Archivo del Autor: FABIO MONSALVE SERRANO

Sobre riqueza e igualdad

Periódicamente, estamos acostumbrado a leer y escuchar titulares del tipo el X% de la población más rica acapara el Y% de la riqueza mundial o el Z% de la población mundial vive con menos de 1$ al día. Son titulares impactantes, dramáticos que reflejan el egoísmo sistémico del capitalismo y la anestesia moral del primer mundo. Pues bien, aunque todos esos titulares nos suenan ya a sabidos, el siguiento vídeo los presenta de una manera gráfica, distinta y, si cabe, más impactante. Merece la pena invertir 3,52 minutos en repensar en «como asignamos los recursos escasos eficientemente» y recordar la lección-advertencia de Stiglitz sobre los peligros revolucionario de la desigualdad y el consejo de Skidelsky sobre la buena vida.
Ps. El video está en Inglés, pero se entiende extraordinariamente bien.

Los «austeros» también se equivocan

Esta semana la blogosfera económica ha estado muy entretenida con los errores metodológicos y de cálculo de Reinhart y Rogoff, prestigiosos académicos y autores de un estudio de historia económica que venía a demostrar empíricamente la tesis de la «austeridad expansiva«. Este trabajo se había convertido en uno de los textos sagrados de los tecnócratas adalides de la austeridad… hasta esta semana.
Un nuevo estudio de Thomas Herdon, un estudiante de 28 años, avalado por sus profesores Ash y Polín, ha puesto al descubierto relevantes errores metodológicos y de cálculo en el trabajo de Reinhart y Rogoff, quienes no han tenido más remedio que reconocerlo. Esos sí, manteniendo que los pequeños errores en el cálculo no alteran, en lo sustancial la tesis central del artículo: elevadas deudas públicas se traducen en decrecimientos del PIB. Desde luego como actitud científica no tiene desperdicio. Planteo una hipótesis, la corroboro empíricamente (no dudo de la honestidad científica) y, cuando la demostración se confirma inválida, mantengo la conclusión principal. Ó parafraseando el conocido adagio periodístico: que la realidad no te estropee una buena tesis científica, máxime si encaja en la más pura ortodoxia económica.
No obstante, dado que la realidad se manifiesta tozuda, el «sostenella pero no enmedalla» se complica. El siguiente gráfico del, nada sospechoso, «the economist» parece contradecir la insistencia de Reinhart and Rogoff

Claramente se ve, como por debajo de deudas del 90%, los resultados de uno y otro estudio difieren en las magnitudes, pero no en el sentido del crecimiento; lo relevante ocurre en países con deuda muy elevada. Aquí ambos estudios muestra conclusiones radicalmente diferentes. Y, por el momento, el de Reinhart y Rogoff es el único estudio con errores demostrados. Por tanto, la pretendida generalidad científica de la austeridad expansiva, no se ve avalada por los hechos.
La consecuencia del dislate, no es menor. FMI y UE han articulado toda su estrategia económica anti-recesió, en torno a la verdad científica de la «austeridad». Si ya no es tan verdad, ¿recapacitarán nuestros «econocratas» y corregirán el rumbo? Me temo que no. Y eso, a pesar de que desde dentro del FMI ya se cuestionó a principios de año los efectos positivos de la austeridad, reconociendo que en sus estudios podrían haber subestimado el efecto de los multiplicadores fiscales y, por tanto, el impacto de la reducción del gasto público sobre la economía. Es cierto, que desde el FMI y la UE algunas voces reclaman más tiempo y menos austeridad para los ajustes pero, por el momento, desde Alemania no se afloja la cuerda.
Ya comenté en una entrada anterior que lo de la «austeridad expansiva» me sonaba a «Oxímoron poético». Una política austera, podrá ser beneficiosa (tengo mis dudas que siempre y en cualquier circunstancia) pero expansiva, lo que se dice expansiva nunca podrá ser. Mantener esta idea, no implica defender el gasto y el despilfarro, simplemente reconocer que a base de recortes exclusivamente no se puede crecer. La ciencia no lo avala (por el momento) y la realidad lo confirma.

El modelo Renta-Gasto pasado por agua.

Asistiendo a una conferencia en la Facultad de Economía de Cambridge, me encontré con una maquinaria ciertamente extraña para estar en un aula de Economía. A los pocos días, en una visita al Museo de las Ciencias de Londres, me topé con el mismo cacharro. En la etiqueta ponía «Phillip’s Economic computer» y según se describía era una máquina hidráulica para explicar el flujo circular de la renta. La máquina fue diseñada por el ingeniero, convertido en economista, Bill Phillips (1914-1975) y se construyeron 14 para dar clases de Economía. ¡Jesús, del amor hermosos! La pasión ingenieril británica no tiene límites, pensé. Abres un grifo, llenas una máquina de agua, ajustas unas válvulas según a los súbditos de su graciosa majestad les dé por consumir más o venirse a tomar el sol a Benidorm o a su gobierno por elevar los impuestos y ¡voila! tienes resumida la economía británica. Si no me creen, observen:

Y si les ha sabido a poco o les quedan dudas, aquí tienen una clase completa.
Para los alumnos y ex-alumnos de Introducción a la Economía, la idea les resultará familiar, pues la máquina representa el primer modelo sistemático de explicación de la realidad económica al que se acercan los alumnos al entrar en la aulas de cualquier facultad de Economía del mundo es el modelo Renta-Gasto que, en términos sencillos, relaciona la producción de un país con un múltiplo de la demanda esperada. Es decir, los empresarios producen lo que esperan vender a los consumidores, al gobierno y al resto del mundo. En otras palabras, la demanda que se espera en el siguiente período del ciclo determina la producción en el presente. O sea: Keynes en estado puro.
El modelo resulta atractivo por su capacidad explicativa a partir de unos supuestos sencillos y un álgebra aún más sencilla, tanto en economías simples como con sector público y exterior.
Hay quien considera que no es más que una formalización de la contabilidad nacional a posteriori y cuya presunta capacidad predictiva depende de algo tan intangible y poco cuantificable como los estados de ánimo (animal spirits); lo cual, en definitiva, no resultad de mucha ayuda para el que tiene que ajustar las válvulas (leáse el artífice de la política económica).
En cualquier caso, no me negarán que como innovación pedagógica mola un montón.

La familia, para lo bueno y para lo malo

Lo Malo.
Uno de los aspectos más comentados del denominado «informe Wert para la reforma universitaria» es el aspecto de la desfuncionarización del profesorado. Para los miembros de la «Comisión de Expertos para la Reforma del Sistema Universitario Español» (con excepción del voto particular) uno de los elementos que explicarían la baja posición (matizable, por cierto) de las universidades españolas en los rankings internacionales (aquí aquí) serían la falta de incentivos y competitividad asociados al sistema funcionarial. La Comisión deja traslucir cierta querencia por el modelo anglosajón en que los centros gozan de gran autonomía para contratar (y remunerar) a su personal, en la confianza de que la dirección fichará a los mejores pues de ello depende su propia supervivencia y la rendición de cuentas ante la sociedad.
El comentado programa Salvados «cuestión de Educación» reflejaba similar planteamiento al describir el sistema del profesorado finlandés. No hay carrera funcionarial, sino fichajes de los mejores, para ofrecer los mejores resultados ante la sociedad (y ocupar los puestos más altos en los rankings).
Indudablemente, estoy convencido de que en abstracto, un planteamiento gerencial y competitivo alienta la contratación de los mejores. No obstante, si algo nos ha enseñado la economía institucional es que las circunstancias importan. Y que, con demasiada frecuencia, la tozudez de la realidad destroza un excelente, elegante y científico modelo académico.

Pensemos ahora en la propuesta de «fichajes» por estos lares, donde los vínculos familiares son sagrados, la partitocracia política tiene una enorme capacidad de presión y donde las envidias, nos hacen recelar de la cualificación de cualquiera. Bueno, no hace falta que pensemos mucho: históricamente cerca tenemos la figura Galdosiana del Cesante, tan característica de la alternancia política de finales del XIX. De hecho, el actual estatuto tan garantista de la Función Pública, se planteó como una respuesta ante el disparate de las Cesantías y el nepotismo. Pero como los españoles somos de naturaleza tozuda y persistente, visto la imposibilidad de funcionarizar a familiares y amigos pues optamos por un camino intermedio a través de los cargos de confianza. Hemos sustituido la figura del funcionario cesante, por la del cargo de confianza cesante, en expectativa de destino. En definitiva, parece ser que hemos hecho del «quien no tiene padrino no se bautiza» toda una filosofía de inserción laboral. Así pues, ya me dirán como casamos esta psicología socio-laboral con dotar a los equipos gerentes de centros educativos con el poder de contratar a quien quieran y por el salario que quieran.
Desde este punto de vista, las relaciones familiares serían un fuerte hándicap para implantar modelos más competitivos.
Lo bueno.
Como hemos visto las familias latinas son muy exigentes con sus miembros a la hora de demandar apoyos, pero también generosas -a la hora de dar cobertura económica y emocional ante reveses de la vida. ¿Cómo explicar que con una tasa de paro del 26% y con las miles de ejecuciones de desahucio anuales no estemos ante revueltas sociales más cruentas? Pues porque las familias están acogiendo, de vuelta, a hijos con familias enteras. El trauma de pedir «asilo» a tus propios padres tras independizarte durante 10,20 o 30 años debe ser mayúsculo, pero ese techo y esa comida están librando a miles de familias, provenientes de una clase media acomodada, de la exclusión social. Las organizaciones asistenciales están alertando de que la crudeza de la crisis está tensando excesivamente las relaciones familiares pero, por el momento, el dique resiste.

Para concluir, no seré yo quien defienda un sistema en el que se «fichan» a los amigos y familiares por encima de los mejores, pero olvidarnos de la capacidad de presión familiar y del deseo que todos podamos tener de hacer favores es negar la realidad. El modelo anglosajón es, seguramente, más eficiente pero requiere una institución familiar diferente, menos visceral. Estoy convencido de que los valores economicistas nos están haciendo caminar hacia ese modelo de mayor independencia familiar y desapego, y en una par de generaciones quedará poco de ese concepto de clan. Lo estamos ya percibiendo en el trato a los mayores. Y no sé yo si con el cambio ganamos o perdemos.

Leyendo sobre… El fracaso de las naciones

Parece ser que ya sabemos por qué fracasan las naciones. En un libro, que lleva camino de convertirse en un clásico, Acemoglou y Robinson plantean una interesante hipótesis explicativa. Obviamente las causas de por qué cada país, en particular, accede a la autopista de la prosperidad o se queda en el camino de la pobreza son distintas, pero pueden agruparse en dos conceptos suficientemente amplios y poderosamente explicativos: instituciones económicas y políticas inclusivas y extractivas. Las primeras sientan las bases del desarrollo, entre ellas: garantías sobre la propiedad privada, un sistema legal imparcial y una provisión de servicios públicos que beneficia a todos por igual y donde todos pueden intercambiar libremente. Este marco alienta la inversión y conduce al desarrollo. Por el contrario, las instituciones extractivas, extraen la riqueza de la comunidad en beneficio de unos pocos que ejercen toda sus influencia para perpetuar sus beneficios particulares. En este caso, la incertidumbre sobre la apropiación de los beneficios desincentiva el emprendimiento económico.
Con varios ejemplos incontestables (Como el de Corea, dónde la misma geografía, cultura y población han dado lugar a dos países con radicalmente distintos niveles de prosperidad; o el más sorprendente de la ciudad de Nogales; donde la ruptura es entre partes que una vez fueron la misma ciudad) y a través de un detallado recorrido por algunas de las grandes civilizaciones, imperios y pueblos a lo largo de la historia de la humanidad los autores van demostrando una y otra vez su hipótesis.
En resumen mediante el afortunado y evocador concepto de «extractivo» y el de «inclusivo», los autores explican las condiciones del desarrollo y la prosperidad.
El libro supone un importante avance para las ciencias sociales, pero a mí me deja un sabor agridulce, pues implícitamente reconoce que los seres humanos se mueven por tendencias «extractivas» con respecto a sus congéneres y a su comunidad. Es decir, si la ley no lo impidiera la convivencia humana se definiría  por una permanente tensión entre explotadores (extractores) y explotados. Deprimente escenario, pues. Me resisto, sin embargo, a creer que miles de años de historia de la humanidad no hayan contribuido al desarrollo moral de la misma. Si estamos en la sociedad para «extraer» y no «incluir», el chiringuito se nos viene abajo; pues la ley irá siempre por detrás de las prácticas sociales, siendo insuficiente para regular todo el ingenio «extractivo» de que el hombre es capaz. Es decir, si el egoísmo extractivo, y  no la cooperación inclusiva, son los valores que se van imponiendo, nuestra coexistencia social lo tendrá cada día más difícil. Quizá la presente crisis financiera sea un buen ejemplo de lo que ocurre cuando lo extractivo de «unos pocos» se impones sobre las instituciones «inclusivas». Y eso que, como ya dijera Aristótoles, el hombre es una animal social y necesita de la sociedad para subsistir. Lo que me hace preguntarme, ¿quien es tan tonto como para tirar piedras sobre su propio tejado? ¿Quien desearía «extraer» hasta agotar de un entorno que necesita para sobrevivir?

SMS, WhatsApp y las «actitudes» tecnológicas de las empresas

Las fiestas de Navidad y las telecomunicaciones han mantenido siempre una relación muy especial. En estas fechas, todo el mundo quiere enviar sus mejores deseos a familiares, amigos y conocidos y claro, los sistemas se colapsan. En su momento, primero, la Felicitaciones postales no llegaban siempre a tiempo; luego, costaba establecer conferencias telefónicas en la últimas horas del día 24 y 31 de diciembre. Más recientemente, nos apuntamos al SMS y millones de mensajes circulaban por las redes telefónicas, colapsando los sistemas en las navidades de años anteriores. Este año, lo problemas parecen haber sido menores, pese a que en Nochevieja se enviaron cerca de 18.000 millones de mensajes; ello se debe en gran parte a una de la APPS que ha revolucionado el mercado de la comunicación: el WhatsAPP.
Es cierto, que esta tecnología es más eficiente y ofrece más posibilidades que el SMS (hacer grupos, mantener conversaciones…) pero no es menos cierto que la forma en que ha canibalizado a los SMS es una perfecta ilustración de cómo evoluciona el mercado tecnológico y de lo que las grandes compañías no quieren ver mientras su cuenta de resultados engorda a costa del consumidor.
Los SMS ha sido una tecnología con importantes réditos, pero la avaricia de las operadoras les ha hecho matar a la gallina de los huevos de oro, además de enfrentarse a una multa de 119 millones de euros por precios excesivos impuesta por la Comisión Nacional de la Competencia.
¿Que hubiera ocurrido si algún directivo de las operadoras se hubiera leído cualquier manual de Introducción a la Economía y hubiera descubierto que, en ausencia de restricciones, el precio de mercado tiende al coste de producción? La historia se repite una y otra vez, confías en tu poder de monopolio para cargar precios excesivos y luego, cuando la gallina empieza a morir, o bien tomas decisiones a destiempo (desarrollos tecnológicos como segundón, o parches para contener la hemorragia como las tarifas planas SMS) o acudes al gobierno a que regule en tu favor (propiedad intelectual de contenidos).
En el en el ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación, más tarde o más temprano aparece un desarrollo tecnológico que romperá con un el poder de mercado. Y cuanto mayor sea el poder, más incentivos para acelerar el cambio, pues la oportunidad de negocio es mayor. Los directivos se resisten a reconocer que el coste de reproducción (marginal) de cualquier producto informacional es 0 y el coste medio cercano a 0.
No digo yo que si el precio del SMS se hubiera acercado al del coste de producción, no hubiera aparecido el WhatsApp, pero posiblemente no hubiera habido la emigración masiva hacia los SmartPhones que hemos visto en el 2012. La gente prefirió hacer desembolsos de 150-200€ por un móvil y no pagar 15Cts/SMS. Algo para pensar.
La historia es similar a la de los contenidos visuales. Hoy nadie está dispuesto a pagar 18€/Cd con canciones de relleno o 30€ BlueRay por una película que ves una par de veces. Lo que deben hacer las propietarias de contenidos es ofertarla legalmente a precios ajustados al coste de producción y en plataformas de contenidos sencillas, ágiles y con las características deseadas. Intenten ver una películas en un videoclub online de cualquier SmartTV, en versión oríginal y con subtítulos en inglés y luego me cuentan si lo han conseguido.   

Estadisticas en el bolsillo

Estaba el otro día en clase de la Universidad de la Experiencia, hablando de la situación de España en el mundo, cuando los alumnos, impregnados de este pesimismo   económico-vital que nos envuelve, me preguntaron si éramos los primeros en algo. Los primeros no, contesté; pero sí estamos entre los 10 primeros en muchas variables; unas buenas y otras menos buenas. Me apunté la tarea para responderles a la semana siguiente y en éstas me encontré con la excelente app World in figures que «The Economist» ha puesto al alcance de un click; eso sí, por el momento  sólo la han desarrollado para sistema operativo iOS (iPad e iPhone).
Esta app es muy intuitiva y sencilla de utilizar y te permite tener de forma rápida y accesible datos estadísticos de más de 190 países, pudiendo establecer comparativas y viendo que lugar ocupa tu país en cada uno de los rankings.
Con esta manía que nos ha entrado en la civilización occidental por medir-comparar todo lo habido y por haber no está de más llevar los datos en el bolsillo e ir echando de vez en cuando un vistazo. Más que nada para saber donde estamos.
Por cierto, ya les decía que no estamos los primero en ningún ítem; estamos los segundos en un par, pero desde luego no son como para sentirse orgullosos. Luego me cuentan.

Artículo en «Economía Digital»: Sobre la Buena Vida

Hoy me publican en «Economía Digital » de LaCerca.com un artículo sobre «La Buena Vida»

Si lo pensamos detenidamente, todas nuestras preocupaciones, desvelos, inseguridades, incertidumbres e infelicidades no son sino una consecuencia del denodado afán, del supremo esfuerzo que invertimos día a día en tratar de satisfacer los dos instintos básicos del ser humano: el de sobrevivir (que compartimos con el resto de especies) y el de ser felices, más allá del mero enfoque placer-dolor (que nos diferencia del resto del reino natural).
Como especie, hemos dado pasos agigantados en la dirección de la supervivencia. Los avances tecnológicos han incrementado los recursos a nuestra disposición para satisfacer nuestras necesidades básicas (alimentación, vestido, vivienda). Tras miles de años de transitar por el planeta tierra hemos resuelto el problema, al menos técnicamente, de la provisión de los recursos necesarios para la supervivencia biológica y hemos entrado en una era de abundancia. Es cierto que las crisis humanitarias persisten, pero son consecuencia más de problemas de distribución y desigualdad que de insuficiencia de recursos.
Dudo, por el contrario, de que hayamos avanzado en la misma medida en la dirección de la felicidad, a pesar de ser un motivo de reflexión constante desde los mismos orígenes de la filosofía occidental.
Aristóteles ya nos advertía que el fin último de la existencia humana es alcanzar la perfección, la cual no deriva de la mera satisfacción de cualesquiera deseos, sino de aquellos acordes con las virtudes que dignifican al ser humano: fortaleza, templanza, justicia, sabiduría, valentía, generosidad o prudencia. La consecución de estas virtudes permitía alcanzar la felicidad considerada como “la actividad del hombre conforme a la virtud”. Por tanto, la idea de perfección nos remite a la de la “buena vida”, no en un sentido hedonista, sino en el sentido de la vida que debe ser vivida. Obviamente, en el camino hacia la “buena vida”, el ser humano no olvida la dimensión material de su existencia y necesita de la actividad económica, pero concebida como un medio. Las riquezas y el dinero son meros instrumentos para un fin superior. La filosofía escolástica cristiana mantuvo más o menos el mismo discurso sobre la relación entre buena vida, felicidad, virtudes y economía-instrumento, si bien ampliando la frontera temporal de la recompensa de la perfección o plenitud; ¡nada menos que la eternidad!
, dio una vuelta de tuerca y situó la felicidad en un plano más social o comunitario al considerar que ésta emana de “la conciencia de ser amado”. Todo el “esfuerzo y el afán de este mundo”, el “perseguir la riqueza, el poder y la preminencia” no se explica por la urgencia de satisfacer las necesidades materiales, pues el salario del trabajador más pobre es suficiente para ello, sino por la necesidad que tenemos de “ser admirados, ser atendidos, ser considerados con simpatía, complacencia y aprobación.” Realmente, se pregunta Smith: “¿Que puede aumentar la felicidad de un hombre que goza de salud, no tiene deudas y se halla en perfectas condiciones mentales?” Para aquel que está en esta situación, las mejoras de la fortuna son meramente superfluas y frívolas.
Keynes, influido por una adolescencia bohemia, aristócrata y estética y por el ambiente delcírculo de Bloomsbury, relacionó la felicidad con los placeres que proporcionan las relaciones humanas y la contemplación de la belleza. Su utopía sería la de una sociedad liberada de la esclavitud del trabajo y dedicada lo que denominaría la “vida imaginativa” frente a la vida material; es decir a disfrutar de los placeres de la vida. Utopía que pronosticó como alcanzable en el plazo de una generación dado el crecimiento de la productividad y la subsecuente reducción de horas de trabajo necesarias para subsistir. El ser humano no habría de trabajar más de 3-4 horas diarias y el resto del tiempo podría invertirlo en “la buena vida”.
Galbraith reelaboró la idea de la superación del “problema económico” de la subsistencia en su best-seller La sociedad opulenta, para hablar de “la buena vida” de la comunidad, basada en la redistribución y la provisión de bienes públicos.
Y uno se para a reflexionar y piensa que, realmente avanzamos hacia un escenario de abundancia pero no sabemos cómo gestionarla. Paradójicamente, el propio capitalismo que ha engendrado la abundancia nos impide disfrutar de ella. El egoísmo y la codicia, sintetizados en la insaciabilidad de nuestros deseos nos impiden darnos cuenta de, en palabras de Skidelsky, ¿cuánto es suficiente?. Como ha dicho Tim Jackson en el estupendo libro “Prosperidad sin crecimiento”, hemos confundido profundamente lo que importa con lo que reluce. Nunca tenemos suficiente de lo superfluo, aunque nos sobra lo necesario, y eso genera infelicidad y frustración.
Y lo peor de todo es que el fracaso en dar una respuesta adecuada al instinto de la felicidad, puede arruinar también con los logros alcanzados en el instinto de la supervivencia biológica. Si nunca tenemos suficiente, un planeta finito no podrá satisfacer nuestros deseos.

Una «animada» reflexión sobre la deshonestidad

Dan Ariely anda de promoción de su nuevo libro «The Hones Truth About Dishonesty» una reflexión sobre «como mentimos a todo el mundo – especialmente a nosotros mismos». Analizando los datos obtenidos en sus experimentos económicos  a cerca de 30.000 entrevistados, Dan Ariely reflexiona sobre el papel que juega el engaño en el comportamiento de los agentes económicos y sus consecuencias para la economía. La idea central es que los seres humanos tendemos a ser «algo» deshonestos para tratar de beneficiarnos un poco de nuestro engaño pero no «tan» deshonestos que no podamos mirarnos al espejo por las mañanas.
A partir de este análisis de Ariely, considero que el sistema económico todavía funciona razonablemente bien pues, si bien los costes monetarios de la deshonestidad son enormes, en general sigue primando la honestidad y las relaciones de confianza; en definitiva, sisamos pero poquito y, total, no hace mal a nadie. Ahora bien, ¿Que ocurrirá cuando, para una gran mayoría, el beneficio material de la deshonestidad supere el coste emocional de no sentirnos bien con nosotros mismos? coste que, por otra parte, se reduce día a día en un contexto mediático y socio-cultural de degradación de los estándares morales (nuestra alma está de saldo). Pues mi particularísima respuesta es que el sistema es capaz de tolerar unos niveles de deshonestidad, pero que sí se sobrepasan el sistema colapsará.

Aquí les dejo el vídeo que recoge, de forma gráfica, resumida y divertida, las conclusiones de Ariely.

El Oxímoron de la «austeridad expansiva»

     Tenía algo (o mejor mucho) olvidadas las figuras literarias retóricas; pero estos días ando dándole vueltas al «Oxímoron»; aquella en la que se utilizan dos conceptos de significado opuesto para generar un tercero que, en principio, se manifiesta como absurdo y bien obliga a una interpretación metafórica o bien introduce un concepto nuevo. Se utilizó mucho por los clásicos para hablar del amor «hielo abrasador, fuego helado» (Quevedo) y por los místicos «La música callada, la soledad sonora» o «que tiernamente hieres» (San Juan de la Cruz). Algunas de estas figuras generan más asombro que admiración poética; en la línea de la famosa «inteligencia militar» que acuñara Groucho Marx, como por ejemplo: «Tolerancia cero»;  «Ciencias Ocultas»; «Sociedades Unipersonales»; «Realidad Virtual»; «Copia Original»; «Guerra Santa»; «Luchar por la paz»…

     Habría que añadir a la lista uno que recién ha nacido con la actual crisis financiera: «Austeridad Expansiva» (Expansionary Austerity) que vendría a decirnos algo así como que los recortes estimulan el crecimiento, pues la ortodoxia fiscal da confianza a los mercados que, en definitiva, son los que financian las inversiones. La deflación salarial y la contracción del Estado del bienestar serían las consecuencias inmediatas del Oxímoron. Esta corriente intelectual se manifiesta como dominante en la gobernanza económica mundial y europea. Sobre las consecuencias no hace falta que me extienda, pues todos las estamos viviendo. Me parece,  sin embargo bastante sorprendente, que incluso en el olimpo de la ortodoxia económica, la Reserva Federal siga apostando por políticas monetarias expansivas con una inyección mensual de 40.000 millones de $ hasta que  se vea la luz al final del túnel. Aunque por estas tierras siempre nos caracterizamos por ser más papistas que el papa.
No sé si en estos momentos podríamos aplicar la máxima de que persistir en el error es errar dos veces o como dijera más poéticamente Cicerón: «De hombres es equivocarse; de locos persistir en el error». Si tras 5 años de crisis y 3 de durísimo ajuste, los «brotes verdes» sólo aparecen en la imaginación de unos cuántos, ¿no querrá decir que realmente la «austeridad expansiva» no es la solución?. Al final, indudablemente, saldremos de la crisis, pero puede que el camino de la «austeridad fiscal» no haya sido el atajo transitable que nos devolviera antes a la senda del crecimiento, sino un camino de cabras que nos está destrozando el vehículo. Con el agravante de que cuando consigamos incorporarnos de nuevo a una carretera normal, tendremos un vehículo destrozado y sin recursos para cambiarlo.
Ps.- Por cierto lo opuesto al despilfarro no es la austeridad, sino la gestión eficiente y honesta de los recursos públicos. El que tengamos serias dudas sobre nuestra clase política para hacerlo, no quiere decir que no sea posible.

(Re)definiendo el objeto de la Economía

Como cada inicio de curso, toca empezar definiendo lo que es la Economía. Cualquier libro de texto que cojan vendrá a decir cosas más o menos parecidas a que «la economía es a ciencia que estudia la asignación eficiente de los recursos escasos» o que «la economía es el estudio de cómo la sociedad gestiona sus recursos escasos».

Definición que si ya poco me gustaba antes, cuando estudiante, ahora, como profesor, no me gusta nada; no por incierta, sino por incompleta.

En primer lugar, teniendo en cuenta que la escasez de recursos es un concepto extremadamente relativo y contextual geográfica y temporalmente, ¿Quiere ello decir que donde no hay escasez de un determinado recurso, la ciencia económica no tiene nada que decir? La respuesta convencional nos diría que los recursos son escasos por definición, dado que las necesidades son ilimitadas; pero lo que realmente es ilimitado son los deseos  no las necesidades (biológico-culturales). Y eso sitúa la discusión en un plano totalmente distinto: el de la creciente desigualdad en la distribución de recursos y el de la ética de un sistema en el que se da la paradójica situación de no saber qué hacer con los excedentes alimentarios con las hambrunas, al tiempo que aumenta la miseria y desnutrición a nivel global. No me gusta ponerme cuasi-demagógico con estas cuestiones, pero es lo que hay.
En segundo lugar porque la «eficiencia» en la asignación dependerá de los criterios que «a priori» establezcamos cómo válidos sobre la conducta de los agentes económicos. Si consideramos que los agentes son maximizadores de utilidad y beneficios, lo que consideremos eficiente, habrá de ser necesariamente distinto de si, por ejemplo, los individuos son principalmente satisfacedores de necesidades y que sus objetivos vitales van más allá del meramente material-crematístico.
Por tanto pienso que lo relevante para la Economía no es sólo estudiar la asignación eficiente de recursos asociada a una determinada racionalidad del agente económico (también conocido como homo oeconomicus), sino ir mucho más allá y cuestionar y estudiar la validez universal de dicha racionalidad. Por tanto la economía más que la ciencia que estudia la gestión de recursos escasos, realmente es la ciencia que estudia los incentivos y las consecuencias distributivas de los mismos. 
Desde hace ya algunas décadas, numerosos economistas y psicológicos andan desbrozando la senda de la «Economía del Comportamiento» y, aunque lentamente, sus conclusiones se van colando en los manuales de Microeconomía. No obstante, hasta que la definición clásica en los manuales no cambie de la primera a la segunda no habremos concedido a los incentivos el formidable poder que tienen para modelar el mundo que nos rodea. Los impulsos agregados de millones de personas y nada más es lo que mueve el mundo, y esos impulsos están condicionados por incentivos .
El próximo campo de batalla en el que se diriman los éxitos o fracasos tanto de las organizaciones (Empresas, instituciones, estados…) como el de las sociedades será el del «diseño de los incentivos». Vaya por delante que creo que la libertad de elegir está por encima de cualquier consideración de ingeniería social, pero no es menos cierto que los miembros de una colectividad tienen el derecho de decidir libremente los incentivos que mejor satisfacen sus preferencias como colectivo.
Hizo falta un holocausto para ponernos de acuerdo sobre los derechos universales del ser humano, esperemos que no haga falta otra catástrofe similar para diseñar y educar en los incentivos que nos dignifican como especie.

Artículo en «Economía Digital»: Sobre Ética y Economía

Hoy me publican en «Economía Digital » de LaCerca.com un artículo sobre «Ética y Economía»

Me temo que la presente crisis nos va a dejar como herencia, además de unas terribles cifras de desempleo y deuda, una cierta degradación moral del ser humano y de su capacidad de empatizar con las emociones y situaciones de sus congéneres. Altruismo, generosidad, hospitalidad, confianza, honor… se han convertido en palabras huecas. Han perdido su significado, mil veces prostituidas en discursos demagógicos, por unas élites económicas y políticas faltas de escrúpulos y de mínima moralidad. Campa a sus anchas el sentimiento generalizado de que lo racional es anteponer el interés particular al bienestar común. Lo cual no deja de tener su gracia, pues ¿no es eso lo que predica la teoría económica convencional? ¿No es el comportamiento que se supone óptimo para maximizar las ganancias individuales y sociales?
La Teoría Económica predominante toma como modelo de comportamiento humano al agente económico que se comporta de forma racional; es decir, procesando adecuadamente la información disponible, analizando los costes y beneficios y actuando en consecuencia. Y aquí es donde viene lo que siempre me pareció la gran paradoja de la teoría económica: si sólo persigo mi interés, no debería prestar atención a factores relacionados con el bienestar de los demás; pero si no presto atención a esos otros factores, el sistema acaba por romperse. Para que las relaciones económicas funcionen, es necesario que  los agentes económicos moderen su comportamiento respetando la ley, cumpliendo sus compromisos, informando verazmente… La economía de mercado puede asumir a unos pocos actuando de forma oportunista, pero no su generalización. ¿Cómo resuelve la Teoría Económica el conflicto de intereses entre maximizar el propio beneficio o autocontrolarse para que todo funcione? Pues la resuelve confiando en dos mecanismo: el mercado (lo que no deja de tener su gracia, pues es la racionalidad maximizadora del mercado el la que incita las malas prácticas) y la ley.
Veamos el primero de ellos. Según el razonamiento de la teoría económica convencional, aquel que se comportara de forma fraudulenta tendería a ser expulsado del mercado y no sobreviviría. Ningún panadero podrá engañar permanentemente sobre el peso o la calidad de sus productos. Si quiere prospera deberá ofrecer un buen producto a sus clientes. Perfecto, pero ¿qué ocurre en caso de productos que afectan a la salud pública? En España no tenemos tan lejos el caso del aceite de colza, para pensar que un desalmado con una sola partida de productos puede obtener un beneficio enorme y causar un daño irreparable. En esta misma línea tendríamos lo que se denominan los “grandes golpes” o estafas a gran escala que retiran de por vida a su artífice. El sector bancario y financiero es especialmente sensible a este problema. ¿Qué lleva a un alto directivo de banca a controlarse para no diseñar un producto financiero que le retorne enormes beneficios y mínimos riesgos? Pues sólo los altos estándares morales. La reciente historia financiera nos recuerda casos en los que la ausencia de dichos estándares morales en la alta dirección ha traído la ruina y desgracia a millones de seres humanos.
Si la barrera de seguridad del mercado falla, pues entonces tenemos la ley. Si bien ésta también presenta algunos problemas. En primer lugar, la ley suele seguir a la realidad. Continuamente aparecen nuevas prácticas de dudosa moralidad pero no claramente ilegales; hasta que no se demuestra el daño para la sociedad no se regulan y, en el entretanto, miles de individuos pueden haberse visto perjudicados. Las preferentes serían un excelente ejemplo. En segundo lugar, los perjudicados pueden no tener capacidad de presión, bien por pertenecer a una minoría o bien porque el perjuicio lo sufran habitantes distintos del país que lo genera. En tercer lugar, el daño puede ser tan pequeño que no genere alarma social ni necesidad de legislar. Todo ello sin olvidar que la promulgación de las leyes está en manos de políticos y su ejecución en manos de funcionarios públicos que también tienen sus intereses particulares.
En resumen, mercado y ley son necesarias, pero insuficientes armas de control. Para que el sistema funcione con eficiencia y fluidez se requieren ciertos estándares morales. Se requiere que el ser humano recupere su dimensión más humana. Como subraya González Fabre en su estupendo libro sobre Ética y Economía, del que he entresacado no pocas de las ideas aquí expuestas: “En una sociedad de agentes dispuestos a cualquier cosa si es en el propio interés, esto es en una sociedad de Hombres Económicos, los comportamientos oportunistas pronto destruirían al sistema desde dentro, dejando tras de sí Estados fallidos, mercados abusivos, la ley de la selva”.

Ha costado cientos de años asumir que necesitamos unas normas que faciliten la convivencia social, que necesitamos renunciar a libertades individuales para mejorar como colectivo; en definitiva, que necesitamos someternos al imperio de la ley. Pero como ya hemos señalado antes, la ley no es suficiente. En lo venidero habremos de caminar hacia el “imperio de la ética” e interiorizar aquellas conductas que nos dignifican como seres humanos. Conductas presentes en las tradiciones culturales de multitud de civilizaciones pero que parecen que van cediendo ante el rodillo homogeneizador de la globalización unidimensional, racional y maximizadora de beneficios.

Así no, Mariano

Como ya dije anteriormente, en una de las entradas más leídas, los economistas aciertan cuando la realidad se comporta como el modelo, pero fracasan estrepitosamente cuando se olvidan de la dimensión histórico-institucional. El ejemplo de la transición económica de la Ex-URSS es paradigmático. Hace unos días veía una antigua entrevista a Gorbachov, en la que el antiguo dirigente se quejaba amargamente sobre como occidente se comportó: «hicimos lo que vuestros expertos nos dijeron». De todos es sabido cual ha sido el resultado: un estado desamortizado y vendido al mejor postor, con nulos beneficios sobre el común de los mortales. No digo yo que al final del túnel y con el desarrollo económico y la estabilización democrática, la población rusa no estará mejor que en el antiguo régimen; pero sí estoy convencido de que el camino tomado va a ser más largo y penoso que el que hubiera resultado de una transición menos liberal y más controlada.

La anterior disgresión sobre Rusia me sirve para insistir en que la realidad es muy tozuda. Dos años de recortes no han servido sino para profundizar en la crisis. Numerosos expertos, seguramente tan bien intencionados como los que asesoraron a Rusia, insisten en la vía de la austeridad para el crecimiento económico. Y así lo único que hacemos es tomar el camino más largo y doloroso. Tras los excesos, la purga era y todavía sigue siendo necesaria; pero ha de acompañarse de otras medidas.
Muchos repiten, con el ministro Montoro, «que no hay dinero» y que por tanto las medidas son inevitables. Pongo en duda la premisa: los inspectores de hacienda llevan tiempo advirtiendo del fraude fiscal, así como del incremento de las operaciones en paraísos fiscales. Pero, además, aunque se acepte la premisa «no hay dinero», no tiene por qué aceptarse la consecuencia de la austeridad y los recortes como única política posible. Existe otra alternativa, involucrar al Banco Central Europeo en la estrategia del crecimiento económico y no sólo sobre el control de la inflación. Que dicha práctica este explícitamente prohibida (Art 101 Tratado UE), no debería ser un problema ante lo extraordinario de las circunstancias. Otros artículos se han modificado en las sucesivas versiones del tratado constitutivo. Prestar dinero a los gobiernos endeudados o monetizar la deuda tiene efectos perversos sobre la inflación, pero ahora la inflación es el menor de nuestros males. Una expansión monetaria a través de los préstamos directos al tesoro puede dotar de la liquidez que necesita el sistema y así frenar la especulación y sacarnos de ésta por un camino menos doloroso que el de la austeridad-hacia-el-crecimiento.
Los mercados han olido sangre. Saben que España se va a dejar los higadillos (recortes y más recortes) para poder pagar y no dudan de los retornos, lo que, por el momento, les da unos pingües beneficios. El problema es que puede que aprieten tanto que la sangre deje de fluir. Entonces los de la sabiduría convencional dirán que el mercado pone a cada uno en su sitio. ¡Ya! 
Posiblemente el presidente del gobierno no tiene mucho margen de maniobra, pero sí puede, al tiempo que introduce reformas estructurales de hondo calado y de resultados a largo plazo, pelear por cambiar el status quo del Banco Central para hacer más fácil el camino a corto plazo.


Leyendo sobre… Prosperidad sin crecimiento

«Prosperidad sin Crecimiento» (Prosperity without growth) fué seleccionado como uno de los libros del año por el, nada-sospechoso-de-radicalidades, Financial Times; lo cual no es mala carta de presentación.
Su autor, el profesor Tim Jackson, plantea la urgencia de encontrar una alternativa al crecimiento económico meramente material (léase incrementos del PIB) como única opción de futuro para la especie humana en el marco de una planeta finito. El libro trataría de responder a la metafísica pregunta de si es posible ser feliz sin depender de un consumismo desenfrenado y esquilmador de recursos. La obviedad de la respuesta parece hacer innecesaria la pregunta. Creo que todos estaríamos de acuerdo en que la riqueza no da la felicidad, superado un umbral mínimo de subsistencia biológica. Sin embargo, nos desvivimos por aumentar permanentemente nuestra riqueza. El autor nos transmite la idea de que no somos más prósperos por ser más ricos pues, «al final del día la prosperidad va más allá del placer material. Transciende las preocupaciones materiales. Reside en la calidad de nuestras vidas y en la salud y felicidad de nuestras familias. Se halla presente en la fortaleza de nuestras relaciones y en la confianza en nuestra comunidad. Se evidencia en la satisfacción con nuestro trabajo y en el compromiso con un significado y objetivos compartidos. Se transmite en nuestro potencial para participar plenamente en la vida de la sociedad». El modelo occidental de felicidad tiene mucho que ver con el consumo posicional, el cual añade muy poco o nada a la felicidad individual pero contribuye enormemente al agotamiento de los recursos. 
La prosperidad bien entendida no deberían ser más toneladas per cápita de un montón de gadgets, sino calidad relacional; en otras palabras, sentirse apreciado y comprometido con el entorno en el que se vive. El autor se apoya en el enfoque de capacidades de Sen para identificar la prosperidad con las capacidades para crecer integralmente como seres humanos; a saber: salud nutricional, esperanza de vida y participación en la sociedad).
Puede que, como nos advierte el propio autor, la propia opulencia nos haya traicionado de tal manera que, como especie, hemos confundido lo que importa de lo que reluce.

Artículo en «Economía Digital»: Sobre la Responsabilidad Social

Hoy me publican en «Economía Digital » de LaCerca.com un artículo sobre Responsabilidad Social Corporativa,

La Responsabilidad Social Corporativa (RSC) está de moda. Quizá la urgencia de la “tormenta perfecta” en que se está convirtiendo la actual crisis, haya relegado a un segundo plano el compromiso social de las empresas, restando algo de energía corporativa e impulso estratégico al tema. Pese a todo, las empresas IBEX-35 siguen publicando regularmente sus memorias de sostenibilidad. Al abrirlas, nos solemos encontrar con un presidente molón, sonriente, y campechano que nos escribe una carta donde nos cuentan cómo de comprometida es su empresa, cómo cuida a los clientes, cómo de respetuosa es con el medioambiente y cómo se toma en serio lo de contribuir a la riqueza del país. En definitiva, nos cuenta qué majos son todos y todas y cómo se preocupan de nuestra felicidad como consumidores.
Como les decía: está de moda. Y eso es lo que me preocupa: que, por el momento, sólo esté de moda. Las memorias de sostenibilidad parecen más un folleto de agencia de viajes (papel satinado, gente sonriente, estupendísimos paisajes…) que un instrumento estratégico de interacción con las partes interesadas (“stakeholders”). Sólo ha calado en la cultura empresarial la necesidad de tener una memoria, otra cosa distinta es el cumplimiento de los objetivos allí reflejados y la nula autocrítica. Y no lo digo yo, lo dice el Observatorio de la Responsablidad Social Corporativa en su informe sobre “La Responsabilidad Social Corporativa en las memorias anuales de las empresas del IBEX 35 (2010)”. La conclusión fundamental del informe es que la información proporcionada por las empresas en sus memorias de sostenibilidad es escasa en cantidad y calidad. En roman paladino, pasan de puntillas por lo que nos les interesa y se centran en plantear objetivos genéricos, tan bienintencionados como premeditadamente ambiguos, lo que dificulta la evaluación de su cumplimiento y, por tanto, exime de la rendición de cuentas. Les cito algunos datos interesantes: el 86% de las empresas analizadas poseen empresas participadas en paraísos fiscales (p. 57); sólo 9 empresas informan (escasamente) sobre las multas recibidas (p. 63); ninguna de las empresas del IBEX35 llevan a cabo análisis exhaustivos sobre los impactos de su actividad, aunque hacen referencia a ellos. Ninguna asume expresamente la responsabilidad sobre los efectos que sus operaciones puedan causar en el medio ambiente y la salud humana (p. 69); si bien se constatan avances en política laboral (discriminación, mobbing…) es evidente que existe una distancia importante entre lo que  supone para la empresa adquirir un compromiso y lo que implica mostrar con datos objetivos información que pueda ser sometida al escrutinio público (p. 78); ofrecen escasa información sobre el impacto de su actividad sobre los derechos de las personas, las sociedades y los bienes públicos y lo que es aún peor, no dan cabida a las voces críticas que puedan cuestionar su modus operandi(80); ausencia de información sobre sus prácticas de lobby y vínculos políticos (85); escaso desarrollo de la información en relación con los derechos humanos (p. 90); escaso compromiso en relación con las prácticas abusivas sobre consumidores  (97)… podríamos seguir, pero con estos “titulares” bastaría. A lo que parece, las empresas IBEX-35 se han puesto el mono de trabajo de la RSC, pero su preocupación se orienta a que les siente bien y les quede estupendo de la muerte, más que a que les sea realmente útil para trabajar.
De la anterior lectura podría desprenderse que, a la luz de los hechos, la RSC no sirve para mucho. Nada más cierto. Personalmente hago una lectura optimista. Si bien es cierto que los contenidos de las memorias y la actitud que transciende de dichos contenidos son manifiestamente mejorables, no es menos cierto que el camino se hace andando. Y hemos de reconocer que se ha empezado a andar. Que las empresas decidan fotografiar su compromiso con la sociedad y publicar la foto es positivo, con independencia de lo borrosa que esta foto pueda ser o parecer. Insisto en que es importante dicho compromiso, pues contribuirá a crear una cultura de la rendición de cuentas, útil para las empresas y necesaria para la sociedad. De lo contrario, las grandes empresas tendrán muy difícil desprenderse de su halo de avaricia y explotación del consumidor. Nadie duda de que las empresas crean riqueza y que la sociedad se beneficie de ello, pero hay maneras y maneras de hacer las cosas; y los “titulares” que hemos dado antes no son precisamente para figurar en un código de buenas prácticas de RSC.
En definitiva, esperemos que la RSC se pase de moda y se convierta en una forma de gestión y no un instrumento de publicidad.

El «político» como problema

Shakespeare, en su conocida tragedia sobre el asesinato de «Julio César«, pone en boca de Bruto unas memorables palabras sobre la corrupción del poder político: «El abuso de la grandeza viene cuando en ella se divorcia la clemencia del poder. A decir verdad, nunca he visto que las pasiones de César dominasen más que su razón; pero es cosa sabida que la humildad es una escala de la ambición incipiente, a la que vuelve el rostro trepador; pero una vez en el peldaño más alto, da entonces la espalda a la escala, tiende la vista a las nubes y desdeña los humildes escalones que le encumbraron. Igual puede César; luego evitémoslo antes que lo hiciere«. Con estas palabras quiso Bruto  legitimar su papel ante la historia en la conspiración que acabó con la vida de Julio César. Queda a cada cual juzgar si fue el héroe del tiranicidio legítimo o el villano ávido de poder que quiso derrocar con el puñal y no con la fuerza de la oratoria. En cualquier caso, resulta pertinente rememorar este pasaje al hilo del descrédito que sufre nuestra actual clase política. Nos recuerda Bruto el carácter de servidor público al que se debe el político y con qué facilidad dicho político lo olvida cuando asciende hacia el Olimpo de los poderosos.

Soy de los que creen que la actividad política es la más noble de las profesiones. Renunciar a una carrera privada por servir a los demás merece el respeto y reconocimiento de la ciudadanía en favor de la cual trabajan. Dada la nobleza de espíritu y buenas intenciones que presupongo a la vocación por la cosa pública, no me indigna el status económico y jurídico atribuidos al cargo, pero sí el que esas asignaciones vayan a parar a cualquiera de los políticos, mediocres, torticeros y criados al regazo de los brazos de los aparatos de organización que se aferran al cargo y que han hecho de la cosa pública un modo de vida y un espacio de compadreo. Diferencio, pues, claramente el cargo y la dignidad que se merece del político que eventualmente lo asume, en algunos casos con honor y sentimiento de servicio, pero en otro mucho con desvergüenza. El problema, por tanto, no lo veo en las prebendas sino en la mediocridad de los candidatos. Los privilegios no me parecen excesivos al pensar en el cargo, pero sí al pensar en quien los ocupa. En castellano claro: no se ganan el sueldo y por eso andamos indignados con esta fauna. De ellos son en buena parte responsables los partidos políticos, por dejación de una de sus funciones más emblemáticas: la selección de las élites. Tras 35 años de democracia y de organizar el cotarro se nos presente con una «cosecha» de políticos bastante mejorable. Gente sin arrestos, sin ideas, sin templanza para alzar la voz.
No vayan a creer que pienso que todos los políticos son unos arribistas. También los hay vocacionados que con fortaleza de ideales se lanzan a transformar el mundo, aunque muchos de ellos antes o después acaban perdiendo el norte (que es y siempre será el servicio a los demás) tendiendo la vista a las nubes y desdeñando las humildes escalones que los encumbraron. 
Así pues, entre los arribistas sin vocación y los que inicialmente sí la tuvieron pero de ella se olvidaron al ascender en el escalafón, nos encontramos con una falta de liderazgo moral atroz. Que no digo yo que sea la causa de la actual crisis, pero todo ayuda. Los discursos y las agendas políticas ilusionan menos a la población que una visita al dentista.
Que con la que está cayendo, la clase política sea parte del problema y no parte de la solución es para nota.
Y claro no me extraña que con este panorama pongamos toda nuestra esperanza de redención ante el destino en 11 chavales vestidos de rojo, que parece ser el único mínimo común denominador de esta tierra llena de envidias yen la que todo, absolutamente todo se considera arma política. En vez de estar pensando en gobiernos de concentración, lealtades más allá de los partidos y pactos de Estado que recompongan nuestra ilusión como nación, aquí seguimos dándonos garrotazos. Parece que poco o nada ha cambiado desde que Goya retratara con tanta precisión nuestra alma más profunda.


La crisis en 22 viñetas

¿Vivimos una crisis económica? Por supuesto, pero no sólo. Los lectores del blog ya sabrán que uno de mis temas recurrentes es el trasfondo ético de las presente crisis económica. Querer exprimir al máximo cualquier oportunidad de beneficio sin importar el «cómo» y el «a-qué-costa» no es la mejor estrategia de un proyecto común de sociedad. Me envía un beligerante colega y contertulio de animadas conversaciones una colección de viñetas de «El Roto», que en su conjunto perfilan con fina ironía y certera precisión algunos de los caracteres estelares de la película de no-ficción en que se ha convertido esta nuestra crisis occidental.

El consenso de Washington se ha hecho para el hombre y no al revés.

Keynes, en una de sus citas más conocidas, afirmaba que «las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo está gobernado por poco más que esto. Los hombre prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto. Los maniáticos de la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí inspirados en algún escritorzuelo académico de hace algunos años. Estoy seguro de que el poder de los intereses creados es grandemente exagerado en comparación con la invasión gradual de las ideas, que, en la práctica, no sucede de forma inmediata, sino después de un cierto intervalo […]. Pero, tarde o temprano, son las ideas, y no los intereses creados, quienes resultan peligrosas, tanto para mal como para bien

Es bien sabido que las ideas que nos gobiernan son las cristalizadas en el Consenso de Washington, que se ha convertido en nuestro decálogo mesiánico. Resulta cuando menos una curiosidad histórica, de hecho, que la agenda original de John Williamson, incluyera exactamente 10 recomendaciones políticas ¿coincidencia casual o guiño intelectual a la historia? Vaya por delante que no soy especialmente beligerante contra dicho consenso; hay propuestas que parecen sensatas y razonables. El problema es el cómo, el cuando y, sobre todo, el para qué. 
¿Cómo?.- Los resultados de las políticas no son ajenos al proceso de implantación de dichas políticas. Un ejemplo: la disciplina presupuestaria es un objetivo razonable y más que deseable a nivel individual y colectivo, pero una senda de ajuste rigurosa, impaciente y mal diseñada puede ser ella misma un obstáculo para conseguir el objetivo que persigue
¿Cuando?.- Creo que más mercado, libertad y competencia favorece a la economía en «circunstancias normales». Un ejemplo: ¿se acuerdan de las facturas que llegamos a pagar de teléfono antes de la liberalización del sector? Ahora bien, en «circunstancias extraordinarias» los mercados por sí solos no son suficientes. Particularmente, en la actual crisis del Euro-Sur, necesitamos alegría monetaria ya, que reduzca nominalmente la deuda, frene a los especuladores y de un respiro a los ministerios de hacienda.
Para qué.- Aquí está la clave. la teoría económica convencional sanciona la agenda del consenso de Washington en base a su demostrada (teóricamente) eficiencia para el crecimiento económico. No obstante, ¿es el crecimiento económico el último fin de la existencia humana? o más bien ¿es el bienestar? A los economistas nos cuesta desligar ambas y decimos que el primero es una condición necesaria para el segundo. Amartya Sen, nóbel de Economía, con su teoría de la justicia y el enfoque de capacidades se empeña en decirnos lo contrario. Y las propuestas alternativas de medidas del bienestar van en esa dirección. 
En definitiva el consenso de Washington está hecho para el hombre y no el hombre para el consenso de Washington. Si las medidas ayudan al bienestar y al progreso integral de una comunidad, bienvenido sea; si no, prescindamos de él. En todo caso, debemos guardarlo en el cajón en época de «circunstancias extraordinarias» ante las cuales se ha manifestado reiteradamente ineficaz.
Como también nos decía Keynes: «La dificultad reside no en las ideas nuevas, sino en rehuir las viejas que entran rondando hasta el último pliegue del entendimiento de quienes se han educado en ellas, como la mayoría de nosotros».

Artículo en «Economía Digital»: Sobre la «receta» del Euro

Hoy me publican en «Economía Digital » de LaCerca.com un artículo sobre ¿cómo se cocina el Euro.?



 Cocinar requiere algo de ciencia, bastante de técnica pero, sobre todo, mucho, pero que mucho arte. Ya he escrito en otro lugar sobre Economía y Cocina. Allí comentaba la poca ciencia, mejor técnica y mucho arte de mi madre en la cocina. Cocinar por instinto tiene la gran ventaja de que las comidas siempre están en su punto y el pequeño inconveniente de que no hay manera de conseguir una receta exacta, pues las cantidades y tiempos no son constantes sino probables en función de lo que “el guiso te vaya pidiendo”. Y así, claro, no hay manera. Esta metáfora es un buen punto de partida para analizar la crisis monetaria en Europa pues bien sabemos, a nuestro pesar, que al guiso del Euro nuestros ínclitos cocineros europeos no acaban de darle el punto y estamos a un paso de que se nos atragante. Veamos porqué.

En primer lugar, cocinar requiere algo de ciencia, básicamente cantidades y tiempos. La receta original la escribió el premio Nobel Robert Mundell al analizar las condiciones de existencia de una zona monetaria óptima, es decir, de aquella región geográfica en la que tener una sola moneda es mejor que tener muchas. El elemento clave para que un área geográfica sea una zona monetaria óptima y, consecuentemente, para que la moneda común no fracase, es que las perturbaciones económicas sean “simétricas” dentro de la región. Es decir, que ante dicha perturbación (crisis internacional, subida precios petróleo…) todas las economías evolucionen en el mismo sentido, prosperando o decreciendo. Ya vemos cómo en Europa la cosa no es del todo así. Durante la crisis actual alguna economías han sido intervenidas, otras tienen el susto en el cuerpo, otras actúan como si la cosa no fuera con ellas y, finalmente, otras han seguido creciendo a costa de un Euro fuerte y un férreo control de la inflación. ¿Quiere esto decir que, puesto que las perturbaciones son asimétricas, es del todo imposible el Euro? Pues no; y aquí es dónde entra la técnica.
Cuando una región geográfica quiere una moneda común pero no es una zona monetaria óptima, es posible crear las condiciones favorables para que de facto sí lo sea, a saber: perfecta movilidad laboral y de capitales, flexibilidad de precios y salarios; y, sistema fiscal centralizado. Aquí es donde la técnica de los cocineros está fallando, fundamentalmente en la política fiscal común. Pongamos un ejemplo. Estados Unidos dispone de una moneda común sin ser una zona monetaria óptima. ¿Cuál es la diferencia? Pues que allí, si existe: a) una verdadera y real movilidad de factores (a un americano no le duelen prendas en empaquetar su casa y su vida y desplazarse miles de kilómetros para empezar de nuevo); b) flexibilidad en precios y salarios; c) pero, sobre todo, un presupuesto centralizado.
Y dejamos el arte para el final. Dice mi madre que el secreto está en ir probando el guiso y él mismo te va pidiendo lo que necesita. Pues con el Euro, el guiso está pidiendo a gritos ciertas cosas y los cocineros se empeñan en no escucharlas. Está pidiendo menos austeridad y una senda más amplia de consolidación fiscal; está pidiendo que el BCE abandone el corsé del Artículo 123 del Tratado UE (imposibilidad de monetizar o financiar deuda pública) y abra barra de liquidez para los gobiernos; está pidiendo un poco de inflación que alivie la tensión de la deuda; está pidiendo, en definitiva, aflojar un poco para que la población deje de estar atemorizada… Pero como el manual de cocina ortodoxo no recoge estos ingredientes y a nuestros preclaros cocineros les gusta seguir la receta al pie de la letra, el caldo se nos va estropeando poco a poco. Eso sí, mientras tanto nos lo tenemos que ir comiendo y si nos sienta mal, un poco de aceite de ricino, en forma de austeridad, es mano de santo.
PS. Parece que las últimas noticias abren la puerta a la esperanza y se habla de relajar la senda de ajuste fiscal y poner en marcha una agenda del crecimiento. Veremos.

El «melón» universitario: reformas y rankings.

Decimos en la Mancha que hay que tener cuidado con abrir un melón, que luego no se pueden cerrar. Pues bien, antes o después se veía venir que tocaría abrir el «melón» universitario. Por lo pronto se crea una comisión de expertos y se suben las tasas universitarias. Además se abre el debate sobre la calidad de la enseñanza universitaria española. A decir verdad, estoy de acuerdo con buena parte de los argumentos que alientan este camino reformista: sobredimensionamiento, elevada tasa de abandono universitario, prolongada permanencia de los alumnos, inadecuada estructura de tasas académicas, obsoleto planteamiento de la carrera docente e investigadora… Ahora bien, un argumento que me rechina especialmente es el de que España no cuenta con ninguna universidad entre las mejores del mundo (aquí y aquí). El dato es contundente y debe ser un indicador a tener en cuenta, pero que conviene matizar.

Primero.- «Los peligros de cualquier ranking«. Imaginemos que tenemos una clase con 25 alumnos. A la hora de escoger el método de evaluación podemos escoger entre que aprueben los 10 mejores o que aprueben todos los que superen el examen de conocimiento. ¿Que sistema cree el lector que es más justo y, además, racional? ¿Suspendería usted a quien demuestra los conocimientos necesarios sólo porque no está entre los mejores o más brillantes? Para que en una clase de 25, podamos seleccionar a los 10 mejores es matemáticamente necesario que haya 15 peores; lo cual sólo indica que están peor preparados en términos relativos pero no necesariamente en términos absolutos. A buen entendedor…
Segundo.- «La metodología del ranking«. Los ranking suelen sobre-ponderar la dimensión investigadora sobre la formativa o profesional; en buena parte debido a la facilidad de medición de la primera, en un claro ejemplo de que la disponibilidad del instrumental condiciona los resultados. En este sentido siempre me ha sorprendido que el prestigio de que gozan la Universidad de Comillas o la de Deusto entre la clase empresarial española no se refleje en una alta posición dentro de los rankings nacionales. ¿Se equivocarán los empresarios al permitir que formen sus cuadros de mando y pagarles además altos salarios?
Tercero.- «Las funciones de la Universidad«. La creación de conocimiento (lo que primariamente miden los rankings) es uno de los cuatro objetivos que la LOU-LOMLOU (Art. 1) atribuye a la universidad. Los otros tres son: formar profesionales, difundir el conocimiento en el ámbito universitario y fuera de él. Por tanto, no es de recibo evaluar toda la calidad universidad con arreglo a sólo uno de los cuatro objetivo. O bien cambiamos los objetivos o bien construimos indicadores más exhaustivos. En este sentido también sorprende que si nuestras universidades son tan malas (por no estar entre las 200 mejores) que nuestros egresados emigren a otros países europeos y encuentren de forma competitiva trabajos cualificados (medicina, enfermería, ingenierías…)
Sacralizar los rankings puede llevar a perder la perspectiva de que la universidad tiene otros tres objetivos distintos de la creación del conocimiento y no menos importantes. Si nos empeñamos en centrarnos sólo en el primero y establecemos la estructura de incentivos adecuada, seguramente lo conseguiremos a medio plazo; la calidad investigadora aumentará pero puede que la calidad formativa disminuya. Los profesores preferirán no salir de sus despachos y centrarse en escribir artículos en vez de atender alumnos y preparar unos buenos materiales docentes.

El triunfo de la Economía

Me viene a la memoria estos días algo que escuché hace unos años: «La Economía sería la ciencia «dominante» en el siglo XXI, al igual que la Teología lo fué durante buena parte de la Edad Media y Moderna». Me acordaba estos días pues, desde el inicio de esta crisis, parece que no hay vida más allá de la Economía. Todas las mañanas nos despertamos con noticias sobre bancos, empresas, déficit público, rescates, préstamos, recortes, desempleo, divisas, comercio exterior… conocemos mejor el valor de la prima de riesgo española que del precio del Kg de patatas (si no me creen, hagan la prueba). En definitiva, la Economía nos ha dominado… y es una pena.
Digo que es una pena, pues el «Proyecto vital» que se nos ofrece, basado en el enriquecimiento personal (ingresos) y el colectivo (PIB), nos está llevando a confundir el medio con el fín. Los recursos económicos son un medio para vivir más, para vivir mejor, para ser más felices. Sin embargo, relacionamos prosperidad con placeres materiales (consumo conspicuo), olvidándonos de aquellos bienes de orden superior (salud y felicidad de nuestras familias y amigos, confianza en la comunidad, carácter dignificador del trabajo, placeres intelectuales, disfrutar de la naturaleza…) que, aunque requieren dinero, no requieren ser esclavos del dinero. Es sorprendente, cómo las horas de trabajo que libera el desarrollo tecnológico se destinan a trabajar más para producir más y consumir más y no al cultivo de la dimensión personal y social.

Por cierto, el paralelismo como ciencia dominante Teología (S. XVI)-Economía (S. XXI) resulta interesante en su interpretación literal, pero lo es más, en su lectura simbólica. ¡Quizás la Economía ortodoxa tenga más de Fe y Creencia que de racionalismo científico! No se explica de otra manera la cantidad de paradigmas económicos que coexisten en la actualidad y la feroz crítica a la sabiduría convencional  desde corrientes alternativas o heterodoxas

Por otra parte, la realidad es tozuda y parece empeñarse en desdecir continuamente lo que la corriente principal (Consenso Washington o similar) demuestra con elegantes modelos matemáticos.

Sobre consumo conspicuo

La semana pasada se proyectó dentro del ciclo «La Economía en el Cine» de la Facultad a la que pertenezco la película «The Joneses» («amor por contrato» en castellano). Una sátira, llevada al extremo, de la mercantilización de los seres humanos (y no se imaginan hasta que extremo). La estupenda presentación de nuestra compañera de comercialización e investigación de mercados se centró en subrayar el enfoque de marketing que recorre toda la película. Lectura interesante, aunque mis particulares intereses me llevaron más al pensamiento económico.
La película me gustó especialmente por reflejar una de las ideas más poderosas de Thornstein Veblen, economista marginal aunque de poderosa influencia intelectual, considerado padre del institucionalismo. Tuvo una vida ciertamente peculiar; Bohemio, desaliñado, de rudas maneras y algo mujeriego, lo que le llevó a deambular por distintos campus americanos no siempre dejando buenos amigos.
La poderosa idea de que les hablo y que recorre la película como eje central es la del «consumo conspicuo» que mejor traduciríamos como «consumo presuntuoso», cuyo único objetivo es llamar la atención, jactarse, alardear de los bienes.
Para Veblen, este consumo pretencioso y desorbitado contribuyó a proyectar una aureola de admiración sobre los «robber barons» americanos de finales del XIX. Los Rockefeller, Vanderbilt, Rotschild… se convirtieron en los aristócratas «de facto» de la república americana. Impusieron unos modos culturales que los ciudadanos de a pie quisieron, y se esforzaron, por imitar. Estros «nuevos ricos» amasaron sus fortunas mediante estrategias depredadoras que, el darwinismo social, se encargó de legitimar moralmente. Todo ello modeló culturalmente la ética económica americana, de tal manera que enriquecerse y jactarse de ello (como si de una cornamenta entre una pelea de ciervos se tratara) fue el leit motiv de buena parte de la sociedad finisecular de Estados Unidos. Es más, a mi juicio, la fusión entre la ética protestante, la economía clásica y la selección natural Darwiniana ha conformado un específico modo americano de entender el papel de los seres humanos en la esfera económica y las relaciones que se establecen entre ellos.
La película «The Joneses» subraya la idea de que el consumo es comparativo y presuntuoso. El placer que nos proporciona nuestro consumo está directamente relacionado con el nivel de consumo de nuestro entorno (o teoría del soy feliz siempre que en la cena de nochebuena mi móvil sea más molón que el de mi cuñado). Algo absolutamente irracional desde el punto de vista humano ¿o no?

Artículo en «Economía Digital»: Sobre horarios

Hoy me publican en «Economía Digital » de LaCerca.com un artículo sobre el «peculiar» horario que rige nuestras vidas. La idea básica es que este país está «en funcionamiento» un buen número de horas cada día, sin que por ellos tengamos mayor calidad de vida, ni seamos mas productivos.

 El cambio horario suele ser un socorrido tema de conversación en estos días; al hilo de una de ellas, alguien contó la anécdota de que antiguamente en su aldea, cuando alguien preguntaba la hora, la gente respondía: ¿cuál, la solar o la de Franco?   

Estoy convencido de que tenemos un horario absolutamente disparatado, fundamentalmente por dos razones: ir una hora por detrás del huso horario internacional y, en segundo lugar, por tener un horario laboral partido con un excesivo descanso para comer (nótese que no incluyo el cambio horario de verano, aunque mucha gente cuestiona su eficacia). Ambas razones contribuyen a que este país esté “en plena actividad” un enorme número de horas, sin que por ello tengamos una mejor calidad de vida ni seamos más productivos.
Nuestro actual régimen horario data del año 1940, cuando Franco decidió alinear el horario español con el de la Alemania nazi. De esta forma, se añadía una hora más al huso horario que por posición geográfica nos corresponde; con el resultado de que entre octubre y abril tenemos una hora de desfase con la hora solar media y entre abril y octubre, la diferencia es de 2. Esto hace que el anochecer se retrase en nuestros relojes y que tengamos unos horarios nocturnos bastante tardíos.
El segundo disparate es la jornada laboral. Frente al horario “nueve-hasta-cinco” de buena parte del mundo occdidental, en España tenemos el horario “no-sé hasta-depende” que tradicionalmente podríamos asociar al 9:00-20:00 con dos/tres horas para comer, aunque esto va por barrios (léase cada cual según y cómo). Algunos ejemplos: “8:00-15:00” de banca y administración (aunque según casos te atienden sólo de 9:00 a 14:00); “9:30h-20:30h con descanso” del pequeño comercio; “10:00h a 22:00h sin descanso” del gran comercio; “9:00h a 18:00-19:00h con descanso” en diversos oficios de la construcción y parte de la industria; todo esto, por supuesto, es pincelada gruesa, pues en cada colectivo hay posibilidades de negociación (algunos bancos abren una tarde y en la administración hay flexibilidad de entrada y salida computando las horas). En la educación (con gran impacto en el ritmo de las ciudades) la cosa se pone más divertida; podemos tener un horario a la carta dependiendo de la región, e incluso el colegio; a grandes rasgos tenemos colegios con jornada continua (5 horas matutinas) o partida (3+2) pero los horarios de entrada y salida pueden cambiar. Esto era un mero recordatorio pues ya se lo saben, pero ¿a que impresiona puesto así todo junto?
A mi juicio, algunas de las consecuencias de este disparate son:
–          Dificultad de la conciliación de la vida familiar y laboral.- La disparidad de horarios hace que, al inicio de la jornada, numerosos padres necesiten horas matutinas para el cuidado de los niños; mientras que, al final del día, se llega a casa demasiado tarde para disfrutar de tiempo de calidad con los hijos.
–          Escasez de horas de sueño.- Un claro ejemplo de lo tardío de nuestro horario es que el “prime time” televisivo se sitúa a las 22:00h, dos horas más tarde que en el resto de Europa, lo que retrasa la hora de irse a la cama y reduce el descanso, con negativa incidencia en el rendimiento escolar.
–          Mayor número de horas de trabajo.- En las ciudades pequeñas es habitual ir y volver al trabajo mañana y tarde, con el consiguiente gasto de tiempo y energía, además de tener que “arrancar” la actividad dos veces. En las grandes ciudades, la congestión hace que se opte por comer en el puesto de trabajo, con lo que “de facto” se trabajan muchas más horas.
–          Ineficiencias y excesiva inversión de tiempo en la realización de gestiones administrativas.- La apertura de la administración al público se reduce “de facto” a cinco horas matutinas y expedientes complejos suelen requerir varias mañanas. Por otra parte, la incertidumbre horaria en el puesto de trabajo obliga a invertir tiempo previo en concertar citas o verificar que se puede realizar la gestión.
–          Alargamiento excesivo de los horarios comerciales.- Las grandes superficies abren hasta tarde, pues miles de trabajadores no pueden realizar sus compras diarias hasta que no finaliza su jornada laboral.
–          Dificultades para la programación cultural.- En el resto de Europa, la cena temprana permite asistir a actividades culturales sin necesidad de trasnochar. Aquí, o bien se trasnocha o bien se cena de cualquier manera.
Es cierto que, con buen espíritu mediterráneo, nos hemos adaptado a esta disparate y lo “sabemos vivir bien”, pero no deja de ser un caos.
02:30 a.m., me voy a la cama.

    Leyendo sobre… La doctrina del «shock»

    Pertenezco al grupo de los que creen en la bondad del ser humano, en su capacidad de empatizar con el otro, en la necesaria dimensión comunitaria de la existencia humana. Por ejemplo, frente a la barbarie del antiguo régimen, prefiero mirar el espíritu de la revolución francesa, frente a la barbarie del nazismo, prefiero recordar la «declaración universal de los derechos humanos» y frente al carácter descarnado del ciclo económico, prefiero ver los instrumentos de cobertura social que hemos consensuado en un buen número de países para proteger a los que el sistema excluye.

    Por todo ello leo con escepticismo el estupendo libro de Naomi Klein, la doctrina del Shock, (también en documental). La tesis central del libro es que la teología de mercado, sintetizada en el consenso de Washington (privatización, desregulación y recortes en los servicios públicos) puede imponerse en democracia, pero una implantación de largo alcance requiere de drásticas políticas, que sólo serán aceptadas en casos de traumas colectivos (crisis económicas, políticas, desastres naturales…) que venzan la resistencia de la gente. La autora, establece un paralelismo entre la tortura que anula la voluntad del individuo y las crisis sociales que anulan la capacidad de lucha de la gente; una vez que se produce dicha anulación es fácil controlar la voluntad del individuo y de la sociedad. Todas estas ideas las sintetiza la autora en la expresión «el capitalismo del desastre», una estrategia orquestada por gobiernos y corporaciones para aprovechar (o inducir) grandes crisis colectivas que permitan implantar el modelo económico de capitalismo desenfrenado, preconizado por el consenso de washigton bajo el lema de que no hay alternativa, y que beneficia solamente a la minoría mejor posicionada.
    Decía que leo todo esto con escepticismo pues no quiero creer en la teoría conspirativa que plantea el libro; es más, quiero creer que las medidas propuestas por los teóricos del capitalismo del desastre tienen buenas intenciones; buscan el bienestar de la gente y creen de buena fe que el libre mercado sin control es el camino más rápido para lograrlo. Por ejemplo, no quiero atribuir la desastrosa transición económica rusa a una trama conspirativa que buscaba beneficiar a intereses particulares, sino a la ingenuidad de los economistas que la diseñaron y que no tuvieron en cuenta los aspectos institucionales y culturales.
    En definitiva, no quiero creer en la conspiración sino en la buena fe. Pero cada día que pasa me lo tengo que repetir más veces. Además, siempre mantengo la esperanza de que cuando el mercado aprieta más allá de lo que requiere la eficiencia, la sociedad se resiste a convertirse en mercancía.

    Antes burócrata, que sencillo

    Estoy convencido, tras saber sobre las últimas reformas estructurales, de que en Moncloa tienen que tener un adagio cincelado en mármol en cada despacho que debe decir algo así como: «si puedes complicarlo, no lo hagas fácil». Un adagio que hasta ahora ningún gobierno ha decido cambiar; pues la burocratización y complejidad legislativa (por favor, no me confundan con desregulación) es algo que les pone un pelín a todos. La reforma laboral, que ahora anda de boca en boca, es una nueva oportunidad perdida para simplificar las cosas: para establecer un contrato único, que fije un marco de referencia estable y sencillo para empresarios y trabajadores. Un marco laboral cuya idea-fuerza sea primar la contratación, en las fases iniciales de la relación laboral, y la protección incremental, en las fases posteriores, buscando la mutua fidelización empresario-trabajador. El resto son cuestiones técnicas. De esta forma el mapa de contratos laborales se simplificaría al máximo. Sencillo, ¿no? Pues entonces mejor nos olvidamos y aplicamos el anterior adagio.
    Un nuevo caso es el «Código de Buenas prácticas de la Banca», que trata de limitar los desahucios en las familias en situación de marginalidad. La idea es estupenda. Además va en el buen camino de introducir medidas de solidaridad social. Estas medidas tienen un importante efecto material-económico -el más obvio- y otro, no menos importante, que es el pedagógico social: en una etapa de desánimo generalizado las medidas que reintroducen escenarios de solidaridad frente al individualismo descarnado del mercado son una terapia absolutamente necesaria para devolver la confianza en la sociedad que nos acoge. Bueno, que me despisto, a lo que vamos: este código establece unos requisitos técnicos que complican la idea inicial e introducen incentivos a la pillería; otra cosa que aquí también nos pone mucho. Ante cualquier nueva regulación que introduzca ayudas, lo primero que hacemos es ver si cumplimos los requisitos y, si andamos en el límite, a ver cómo los sorteamos.
    Las medidas establecidas son: Fomentar la refinanciación, la quita de la deuda y la dación en pago; esta última con un período de carencia en el deshaucio a cambio de un alquiler. Todas ellas buenas iniciativas, pero que a mi juicio, deberían tratarse de otra manera. Las dos primeras podrían quedar a la libre negociación de las partes (cosa que ya se hace según declara la banca). La última, el verdadero meollo de la cuestión, debería modificarse en la ley hipotecaria. Sería bueno establecer la dación en pago para todas las hipotecas, sin requisitos técnicos y sin tramos. Para algunos economistas, esta cláusula incrementaría el precio de las hipotecas; yo no lo creo. Puede ser que al principio así sea, pero cuando se convierta en una práctica habitual y dado el entorno de competencia que «presuponemos» en el sector financiero, al final el precio hipotecario estará en función del riesgo asumido (solvencia del cliente, valoración del inmueble…). Ademas se conseguiría evitar que la banca se extralimitara en la concesión de créditos de dudosa recuperación. Sencillo ¿no? Pues no, mejor lo complicamos todo y hacemos de la dación en pago una carrera de obstáculos. ¿para proteger a quién? Me pregunto.

    Leyendo sobre… «Manías, pánicos y cracs» (una y otra vez)

    La semana pasaba andaba de limpieza en el despacho y me topé con el, ya convertido en clásico, libro de Kindleberger «Manías, pánicos y cracs». Recuerdo que utilicé el libro para un trabajo de la asignatura «Sistema Financiero Español» de cuarto curso de licenciatura. Como soy de natural curioso y, sobre todo, de frágil (y selectiva memoria, según mi entorno más cercano) decidí releer las notas que tenía sobre el libro y el propio trabajo. Y cual no sería mi sorpresa cuando descubrí que aquel trabajo podría ser perfectamente presentado por una alumno 20 años después. En el año 1993 vivíamos una crisis financiera que, salvando las distancias, presenta patrones similares a la actual… y, en definitiva, a todas las crisis que en el mundo han sido. Lo cual me hace preguntarme ¿Seremos incapaces de aprender del pasado?
    La tesis principal del autor es que «…los mercados funcionan bien en general y que normalmente se puede confiar en ellos para decidir la distribución de los recursos y, dentro de ciertos límites, la distribución de las rentas, pero que ocasionalmente los mercados estarán abrumados y precisarán cierta ayuda. Naturalmente, el dilema reside en que si los mercados saben de antemano que se les dispensará una ayuda generosa se derrumban con mayor frecuencia a la vez que funcionan con menor efectividad«. Es decir, un clásico problema de riesgo moral: en situaciones críticas hay que rescatar para evitar males mayores, pero la perspectiva del rescate conduce a prácticas  irresponsables y aumenta las posibilidades de llegar a esa situación crítica.
    Ahora los bancos son demasiado grandes para caer (TBTF), pero no siempre ha sido así y haber dejado caer a algunos bancos pequeños o medianos quizás hubiera alentado la prudencia y la sensatez en las inversiones financieras, frente a los riesgos desproporcionados y la espiral especulativa. Sadeq Sayeed, un relevante financiero del que ya hablé en otra ocasión, situaba el origen cercano de la presente crisis en el rescate del fondo de inversión «Long-Term Capital Management«. El fondo perdió 4600 millones de dólares con la crisis rusa lo que llevó a la intervención de la Reserva Federal. La importante lección es que el Fondo no era lo suficientemente grande para que su caída pusiera en peligro al sistema, pero transmitió a todo el mundo financiero la seguridad de que la Reserva Federal no dejaría caer a nadie. En otras palabras, la caída no habría tenido impacto sobre el sistema financiero, pero sí lo tuvo la lectura que el mundo de las finanzas hizo de dicha intervención. «Barra libre al riesgo». ¿Para qué centrarnos en inversiones prudentes y de rentabilidad normal, si podemos conseguir rentabilidades extraordinarias y forrarnos con inversiones arriesgadas? Además, en el peor de los casos, nunca nos dejarán caer.
    En segundo lugar, el libro resulta interesante por la familiaridad con que puede releerse a la luz de la presente crisis (no tan diferente de otras anteriores) siguiendo la secuencia (que Kindleberger toma prestada de Minsky): Shock externo (Detonante) =>  Oportunidad negocio => Auge => Expansión Crédito => Especulación-Aumento Demanda => Euforia o sobrenegociación (Manía) => Apalancamiento => Burbujas => Especulación desplaza de objetos valiosos a ilusorios => Aceleración interés, circulación dinero y precios => Alguien decide vender y obtener beneficios => Dudas y Vacilación => Estampida por deshacerse activos tóxicos => Pánico => Crac.

    Leyendo sobre… «Darwin y Economía»

    El darwinismo social, sintetizado en el adagio «la supervivencia del más apto», se ha convertido en uno de los sustentos intelectuales más firmes de la teología del libre mercado. Si el proceso de selección natural contribuye a la mejora de las especies (y la economía) cualquier impulso humanitario (protección, regulación) necesariamente ha de entorpecer dicho camino hacia la perfección. Esta lectura de Darwin encaja perfectamente con la metáfora de la «mano invisible» de Smith, según la cual el comportamiento egoísta contribuye al bienestar de la sociedad. La fusión Darwin-Smith parece legitimar científicamente determinadas opciones morales y políticas. ¿Será esta la única lectura? ¿Realmente no hay alternativa (Thatcher Dixit)?
    Rober H. Frank, autor del Manual que recomiendo en Microeconomía, y nada sospechosos de heterodoxia económica ha escrito un interesante libro que cuestiona la anterior interpretación de Darwin.
    La tesis central del libro es que «con frecuencia las fuerzas desenfrenadas del mercado no consiguen canalizar el interés propio individual hacia el bien común Al contrario, en determinadas ocasiones, como Darwin supo ver, «los incentivos individuales pueden desembocar en despilfarradoras carreras armamentísticas«; es decir, estrategias sin más meta que superar al adversario. El autor lo ilustra con el siguiente ejemplo (de ahí la imagen de portada). En los alces, la cornamenta no es una arma contra predadores externos, sino contra otros miembros de la especie por el acceso a las hembras; a mayor cornamenta, mayor posibilidad de apareamiento. Como resultado, los alces tienen unas cornamentas muy grandes que benefician al individuo, pero perjudican notablemente a la especie a la hora de escapar de sus predadores.
    Como ya hemos señalado el autor no es precisamente un antisistema, él mismo reconoce que «a diferencia con la mayoría de críticos de izquierda, admito la validez de la mayoría de los supuestos básicos libertarios -que los mercados son competitivos, que la gente es racional, y que el estado debe asumir la carga de la prueba antes de limitar cualquier libertad de actuación individual del ciudadano» No obstante, «cuando la recompensa depende del ranking que se ocupa dentro del colectivo desaparece la presunción de armonía entre el interés individual y el colectivo, y con ello, el postulado fundamental que legitima la un mercado sin restricciones«.
    Una vez establecido que interés individual y colectivo pueden divergir, el autor se dedica a defender que un sistema impositivo es más eficiente que uno regulatorio para intentar controlar aquellas actitudes individuales que perjudican a la especie. Como buen microeconomísta y conocedor de la conducta humana y de que los agentes económicos se mueven por incentivos argumenta que es mucho mejor actuar sobre estos y que sea el propio individuo el que decida lo que más le conviene que implementar una legislación restrictiva de la libertad individual. Además «los impuestos sobre actividades dañinas matan dos pájaros de un tiro. Generan ingresos y desincentivan comportamientos individuales cuyos costes exceden los beneficios».

    Cae el PIB Alemán. ¿Malas noticias?

    Según el último parte de guerra de Eurostat, el PIB de la Eurozona y de la Unión Europea ha caído en ambas  un 0,3% durante el último trimestre del 2011, con el agravante de que la locomotora alemana también empieza a sufrir las embestidas de la crisis y verá contraída su economía en un 0,2%. Pésimas noticias para los Europeos ¿o no?

    Parece que Alemania, con su fortaleza exportadora y su capacidad de endeudarse a coste 0 o negativo, pensó que la crisis no iba con ella, que era cosa de otros, que había que meter en cintura a los vagos y derrochadores habitantes del sur.No diré yo que desde el sur no se hayan dado argumentos sobrados para hacer enfadar a los vecinos del norte, pero la estrategia terapéutica emprendida por Alemania, al más puro e inflexible estilo germánico, basada en las teología de los recortes, ataca directamente la línea de flotación del barco del Euro y, lo que me parece más relevante, a la propia esencia del proyecto político de integración europea; hasta ahora, conviene recordar, la única fórmula anti-conflictos bélicos europeos que ha demostrado ser verdaderamente eficaz.
    Pues bien, que me despisto, Alemania con su premeditado estrangulamiento fiscal y monetario y la confianza ciega en el efecto expansivo de la austeridad fiscal está haciendo zozobrar el barco, y que si nos hundimos, nos hundimos todos. Puede que no económicamente pero sí Europeísticamente.
    Por esto, el decrecimiento Alemán puede no ser tan mala noticia. Quizá lleve a la señora Merkel a ver la necesidad de abrir el grifo de los euros y del gasto público. Si no hay dinero, si la actividad económica se paraliza, si cae en picado la confianza de los consumidores y en cadena la de los empresarios y la inversión ¿dónde van a colocar los su estupenda maquinaria de última tecnología producida hiper-eficientemente?
    Como ya dije, la estrategia alemana tiene un claro efecto pedagógico pero cuidado no vayan a pasarse de frenada.

    Artículo en «Economía Digital»: Sobre Adam Smith o el Apóstol del Capitalismos de libre mercado que nunca fué


    Hoy me publican en «Economía Digital » de LaCerca.com un artículo Adam Smith o el Apóstol del Capitalismo de libre mercado que nunca fue

    La reciente crisis económica está elevando a Adam Smith al olimpo de los Dioses. Su “mano invisible” se ha convertido en el argumento de autoridad que avala la hipótesis de la eficiencia de los mercados y la subsecuente política económica de austeridad y desregulación que de ello se deriva. Sin embargo, nada más lejos de la realidad; no, al menos, cuando se hace una lectura más global de la obra de Smith.
    Fascinado por el mecanicismo Newtoniano, Smith trató de encontrar una ley universal que explicara el funcionamiento del universo social al igual que la ley de la gravedad explicaba el funcionamiento del universo físico. Esta ley la encontró en las motivaciones individuales (pasiones y virtudes) que la Naturaleza imprimía en los seres humanos y que, sin pretenderlo, beneficiaban al conjunto de la sociedad. Smith consideró tres virtudes especialmente “dignas de admiración”: la justicia, la prudencia y la benevolencia. De hecho, el gran proyecto intelectual de Smith fue escribir un libro sobre cada una de ellas; una trilogía que explicara el funcionamiento del universo social, sus leyes motrices y los obstáculos en el camino hacia lo que él denominaba “sistema de libertad natural”, concebido como el último estadio natural y más perfecto en la evolución de las sociedades humanas caracterizado por libertad, la igualdad y la justicia. De los tres libros proyectados, sólo acabo dos: La Teoría de los sentimientos moralessobre la virtud de la benevolencia y La Riqueza de las naciones, sobre la virtud de la prudencia.
    Se pregunta Smith en la Teoría de los Sentimientos Morales “¿cuál es el motivo de todo el esfuerzo y trajín de este mundo?” Obviamente, el primer motivo es satisfacer las necesidades de subsistencia (alimento, techo, vestido…); pero una vez cubiertas “¿cuál es el fin de la avaricia y la ambición, de perseguir la riqueza, el poder, la preeminencia?” La respuesta es categórica, el verdadero deseo de los seres humanos es “ser admirados, ser atendidos, ser considerados con simpatía, complacencia y aprobación”. Esto se puede conseguir buscando la sabiduría o la virtud, pero, principalmente lo que admira la gente es la riqueza.
    La búsqueda del interés propio, tal y como la entendió Smith, no puede ser desligada de la virtud de la prudencia, que impide proceder de forma desordenada o arriesgada, ni de la virtud de la benevolencia que tiene en cuenta la situación del otro (empatía) y que nos impulsa a comportarnos siguiendo ciertos valores morales. La virtud de la justicia, por su parte, promueve a nivel interno (conciencia) comportarse de forma apropiada y a nivel externo (sistemas jurídicos) velar por el cumplimiento de las normas que garantizan el funcionamiento de la sociedad.

    El Smith que surge de esta lectura global difiere claramente de la errónea caricatura, por simplificada, asociada al campeón del laissez-faire y apóstol del capitalismo, predominante en los manuales de economía y también en los medios de comunicación. Smith percibió claramente la paradoja implícita en el interés-propio: por una parte beneficia a la sociedad, pero también puede destruirla cuando no es moderado por las virtudes internas y por las instituciones externas… como la presente crisis se ha encargado de mostrar. ¿Quién sabe lo que opinaría Smith ante todo el esfuerzo desregulador de los mercados financieros que se ha hecho en su nombre?

    Artículo en «Economía Digital»: Sobre «¿Quien se está comiendo la tarta?»

    Hoy se pone en marcha el períodico «Economía Digital» de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de Albacete, centro en el que trabajo.
    Interesante iniciativa para acercar la universidad a la sociedad que la sustenta y a la que se debe.
    Mi primera colaboración se titula  ¿Quién se está comiendo la tarta?

    Una de las metáforas preferidas entre los adalides de la eficiencia de los mercados y del estado mínimo suele ser la de la tarta. Consideran que lo realmente importante es el crecimiento de la misma (léase riqueza) sin importar su distribución. De hecho, si la tarta es mayor, todo el mundo recibirá una porción superior a la del año anterior, lo cual redundará en una mejora de la situación de la población con menores ingresos. Lo importante, pues, no son las comparaciones interpersonales sino los incrementos de riqueza individual; que la porción que corresponde al 10% más rico crezca mucho más que la que corresponde al 10% más pobre, es hasta cierto punto irrelevante pues todo el mundo pilla bocado. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la tarta deja de crecer y, sin embargo, la porción de los ricos sigue aumentando?
    Recientemente la OCDE ha publicado un interesantísimo informeen el que muestra cómo la desigualdad entre ricos y pobres ha aumentado en todos los países miembros de la organización durante las tres últimas décadas. En términos medios, el 10% de la población más rica tiene un ingreso nueve veces superior al del 10% de la población más pobre. Estas cifras han aumentado incluso en países con amplia tradición redistributiva como Alemania, Dinamarca y Suecia. En el extremo de la escala se encuentra Chile, país en el que la diferencia se eleva a 25 veces.  ¿Tendrán algo que ver los Chicago Boys? En el caso de España, la desigualdad se sitúa alrededor de la media OCDE, pero contrariamente al resto de países, ésta se ha reducido en un 20% hasta el año 2008. No obstante, en los dos últimos años la diferencia está aumentando. Veremos cómo evoluciona en el futuro, pero o mucho me equivoco o aumentará espectacularmente, dado el desempleo masivo en el sector de la construcción, cuyos altos salarios durante el boom seguramente explicarían buena parte de la disminución de la desigualdad hasta el 2008.
    En cualquier caso, los datos y el diagnóstico por parte de la OCDE son contundentes. Los ricos son mucho más ricos y siguen apropiándose de porciones mayores de una tarta que, por el momento, ha dejado de crecer; estrategia que puede volverse dramáticamente en su contra. Esta situación rompe con el contrato social que ha dado estabilidad a las sociedades occidentales en los últimos 60 años. Poner en riesgo dicha estabilidad por una actitud de maximización de beneficios a corto plazo puede ser como tirar piedras contra el propio tejado. En un interesante artículoJoseph E. Stiglitz sugiere que los ricos están jugando con fuego, pues su destino y bienestar está asociado al del resto de la población. Los muros de sus mansiones  y urbanizaciones no los protegerán de las revueltas sociales, como la historia ha mostrado en repetidas ocasiones. Incluso un razonamiento economicista advierte de lo equivocado de esta estrategia, pues si quieren preservar su status quo a largo plazo, deberán empezar por devolver a la sociedad parte de lo que la sociedad les da. Mayores impuestos u otras formas de compartir parte de su riqueza no deberían ser anatema sino su tabla de legitimización ante la sociedad.

    Prostitución (de ideas) Académica

    Pensé en titular esta entrada «Prostitución Académica», a secas, pero decidí aclarar el asunto entre paréntesis, pues los buscadores de internet los carga el diablo y no quiero que alguien, buscando otro tipo de contenidos, llegue hasta aquí y se sienta un tanto decepcionado por no ser mi foto la que esperaba encontrar.

    A lo que vamos. Reordenando papeles en el despacho me he encontrado con un interesante artículo académico del año 2003 de Bruno Frey titulado «Publishing as prostituion? Choosing between one’s own ideas and academic success» El título del artículo resume excelentemente la tesis del autor y el problema que aborda. Pongámonos en antecedentes.
    En el mundo anglosajón desde hace décadas y en el español, principalmente desde la reforma universitaria concretada en la LOU-LOMLOU, el éxito académico está directamente relacionado con la calidad de las publicaciones que uno pueda acreditar. Dicha calidad se suele medir por el factor de impacto; es decir, por el número de veces que el artículo y la revista en que aparece son citadas. Con estos números se construyen índices, convertidos en el patrón de medida de la excelencia académica. A mayor número de citas corresponde una posición más elevada en el índice y mayor influencia y prestigio. El índice más utilizado a nivel internacional es el de Thomson (Journal Citation Report). En España disponemos de uno elaborado por la Universidad de Granada (In-RECS).
    El autor sostiene que este sistema penaliza la creatividad científica. Dado que el éxito académico (y con ello tus habichuelas) depende de las publicaciones, existe un fuerte incentivo a escribir lo que la línea editorial de la revista está dispuesta a publicar y a realizar cuantos cambios en el artículo exija el evaluador anónimo (para publicar en una revista, el proceso habitual suele ser contar con el informe favorable de dos evaluadores anónimos). En algunos casos, los comentarios enriquecen el artículo, pero en otros, anulan algunas de las ideas principales; y sacar la dignidad a relucir puede ser una mala inversión.
    El más conocido ejemplo es el del premio Nobel de Economía 2001 George Akerlof, cuyo artículo más emblemático «Market for Lemons» fue rechazado por la «American Economic Review» y la «Review of Economic Studies» por ser trivial y por el «Journal of Political Economy» por demasiado genérico. Finalmente, fue publicado por el «Quaterly Journal of Economics» convirtiéndose en uno de los artículos más citados de todos los tiempos.
    En España, los requisitos de publicaciones establecidos por la ANECA obligan al profesorado a luchar contra el tiempo en una carrera por publicar como sea, diciendo lo que sea en revistas que se consideren de prestigio. De lo contrario peligra, y seriamente, la carrera como profesorFlaco favor se hace a la ciencia con esta perspectiva tan cuantitativista y eficiente (no diré yo lo contrario) pero tan poco rompedora con el estado actual del conocimiento. Por cierto, y de la docencia ¿quien se acuerda?

    PS. Agradezco a mi compañera MAD que me hiciera llegar tan estupendo artículo.

    La banca del futuro

    Ayer tuve una visión. Me imaginé como será la banca del futuro. ¿y porqué? Pues porque me pasó algo un pelín aterrador. Les cuento.
    Tengo una cuenta corriente en una sucursal de uno de los grandes bancos del país, del que, además, el director es buen amigo. Como todo hijo de vecino cuando tengo algún problema o gestión, o bien me paso por la oficina o bien le llamo por teléfono. Por circunstancias que no vienen al caso, decidí cancelar una tarjeta de crédito; hablo con el director para que tramite la oportuna baja y me dice que él ya no puede hacer nada, que tengo que llamar a un 902. Se me cayeron los palos del sombrajo. ¿Porqué? Ahora les cuento.

    Esa misma mañana había decidido sumergirme en las turbulentas aguas de intentar modificar las condiciones de una línea ADSL. Ya saben: peleas y más peleas con teleoperadores sin capacidad de resolución de problemas, departamentos de atención al cliente, departamentos de bajas, musiquitas chill-out y largas esperas entre todos los eslabones del protocolo y, para mas inri, pagando un 902 (que cambian cada semana) pues no les sale de los santos poner un teléfono convencional que nos resulte gratis. ¿Porqué decidí meterme en ese lío que ya conocía? Pues porque pasar de una línea de 50MB a una de 6MB y me dijeron que era imposible, que tenía que hacerlo por tramos: de 50 a 30; de 30 a 15; y de 15 a 6 y dejar pasar una hora entre cada orden ¿Se pueden creer el disparate? Al final lo conseguí previo darme de baja y atender la llamada del departamento de calidad, el cual me tuvo que ofrecer unas condiciones excepcionales para que me quedara, con lo que, encima, perdieron dinero. Y yo me pregunto ¿Qué ganará la compañía con exprimir así al cliente y generar en él una desconfianza difícil de subsanar? No lo puedo entender. Pero ese es otro tema.
    Se imaginan, pues, mi sorpresa cuando me pasan con un 902 para dar de baja una tarjeta de crédito que yo había contratado físicamente y firmado en una sucursal del banco. Hace tiempo que soy usuario de banca electrónica, pero esto era otra cosa. La atención, eso sí, fue exquisita; no obstante demos tiempo al tiempo y verán. Si el modelo predatorio del sector de las telecomunicaciones es el futuro de los servicios financieros apañados vamos.
    Me cuentan algunos amigos, directores de sucursal, que hace tiempo que su capacidad de maniobra es nula. Antes, podían apostar por un cliente; conocían su trayectoria, su familia, sus ilusiones y, sobre todo, confiaban en él. Ahora el rostro se pierde; un departamento de créditos analiza los números, una fórmula matemática arroja un resultado y dice si ha lugar al préstamo… o tararí que te ví.
    Una de las razones de la inflación de hipotecas basura en USA está relacionada con el hecho de que el vendedor de hipotecas (al igual que el de tarjetas) cobra a comisión y, además, no sufre los efectos del impago, pues dicha hipoteca se empaqueta con otros productos financieros y se revende. Este sistema incentiva enormemente las hipotecas de baja calidad. En España, con todos sus usos y abusos, el mecanismo es algo distinto. El banco, hasta ahora, tenía un trato personal con el cliente y, supuestamente, creía en su solvencia pues es el principal perjudicado en caso de impago. Pero me dá que esto se va a acabar. La prestación de servicios mediante comunicación electrónica presenta dos grandes ventajas: ahorra costes y, sobre todo, elimina el trato personal, lo que facilita las decisiones drásticas eliminando la posibilidad de compasión que a todo ser humano nos genera la desgracia con rostro. Personalmente, creo que esta estrategia cortoplacista es a la larga una mala inversión. Pero ¿quien le dice que no a unos suculentos beneficios millonarios?; y el que venga detrás que arree.

    Leyendo sobre… Crisis, incentivos y (Des)confianza.

    Recientemente he terminado la lectura del último libro de Stiglitz «Freefall : America, free markets, and the sinking of the world economy«. Una nueva acometida del nobel de Economía, Ex-Vicepresidente del Banco Mundial y Profesor de Columbia contra el modo de entender la economía y la ciencia económica de neoliberales y allegados.
    La lectura del libro me traía continuamente a la memorial el documental Inside Job del que hablé en una entrada anterior. El enfoque, el análisis y el diagnóstico son muy similares; obviamente con las salvedades que establece el formato. Disfruté viendo el documental y también lo he hecho leyendo el libro. Quizá más pues aparece de forma recurrente dos ideas que considero fundamentales para entender la crisis y sus consecuencias.
    Para Stiglitz la razón principal de la crisis es un problema de incentivos. El sistema financiero se ha diseñado de tal manera que existe un fortísimo incentivo al beneficio cortoplacista y una nula consideración de las externalidades negativas que esta actitud genera. Por ejemplo; si los vendedores de hipotecas o tarjetas de crédito trabajan a comisión, su principal incentivo será vender tantas como puedan con independencia de la calidad del prestatario, pues ellos no asumirán las consecuencias del impago sino aquellos otros agentes a quien las vendan en forma de derivados financieros. En todo este proceso la externalidad negativa para la sociedad que implica el impago en masa, en forma de crisis, no se tiene en cuenta por parte de las agentes privados que se lucraron con dichas ventas.
    Una segunda idea que, por mis especiales preocupaciones, me parece más interesantes es la insostenibilidad de la sociedad capitalista por la mutua desconfianza que genera entre los agentes económicos. Si realmente los agentes económicos se comportan como establecen los modelos racionalistas económicos, nadie se fiará de nadie pues todo el mundo trata de aprovecharse al máximo de la contraparte en cada operación. Es cierto que generalmente, una transacción económica se realiza porque beneficia a ambas partes, pero en un entorno excesivamente competitivo, predatorio y con información asimétrica podemos racionalmente a empezar a dudar sobre la honestidad de todos los agentes y si la transacción se ha realizado en unos términos justos. Cuando las prácticas deshonestas se generalizan, la desconfianza bloquea los mercados (como ha ocurrido con el de los préstamos financieros o el de los pagos a plazos a proveedores) y el sistema entero sale perjudicado.
    Creo, y esta es una amarga conclusión personal, que el modelo de sociedad capitalista que nos hemos empeñado en construir se está llevando por delante el sentido de comunidad, de ciudadanía compartida y comprometida con el otro, que los seres humanos, en cuanto animales sociales (Aristóteles dixit) necesitamos para poder subsistir tanto biológica (nadie es autosuficiente) como relacional.
    Estoy absolutamente convencido de que la mayoría de la gentes es honesta en sus relaciones económicas, pero también de que ese nivel de calidad moral de nuestra sociedad se está degradando de una manera acelerada bajo la presión mediática del poder del dinero, de tal manera que todo vale para aumentar las cifras de la cuenta corriente. Pero no todo vale.

    Pintan bastos a menos que las autoridades monetarias tiren de chequera

    Cuando la deuda pública parece que nos da un respiro y los mercados nos prestan más dinero a un precio menor (aquí), va el FMI y nos fastidia el desayuno. Por lo visto se ha filtrado un documento en el que el organismo financiero rebaja su previsión respecto al crecimiento de la economía española; de hecho no es una rebaja sino un cambio de signo. De afirmar hace 4 meses que España crecería al 1,7% (aquí) pasa a sostener que entrará en recesión los dos próximos años. Hasta la semana que viene no publicarán el informe oficial, pero ya vemos por donde pueden ir los tiros.

    La pregunta realmente interesantes es qué ha ocurrido en el interín para que el FMI cambie tan drásticamente sus proyecciones. Pues o mucho me equivoco o la respuesta hemos de buscarla en el monumental ajuste fiscal que se está aplicando en la economía española. Este ajuste tendrá un impacto directo en la contracción de la demanda y, lo que es más preocupante, en las expectativas de la ciudadanía. Los agentes económicos no acaba de confiar en el efecto expansivo de la austeridad fiscal, principal argumento teórico subyacente a las políticas contractivas que se vienen aplicando desde el 2010. Políticas que parece que no acaban de funcionar. ¿persistir en el error no será errar dos veces? Esto me recuerda una conversación de hace un par de noches con un amigo que con mucho cinismo (leáse mala leche) me preguntaba: oye Fabiete, ¿con tantos economistas listos que hay en el mundo (también había mala leche en la omisión personal implícita al formular la pregunta) cómo es que no acabamos de salir de ésta?
    Mi respuesta fue la que ya vengo dando, más o menos explícitamente, en este blog. Nos hemos empeñado en el control del déficit como principal política contra la crisis, esperando que el ajuste devuelva la confianza a los agentes privados, olvidando que el principal problema es la demanda, el crédito y la nula inflación. El dinero que las autoridades monetarias inyectan en la banca no llega a los hogares pues prefieren utilizarlo para recapitalizarse o comprar deuda pública (lo de que el BCE preste barato a la banca para que ésta preste más caro a los gobiernos es para nota) y el dinero que llega a los hogares se ahorra en espera de tiempos peores o se utilizar para pagar deudas con lo cual no moviliza nueva producción. ¿Qué hacer pues? Mi propuesta, sabiéndome del guión, de los textos cuasi-bíblicos que proponen los manuales de economía convencional sería: Línea de crédito ilimitada a interés 0 por parte de las autoridades monetarias para que las administraciones públicas puedan pagar las deudas ya contraídas (no para nuevas).
    Nota.- si constitucionalmente el BCE no puede hacerlo (Art. 101), pues se cambia la constitución UE, pues «la ley está hecha para el hombre…» o bien se hace a través de otros intermediarios (FMI)
    Las ventajas serían:
    • Introducir liquidez en la economía.
    • Minorar el déficit público, debido al menor coste de financiación.
    • Acabar con la incertidumbre de los proveedores del sector público.
    • Leve inflación que desapalanque en parte las economías domésticas y las empresas.
    Los posibles inconvenientes
    • Descontrol de la inflación.
    • Pérdida de competitividad exterior; aunque vemos que en el contexto internacional llevamos las de perder en la competencia vía precios.
    • Riesgo moral del derroche público; al final viene alguien y paga la factura de la fiesta. 

    Creo que los dos primeros son asumibles dado el nivel de desempleo y las nulas perspectivas de crecimiento.

    En relación con el «riesgo moral», creo que se ha aprendido la lección de que en época de auge el Estado debe ahorrar, y no derrochar suntuariamente, para cuando vienen mal dadas; siendo entonces el momento de gastar. Y si los políticos no lo han aprendido, pues se aplican con rigor las leyes de estabilidad. En cualquier caso, errores pasados no debe estar permanentemente lastrando el futuro. La factura de la fiesta hay que pagarla como sea y cuanto antes y pasar página y si cierta heterodoxia monetaria nos puede ayudar a salir de ésta, pues bienvenida sea.

    Sobre la «casta» política

    Comentaba en una entrada anterior (aquí), al hilo del caso Berlusconi, que la defenestración de un político por parte de los mercados no es el orden natural de las cosas en las democracias occidentales. Un político dimite por voluntad propia o por la presión popular pero no debería dimitir por la presión de los mercados.(materializada en el diferencial de deuda). Otra cuestión bien distinta es que se lo tenga merecido y que buena parte de la ciudadanía italiana duerma más tranquila con Mario Monti al timón. Pero en democracia, las formas son importantes, muy importantes.
    Lo anterior, sin embargo, no exime de exigir responsabilidad a la clase política. Los casos de corrupción se suceden en las cabeceras de los periódicos dejando en la ciudadanía la sensación de que los políticos se lo han estado llevando crudo; de que este es un país de amiguetes (quien no tiene padrino…), de despilfarro y obras faraónicas, de clientelismo, de que el que venga detrás que arree… y no es así; o al menos yo así lo quiero creer. Entre administración local, comarcal (según casos), provincial, regional, nacional y europea son miles los políticos de este país, muchos de ellos no remunerados (administración local) que ejercen su cargo con vocación de servicios a sus ciudadanos. No obstante, la amplificación mediática de los escándalos, su relativamente gran número y lo escabroso de los detalles oscurece ese labor y provoca que los ciudadanos metan en el mismo cesto de la casta-política-privilegiada-e-insensible-a-los-problemas-del-ciudadano a todo cargo electo. Y esto no es justo.
    Ahora bien, donde sí veo una culpa colectiva por parte de la clase política es, primero, en no apartar con la suficiente diligencia las manzanas podridas del cesto y, segundo, en anteponer sus problemas e intereses corporativos, orgánicos y electorales a los del interés general del país. Estas dos actitudes son las que, a mi juicio, explican el desapego y distanciamiento de los españoles hacia su clase política.
    No puede ser que con la que está cayendo los ciudadanos perciban a la clase política y a los partidos como el tercer gran problema del país (aquí) y no como la solución. Algo no funciona.

    Sobre la Navidad

    La navidad se está convirtiendo en una molesta china en el zapato para la  coherencia discursiva de la civilización occidental de tradición judeo-cristiana. Si bien, no molesta a todos, ni a todos de la misma manera.
    Para la minoría cristiana practicante la china ni siquiera existe, por el momento; y vive con toda su significación cultual y religiosa estas fechas. Un segundo grupo, integrado por el resto de cristianos no practicantes, agnósticos y ateos indiferentes viven la navidad con ciertos adornos característicos de las fechas (árboles, belenes, tarjetas y buenos deseos) pero desprovista de su dimensión religiosa; podríamos hablar de un grupo «sin complicaciones»; respetan a la vez que exigen ser respetados. Un tercer grupo, los ateos militantes y expresamente beligerantes son los que se enfrentan a mayores incongruencias y, paradójicamente, los que se ponen un pelín pesados con el tema y aburren al más pintado de cualquiera de los otros grupos.
    En la navidad actual, razón, sentimiento y negocio se entremezclan formando una extraña salsa. La razón laica y atea no quiere conmemorar la fiesta más emblemática del cristianismo, pero el sentimiento no puede resistirse a buscar y reencontrarse año tras año con la calidez humana y el instinto maternal de acogida que impregna estos días la gran mayoría de los hogares. Por otra parte, los centros comerciales, verdaderos nuevos templos del siglo XXI, han montado un enorme escenario de luces, velas, estrellas, bonachones-vestidos-de-rojo-con-barba-blanca, espumillón y burbujas para conmemorar algo a lo que la razón se resiste. Algunos tratan de reencontrar la coherencia en el «solsticio de invierno» y ancestrales ritos cósmicos pero no saben lo que hacer con los adornos culturales que decoran estos días. Es un anticlericalismo con festín en nochebuena y brindis con champán.
    Por el momento, querámoslo o no la navidad tiene una profunda significación cultural que merece su conocimiento y, sobre todo, respeto. Escribo esta entrada escuchando el Mesías de Haendel. Una obra que conmueve sin ser creyente, pero que se disfruta mucho más cuando sabe interpretarse los textos. La experiencia de Fe es otra cosa bien distinta y queda restringido al ámbito personalísimo del individudo.
    Por cierto, Feliz Navidad

    PS. Margarite Yourcenar tiene una excelente glosa sobre la navidad (recientemente descubierta gracias a mi hermenéutico amigo) que no puedo dejar de transcribir como epítome del no creyente ilustrado y respetuoso con su tradición cultural.

    Magarite Yourcenar (1976)

    La época de las Navidades comercializadas ha llegado ya. Para casi todo el mundo –dejando aparte a los miserables, lo que nos da muchas excepciones- es un alto para el descanso, cálido e iluminado, en el período grisáceo del invierno. Para la mayoría de los que hoy celebran estos dóas, la gran fiesta cristiana se limita a dos ritos: comprar de manera más o menos compulsiva unos objetos útiles o no, y atracarse o atracar a las personas de su círculo más íntimo, en una inextricable mezcla de sentimientos donde entran a partes iguales el deseo de complacer, la ostentación y la necesidad de darse uno también un poco de buena vida. Y no olvidemos a los abetos siempre verdes cortados en el bosque –símbolos muy antiguos de la perennidad vegetal y que acaban por morir al calor de las calefacciones- ni a los teleféricos que sueltan a sus esquiadores sobre la nieve inviolada.
    Yo no soy católica (salvo por nacimiento y tradición), ni protestante (salvo por algunas lecturas y por la influencia de algunos grandes ejemplos), ni siquiera cristiana en el sentido pleno del término, pero todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en significaciones y también su cortejo de fiestas menores como el día de San Nicolás y la Santa Lucía nórdicas, la Candelaria y la Fiesta de los Reyes Magos. Pero limitémonos a hablar de la Navidad, esa fiesta que es de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y respeto, que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de gente pobre: una antigua balada francesa nos describe a María y a José buscando tímidamente por toda Belén una posada al alcance de su bolsillo, sin que nadie acepte alojarlos, ya que los posaderos prefieren a unos clientes más brillantes y más ricos, siendo finalmente insultados por uno de los que “aborrecen a los pobretones”. Es la fiesta de los hombres de buena voluntad –como decía una fórmula que no siempre encontramos ahora, desgraciadamente, en las versiones modernas de los Evangelios-, desde la sirvienta sordomuda de los cuentos de la Edad Media, que ayudó a María en el parto hasta José que calentó ante una escasa lumbre los pañales del recién nacido, y hasta los pastores embadurnados de grasa de oveja y a quienes Dios juzgó dignos de ser visitados por los ángeles. Es la fiesta de una raza a menudo a menudo despreciada y perseguida, puesto que el Recién Nacido del gran mito cristiano aparece en la tierra como un niño judío (empleo la palabra mito con respeto, como la emplean los etnólogos de nuestro tiempo, y como algo que significa las grandes verdades que nos superan y a las que necesitamos para vivir).
    Es la fiesta de los animales que participan en el misterio sagrado de esa noche, maravilloso símbolo cuya importancia comprendieron algunos santos y sobre todo San Francisco, pero en el que han descuidado y descuidan inspirarse muchos cristianos corrientes. Es la fiesta de la comunidad humana, ya que es, o será dentro de unos días, la de los Tres Reyes cuya leyenda nos cuenta que uno de ellos era Negro, alegorizando así todas las razas de la tierra que llevan al niño la variedad de sus dones. Es una fiesta de gozo, pero también tenida de patetismo, puesto que ese pequeño a quien se adora será algún día el Hombre de los Dolores. Es finalmente, la fiesta de la misma Tierra, que en los íconos de la Europa del Este vemos a menudo postrada a la entrada de la gruta en donde el niño escogió nacer; de la Tierra que en su marcha rebasa esos momentos el punto del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera. Y por esta razón, antes de que la Iglesia fijara esa fecha para el nacimiento de Cristo, era ya, en épocas remotas, la fiesta del Sol.
    Parece que no es malo recordar esas cosas, que todo el mundo sabe y que tantos de nosotros olvidan.

    Ponerle puertas al campo

    La noticia de que la justicia absuelve a un creador de programas de intercambio de archivos del delito de infracción de la propiedad intelectual (aquí) me recuerda aquella primera entrada con la que iniciaba este blog hace 9 meses (aquí). De alguna manera esta sentencia, algunas anteriores, (y las que creo vendrán) confirman la tesis que entonces defendía. Decía entonces que la industria de contenidos culturales, especialmente la audiovisual, encontró un auténtico filón de oro en la música enlatada. El precio de venta que la gente estaba dispuesto a pagar por un cd (en muchos casos infamemente presentado y empaquetado, por el que pagamos 3.000pts, cuando el mismo vinilo, mucho más costoso, de producir se vendía rentablemente por 1.000) permitió que la industria gozara de unos «beneficios extraordinarios»; descontados incluso los multimillonarios contratos con los artistas, que subireron como la espuma en los 80 o 90. Ahora bien, como todo estudiante de Economía de primer curso bien sabe, los beneficios extraordinarios no son sostenibles a largo plazo, pues atraen nuevos capitales al negocio en busca de explotar el mismo producto o innovar sobre él producto o el proceso.
    El sector audiovisual, al igual que el informático, es un ejemplo de manual sobre el que poder aplicar la teoría de la destrucción creativa de Schumpeter. Negocio que se van y negocios que vienen, empleos que se destruyen pero que se ven compensados por aquellos otros que se crean impulsados por un emprendedor con la mirada puesta en el horizonte del monopolio, con el deseo de conquistar el mercado sabiendo que su reinado siempre será efímero, pues el beneficio extraordinario atrae la competencia sin que regulaciones y límites lo puedan contener.
    Por todo ello, no entiendo porqué la industria cultural sigue empecinada en parapetarse, con millonarios gastos en costas y minutas, en un modelo de negocio caduco. Como mucho conseguirán dilatar la transición, pero no impedirla. Considerando los recursos de que disponen, mejor les iría en liderar el cambio en el modelo de negocio del mundo digital, ofreciendo contenidos de calidad, fácilmente accesibles y a precios justos. Pero no, parecen empeñadas en ponerle puertas al campo y en prolongar artificialmente una guerra que van a perder. No obstante, bien pensado lo mismo es una inteligente táctica dilatoria que les permita ganar tiempo mientras encuentran las estrategias que les permitan encontrarse a sí mismas «en la nube». Aunque no creo.

    Ecuaciones vs Arte y buen oficio

    Lo siento, pero creo que de esta no salimos a base de ecuaciones.
    La instrumentalidad de la economía axiomática es indudable, pero la realidad suele ser muy tozuda. Las ecuaciones, los modelos y las políticas económicas (herramientas) que de ellos se derivan funcionan relativamente bien en circunstancias «normales» pero no en circunstancias «extraordinarias», como con las que ahora mismo nos toca lidiar. Para arreglar el euro, vamos a necesitar algo más que las herramientas convencionales.
    El siguiente ejemplo puede ser ilustrativo. Imaginemos un ingeniero al que le encargan la construcción de un puente. Con toda seguridad el proyecto será «perfecto» en los planos y las cargas, medidas, distancias… cuadrarán con precisión milimétrica. Ahora bien, en la fase de ejecución, la dirección de obra se enfrentará a innumerables contratiempos que habrá de solucionar sobre el terreno, tomando decisiones que alteren los parámetros inicialmente proyectados; de lo contrario, peligra la el puente en sí y su buen funcionamiento. por otra parte, no está de más recordar que cuando los técnicos se empecinan en obviar la realidad, aumentan las posibilidades del desastre, como de cuando en cuando nos recuerdan trágicas noticias (un puente o una carretera arrastrados por la riada, una urbanización anegada….). Como ya hemos señalado la realidad suele ser muy tozuda. Abro paréntesis. Este ejemplo me vino a la cabeza al recordar la historia que un abuelo me contó sobre la construcción de la variante de su pueblo. Los ingenieros diseñaron el trazado y los mayores del lugar les advirtieron el trazado pasaba por una torrentera natural; los ingenieros obviaron el consejo con el resultado de que cuando llueve en abundancia el agua impide la circulación. Cierro paréntesis.
    Retomo el discurso económico. Pensemos ahora cual es la actitud de nuestros prohombres europeos a la hora de afrontar los problemas asociados al Euro. Puede que los mercados funcionen eficientemente pero, habrá de reconocerse que no siempre es así, que surgen contratiempos y que los contratiempos requieren «modificar» los planos originales y aplicar soluciones imaginativas. No parece ser el caso. Los líderes europeos, asesorados por sesudos (y ortodoxos) economistas, han decidido seguir construyendo el Euro con los planos originales (sin inflación y controlando el déficit público). Esta ortodoxa política económica, que sería muy recomendable en «circunstancias normales», no parece serlo ahora pues o bien no conseguirá solucionar el problema a corto plazo o bien lo conseguirá a un coste humano y social altísimo.
    Ya comenté anteriormente que la Economía tiene algo de Alquimia (Aquí). Las formulas magistrales (léase ecuaciones) no suelen ser de aplicabilidad universal y el buen economista es aquel que sabe cómo combinar los ingredientes, según las cambiantes circunstancias, para obtener el resultado deseado. Es decir, que necesitamos mucho arte y buen oficio y no sólo ecuaciones convencionales, válidas sólo para circunstancias normales.

    Eurobonos SI, Eurobonos NO

    Si algo está dejando claro la señora Merkel estos días-semanas es que hay dos cosas de las que no quiere ni oir hablar y mentárselas es mentarle a la bicha, a saber: los Eurobonos y la posibilidad de monetizar la deuda (que el BCE compre deuda pública de forma ilimitada). Las razones, a mi juicio, son principalmente tres de índole económico y una de índole pedagógico-punitivo. Empecemos por las económicas. En primer lugar, hay que señalar el pavoroso miedo a la inflación que campa por aquel país (el trauma de la hiperinflacción, el caos económico y su influencia en la llegada del nazismo ha quedado grabado de forma indeleble en la psicología colectiva alemana). En segundo lugar, no debemos olvidar la racionalidad maximizadora de beneficios que les lleva a preferir endeudarse más barato individualmente que más caro colectivamente; la pela es la pela. En tercer lugar, Alemania quiere preservar el interés de su banca con grandes cantidades de deuda soberana de dudosa solvencia y salvar los trastos lo más que pueda. Todas ellas razones muy ortodoxas y muy respetables.

    Ahora bien, a mi juicio, la principal es el deseo de disciplinar a los díscolos y perezosos vecinos del sur que andan de fiesta en fiesta, viviendo a crédito por encima de sus posibilidades y queriendo dilatar el momento en que llega el cobrador del frac a base de nuevos préstamos. Si mamá Merkel viene ahora con la eurochequera, paga los desperfectos de la fiesta y simplemente da una reprimenda a los niños puede que éstos se lo tomen a chunga y vuelvan a las andadas. Por eso, dice que no paga hasta que no mejoren su compartamiento. (Esto es lo que los economistas llamamos técnicamente problema de riesgo moral).
    Varias cuestiones habría que indicarle a la señora Merkel al respecto.

    • Primero, que el problema del riesgo-moral-país es importante pero no lo es menos que el riesgo-moral-banca TBTF (too big to fall) y, sin embargo, parece que el tratamiento ha sido completamente distinto. Los rescates billonarios desde el 2008 parece que no duelen al bolsillo; máxime cuando alguna porción del déficit fiscal se debe a esos rescates.
    • Segundo, el ambicioso y utópico proyecto de la Unión Europea, que Jean Monnet supo condensar en una preciosa frase (no coaligamos estados, unimos hombres), y que ha permitido el mayor período de paz y prosperidad en toda la historia de Europa, no puede construirse sólo en torno al mero concepto economicista de «¿Cuanto pastel me toca? o ¿qué hay de lo mío?».
    • Tercero, Alemania parece querer empujar al díscolo Sur al abismo con intención terapéutica; es decir, sólo cuando veamos el precipicio bajo nuestros pies nos pondremos en serio a trabajar (reformas, austeridad…). En otras palabras quiere meter miedo pero no nos dejará caer, porque no le interesa. El problema es que cuando se juega tan al borde, alguno puede tropezar y caerse.

     Si creemos, de verdad, en el proyecto de los «Estados Unidos de Europa» (Churchill Dixit) la actitud no puede ser dejar caer al rezagado. Como, de hecho, Alemania no hizo con sus hermanos del Este, aunque le costara incurrir en enormes déficits. Ya sabemos que el cáncer de pulmón lo provoca el consumo de tabaco y por esos invertimos en educar contra el tabaquismo; ahora bien, no se le niega la atención médica necesaria cuando el fumador cae enfermo y todos corremos con el gasto, aunque sea exclusivamente culpa de quien decidió comprar una cajetilla de tabaco (riesgo-moral-tabaco) . Pues esto es parecido, hay que educar en la disciplina fiscal, el esfuerzo, la austeridad… y en vigilar que todos remamos en la misma dirección pero si alguien se cae del barco hay que lanzarle un flotador antes que permitir que se ahogue. No vale el argumento de que así la barca más ligera. Si todos nos beneficiamos del Euro, todos tenemos que remar.
    Señora Merkel, ¡hay que estar a las duras y las maduras!

    El «imperium» de los mercados

    En Historia de la Teoría Política se conoce como la «cuestión de las investiduras» al conflicto, que a finales del siglo XII, enfrentó a papas y emperadores del sacro imperio romano germano. La cuestión la podemos resumir de la siguiente forma: si el papa es la máxima autoridad religiosa, en él recae la facultad de investir a los clérigos y a él le debe obediencia; ahora bien, los feudos territoriales eclesiásticos prestaban vasallaje, al igual que los laicos, al rey quien, por tanto, quería controlar también los nombramientos. Esta cuestión no era sino un enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre a quien debe obediencia el clero y, en definitiva, sobre quien recaía el «imperium» o la capacidad de ejercer el poder. Ambas trataban de fundamentar teológicamente la fuente de su poder: el papado esgrimía ser el representante de Dios en la tierra; el emperador que gobernaba «por la gracia de Dios». Al final se impuso una distribución de competencias: el papa consagraba y el emperador nombraba titular de un feudo; eso sí, con la capacidad de veto del emperador sobre candidatos conflictivos. Ya se sabe que lo terrenal nos pilla más cerca que el castigo divino.

    Me acordaba de esta historia de conflicto de competencias y de confusión de roles a la luz de los recientes acontecimientos en la política italiana que han culminado en la dimisión del primer ministro Silvio Berlusconi. No seré yo quien levante la mano en favor de dicho personaje, pero sí por la forma en que han transcurrido los acontecimientos. Puede que la ciudadanía italiana estuviera harta de su primer ministro, de su desvergüenza, de su descaro, de su falta de escrúpulo al mezclar la esfera público-privada, de su falta de respeto por la dignidad del cargo y por la ética de la profesión política. de su…  ahora bien,  una cosa es que dimita por la presión popular y otra que tenga que huir a la carrera por la presión de los mercados, lo cual parece haber sido el caso.
    Si no recuerdo mal de cuando estudiaba teoría política, la soberanía popular reside en el pueblo y, en democracia, se manifiesta en las elecciones y el subsiguiente proceso de votaciones para escoger a los representantes del pueblo (otro día hablaremos de lo poco que hace la clase política por dignificar el cargo). Los mercados no tienen capacidad legal para elegir o destituir (en este caso por la vía de los hechos) a los representantes; sin embargo, parece que el «imperium» moderno reside en estos entes abstractos con la increíble capacidad de determinar con detalle las políticas públicas e, incluso, derrocar gobiernos.
    No tengo especial animadversión contra los mercados financieros ni una percepción diabólica de los mismos. Son instituciones que ejercen un papel fundamental: canalizan los ahorros y el dinero en busca de inversiones provechosas y al hacerlo proporcionan el aceite necesario para que funcione el engranaje de la economía de mercado. No obstante, cuando los mercados funcionan de forma descontrolada y desordenada, cuando «todo vale» por ofrecer cifras que aplaquen a las fieras-agencias de rating, cuando se abandona el parqué para entrar en el casino algo deja de funcionar como debe. La teocracia del mercado puede sancionar los cargos y dar su bendición al nuevo gobierno pero la elección es y debe ser del pueblo y sólo de él.

    Leyendo sobre… Los mitos del capitalismo

    Decía en una entrada anterior (aquí) que «conviene rebajar la»pureza» de la economía de mercado, pues en altas dosis puede ser letal». Daniel Rodrik (desconozco si de forma original) expresa la misma idea con la metáfora de la limonada: «Los mercados son la esencia de una economía de mercado, de la misma manera que los limones son la esencia de la limonada. El zumo de limón puro no se puede beber. Para hacer buena limonada, necesitas mezclarlo con azúcar y agua. Por supuesto, si pones demasiada agua en la mezcla, arruinas la limonada, al igual que la excesiva intromisión del gobierno puede hacer disfuncionales los mercados. El truco está en no descartar el agua y el azúcar, sino en mezclarlas en la proporción adecuada» (aquí). Ha-Joon Chang, profesor en Cambridge y un reputado economísta neokeynesiano, ha publicado (y vendido por cientos de miles) varios libros para defender, con multitud de ejemplos y de datos, la anterior tesis. En el último de ellos «23 things they don’t tell you about capitalism» disecciona 23 ideas comunes sobre el libre mercado incluidas en el canon de lo que Galbraith denominó «sabiduría convencional». Su lectura resulta instructiva sobre la distancia existente entre el funcionamiento del mercado y cómo se nos cuenta desde la ortodoxia como funciona el mercado. Por ejemplo, Chang muestra claramente como el espectacular éxito del sudeste asiático no es ajeno al fuerte intervencionismo de los gobiernos en aquellos países. Idea que enlaza con la tesis central de un anterior libro «Kicking Away the Ladder» (Retirar la escalera») donde ponía de manifiesto el cinismo de los países desarrollados del mundo occidental al querer negar a los países en desarrollo la «misma escalera» (entiéndase intervención pública) que ellos utilizaron para despegar económicamente en el siglo XIX.
    Resumo algunas de las provocativas propuestas con las que Chang finaliza el libro:
    1.- El capitalismo es el menos malo de los sistemas económicos. La crítica es hacia el capitalismo de libre mercado, no a todos los tipos de capitalismo.
    2.- Deberíamos construir nuestro sistema económico reconociendo que los seres humanos son agentes de racionalidad limitada.

    3.- Aún reconociendo que no somos precisamente ángeles, deberíamos construir un sistema que tome lo mejor, no lo peor, de los seres humanos.
    4.- Hay que dejar de creer en que la gente siempre cobran lo que merece.
    5.- Es necesario conseguir un equilibrio entre la economía real y la financiera.
    7.- Necesitamos gobiernos mayores y más activos.
    8- El sistema económico mundial necesita ayudar «injustamente» a los países en desarrollo.
    Pues

    Leyendo sobre… Economía y Alquimia

    Decía en una entrada anterior (aquí) «el equilibrio libre mercado-intervención es difícil y además la fórmula en la que ambos deben combinarse varía según las circunstancias de cada tiempo y lugar lo que convierte la gestión de la economía en una especie de alquimia», lo que me recuerda el estupendo libro de Parsons «Keynes and the quest for a moral science : a study of economics and alchemy»
    La tesis principal de Wayne Parsons es que la teoría keynesiana no es un método mecánico de política económica sino un modo de pensar, de razonar sobre los fenómenos económicos. Los que asocian las propuestas keynesianas a la mera expansión fiscal se equivocan. No existe un única receta para resolver los problemas económicos, la Teoría General no es un manual de cocina con ingredientes y cantidades, sino un discurso lógico-analítico sobre las economías monetarias de producción y sus principales problemas. En palabras de Parsons: «And also like the alchemists, Keynes’s elixir was not and could never be the cure: there was no single for the philosophers’ stone. The General Theory, therefore, was not a universal panacea, but a way of thinking about the ailments of and cures for a money economy». Así pues la destreza del economista radica en tener que ofrecer unas propuestas adaptadas a cada nueva situación. Como el buen cocinero, ha de ser capaz de improvisar una receta distinta según los ingredientes de que disponga. Hago un paréntesis personal para ilustrar el argumento.

    Mi madre es una excelente cocinera (imagino que como la mayoría para cada cual) pero a su manera. Cuando hace una comida estupenda  suelo pedirle la receta con los ingredientes, las cantidades y los tiempos; con los ingredientes no suele haber problema, pero sí con las cantidades y los tiempos, pues sus respuestas son del tipo «un poco de esto», «un puñado de aquello», un «pellizco de lo otro», lo dejas cocer «un rato». Ahora bien, la respuesta que más me gusta es «si la propia comida te lo pide», me pide ¿el qué?, si a mí la cacerola no me habla. Se puede cocinar siguiendo estrictamente la receta de un manual o bien por instinto conociendo las propiedades de los alimentos; en circunstancias «normales» ambos métodos proporcionan una buena comida. Ahora bien, en «circunstancias extraordinarias» si fallan los ingredientes o los utensilios el cocinero-de-manual se atasca y no sabe lo que hacer, mientras que el cocinero-por-instinto es capaz de preparar otra estupenda receta. Cierro paréntesis.
    Pues bien, a mi juicio también la economía «te lo pide» de tal manera que ante situaciones extraordinarias, como la actual, nos debemos olvidar del manual de cocina al uso e improvisar recetas nuevas ante circunstancias desconocidas. (Por ejemplo, ¿tendría algo de malo monetizar una parte pequeña de la deuda pública y provocar algo de inflación?) Tal vez la explicación al impasse política actual a nivel mundial ante la crisis se deba a que los economistas sólo saben ofrecer recetas de manual, las cuales no están funcionando, y se resisten a desdecirse de sus modelos y de sus cientos de publicaciones.
    Desde esta perspectiva alquimista se entiende mejor la conocidísima cita de Keynes sobre la rara combinación de dotes exigibles al buen economista: «Debe alcanzar un nivel elevado en distintas direcciones, combinando capacidades que, a menudo, no posee una misma persona. Debe ser, de algún modo, matemático, historiador, estadista, filósofo; manejar símbolos y hablar con palabras; contemplar lo particular bajo el prisma de lo general, abordar lo abstracto y lo concreto con el mismo vuelo de la idea. Debe estudiar el presente a la luz del pasado y con la vista puesta en el futuro. Su mirada ha de abarcar todas las partes de la naturaleza y de las instituciones humanas. Debe ser simultáneamente interesado y desinteresado; distanciado e incorruptible como el artista, y no obstante, a veces, tan pegado a la tierra como el político».

    Leyendo sobre… «La Gran Transformación»

    El año 2011 va a dejar un triste recuerdo en los libros de historia económica; la crisis lejos de remitir se está recrudeciendo, alimentada con episodios especulativo-financieros de incierto origen. No obstante, también pasará a la historia por ser el año en que numerosos movimiento sociales a «indignarse» y hacer manifiesta su indignación ante la dictadura del mercado. Esta «contraofensiva social» verifica la tesis que ya defendiera Karl Polanyi, en su excelente libro «La Gran Transformación«, publicado en el año 1944 y convertido en un clásico de la sociología económica. Pollanyi disecciona la experiencia histórica de la transición al capitalismo en Inglaterra para reflexionar sobre cómo la economía de mercado y la sociedad se han ido modelando mutuamente en un proceso caracterizado por dos movimientos opuestos: el movimiento del laisezz-faire hacia la expansión de la economía de mercado y la resistencia de la sociedad  frente al dominio absoluto de la mercantilización en todas las facetas de la vida. Fred Block lo resume de una forma muy gráfica en la estupenda introducción al libro: «Polanyi sostiene que la creación de una economía de mercado autorregulada requiere que los seres humanos y el ambiente natural se conviertan en simples mercancías, lo que asegura tanto la destrucción tanto de la sociedad como del ambiente. En su opinión, los teóricos de los mercados autorregulados y sus aliados empujan de forma constante a las sociedades humanas al  borde de un precipicio. Pero conforme se hacen evidentes las consecuencias de los mercados irrestrictos, los pueblos se resisten; se niegan a actuar como lémures que marchan por un acantilado hacia un suicidio colectivo. En lugar de  esto, se apartan de los dogmas de la autorregulación de los mercados para salvar de la destrucción a la sociedad y la naturaleza. En este sentido, podría decirse que el desarraigo del mercado es similar a tensar una liga gigante. Los intentos de dar mayor autonomía al mercado aumentan la tensión. Si se estira más esta liga, se romperá -lo que representaría la desintegración social- o la economía regresará a una posición de mayor arraigo»
    El detonador fundamental del la gran transformación fue la mercantilización de lo que Polanyi acuñó como mercancías ficticias (frente a mercancías reales) caracterizadas por no estar originariamente destinadas al mercado, como son la tierra, el trabajo y el dinero. El deterioro ambiental, social y económico no es sino la consecuencia de convertir en meras mercancías unos elementos, cuya función natural nunca fue el serlo. Dicha mercantilización introdujo, y este es un elemento esencial, el principio de la ganancia y no la simple satisfacción de nuestras necesidades vitales, como el leitmotiv de la actividad económica, lo que terminó por desvirtuar la sociedad como un espacio de convivencia, y libertad. En palabras de Polanyi:»La unidad tradicional de una sociedad cristiana estaba siendo sustituida por una negación de la responsabilidad por parte de los ricos, en relación con las condiciones de sus semejantes… Los académicos proclamaban al unísono que se había descubierto una ciencia que dejaba fuera de toda duda a las leyes gobernantes del mundo del hombre. Fue en aras de esas leyes que se eliminó la compasión de los corazones, y que una determinación estoica de renunciar a la solidaridad humana en nombre de la mayor felicidad del mayor número obtuvo la dignidad de una religión secular» «El mecanismo de mercado se estaba afirmando y reclamando su terminación: el trabajo humano debía convertirse en una mercancía»

    No obstante, pese al pesimista diagnóstico, Polanyi ve elementos para la esperanza en la resistencia de la sociedad frente al avance del mercado…
    … y si estamos atentos, nosotros también podemos verlo. Movimientos sociales como el del 15M o el de Stop Desahucios son un auténtico canto de resistencia de la sociedad frente al dominio total y absoluto del principio de la ganancia y de la economía de mercado
    Es cierto que el mercado es eficiente, no seré yo quien dude de ello; pero como Stiglitz acertadamente advierte en el prólogo, las condiciones para que los mercados generen por sí mismos resultados eficientes son tan estrictas, que al no cumplirse en la realidad es necesario regular e intervenir para evitar que la apisonadora del principio de la ganancia acabe con cualquier atisbo de humanidad en nuestra sociedad. Es cierto que el equilibrio libre mercado-intervención es difícil y además la fórmula en la que ambos deben combinarse varía según las circunstancias de cada tiempo y lugar lo que convierte la gestión de la economía en una especie de alquimia. No obstante, dicha combinación, si bien imperfecta es la única fórmula que hasta el momento ha demostrado cierto éxito.

    Sobre deuda pública, inversión y especulación

    Para ser sincero, cada vez entiendo menos de Economía.  Estamos viviendo unos meses de una extrema volatilidad en los mercados de deuda soberana y, por arrastre, en las bolsas y restos de mercados financieros. Este comportamiento se asemeja más al de una manada aterrorizada que al que predice la Hipótesis de los mercados eficientes y de la racionalidad de los agentes económicos. Como muestra un botón.

    Si nos fijamos atentamente en el gráfico vemos como España tiene el menor déficit público de las economías consideradas y, sin embargo, ha sido objeto de algunos de los ataques más virulentos. Algunos aducen que si el efecto contagio, que si el grupo delos PIIGS, que si la «pereza» del sur, que si las altas cifras de desempleo y la rigidez del mercado laboral… pero a la hora de la verdad nuestras cifras de deuda pública hablan por sí solas y, hasta donde conocemos, las subastas de deuda pública española se colocan sin problemas y no hay en el horizonte cercano perspectivas de impago. Entonces, ¿a qué se deben los ataques? Pues eso, que no entiendo la «racionalidad» de estos mercados. Más bien me creo en la idea de que vivimos unas «finanzas de casino» dominadas por el pavor conscientemente inducido por grandes fondos de inversión con capacidad de «alterar el precio de las cosas», llámese mercados de deuda soberana u otros.
    Soy de los que opinan que esta crisis está teniendo unas consecuencias devastadoras sobre la ciencia económica desde el punto de vista epistemológico. Cada día cuesta más ponerse delante de los alumnos a explicar la racionalidad del comportamiento del consumidor o la hipótesis de los mercados eficientes con la que está cayendo. Parece que la corriente dominante es incapaz, con sus elegantes y sólidos modelos teórico-formales, de dar una respuesta satisfactoria tanto teórica como de actuación política; otras corrientes son demasiado débiles como para que los líderes políticos se arriesguen a recorrer caminos nuevos de resultado incierto. Prefieren contemporizar antes que tomar una decisión equivocada, y quedan así, como el protagonista de la canción de Extremoduro: «siempre en estado de espera».
    Un colega, con una dilatadísima trayectoria académica, me dice que día a día comprende menos como funciona la economía y que se siente incapaz de dar respuestas cuando sus conocidos le preguntan al respecto; empatizo con la tristeza de dedicar toda una vida al conocimiento de una materia y cuando crees que la has aprehendido darte cuenta que se te diluye entre las manos. como sigamos «a por uvas» desde la disciplina académica acabaremos cambiando el sillón de la política económica por el del psicoanalista.

    Conferencia en honor de G.C.Harcout

    Este fin de semana se ha celebrado en el Robinson College de Cambridge una conferencia en honor de Geoff Harcourt (aquí) organizada por la revista «Cambrige Journal of Economics». Esta conferencia ha sido un encuentro de ideas heterodoxas; pero, sobre todo, un encuentro de amigos, colegas y discípulos, llegados de todo el mundo, para dar tributo a quien consideran uno de los grandes impulsores de la corriente postkeynesiana. Yo lo he vivido desde fuera; como mero espectador. No conozco a la mayoría de los asistentes, más allá de ver su nombre firmando numerosos libros y artículos académicos, pero en el clima de la conferencia y en las conversaciones se palpa el enorme afecto que ha despertado y transmitido la figura de Harcourt en todos ellos. También ha estado presente su familia con emotivas intervenciones. En definitiva, un estupendo y merecido homenaje.

    La conferencia llevaba por título «The future of capitalism» y la pregunta que recorría explícita o implícitamente  todas las sesiones es si el sistema económico actual tiene futuro a la luz de los graves problemas que afronta el primer mundo en esta «gran recesión». Paradójicamente, y contario a lo que podría suponerse a primera vista, la respuesta que dan Neoclásicos y PostKeynesianos es la misma: Sí. Ahora bien, la discrepancia está en la «pureza» del sistema. El sentir mayoritario en la conferencia, en la más pura tradición de Keynes, es que el capitalismo es el menos malo de los sistemas económicos conocidos hasta la fecha; de hecho, es un buen mecanismo de asignación de recursos escasos. No obstante, existen ciertas disfunciones que conviene supervisar y controlar. En otras palabras, conviene rebajar la»pureza» de la economía de mercado, pues en altas  dosis puede ser letal. Entiéndase por pureza la visión más radical del Equilibrio General y de la eficiencia de los mercados. ¿Cómo rebajarla? Pues con controles y supervisiones que permitan armonizar las objetivos individuales sin poner en peligro el propio sistema.
    Recojo, a continuación, simplemente a modo de inventario, algunas de las interesantes ideas debatidas en la conferencia.
    – «Economía del exceso» frente a la «Economía de lo suficiente».- Llegará un momento en que las sociedades ricas y las clases ricas dentro de las sociedades ricas deban considerar que tienen bastante. En un anterior post ya hablamos del tema, y de cómo una creciente desigualdad puede fracturar el consenso sobre el que descansa el sistema. (aquí)
    – El cinismo de la corriente ortodoxa al negar los fallos del sistema en la presente crisis del primer mundo, proponiendo más «pureza» en el mercado.- El problema es que la realidad y los hechos son muy tozudos y las cifras de la catástrofe evidentes.
    – La regulación «Too-Big-To-Fail» (demasiado grande para caer) en USA ha contribuido a las fusiones y el surgimiento de los megabancos y  ha pasado de ser un instrumento de estabilización a un elemento sustancial en la estrategia corporativa de esos mismos megabancos. Sobre esta cuestión y el riesgo moral asociado a la certidumbre del rescate ya comentamos algo (Aquí)
    – La financiarización del sistema (Entendida como una mayor participación del sector financiero en el PIB) es un peligro permanente de crisis cada vez más recurrentes y profundas.
    – La ortodoxia económica falla al construir todo el modelo del Equilibrio General sobre la irreal hipótesis del comportamiento maximizador del agente económico en un entorno de información perfecta. La incertidumbre es una elemento esencial del sistema.
    Por último también surgió el problema de la «mala salud» de que goza la tradición Keynesiana-PostKeynesiana desde los años 80 y, en particular, la Escuela de Cambridge (desplazada incluso en la Facultad y Ciudad que pueden considerarse su alma mater). El breve renacimiento de la misma en el período 2008-2010, no ha ido más que un espejismo. Entre las razones esgrimidas se encuentra la falta de incentivos para una carrera académica dentro de esta tradición. La mayoría de las revistas académicas publican principalmente artículos «ortodoxos» y esto determina la selección de miembros en los Departamentos.
    Por cierto, el propio George Soros, bastante crítico con el estado actual de la Economía, su irrealismo y su escaso acierto en las propuestas para afrontar los desafíos económicos ha creado un instituto (Aquí) que trata de revertir esta situación incentivando (generosamente) otras enfoques de investigación en Economía.

    Un país en la calculadora (electoral)

    Saltaba la semana pasada la noticia de que en algunos círculos del PSOE se barajaba la posibilidad de un adelanto electoral para el próximo otoño. Noticia que, como ya viene siendo habitual, fue rápidamente desmentida. Un inciso y abro paréntesis: ¡qué difícil lo tiene una agente económico con expectativas racionales para crearse un escenario estable con este gobierno! Cualquier rumor o noticia confirmada o incluso ley aprobada va seguida de su contrario. Cierro paréntesis. La razón para el presunto adelanto electoral no radica en la razón de Estado o el supuesto interés general del país, sino en el cálculo electoral de: a) ¿será capaz el presente gobierno de aguantar o cada día que pasa la fuga de votos es mayor?; b) el previsible buen dato del empleo tras el verano puede ser debida y mediáticamente apropiado por el gobierno y así atribuirse un éxito en materia económica del cual extraer rédito político.
    Esta estrategia meramente electoralista y cortoplacista encarna el modo y espíritu de hacer política en España de los últimos años. Primero el partido y su superviviencia, que se ha convertido en un fin en si mismo. Luego, y sólo luego, importa el país. Y encima oídos sordos a las miles de personas que salen a la calle clamando, entre otras cosas, por que la clase política deje de ser el primer problema del país y un adecuado funcionamiento de las instituciones.

    Pero no. La regeneración institucional-democrática no está en la agenda; sólo el «cuántos votos ganaré o perderé si adelanto las elecciones» o, en la otra parte, «mejor callados que ya se hunden ellos solitos». Con la crisis de confianza en el legislativo, ejecutivo y judicial nadie habla de pacto de Estado y grandes acuerdos marco o, incluso, de reformas constitucionales. No. Lo único que importa es llevar siempre una calculadora en el bolsillo y ver como la realidad y los escenarios previsibles van sumando o restando votos. Cuando se llegue a una cifra que, dadas las circunstancias, minimice el desastre pues finalizamos el recuento y, se convocan elecciones; y a empezar a de nuevo.

    Sobre el carácter eurorganizador del café para todos (aunque cada cual a su manera)

    Hablaba en la última entrada del reto monetario que supone la enorme diversidad cultural europea. En concreto, argumentaba que la estabilidad del Euro requiere de la movilidad (perfecta para los ortodoxos) de factores productivos; en ausencia de ésta sólo una mayor centralización fiscal podrá sostener la moneda común a largo plazo y en distintas fases del ciclo económico. En resumen, «más Europa».
    Retomo el tema Europea al hilo de las siguientes viñetas que, sin llegar a ser virales, han tenido una gran difusión en la red.

    Las viñetas definen toda una manera de entender el proyecto de construcción europea y circulan como una explícita crítica a la Unión Europea y a la imposibilidad de tal quimera. Parece deducirse de las viñeta que Europa sólo es posible en base al pacto, a la componenda y al respeto al otro pensando en el beneficio propio. «Yo pido lo mío y luego ya negociaremos». En un principio, la identidad de intereses y la traumática experiencia de la II Guerra Mundial hicieron fácil el acuerdo respecto al café, pero parece que con las sucesivas ampliaciones el acuerdo se complica.
    Extrañamente, yo lo veo justamente al revés. Precisamente esa mayor complejidad es lo que caracteriza o, mejor aún, define Europa. Europa no es un espacio geográfico sino una identidad construida a partir de la diversidad y el antagonismo; sin los cuales existiría el espacio físico pero no el concepto sociológico y cultural.   En mi opinión hay «más Europa» en la segunda viñeta que en la primera; de hecho, la segunda es realmente Europa y la primera un mero acuerdo entre caballeros.

    Mi particular lectura de las viñetas está fuertemente influenciada por el libro «Pensar Europa» del filósofo francés Edgar Morin. El autor considera que la identidad Europea emerge con el cristianismo [El islam hace Europa (la aísla) y Europa se hace contra el Islam (lo enfrenta)] e irrumpe con fuerza con el «torbellino histórico Euroorganizador» que fueron el renacimiento y la Edad Moderna caracterizadas por las inter-retroacciones conflictivas entre Estados y sociedades. Los Estados no son homogéneos sino fruto del bricolaje de alianzas, herencias, anexiones y guerras. Europa se configura como el batiburrillo de esos batiburrillos. La identidad cultural europea se constituye a partir del fértil encuentro de la diversidad, el antagonismo y la complementariedad.
    Por tanto, las divisiones y conflictos son las causas de la diversidad cultural que, en sí misma, es constitutiva de la identidad de Europa y su signo más distintivo.
    En entradas anteriores he reclamado «más Europa» como respuesta a los retos económicos. Ahora también la reclamo como respuesta a los retos globales, sociales y políticos.
    Como advierte Morin, la conciencia europea se haya subdesarrollada respecto a los progresos reales de la comunidad de destino. Una comunidad de destino que se refuerza ante el enemigo común. El problema es que al desaparecer los enemigos intraeuropeos, el enemigo queda ya en nosotros mismo: la catalepsia, la descomposición y el fatalismo.
    Una pena, pues Europa aún puede seguir siendo un referente para el mundo si abraza lo más distintivo de su ser: la cultura judeo-cristiana-grecolatina, marcada por la espiritualidad, el humanismo, la racionalidad y la democracia.

    Sobre El Euro, la diversidad Europea y la perfecta movilidad de factores

    La semana pasada recorrí con mi familia en coche los 2000 Km que separan Albacete de
    Cambridge. Un larguísimo viaje que nos permitió recorrer un buen tramo de la geografía Europea, pasando por tres de sus grandes capitales (Madrid-Paris-Londres). En autopista los kilómetros pasan rápido y a la misma velocidad vas viendo como cambian el paisaje, los campos, la orografía, la arquitectura… y, en la última parte, incluso la manera de conducir y el sistema métrico. (Esperemos que la conversión Km-millas no me depare ningún susto de las autoridades de tráfico británicas)
    Me decía un viejo profesor que en Estados Unidos recorres 5.000 kilómetros y parece como si no hubieras cambiado de ciudad. Las mismas casas, la misma gastronomía y restaurantes, los mismos espacios de ocio y consumo… y, por descontado, el mismo idioma. Aquí, en Europa, en cambio, recorres 1000 Kms y te encuentras absolutamente desorientado; máxime si esos kilómetros los recorres por el centro del continente, donde cambias varias veces de país. Quizás esta enorme diversidad de usos y costumbre, geografías, culturas y lenguas que es Europa sea uno de los principales obstáculos a los que se enfrenta el Euro y la consolidación de la Unión Monetaria.

    Ya comenté en una entrada anterior (aquí)que la consideración de un espacio geográfico como Zona Monetaria Óptima requería el cumplimiento de algunas o todas de los siguientes condiciones: flexibilidad de precios y salarios, perfecta movilidad de factores y un sistema fiscal centralizado.
    Pensemos en el segundo de los requisitos y los obstáculos a la perfecta movilidad de factores productivos. Parece que el factor capital no tiene mayores problemas; ahora bien, en el caso del factor trabajo, la enorme diversidad de la que venimos hablando puede ser una barrera psicológica difícil de superar. No es lo mismo recorrer 5.000 Km y comer las mismas hamburguesas y hablar el mismo idioma que recorrer 2.000 Km y cambiar la paella por el «fish-and-chips» o la «salchicha y el chucrut» y no entender lo programas de humor de la TV. Nos sorprende ver en las películas americanas como una familia empaqueta  su casa y su vida en el maletero de una ranchera e inician una nueva vida en la otra costa americana buscando nuevas oportunidades, aprovechando ofertas de promoción dentro de su empresa o por otras mil razones; ¿se imaginan esa misma disposición a viajar en el ámbito europeo?
    En los últimos años parece que esta barrera psicológica ha disminuido sustancialmente debido a las generaciones de jóvenes bien formados, con idiomas y deseos de conocer nuevos países (el programa Erasmus en el ámbito universitario ha contribuido notablemente a esta movilidad); no obstante pensemos ¿qué porcentaje de la masa laboral representan estas generaciones sin miedo a la movilidad? A todas luces parece que las emigración laboral intraeuropea no será la solución para las tensiones que la pérdida de competitividad de algunos países y el enorme desempleo están introduciendo en el Euro. Estamos demasiados apegados al terruño como para dejarlo todo y emprender aventuras en territorios desconocidos. Seguimos pensando que ¡más vale lo malo conocido…!
    En resumen, sin perfecta movilidad de factores y con la rigidez a la baja de los precios y salarios sólo queda apostar por un sistema fiscal centralizado para dotar a la Eurozona de la cohesión que requiere la estabilidad de una moneda común; es decir, frente al euroescepticismo y la crisis del proyecto monetario europeo lo que necesitamos es Más Europa.