Zurcir otra vida
Clara Maestre Miquel
CONCURSO DE RELATO
Premio “Estudiantes” 200 €

Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otras para mirar la vida. Yo tenía un pequeño ruin papel de espectadora. Mis días se tejían entre puntos y dobladillos, con los ojos absortos en el hilo y en mis dedos encallecidos. Nunca supe hacer otra cosa. Mi madre ya usaba aquella Singer que a su vez heredó de mi abuela; incrustada a una mesa de cerezo y con un pedal enorme de hierro forjado que ya estaba casi adherido a mis pies. Enhebro, devano la canilla, preparo carretes. Hilvano, cojo un dobladillo, otro dobladillo… A veces en zigzag, otras frunciendo. Como la vida misma.

De hecho, mi vida había sido un despropósito de zigzag titubeante y adusto. Como el tweed o el estambre, más áspero que el lino viejo.

Fue un lluvioso mes de noviembre cuando Bruno y yo llegamos a España con toda nuestra vida en una maleta y mi antigua Singer. Nos habíamos instalado en el sur, donde él pensaba trabajar en los cultivos de melones y lechugas y yo, coser, que era lo que sabía. Como única herencia de mi madre, me llevé aquella máquina, a pesar de tantas y tantas discusiones con Bruno, que si es muy pesada, que si ocupa demasiado, que si gastaremos más. Pero mi empeño fue tal que por primera vez conseguí algo que yo quería: no deshacerme de lo único que me quedaba de mi familia: una vieja y aparatosa máquina de coser.

Ataviada con mi mandil y mis carretes de hilo, empecé entonces a hilvanar y remendar en la salita que compartíamos con otras dos familias, al calor de una pequeña estufa.

En aquella lúgubre y reducida habitación sureña vivimos durante casi un año, a base de lechugas que traía Bruno de la finca donde trabajaba, de pan de Manoleta, y sopas de ajo. De vez en cuanto los Andreas nos invitaban a gregada, un guiso de pescado que nos evocaba directamente a las costas de Duvrovnik, con olor a mar y sol cálido del Adriático; un día incluso me pareció sentir en el paladar el guiso de mi abuela Marija, intenso, salado, lleno de sabiduría.

Antes de cumplir el año, Bruno alquiló un bajo a pocas calles de allí, entero para nosotros dos, con nuestra propia salita unida a la cocina de fogones; con un dormitorio con ventana ¡y cortinas! y una cama de matrimonio más grande de lo que estábamos acostumbrados. Pensé entonces que sería un buen comienzo, que las cosas empezaban a salir bien, que con mis arreglos de ropa y sus temporadas en el campo podríamos vivir en este vecino país del Mediterráneo, donde también calentaba el sol y donde se comía pan a todas horas y se bebía café como el de casa. “El mundo podrá estar cayendo a pedazos, pero mientras haya café, una croata sobrevivirá”, solía decir mi madre. Así las cosas, empecé a levantarme con ánimo, decidí poner carteles por las calles cercanas sobre mis arreglos de ropa y a atarme la coleta con más brío.

El invierno fue igual de frío que el anterior, nadie supuso lo que vendría después. Bruno se marchó una mañana gris de domingo. Habíamos discutido intensamente, me había empujado como de costumbre, haciéndome caer al suelo y escupiendo humillaciones por su boca. No volvió a casa. Le esperé preocupada de día y de noche, con la bombilla del cuarto encendida hasta que el alba despertó mi duermevela. Ese lunes anduve vagando por las calles, preguntando, llorosa, añorando aún no sé el qué, si el compañero de vida, la seguridad en mi camino, o simplemente la compañía en casa. Varios campesinos me confirmaron mis temores: Bruno se había ido de la ciudad. Así, sin más, sin despedirse de nadie ni dejar señales.

Yo me sentí perdida. Mi papel hasta entonces era el de coser, hacer arreglos mientras miraba por la ventana; el de ver la vida pasar a expensas de los designios de mi marido, viendo estudiantes universitarias que podrían haber sido hijas mías que, lejos de saber manejar un dedal, se embotaban en vaqueros apretados y portaban carpetas repletas de apuntes de bioquímica, álgebra, filología o nutrición. Yo ansiaba una vida distinta, con rumbo, con un sentido valioso e intangible. Por contra, no había hecho más que seguir los pasos de otros, los sueños de otros y, si se me permite, los fracasos de otros. Nada me hizo sospechar que aquel año encontraría el rumbo de mi vida.

Llegó marzo ventoso y, sin haber sido conscientes del peligro, nos vimos todos encerrados en casa, enclaustrados con temor a un virus desconocido que se expandía por todas partes con vileza y fatalidad nunca vistas. Me vi sola en aquella casa fría, sin dinero, sin compañía, sin familiares ni llamadas. Nos dejaban salir solo a comprar alimentos, pero apenas me atrevía a cruzar a la panadería. Empecé a llorar en la ventana tras la primera semana de cautiverio y no pude parar… todo se me venía encima, qué hacía yo sola, en aquel lugar, en aquella casa, en el mundo. Hasta que una tarde llamó a mi puerta una de aquellas estudiantes. ¡Te necesitamos Aisha! Sabían de mi oficio y querían que les cosiera mascarillas para protegerse. Era una estudiante de enfermería que, según me contó desde el rellano de la escalera, estaba ayudando en el hospital porque hacían falta muchas manos.

Sin pensarlo dos veces, recogí todos los retales que tenía y me senté delante de la ventana a confeccionar mascarillas para las alumnas. Algo en mí se encendió por dentro y aquel día no pude dejar de darle al pedal, no comí, apenas miré los rayos de luz desde el cristal, simplemente me concentré en una labor. Mi labor.

No volví a llorar, no me sentí sola, no añoré a nadie. Cada tarde se acercaba Isabela al rellano de mi casa, yo le daba una bolsa repleta de mascarillas de tela tejidas con todo esmero, y ella me traía calabacines, leche, cebollas o arroz. Empecé a sentir que de nuevo empezaba mi vida, con más brillo que nunca, con un hilo conductor, con un sentido: quería ayudar, para que otros y otras ayudasen a su vez. Se me encallecieron los dedos más que nunca y una tarde, muchos meses después, invité a Isabela a mi casa y le ofrecí un café.

Empecé a vivir.