Distorsión de la identidad con Santiago Torralba: “Espacio Contiguo, Uno y mil rostros”

/Distorsión de la identidad con Santiago Torralba: “Espacio Contiguo, Uno y mil rostros”

Distorsión de la identidad con Santiago Torralba: “Espacio Contiguo, Uno y mil rostros”


Celebración:

Inauguración: 9 de noviembre a las 19,30 h.

Cuenca, del 9 de noviembre al 16 de diciembre de 2018
Sala ACUA
Aula Cultural Universidad Abierta
Calle Colmillo – Cuenca


Horario de apertura:

  • de miércoles a viernes, de 16:30 a 19:30 h.
  • Sábado y domingo, de 10,30 a 14,00 h. y de 16:30 a 19:30 h.

Descárgate el folleto

2018 - Exposición "Espacio Contiguo"

Este viernes se ha inaugurado la exposición “ESPACIO CONTIGUO: Uno y mil rostros”, de Santiago Torralba, artista conquense de artes plásticas. La sala ACUA (Aula Cultural Universidad Abierta) permanecerá abierta para esta exposición hasta el 16 de diciembre.

Esta es una exposición que habla sobre la distorsión de la identidad. Una distorsión generada por el error de una impresión de la fotografía. En palabras del comisario de la exposición, Andrés Isaac Santana, este es un trabajo que va “más allá de sus posibles relaciones con el yo del artista, pues habla -con amplitud y destreza- de ese paradigma barroco de la contaminación, de la mezcla y del fragmento que nos afecta a todos: una especie de escenario sinuoso en el que la máscara adquiere mayor rentabilidad que el rostro”.

A la inauguración han asistido: Ramón J. Freire, director del Centro de Iniciativas Culturales (CIC); Yolanda Rozalén, coordinadora regional de Promoción y Enseñanzas Artísticas del Gobierno regional; Francisco Javier Doménech, diputado de Cultura; Andrés Isaac Santana, comisario de la exposición y crítico e investigador de artes visuales; y el artista Santiago Torralba, autor de la exposición.

Esta es una exposición un tanto diferente a lo acostumbrado por Santiago Torralba, porque si bien él siempre ha trabajado con pintura, este es un terreno en el que explora la combinación de fotografía con el error de una impresora. Andrés Isaac, comisario de la exposición lo explica de esta manera: “Es resultado, primero, de un accidente; segundo, de un ejercicio de integración, de manipulación, de mestizaje y de distorsión de la imagen que abraza el fragmento como una condición de sí”. Andrés Isaac insiste y piensa que estamos ante una exposición repleta de guiños a la ciudad de Cuenca, debido, según su interpretación, a un “error de impresión”. Por tanto, se trataría de un trabajo abstracto. Una exposición que hablaría de la reproducción y de la negación de la propia identidad, entre el “yo y el otro”, entre “el sujeto y el objeto”. El patrón que forman las líneas (a priori aleatorias sobre la fotografía) es el resultado del error de impresión. Así mismo, los colores primarios que encontramos cerca de estas fotografías (amarillo, magenta y cian) son los colores con los que trabaja la impresora, de ahí la relación entre estos elementos.

Santiago Torralba ha comentado también que se siente especialmente alegre por haber conocido al también artista Juan Membrillo, con el que ha compartido el triunfo de esta exposición: “Hemos hecho este trabajo entre los dos”. De hecho, el vídeo artístico que se ha expuesto es labor de Juan Membrillo, del que Santiago Torralba ha dicho que “ha sido todo un descubrimiento conocerle”.

En palabras de Andrés Isaac: “Se trata de una crisis de la representación, la revalorización del fragmento y la consideración del error como un hecho que genera, en sí mismo, discurso estético”. Un error que podemos interpretar como la distorsión de nuestra identidad.

El artista ha mencionado, entre alguna carcajada que otra, que esta vez se ha limitado a dar “dos brochazos” encima de las fotografías. Un trabajo que empezó en el taller con algunas de las fotografías que se hicieron (entre las diferentes fotografías mostradas, destacar que el artista y coleccionista de objetos, Antonio Pérez, ha estado presente como modelo). Con lo que, “el resto es el trabajo que ha hecho la artista que forma la impresora, de ahí ha salido la exposición”.

Santiago Torralba lo tiene claro como el agua, esta no es una exposición fruto de lo fortuito, sino que se trata de una obra seleccionada a propósito, una obra con un discurso propio, un discurso sobre la identidad de la persona. Un nuevo terreno para este artista que ha vivido siempre para la pintura y para el arte. De hecho, Santiago Torralba es diseñador gráfico, muy vinculado a la Fundación Antonio Pérez con la que también trabaja; por eso es que ahora entre risas comenta que “ha nacido un nuevo artista en Cuenca, fruto del recurso heredado de la fundación”.

De esta forma la sala ACUA recogerá la obra de un nuevo artista que hasta ahora no había conocido entre sus paredes. Una exposición que continuará hasta el próximo 16 de diciembre.

Crónica
Juan Jesús Rubio Parra

Cualquier aproximación reflexiva (especulativa, al cabo) al más reciente trabajo de Santiago Torralba debe, por fuerza, atender a su “accidentada” relación con el mundo del arte. Por una parte, toca no olvidar su apego anterior a la pintura, en una suerte de nuevo expresionismo abstracto que abandona al considerar su falta de rentabilidad en el orden de lo simbólico y en lo tocante a su eficacia y pertenencia discursiva. De otra, cabría necesariamente que destacar su inmersión en el mundo de la gráfica, el diseño y el montaje de exposiciones, lo que le exige  otra mirada que, aunque con cierta distancia, termina por convertirle en una especie de co-creador activo en la dinámica estética de los otros. No siempre los datos biográficos ayudan a la crítica en la elaboración más o menos acertada de su exégesis; sin embargo, otras veces, esa información resulta, desde todo punto de vista, relevante.

Es precisamente de este último contexto desde donde afloran los elementos argumentales y los motivos (o desvíos) técnicos sobre los que se articula este nuevo repertorio de piezas. “Espaldas y caras”, es resultado, primero, de un accidente; segundo, de un ejercicio de integración, de manipulación, de mestizaje y de distorsión de la imagen que abraza el fragmento como una condición de sí, al tiempo que sustantiva la idea del espejismo y del engaño como premisas esenciales no solo del discurso del arte sino de la dramaturgia misma de la vida. La imagen, o mejor decir la automirada, en el espacio de esta nueva propuesta del artista, se convierte en el epicentro de una reflexión que afecta, de golpe, varios ámbitos del debate acontecido en las discusiones sobre el arte contemporáneo y los estudios culturales. Uno de estos ámbitos, para mi entre los más importantes, es la mirada crítica respectos de la crisis de la representación, la revalorización del fragmento y la consideración del error como un hecho que genera, en sí mismo, discurso estético.

Si un rasgo alcanza a definir este nuevo hacer de Santiago, ese es, sin duda alguna, la identidad distorsionada. Un buen amigo me comentaba que esta propuesta del artista, según su opinión, la que considero mucho en virtud de su complicidad y cercanía al artista, respondía a una cuestión muy personal que gira entorno a la idea de reconocimiento y de descubrimiento (suerte de desdoblamiento) de un Santiago que explora nuevas maneras y busca con ansias su lugar. Sin embargo, y aunque mi amigo lleve razón en todo ello, creo que lo palmario y  evidente de esta interpretación podría reducir el alcance de esta obra a un contexto lectivo que sofocaría la activación de una amplia producción de sentidos. En efecto, estas obras seguramente remiten a ese Santiago que se mira una y otra vez organizando, desde la misma idea del fragmento que nos devuelven los espejos y los contratos que resultan de las relaciones sociales y personales, una noción más acabada de sí mimo. Todo ello es, antes y después, posible y pertinente. Pero yo – personalmente- me inclino más hacia un tipo de especulación culturológica en el que estas imágenes “falsas imágenes”, puedan ser leídas en su enfática y conflictiva relación con el mundo de la cultura y con los problemas y preocupaciones que, per se, dibujan un mapa discursivo autónomo.

Este trabajo, más allá de sus posibles relaciones con el yo del artista, habla -con amplitud y destreza- de ese paradigma barroco de la contaminación, de la mezcla y del fragmento que nos afecta a todos: una especie de escenario sinuoso en el que la máscara adquiere mayor rentabilidad que el rostro. El exceso de información, el exceso de evidencia, la multiplicación de espejo no ha hecho sino, paradójicamente, generar un conflicto de identidad que roza lo patológico y activa la prescripción de unos rancios modelos de actuación que devienen en reglamentarios y en estériles. No por gusto mencionaba antes el accidente y el error. Ellos, por sí solos, se convierten en el argumento y en el pretexto de esta nueva figuración. Podríamos hablar, en tal caso, de una “estética del error” que suscribe el disparate contemporáneo donde el sujeto y el yo han sido desplazados por sus modelos ilusorios.

En un alarde de interpretación crítica, muy loable, por cierto, el artista Juan Menbrillo, señala “Espaldas y caras es un proceso en sí, que identifica unos antecedes pero no reconoce una finalidad, es un proceso de experimentación entre lo pictórico y lo digital, un diálogo del encuentro con el descubrimiento del ser, un procedimiento de localizar una identidad mutable a través de la estética del error donde lo imprevisible, la codificación aleatoria y la desfragmentación constituyen un triunfo sobre la armonía y el control.

Si algo está latente en el proceso de creativo de Santiago Torralba de un modo perturbador a las veces que inteligente, es el binomio multiplicidad- unicidad, dado que manipula procedimientos industriales, diseñados para la producción en masa, creando obras únicas, que ni tan siquiera la maquinaria con las que se han creado podría volver a ejecutarlas, debido a la intención de hacer errar al software en su lectura de los códigos. El fallo se convierte en hermoso, en único, en irrepetible al apreciarse como si  de un  cambio de impresiones se tratase, visualizando la belleza del proceso fallido en un intento tras otro por comprender el presente. La muestra se convierte en un eje sobre el que girar, dar la cara y la espalda, cubrir y descubrir al mismo tiempo”.

Este texto de Membrillo subraya un grupo de términos que resultan esenciales para comprender el trabajo de Santiago, revelando, de paso, el modus operandi de su ejecución técnica. Destacaría, especialmente, los vocablos “código” y “fallo”. Esta nueva producción responde y se mueve en esa polaridad. De ahí que se me antoje como necesario y urgente la proposición de leer esta obra desde otras coordenadas axiológicas que amplíen el ramillete semiótico de lecturas capaces de satisfacer más la polivalencia expedita de estos signos. Una simple mirada a la existencia del sujeto revela, de facto, su conversión en dato, en código, en número. Cada vez, peligrosamente, el ser se ve desplazo por sus elementos identificatorios: la publicidad sepulta al sujeto real en la búsqueda de sus modelos ilusorios, el arte se inventa absurdas metáforas de felicidad o en mascarada del dolor ajeno y para los sistemas sociales importa más el deber ser que el ser mimo.

Quizás, por ello, este trabajo no sea solo, o no únicamente, el conjunto más o menos estructurado de unas piezas en función de un tema. Es, más que eso, un ensayo de interrogación, una suerte de radiografía de la realidad que nos habita y que habitamos. Estas láminas, al margen de su esteticismo, señalan, con fruición y con espesura, la dimensión  caleidoscópica de nuestra identidad en el espacio mega-textual que generan los dispositivos industriales y los mecanismos de señalización/reducción/nombramiento. Estas láminas, insisto, se convierten el espejo maldito de Dorian Gray o en el estanque de Narciso. Me posiciono frente a ellas y solo veo el  yo fragmentado y en fuga.

Espero, paciente, la vuelta de mi rostro ahora multiplicado en muchas posibilidades.

Andrés Isaac Santana
Comisario de la Exposición

2019-03-06T13:37:34+00:00