Celebración:

Cuenca, del 27 de septiembre al 4 de noviembre
Sala ACUA (Aula Cultural Universidad Abierta)
Calle Colmillo – Cuenca

Inauguración
Viernes, 27 de septiembre a las 19,00 h.


Horario de apertura:

  • de miércoles a viernes, de 16,30 a 19,30 h.
  • Sábado y domingo, de 10,30 a 14,00 h. y de 16:30 a 19:30 h.



Hay en las obras de Óscar una reminiscencia figurativa, un latido corporal, orgánico; una relación acompasada que nos hace imaginar la musculatura de un paisaje. En estas obras no hay una historia traducible a palabras, descubrimos en cambio una temporalidad pintada: unas formas son consecuencia de las otras, como en una partida de ajedrez: hay lazos invisibles que fuerzan las posiciones del alfil frente a la reina, hay jaques y enroques visuales que hacen que la obra tengan una tensión sensible que nos atrapa.

Cartones de un sutil ocre,  papeles que insinúan el amarillo de Nápoles, telas de color marfil, algodón gris inefable, lino pardo claro de Siena: me equivoco si digo que la pintura de Óscar es en blanco y negro. Su obra requiere un poco más de atención para descubrir el placer de los colores. En el límite con la pincelada que devora la luz descubres el cromatismo de la tela o del papel.

La pincelada es una oscuridad que hace descubrir el soporte como luz matizada. El negro es la oscuridad que matiza el soporte, como la sombra del árbol sobre la nieve que me descubre que la nieve atesora el tinte dorado del sol y la sombra un violeta que le complementa. Pero el negro es más: es un color con su particular belleza, con un carácter que lleva a decir a Jean Arp que si el negro se toca, si se mezcla con otros colores, se corrompe. En este sentido radical, de poesía máxima, el negro ha de ser el color de Óscar, el único color.

Óscar recuerda las pinturas rupestres de Villar de Humo, en la tierra de su infancia; las pinturas negras de Francisco de Goya en el asombro de la primera juventud; las arpilleras de Millares en sus pasos como pintor vocacional; hay una genealogía común que une esta rama del arte con su propia obra: el trazo como gesto de demiurgo, la pincelada como acto de creación absoluta. El artista no representa el mundo, crea un mundo que tiene que ver algo con el nuestro; pero es un mundo nuevo que en su distancia explica las verdades últimas de nuestro universo.

Unos cuadros llevan a otros, como los versos de un poema oriental: tesis, antítesis y síntesis sin una causalidad tan evidente como la acostumbrada en occidente. Óscar trabaja por series en las que el conjunto de obras son contemporáneas, nacen en un instante común y el artista doma el azar de la creación en cada  cuadro del archipiélago que construye. El ritmo de unas pinturas contagia a las otras, que se responden, matizando el eco mutuo.

El acto de pintar es el maestro que guía la pintura. Pintar es arriesgarse porque cada pincelada es única como una promesa dada; no se puede retroceder en el proceso de pintar: ha de salir bien en su proceso completo o hay que romper el cuadro. El artista puede parar un momento, reflexionar un día, aguardar un año antes de dar el siguiente paso. Porque pintar no tiene vuelta atrás, es un camino que si se desanda se desvanece. La tensión de la pintura de Óscar Lagunas procede de un hacer en  el que no cabe la falsedad o el artificio: cada pincelada es una verdad.

(Extraído del Texto original de Luís Mayo titulado “10 trazos para Óscar Lagunas”)

2019- Exposición- "El Fluir de la pintura"