Ingravidez
Miguel Angel Molina Jiménez
CONCURSO DE RELATO
Primer Premio del Jurado (500 €)

Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otras para mirar la vida. Yo tenía un pequeño ruin papel de espectadora. Y eso es exactamente lo que hago mientras observo como la estela que deja el cuerpo a su paso es doblemente breve. Se diluye con rapidez en la uniformidad calma del agua y —en su tránsito— apenas alcanza la longitud que la sombra de ese mismo cuerpo proyectará luego, cuando sea el sol tendido del atardecer, en lugar del agua, el que lo bañe.

El movimiento que describe la niña en su arrastre, a pesar de la rigidez de sus miembros, no deja de estar revestido de una mecánica elegante. En cierta medida, se podría asegurar que la parsimonia con la que es desplazada conforma un ejercicio de sincronía de extraña belleza. Una mujer joven, concentrada en la tarea con gesto neutro, procura que el rostro de la menor no se sumerja mientras ejecuta cada una de las maniobras que se suceden como páginas de un manual, debe evitar que el agua caldeada de la piscina trepe hasta alcanzar el sumidero de la boca. Para ello sostiene la parte trasera de la cabeza con una de sus manos, la cual ahueca bajo el pelo de la niña con el propósito de adaptarla a la curvatura del cráneo. Al mismo tiempo, con los dedos de la otra, le alza el mentón hasta que apunta al techo abovedado del recinto. La técnica se prolonga durante unos minutos, y aunque son las piernas de la mujer las que pugnan contra la densidad del agua, ambas parecen dejarse llevar por una corriente mansa, como la que desciende un río por su tramo más llano, donde el cauce se ensancha y se alejan entre sí las riberas.

No están solas, hay otros cuerpos inmersos en las aguas termales de la piscina. Cumpliendo con el principio físico, elevan el nivel del vaso hasta aproximarlo al borde, donde un cordón de rejilla plástica espera sediento la llegada del líquido sobrante. Todos, sin excepción, cumplen con la ordenanza sanitaria y cubren sus cabezas con gorros de silicona, látex o —una minoría— tela. Tampoco hay acuerdo sobre el color, aunque los tonos oscuros predominan sobre los claros. Vistos desde la distancia, parecen un grupo de balones flotando a la deriva. Es fácil imaginarlos como parte del flete de un barco naufragado que, a través de un boquete abierto en su casco, han emergido desde las profundidades gracias a su carga y necesidad de aire.

A pesar de esta congregación de bañistas, son escasas las ocasiones en que los cuerpos semidesnudos de unos tropiezan contra los de los otros. Dentro de la mescolanza de individuos es el respeto el que impone orden, retirándose la mayoría a un lado cada vez que ellas están presentes. Aun así, la mujer preferiría compartir un espacio de mayor privacidad con la niña. Sabe que nunca fue de otra forma ni lo será, por lo que ya debería haberse acostumbrado por pura repetición. Sin embargo, le sigue incomodando ese disperso número de miradas furtivas que desprenden lástima o una empatía que se difuminará con el fin de la sesión. Desconecta y trata de centrarse en los ejercicios, en que sean ejecutados de manera correcta para que resulten efectivos. Porque eso es lo que de verdad importa, no que el resto de los usuarios de la instalación piense que su actitud con respecto a la niña es fría, como si los sofocantes treinta y tres grados de temperatura del agua la tuvieran que enternecer por fuerza. Ellos no lo saben, pero se equivocan. Sus puestos de observación no cuentan con la perspectiva adecuada, están viendo y juzgando la escena a partir del perfil semihundido de la menor. Ahora que han cambiado de posición, ahora que la agarra por las axilas y presta uno de sus hombros para que le sirva de almohada, una pinza gigantesca —similar a la de las máquinas de premio— debería sacar de la piscina a todos aquellos que las compadecen y alzarlos en el aire para que contemplen la secuencia desde un plano cenital. Allí, desde lo más alto, se sorprenderían viendo zigzaguear a la niña, dibujando círculos en el agua, disfrutando de su ingravidez como si flotara sobre líquido amniótico y la piscina fuera el útero materno que le brinda una segunda oportunidad, confiada en que no le sucederá lo de la primera vez, en que no volverá a atascarse en la escotilla de salida.

Un reloj de agujas —visible desde todos los ángulos por sus dimensiones— anuncia a la mujer que los cuarenta y cinco minutos han expirado. La terapia, al menos por hoy, termina donde comenzó, en la rampa que permite el acceso a la piscina de todos aquellos que no pueden o no quieren hacer uso de las escalerillas. Los movimientos fluidos y livianos de la niña, a medida que asciende por la leve pendiente y el agua le resbala por el traje de baño, se vuelven toscos, inconexos y torpes. Agarrarse a la barandilla que guía el trayecto la ayuda a mantener la verticalidad, pero la mujer tiene que redoblar el esfuerzo para que ninguna de las dos caiga cuando el cuerpo de la menor recobre su peso original. Las limitaciones de una musculatura tensa a perpetuidad, incapaz de interpretar los mensajes enviados desde el cerebro para relajarse y actuar de forma coordinada, se hacen más evidentes entonces, durante ese breve recorrido que va del embaldosado húmedo al seco y que concluye en la silla adaptada que su madre, vestida de calle, aproxima al borde de la piscina tres veces por semana.

La fisioterapeuta, una vez que la responsabilidad ha cambiado de manos, se despide camino de una ducha que la libere del olor a cloro. La niña le dedica una sonrisa —mitad gesto mitad rictus— que la acompaña hasta la puerta del vestuario. Luego vuelve la cabeza hacia su madre, quien está terminando de secarla con una toalla como tantas veces, las mismas que ha escuchado las palabras que vienen a continuación. Con una paz y una ternura inabarcables, en absoluto mutismo, respeta y secunda el ritual para escucharla decir: «Mamá, me gustaría haber nacido sirena».