Los hilos que colgaban
Julián Ángel
Basco López

CONCURSO DE POESÍA
Premio del Jurado (500 €)

Está la sensación de que te pierdo,
tumbada en la camilla y esperando el diagnóstico
de una brisa de arena cegando tu alveolo.
Este pasillo es lágrima. En sus juntas,
rellenadas de prisas por arrancar latidos,
no se secan los chorros de la urgencia.

Me llaman para ver
la bruma que se extiende en tus pulmones,
un destapado bote que guardaba
rencores de un invierno,
la melena revuelta de una nube.
Huele a un suspiro roto en su comienzo,
que fue enredando al aire entre su pecho crónico,
hasta hacer una estancia de ruidos de abanicos.
Descansa aquí una ropa que no se pondrá nadie,
y una rabia en el suelo,
incapaz de arañar la piel de una baldosa,
deja en los rodapiés,
en su tizne de goma, carreras anaeróbicas.

Un desamparo roto comienza su derrame,
y la infección del viento, dilata sus jaretas,
hasta hacer del espacio la suma de distancias,
que nos dejan la boca sin decir, las manos sin tocar.
Los ojos se detienen a esperas de un teléfono,
de una voz que tan solo, me diga cómo estas,
para recomponerte los cabellos
en el espejo manco de los días de antes.

Desde la piel desnuda de una lucha,
se asoman cardenales, y en las ranuras cárnicas,
de una aguja de suero ensangrentado,
se debilita el hilo que agarra a tu cometa.
Todas las formas cóncavas que caben en tus sábanas,
recogen los puñados para llenarte un hueco
que no responde al eco de una orden.
Se hace pequeño el tubo por donde van los sueños,
y resuenan las noches pasando por la tráquea,
que dejan apoyando en tu mandíbula
un intención de plástico por dentro.

¿Porque a dónde miraba?
¿qué horizontes de yeso o perspectivas mínimas
quedaban en sus ojos,
tras los días de ingreso y sin visitas
con el único encuentro de un sol avergonzado?

Y una blancura última,
para la suciedad del tiempo al otro lado,
arropa tu cintura,
arrugando el perímetro de un tránsito.
Deshilachado el miedo,
por el tanto lavado de la sábana,
la indigencia del último latido,
se adhiere al algodón deshidratado
del paño de tu cuerpo. ¡Virus oportunista
sin oportunidad para el despido,
que se lleva los hilos que colgaban!

Era un día de niebla cuando murió mi madre.
Lloraban albañales del portalón del alma.
Tras coger el teléfono,
y escuchar el preámbulo para anunciar su muerte,
la tarde se tumbó como un trapo de nadie,
dejando en mis afueras, tan cerca de mis tripas,
la exhalación forzada de una etapa.
Se llenaron mis túneles de palabras hermosas:
amor, ayer, adiós…

Hoy me siento en el quicio de un pasado.
La antigüedad del aire se aficionó a mi piel.
Me encuentro bien al ritmo de la sombra:
dejar la luz sobre mi espalda quieta
para que no sea fiesta en la mirada.
Es un romper la cinta, inaugurar
con un comienzo cojo
este intento sentado de carrera,
por caminos que llegan a una niñez de costras,
para volver de golpe
y no encontrar los hilos que colgaban.

Debo buscar a alguien
a quien querer de forma parecida.
He de romper la inercia,
la pereza de un peso que solo va a tu lado
buscando un paralelo,
andando a trompicones del querer ser tus pies.
He de empezar a ser contigo en la distancia.

Y me duele la infancia que germinó en mi cuerpo,
entre las uñas negras de los meses de campo,
en todos los paisajes que llenaste en mis ojos.
Y te pongo la copla que cantabas
por si acaso me oyeras.
Y aparecen hileras de palabras,
que contienen aquello que no te pude dar:
beso, abrazo, cariño;
que describen conductos que no pude llenar:
vaciado, vano, víscera,
vacío, vida, vértigo. Y tu nombre,
tantas veces viviendo entre mis labios,
hoy es señal de mármol de una lápida.

Me duelen tus regresos a la tierra,
el no poder creerme cómo te vuelvo a ver,
no poder recoger estas palabras
que se arrastran heridas por el polvo
(rencor, raigón, raíz…
rabia, rezar, recuerdo…) sin camino.