Vacía
María José Camacho Castro
SEGUNDO PREMIO
CONCURSO DE RELATO
#creaCIC 2019

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“La grande y tristísima peripecia del hombre es darse cuenta de que es acabadero”.

Pero es más triste aún, cuando comienza a olvidarlo.

Vacía. Así estaba su mente ahora.

Sin palabras. Sin sonidos. Sin recuerdos. Todo había desaparecido, se había ido borrando poco a poco. Solo era una sombra lejana, invisible para ella.

Sus ojos, grandes y abiertos, se estaban apagando. La luz se oscurecía en sus pupilas y ese brillo que surgía cuando tenía curiosidad por algo se había perdido.

Su cabeza, agachada, no tenía fuerza para sostenerse. Se caía una y otra vez.

Sus manos se movían nerviosas. Sus piernas habían muerto. Sentada, permanecía imperturbable, indiferente a todo y a todos.

A veces cantaba.

Los sonidos salían de su boca pero las palabras se perdían antes de poder salir. Solo eran ruidos que en algún tiempo habían tenido una forma, un sentido.

Pero ya no eran nada. Se alejaban como susurros en el viento y regresaban como gritos perdidos, lamentos encerrados en lo más profundo de su alma que luchaban por salir.

En esos momentos, su mirada parecía apenada. Sus ojos se entristecían y las lágrimas asomaban por sus pupilas con timidez. No se atrevían a salir del todo y se quedaban escondidas en el umbral.

Los labios se movían nerviosos y confusos, pero no decían nada. Solo su mirada era un grito de dolor que intentaba explotar. Levantaba las manos y las extendía hacia delante para coger las manos de la niña que le sonreía.

La pequeña le acariciaba las mejillas y limpiaba las lágrimas que, tras escapar de su jaula, habían resbalado hasta sus hoyuelos.

Entonces, el rostro arrugado y ajado por los años parecía revivir y se alzaba para dejar ver una sonrisa desdentada pero bonita.

Luchaba contra el monstruo que se había apoderado de su mente. Se resistía con todas sus fuerzas y, durante unos segundos, lograba separarse de él.

-¿Quién eres preciosa?

-Soy yo abuela, ¿es que no te acuerdas de mí?

Pero ya no habría respuesta porque el monstruo la había vuelto a atrapar y la había sumido en un abismo mucho más profundo que antes.

Ahora era la niña quien lloraba mientras su abuela, con la mirada perdida hacia un lugar desconocido, comenzaba de nuevo a entonar una canción inexistente.