Mi granito de arena

Siempre he estado en contra de utilizar giros lingüísticos para comunicarme de forma igualitaria. En pos de la economía del lenguaje, he preferido siempre utilizar el sexo masculino como género neutro para referirme a un colectivo en el que pudiera haber personas de ambos sexos. Sin embargo, últimamente y en parte gracias a las movilizaciones en favor de la igualdad, me estoy replanteando esta posición.

El simple ejercicio de pararme a pensar si al redactar algo que va dirigido a un grupo de personas estoy siendo suficientemente igualitario, me hace reflexionar muchas veces. Cuando me paro a pensar, me doy cuenta de que cuando se escribe, por ejemplo, «el alumno», cuesta mucho trabajo ponerle a esa persona cara de chica. Probablemente sea algo inconsciente, igual hasta se haya estudiado y demostrado, que cuando escuchamos una palabra en masculino en nuestra mente se represente una cara de varón. Así, cuando estoy redactando una comunicación, un correo electrónico, una propuesta, proyecto, etc., me encuentro luchando en mi interior conmigo mismo pensando cómo puedo ser lo más claro posible, y a la vez lo más justo e igualitario. Aquí qué pongo, ¿una arroba para representar una «o» y una «a» a la vez? ¿pongo los/las, el/la, amigo(a)…? La verdad es que es un poco difícil muchas veces. En documentos muy formales se puede paliar poniendo al final una coletilla explicando que cuando en el documento se utiliza el masculino se entiende como género neutro. Esto puede servir para un contrato, una normativa, pero no nos sirve para la comunicación.

Al final, empiezo a utilizar la @rrob@ más de lo que me gustaría. No creo que sea la solución. Los giros superlargos utilizando los dos géneros en todas partes me parecen demasiado cansinos. Y algunas veces estoy empezando a optar por escribir primero y por defecto en femenino y después, si acaso, poner el masculino, de forma que en mi mente, por ejemplo cuando escribo una propuesta de prácticas, no vuelva a ver una cara de chico cuando escribo «el alumno», aunque después ponga «/a», sino que escribo directamente «la alumna», y quizás después «o alumno», una llamada a un pie de página, o cualquier otro giro (pero en sentido contrario al habitual). De todas formas, la solución no es fácil, única ni cómoda en ningún caso. Además, lo difícil es cambiar la mentalidad.

Hay un recurso muy sencillo de utilizar, sobre todo en el contexto académico, que no entra en contradicción ni con la sencillez del lenguaje ni con la igualdad, sin necesidad de entrar en líos lingüísticos. Se utiliza mucho en inglés, por ejemplo (no sé en otras lenguas). Consiste en que cuando una está poniendo un ejemplo, por ejemplo en un ejercicio de un examen, un ejemplo de aplicación, etc., y hace referencia a una persona, se utilicen ejemplos femeninos. Si estoy poniendo un ejemplo de una fábrica, en vez de decir «el director de la fábrica», puedo decir «la directora de la fábrica». O «la operaria». Aquí estamos refiriéndonos a un ejemplo de una persona, y hablar de la directora, la investigadora, etc., no altera el discurso ni el resultado de aprendizaje. Pero sí puede ayudar a que cuando estamos hablando de ciertos roles, le pongamos cara de mujer. Esto cuesta un poco por la inercia que llevamos de escribir en género neutro, sin intención casi siempre, puede ayudar a que vayamos cambiando esa imagen mental que tenemos, y aumentar la presencia y relevancia de la mujer que refleje mejor la sociedad. Pero no nos volvamos locos: si ponemos el típico problema del coche que va de la ciudad A a la ciudad B y otro que va de la ciudad B a la A, no podemos decir «la cocha». Suena bizarro, pero cuando se intenta estirar el lenguaje, sabemos que algunas veces salen engendros parecidos.

Pero tengo una duda existencial que me corroe por dentro. ¿Soy yo el que realmente está cambiando, siendo más igualitario? ¿o es mi condición? Si en vez de tener dos hijas, tuviera dos hijos, ¿estaría escribiendo este post? ¿me estaría planteando estas cosas? Esto es algo que me preocupa.

Es evidente que son necesarias las movilizaciones que se están viviendo estos días. Y apoyarlas. Cada año se repiten, y afortunadamente ya no solo el 8 de marzo, sino que durante todo el año hay iniciativas como la acontecida hace unas semanas del día de las mujeres y las niñas en la ciencia. Esto es necesario. Incluso hasta la huelga. Aunque yo no soy de huelgas, no he hecho nunca y no me gustan (llamadme cómodo, reaccionario, cada uno es como es). Pero aún así apoyo y entiendo a quien la haga. Aunque nadie hiciera huelga, el efecto por la mera convocatoria y su difusión ya está ahí.

Tampoco soy de etiquetas. No soy feminista. No creo tampoco que un hombre pueda ser feminista más allá de lo simbólico. Y tampoco creo que una mujer se tenga que poner la etiqueta de feminista para defender sus derechos. Tampoco hay nada de malo en lo contrario. Espero no ser machista tampoco. En todo caso, esto no debería ser una cuestión de machista-feminista, o de machismo y feminismo, sino más bien de humanismo. Ser más humanistas nos hará más igualitarios también.

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