El sueño del emperador
Andrés Castellanos Gallego
PRIMER PREMIO
CONCURSO DE RELATO
#creaCIC 2019

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“La grande y tristísima peripecia del hombre es darse cuenta de que es acabadero”. Durante un instante, estas palabras recorren la mente del emperador. Observa la luna, majestuosa, imperial en el cielo oscuro de diciembre, y siente un escalofrío repentino. Gira el rostro, lanza una tos seca y vuelve a llevarse la copa de vino a la boca. No hay nada mejor como el vino para entrar en calor.

El palacio presenta un esplendor digno para la ocasión. Las columnas verdes, con raíces profundas, rodean su festín, y simplemente aguarda a que los invitados lleguen de una vez. No se preocupa en exceso por la tardanza. En su reino, los relojes se pararon hace mucho tiempo.

Observa emocionado la mesa de piedra rectangular, donde reposan los manjares más exóticos jamás imaginados. El viento sopla, juguetón y melancólico, y el emperador recuerda que debería cerrar las ventanas. Pero no lo hace. No sabría por dónde empezar. Su palacio es demasiado inmenso, y tratar de controlarlo solo serviría para quedar como un estúpido a los ojos de la luna, que lo preside y observa todo.

Rey en su reino, policía en su prisión, vendedor en su comercio, anfitrión en su sueño. El emperador solo permite que la luna juzgue sus actos. Y como siempre tarda tanto en llegar, aprovecha la estupidez y tacañería del sol para realizar sus fechorías. El sol no le ve, está ciego en su propia lucidez. El sol nunca ve nada, porque para ver hace falta oscuridad. Por eso, la verdadera vigía es la luna. Ante quien hay que rendir cuentas es ante la luna.

Seguramente esa sea la razón por la que invita a sus súbditos a los banquetes de Nochebuena, para que la luna lo vea y comprenda que, dentro de los harapos que rodean su corazón, el emperador es un hombre bueno. Con mala suerte en la vida, tal vez. Nadie debería ser emperador en contra de su voluntad, a él no le dejaron elegir. Y, sin embargo, ha mantenido fielmente sus principios, ha cumplido con sus misiones, ha caminado a través de pantanosos caminos con el fin de mantener la esperanza día tras día. Y ahora alza el rostro a la luna, mientras espera a sus invitados, y sonríe. “¿Qué más esperas de mí? ¿Por qué no acaba esto de una vez? ¿Por qué no esta noche?”.

Los privilegios de los que ha gozado han sido insospechados, debe reconocerlo. Jamás pagó por alojamiento o comida. Jamás tuvo que dar explicaciones a nadie ni hablar con curiosos impertinentes. Jamás alzó la voz más de lo necesario. Es más, recuerda que hubo días en que ni siquiera abrió la boca. La grandeza de un buen emperador radica en hablar cuando se debe. Y en el mundo en que vivimos, nadie quiere oír lo que un emperador tiene que decir, porque molestaría nuestra comodidad egocéntrica.

Su palabra es la ley. Ha sido consciente de ello y piensa mantener esa certeza hasta el abrazo final. No puede evitar una nueva tos de impaciencia, mientras sus manos amarillas tiemblan débilmente. Si pudiera encontrar a Puck, le ordenaría cerrar las ventanas. Pero él, vivaracho y rebelde, probablemente le respondería con sorna: “Si nosotros, sombras, os hemos ofendido, pensad esto, y todo queda arreglado: que no habéis sino soñado mientras estas visiones surgieron”.

Suelen tardar, es cierto. Cada nochebuena pasa igual. El banquete se enfría y el emperador solo piensa en dormir. Quizás es una postura egoísta. ¿Quién duerme cuando espera invitados? ¿Quién duerme cuando lleva las mejores galas pegadas al cuerpo, mordiéndole las entrañas? Las únicas posibles, por supuesto. Cuando se está esperando a unos invitados tan distinguidos, uno debe saber cómo actuar y cómo presentarse. Y los modales del emperador, aunque algo anticuados, se mantienen correctos. Igual que antes, cuando todo tenía un sentido. O cuando parecía tenerlo.

Se vuelve a llevar la copa a la boca. Las últimas gotas del vino picado rocían sus labios antes de extinguirse en la nada. Aquel último recuerdo de su existencia le empuja a una idea extraña y oscura. “La melancolía de la fugacidad de la vida no me ha afectado en todos estos años y ahora, esta noche, parece ser lo único que existe, lo único que importa”. Y suspira, sin poder evitar un eructo demoledor que recorre sus entrañas. El emperador observa su reino. “¿Qué harán sin mí? ¿Seguirá girando todo igual?”

La respuesta le llega concisa, clara, transparente. Sí. Ni siquiera un emperador puede parar el tiempo. Hay fuerzas superiores contra las que no se puede luchar. Los poetas han gastado ríos de tinta para hablar de ellas: la muerte, el amor, el destino, la pobreza… El emperador lo asumió hace tiempo. Todos ellos tenían razón. Quizás lo mejor sea dejarse llevar. Ya no queda vino y el frío no hace más que intensificarse…

Antes de cerrar los ojos, el emperador se da cuenta de que ha llegado el primer invitado. Lleva un extraño uniforme y no articula palabra. Solo le mira detenidamente, como si quisiera concienciarse de que está consciente. La vergüenza recorre el rostro del emperador: no debería haberse dejado vencer por el cansancio que le ha obligado a tumbarse en su mesa-cama de piedra.

—¿Caballero? —inquiere el invitado.

El emperador consigue sonreír tímidamente. Hacía mucho tiempo que nadie le llamaba así. Logra robar un último instante a la luna inquieta para observar, por última vez, su reino fiel. Y se enorgullece porque, al menos, la libertad fue un decreto real durante su mandato. Eso no habrá nadie que se lo quite.

—Oiga… ¿Me escucha? ¿Se encuentra bien?

Como si se tratara de un sueño, el travieso Puck baja el telón tras una carcajada juguetona. Y, en medio de la oscuridad y el frío, el emperador pone fin a su mandato.