habitaci\u00f3n de su casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Antonio P\u00e9rez es un ladr\u00f3n paseante. Data de hace algo m\u00e1s de treinta a\u00f1os su costumbre del paseo diario. Los vecinos en ning\u00fan momento vieron nada extra\u00f1o en \u00e9l. Cuando pasaba ante su puerta, le saludaban, a veces charlaban e, inevitablemente, se dejaban enga\u00f1ar por esa simpat\u00eda campechana con la que Antonio astutamente camuflaba sus malvados prop\u00f3sitos. Mientras hablaba con alguien no dejaba de lanzar miradas furtivas a su alrededor: hacia el suelo, hacia las vallas que delimitaban los terrenos de cultivo, hacia los indicadores del camino&#8230; De pronto, localizaba algo, su mirada chispeaba; su interlocutor, desconcertado, elevaba el tono de su voz, creyendo que la emoci\u00f3n de su culto vecino era debida al inter\u00e9s que despertaba en \u00e9l su conversaci\u00f3n; ajeno a ella, Antonio, despiadadamente, planeaba con fruici\u00f3n su siguiente robo. Alguna vez no pod\u00eda evitar agacharse o desplazarse unos pasos para tocar o alzar del suelo el objeto escogido, y aquella reacci\u00f3n nerviosa estuvo a punto de delatarle en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n. Conten\u00eda su ansiedad hasta la noche, y cuando \u00e9l calculaba que todos estar\u00edan dormidos, volv\u00eda furtivamente al lugar elegido y perpetraba su crimen.<\/p>\n\n\n\n<p>Los amigos m\u00e1s \u00edntimos, a quienes mostr\u00f3 su primera colecci\u00f3n, no dieron demasiada importancia a esta inclinaci\u00f3n de Antonio, pensando que, al fin y al cabo, los objetos robados apenas si ten\u00edan valor. Esto no impidi\u00f3, no obstante, que muchos de ellos, sin advertir (o sin querer advertir) lo il\u00edcito de todo el proceso, le ofrecieran un intercambio con obras legalmente adquiridas u honestamente producidas. En esos casos, \u00e9l siempre reaccionaba de la misma manera, escandaliz\u00e1ndose de que pudieran tener inter\u00e9s en aquellas tonter\u00edas suyas y neg\u00e1ndose a admitir durante minutos, horas, e incluso d\u00edas, los canjes propuestos. Internamente, Antonio, \u00fanico conocedor del alcance de su delito, se regocijaba con la ingenuidad de sus amigos y urd\u00eda planes m\u00e1s ambiciosos para el futuro.<\/p>\n\n\n\n<p>Los m\u00e1s escrupulosos comenzaron a sentirse algo molestos cuando vieron aparecer en las estanter\u00edas de la casa de P\u00e9rez mu\u00f1equitos, juguetes infantiles, miniaturas&#8230; Que no, que no, que aquello lo hab\u00eda comprado, se justificaba el ladr\u00f3n ante sus escandalizados visitantes (quienes lo imaginaban penetrando en los cuartos de los ni\u00f1os de sus hu\u00e9spedes en busca de nuevas piezas para su colecci\u00f3n). Poco le importaba a P\u00e9rez que lo creyeran en este punto, embarcado como estaba desde hac\u00eda meses en un nuevo proyecto m\u00e1s fascinante que los anteriores. Harto de coleccionar seres inanimados, huellas, cabezas de animales o v\u00edsceras fosilizadas, hab\u00eda resuelto lanzarse a la captura de cabezas humanas. Al principio, se le ocurri\u00f3 encerrar los rostros en ratoneras, para lo que se hizo con una gran variedad: cepos de hierro, con agujero de madera, jaulas cuadradas, jaulas con c\u00fapula&#8230; Pronto abandon\u00f3 la idea y opt\u00f3 por atraparlas en latas, encajarlas en ladrillos, pegarlas sobre paneles o aplastarlas bajo cristales.<\/p>\n\n\n\n<p>Por las noches, a Antonio le gustaba enfrentarse a su nueva colecci\u00f3n al ritmo de diversas m\u00fasicas y observaba los diferentes efectos que sobre ellas produc\u00edan los acariciantes sonidos del saxo de Coltrane y las voces ambiguas de los castrati de Monteverdi. Fue precisamente escuchando un oratorio de este gran compositor italiano, Vespro della Beata Vergine, como se le ocurri\u00f3 el modo de llevar m\u00e1s all\u00e1 su pr\u00e1ctica transgresora. Jugar\u00eda con lo irreverente y dar\u00eda as\u00ed rienda suelta a una de sus m\u00e1s repetidas fantas\u00edas infantiles. Primero se hizo con una nueva colecci\u00f3n de estampillas, altares en miniatura y otros objetos del g\u00e9nero, que coloc\u00f3 junto a sus juguetes, sus caras atrapadas y las figuras er\u00f3ticas que fue adquiriendo al mismo tiempo. Despu\u00e9s pas\u00f3 a la acci\u00f3n propiamente dicha. Tuvo que hacer amistad con algunos curas, quienes creyeron ver en la aproximaci\u00f3n de P\u00e9rez a ellos un indicio de una posible reconversi\u00f3n a la fe, una vuelta al redil (y ya se sabe que los conversos tienen muchas opciones a la santidad). C\u00ednicamente, Antonio jug\u00f3 con la buena fe de los p\u00e1rrocos locales, y en tanto estos se esforzaban por ganar para la causa cat\u00f3lica a tan respetado ciudadano (lo cual les supondr\u00eda un amplio reconocimiento parroquial e incluso diocesana), \u00e9l se dedicaba a localizar durante sus paseos algunos de los objetos m\u00e1s preciados por los fieles: una mitra, varios copones divinos, y hasta un sudario. \u00bfQui\u00e9n pod\u00eda pensar que aquel simp\u00e1tico y letrado se\u00f1or, que tan largas y amables peroratas manten\u00eda con los curas locales, exhib\u00eda en un cuarto de su casa aquellos objetos de culto, en medio de otras muchas reliquias de religiones id\u00f3latras, como la griega o la azteca o alguna africana, a los que s\u00f3lo ten\u00edan acceso un selecto grupo de amigos tan agn\u00f3sticos como \u00e9l mismo?<\/p>\n\n\n\n<p>Fue el se\u00f1or de enfrente, don Antonio Saura, que ya hab\u00eda cre\u00eddo ver algo muy inquietante en la colecci\u00f3n de caras que un d\u00eda con todo misterio le hab\u00eda ense\u00f1ado su preocupante vecino, quien le advirti\u00f3 sobre las consecuencias que pod\u00eda tener aquel camino emprendido con la profanaci\u00f3n de objetos religiosos. Bien es cierto que no se trataba de objetos aut\u00e9nticos, ni siquiera de copias id\u00e9nticas de los mismos, pero hab\u00eda algo en ellos que convert\u00eda la acci\u00f3n de Antonio en algo profundamente inmoral. P\u00e9rez lo sab\u00eda desde el primer momento; Saura, con su penetrante inteligencia, hab\u00eda intuido que all\u00ed se escond\u00eda un secreto inconfesable. Tan mal le pint\u00f3 el futuro don Antonio a Antonio, que \u00e9ste opt\u00f3 por hacer acto de contrici\u00f3n y asegurarle a su amigo que intentar\u00eda liberarse de la tentaci\u00f3n y acabar de una vez por todas con aquel vicio, que por otra parte, le estaba haciendo descuidar sus obligaciones profesionales. Don Antonio satisfecho al comprobar el efecto de su autoridad moral sobre el ladr\u00f3n, fue incapaz de adivinar en el fondo de sus ojos la nueva idea que se le estaba ocurriendo al incorregible P\u00e9rez.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfC\u00f3mo no hab\u00eda ca\u00eddo antes en ello?, se dijo a s\u00ed mismo en cuanto el se\u00f1or de enfrente abandon\u00f3 su casa, cruz\u00f3 la calle y entr\u00f3 en la suya. Ser irreverente no ten\u00eda ning\u00fan m\u00e9rito, puesto que \u00e9l no cre\u00eda en lo sagrado de los objetos que sustra\u00eda. Era una transgresi\u00f3n puramente formal. En cambio, si en vez de apropiarse de objetos religiosos, robaba obras de arte, entonces s\u00ed que experimentar\u00eda el m\u00e1ximo placer del crimen, pues s\u00f3lo el arte ten\u00eda para \u00e9l un valor absoluto. \u00a1Qu\u00e9 mayor delito que traicionar la confianza de sus amigos y robarles sus creaciones art\u00edsticas!<\/p>\n\n\n\n<p>A partir de aquel d\u00eda, Antonio P\u00e9rez dedic\u00f3 sus paseos a la b\u00fasqueda de obras de arte. Encontr\u00f3 y rob\u00f3 sin contemplaciones esculturas, pinturas y dibujos de Baselitz, Rothko, Mir\u00f3, Flavin, Vald\u00e9s, Duchamp, Pagola, Navarro, Morandi, Giacometti, Ernst, Tapies, Andr\u00e9, Beuys, Bu\u00f1uel, Millares y, sobre todo, de don Antonio Saura. Aquellas obras se fueron acumulando junto a los objetos inorg\u00e1nicos, los org\u00e1nicos, los juguetes, las caras, las im\u00e1genes sagradas y las er\u00f3ticas, compartiendo espacio con las otras obras, firmadas, las que sus amigos le hab\u00edan regalado, o las que \u00e9l mismo hab\u00eda adquirido por procedimientos legales. Los pintores que acud\u00edan a su casa intentaban mostrarse entusiasmados ante la colecci\u00f3n de Antonio; sin embargo, interiormente no pod\u00edan evitar una desaz\u00f3n, una angustia cuya causa no acertaban a explicarse a s\u00ed mismos: a fin de cuentas, aquellas obras no eran originales, y tampoco eran falsificaciones. \u00bfQu\u00e9 pod\u00edan objetar?<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta que Saura lo descubri\u00f3. Todo comenz\u00f3 un d\u00eda en que un afamado cr\u00edtico (cuyo nombre omitiremos) visit\u00f3 la casa de P\u00e9rez y se entusiasm\u00f3 por una escultura, que \u00e9l atribu\u00eda a un c\u00e9lebre artista espa\u00f1ol. Antonio, que ve\u00eda en ello una oportunidad para dar un paso m\u00e1s en su trayectoria delictiva, le sigui\u00f3 el juego, y la obra, por su mediaci\u00f3n, fue vendida a un importante museo de arte contempor\u00e1neo. El enga\u00f1o no dur\u00f3 mucho: los especialistas lo descubrieron cuando la pieza estaba a punto de ser instalada en una de las salas y avisaron de ello al renombrado cr\u00edtico. No queriendo reconocer su equivocaci\u00f3n, pero alarmado por las consecuencias que podr\u00eda tener aquel nuevo atrevimiento de Antonio, decidi\u00f3 pedir consejo a Juan Manuel Bonet, quien inmediatamente lo puso en conocimiento de Saura. \u00c9ste, que desde hac\u00eda mucho tiempo sospechaba algo oscuro en el comportamiento de su amigo, propuso que sin esperar un solo d\u00eda visitaran a P\u00e9rez en su casa<\/p>\n\n\n\n<p>Intentaron mostrarse corteses: hablaron de arte, de literatura, de conocidos vivos y muertos&#8230; A Antonio no se le escapaba la intenci\u00f3n de sus amigos, como no se le escapaban las miradas furtivas aqu\u00ed y all\u00e1, hacia las obras firmadas y hacia las no firmadas. Se cortaba la tensi\u00f3n, y \u00e9l disfrutaba con ella. Sab\u00eda que aquel d\u00eda todo se desvelar\u00eda, pero no estaba preocupado, al contrario: por fin podr\u00eda compartir su secreto, y aquello le inundaba de satisfacci\u00f3n. Lo que m\u00e1s le divert\u00eda era ver el gesto del se\u00f1or de enfrente, ocultando el esfuerzo por averiguar la clave de todo aquello, con su enorme inteligencia trabajando al m\u00e1ximo rendimiento. Se produjo un silencio. Bonet, entre Antonio y don Antonio, no se atrev\u00eda a intervenir. Saura estaba perplejo. Mientras miraba fijamente los ojos de su amigo, no sal\u00eda de su asombro. \u00bfC\u00f3mo pod\u00eda haber estado ciego durante tantos a\u00f1os? \u00bfC\u00f3mo \u00e9l pod\u00eda haberse dejado enga\u00f1ar por el otro? \u00a1Antonio P\u00e9rez le hab\u00eda robado la mirada! \u00a1Se la hab\u00eda robado a \u00e9l y a muchos otros artistas, con la misma facilidad que antes se la hab\u00eda robado a los curas y a los fieles y antes a\u00fan a los amantes, a los ni\u00f1os y a sus buenos vecinos! Se hab\u00edan dejado robar durante a\u00f1os. Y ya era demasiado tarde.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella misma noche, Saura le cont\u00f3 a Bonet su descubrimiento, y entre los dos convocaron urgentemente a los afectados. Se reunieron poco despu\u00e9s en el mismo lugar y, por m\u00e1s que intentaron encubrir su llegada, desde la ventana de la casa de enfrente, P\u00e9rez, m\u00e1s divertido que nunca con todo aquel ajetreo, no dejaba de espiar sus movimientos. La reuni\u00f3n se prolong\u00f3 durante horas. Toda la noche la pasaron en vela discutiendo, mientras el contumaz P\u00e9rez se dejaba acunar por las limpias melod\u00edas del Don Juan de Mozart. Por fin, a la ma\u00f1ana siguiente, llegaron a un acuerdo. Se desconoce qui\u00e9n fue el autor de la idea, pero desde el momento en que surgi\u00f3, todos la aprobaron y la enriquecieron. S\u00f3lo hab\u00eda una forma de evitar que Antonio P\u00e9rez hiciera p\u00fablico el secreto de la mirada de cada uno de ellos y era: convertir al ladr\u00f3n en artista, un artista de objetos encontrados.<\/p>\n\n\n\n<p>P\u00e9rez acept\u00f3 sin problemas la propuesta de la embajada que hacia media ma\u00f1ana cruz\u00f3 la calle, encabezada, c\u00f3mo no, por el preocupado don Antonio. Y acept\u00f3 tambi\u00e9n la petici\u00f3n de cambiar los t\u00edtulos de las obras, de modo que la Naturaleza muerta de Morandi pas\u00f3 a llamarse Homenaje a Morandi y los cuadros de Saura fueron renominados Sobresauras. Consiguieron as\u00ed los pintores evitar la inc\u00f3moda situaci\u00f3n de verse convertidos p\u00fablicamente en heter\u00f3nimos del desaprensivo P\u00e9rez, quien, por otra parte, intentaba contener su risa para no herir a\u00fan m\u00e1s a los dolidos amigos. La primera exposici\u00f3n de objetos encontrados fue presentada en una importante sala de Madrid, aunque el concili\u00e1bulo de afectados impuso que el comisario no fuera un cr\u00edtico ni un galerista, sino un hombre de teatro, lo cual a P\u00e9rez le pareci\u00f3 una ocurrencia felic\u00edsima.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero \u00a1qu\u00e9 buena fe la de todos aquellos que han cre\u00eddo vencer con esta estratagema lo que consideraban un vicio espont\u00e1neo del ahora c\u00e9lebre artista! Porque la voracidad de Antonio no tiene l\u00edmites y s\u00f3lo al cabo de varios a\u00f1os se podr\u00e1 saber hasta d\u00f3nde ha sido capaz de llegar su ambici\u00f3n profanadora. Lo cierto es que, despu\u00e9s de haber transformado en heter\u00f3nimos suyos a los artistas de su preferencia, ha resuelto hacer lo propio con los escritores.<\/p>\n\n\n\n<p>Aprovechando un rato en que, requerido por unos periodistas que quer\u00edan saber de su vida, Antonio me dej\u00f3 a solas en su biblioteca, hurgu\u00e9 en ella y descubr\u00ed su secreto a\u00fan no revelado. Tapados por fotograf\u00edas, cajas, obritas de sus amigos y otras muestras de su surtido bot\u00edn y camuflados entre libros de mayor envergadura, se encuentran algunos manuscritos de obras en su mayor\u00eda inacabadas, firmados por c\u00e9lebres autores como Proust, Machado, Cernuda, Faulkner, Hemingway, Woolf, Rulfo, Pavese&#8230; Lo m\u00e1s indignante del caso es que todos ellos presentan un rasgo en com\u00fan: el protagonista de las narraciones o de los poemas es siempre un personaje llamado Antonio P\u00e9rez.<\/p>\n\n\n\n<p>Apenas tuve tiempo de leer algunas de aquellas p\u00e1ginas. Pero los t\u00edtulos hablan por s\u00ed solos: P\u00edo Baroja firma Las inquietudes de Antonio P\u00e9rez y Francisco de Quevedo la Historia de la vida del busc\u00f3n llamado don Ant\u00f3n. Otros encierran, por lo que pude deducir, una biograf\u00eda fant\u00e1stica de nuestro personaje: su pretendido viaje a pie por los pueblos de Espa\u00f1a, relatado en tercera persona por Azor\u00edn, fragmentos de la vida bohemia en el Par\u00eds de los a\u00f1os cincuenta, esbozados por Cort\u00e1zar, o detalles de su colaboraci\u00f3n con el Partido Comunista, narrados por Mars\u00e9. M\u00e1s respetuoso se hab\u00eda mostrado con los libros de poes\u00eda, donde s\u00f3lo hab\u00eda introducido ligeras modificaciones para aproximar a s\u00ed los ambientes, las sensaciones, los sentimientos. En Prosa del transiberiano, de Blaise Cendrars, se lee la historia de un joven que acaba de perpetrar un robo y huye cruzando Eurasia hasta el otro lado del mundo a esconder su bot\u00edn; una frase se repite insistentemente: \u00abDis, Antoine, sommes-nous bien loin de Montmartre?\u00bb Y en Confesiones de un peque\u00f1o editor, hay un cap\u00edtulo titulado \u00abLa iron\u00eda\u00bb escrito con letra m\u00e1s en\u00e9rgica que los dem\u00e1s (tal vez porque Azor\u00edn se lo hubiera robado en parte anteriormente a Mallarm\u00e9); comienza as\u00ed: \u00abVamos a partir; la diligencia est\u00e1 presta. \u00bfAd\u00f3nde vamos? No lo s\u00e9; \u00e9ste es el mayor encanto de los viajes&#8230; Yo no he podido ver una diligencia a punto de partida sin sentir vivos deseos de montar en ella; no he podido ver un barco enfilando la boca del puerto sin experimentar el ansia de hallarme en \u00e9l, colocado en la proa, frente a la inmensidad desconocida.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Los robos m\u00e1s importantes, no obstante, no corresponden a grandes obras literarias, sino a libros de aventuras. As\u00ed, en Viajes misionarios e investigaciones en el sur de \u00c1frica, se descubre a Antonio P\u00e9rez explorando el territorio Boer y las regiones de Zambezi, hasta llegar a Quelimane en Mozambique. A\u00fan ha tenido la osad\u00eda de trucar una foto en la que se le ve al lado de Livingstone, en pose altiva, anulando la presencia del pobre explorador da\u00f1ado por los leones, quien pr\u00e1cticamente ha desaparecido tambi\u00e9n del texto. En A trav\u00e9s del continente oscuro, uno de los libros m\u00e1s acabados, en que narra sus viajes por el Congo, aparece otra fotograf\u00eda trucada, en la que se ve a Antonio, en este caso solo, vestido al modo decimon\u00f3nico, y nombrado con el siguiente pie: \u00abQuebranta rocas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>A juzgar por su tama\u00f1o, el texto al que m\u00e1s tiempo ha dedicado P\u00e9rez es la c\u00e9lebre novela de Daniel Defoe, a la que ha alterado -c\u00f3mo no- el t\u00edtulo. Comienza as\u00ed: \u00abNac\u00ed el a\u00f1o 1634, en la ciudad de Sig\u00fcenza, de una buena familia, aunque no&nbsp; oriunda de este pa\u00eds&#8230;\u00bb A continuaci\u00f3n, ha ido adaptando a su f\u00edsico y a su car\u00e1cter las descripciones y los acontecimientos narrados por Defoe, y lo ha realizado con tal maestr\u00eda, que la historia en su conjunto gana incluso capacidad de fascinaci\u00f3n traspuesta al vigoroso protagonista creado por el impostor. Lo m\u00e1s gracioso es que Robinson P\u00e9rez no se limita a procurar su supervivencia, sino que al mismo tiempo que construye su casa y el bote para poder abandonar la isla, va recogiendo piedras, ra\u00edces, huesos y otros restos con los que crea un museo imaginario en su r\u00fastico refugio, cuya venta, una vez que regresa a la civilizaci\u00f3n, le asegura una vida acomodada durante el resto de sus d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<p>Esto es lo que tuve tiempo de averiguar en mi apresurada exploraci\u00f3n de los manuscritos ocultos. La entrevista concluy\u00f3 y el sonido de los pesados pasos de Antonio en la escalera me movi\u00f3 a devolver r\u00e1pidamente el libro a su lugar. No s\u00e9 cu\u00e1ntos falsos textos m\u00e1s habr\u00e1 escondidos en esa enorme y ca\u00f3tica biblioteca. Lo \u00fanico que puedo decir es que la mayor\u00eda est\u00e1n inacabados, algunos apenas se componen de unas cuantas p\u00e1ginas, y otros se reducen al t\u00edtulo y un par de frases. A\u00fan hay tiempo, pues, para impedir la siguiente y m\u00e1s grande canallada del impostor. \u00bfQu\u00e9 ocurrir\u00eda si algunos de esos libros, cuidadosamente reescritos, salieran a la luz como ap\u00f3crifos? \u00bfNo podr\u00edan generar a\u00fan m\u00e1s confusi\u00f3n que su colecci\u00f3n de supuestos objetos encontrados? \u00bfY qu\u00e9 decir de los inventados en su totalidad por \u00e9l mismo y firmados con conocidos heter\u00f3nimos?<\/p>\n\n\n\n<p>Lo m\u00e1s sorprendente es la gran simpat\u00eda que el personaje, a pesar de sus fechor\u00edas, contin\u00faa despertando. \u00bfC\u00f3mo puede ser que sus amigos, a quienes ha traicionado, lo sigan queriendo tanto? \u00bfC\u00f3mo sus vecinos, los curas, las autoridades locales mantienen por \u00e9l tal afecto? \u00bfC\u00f3mo se explica ese constante peregrinar de intelectuales, m\u00fasicos y artistas hasta su casa en busca de su conversaci\u00f3n jovial y culta? \u00bfC\u00f3mo los responsables de salas y museos se disputan la exhibici\u00f3n del resultado de sus latrocinios? \u00bfSer\u00e1 realmente un genio? \u00bfNo me habr\u00e9 dejado yo mismo enga\u00f1ar por \u00e9l al fiarme de las notas garabateadas que encontr\u00e9 entre las p\u00e1ginas de un libro de Bioy Casares y que contaban la historia de un ladr\u00f3n de miradas? \u00bfEs Antonio P\u00e9rez ese personaje de poderosa cabeza, pelo blanco, andares bamboleantes, voz sonora, palabra r\u00e1pida y mirada inquieta que a diario se cruzan los habitantes y visitantes de la ciudad de Cuenca? \u00bfO existe otro Antonio P\u00e9rez, perverso, escondido en alguno de los rincones de la casa de enfrente, autor de todos los enga\u00f1os y cr\u00edmenes atribuidos al primero?<\/p>\n\n\n\n<p>En mi r\u00e1pido registro de su biblioteca, pude apropiarme de algunas cuartillas sueltas destinadas a engrosar sus manuscritos. Citar\u00e9, para concluir esta nota y como muestra del atrevimiento de nuestro personaje, el siguiente texto, robado a Jaime Gil de Biedma, en que Antonio se homenajea a s\u00ed mismo con motivo de su sexuag\u00e9simo cumplea\u00f1os:<\/p>\n\n\n\n<p>Algo de tu pasado, me dijiste<\/p>\n\n\n\n<p>que yo te devolv\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Horas alegres de los cincuenta,<\/p>\n\n\n\n<p>conversaciones, risas<\/p>\n\n\n\n<p>que en tu memoria son la juventud,<\/p>\n\n\n\n<p>la camarader\u00eda<\/p>\n\n\n\n<p>-pintores y poetas- de tu generaci\u00f3n,<\/p>\n\n\n\n<p>en el Par\u00eds de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo dije que lo bueno entre los dos<\/p>\n\n\n\n<p>y lo raro -t\u00fa ya te divert\u00edas<\/p>\n\n\n\n<p>antes de yo nacer-, es que aprendimos<\/p>\n\n\n\n<p>la historia de la vida<\/p>\n\n\n\n<p>en distinto ejemplar de un solo libro.<\/p>\n\n\n\n<p>Y que hemos hecho guardia en la misma garita.<\/p>\n\n\n\n<p>De viva voz, entonces,<\/p>\n\n\n\n<p>no me atrev\u00ed a decir que en ti ve\u00eda,<\/p>\n\n\n\n<p>algo de mi futuro,<\/p>\n\n\n\n<p>por miedo a una respuesta demasiado \u00edntima.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy -desde lejos- ya puedo ser sincero,<\/p>\n\n\n\n<p>y ego\u00edsta,<\/p>\n\n\n\n<p>a\u00f1adiendo: goza por muchos a\u00f1os,<\/p>\n\n\n\n<p>s\u00e9 feliz todav\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"http:\/\/creativecommons.org\/licenses\/by-nc-nd\/3.0\/es\/\"><\/a><br>Este texto est\u00e1 bajo una <a href=\"http:\/\/creativecommons.org\/licenses\/by-nc-nd\/3.0\/es\/\">licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Espa\u00f1a<\/a><\/p>\n\n\n\n<div class=\"personalpage-subtitulo\">\n<p><\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un cuento para Antonio P\u00e9rez Relato publicado en el&nbsp;cat\u00e1logo de la exposici\u00f3n&nbsp;Antonio P\u00e9rez&nbsp;El objeto encontrado.&nbsp;C.A.M., Valencia, 1997, pp. 9-28. Durante muchos a\u00f1os, Antonio P\u00e9rez ha mantenido en c\u00edrculos privados el secreto de sus robos. Es un vicio que contrajo muy joven y que, a pesar de las advertencias de sus amigos, fue incapaz de abandonar. 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