#CreaCIC 2017: Relatos Premiados

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#CreaCIC 2017: Relatos Premiados

Vivir sin letras
Macario Polo Usasola
PRIMER PREMIO

Anónimo era nombre de mujer
Clara Isabel Sotomayor Dorado
ACCÉSIT

Puta por narices
Patricia Fernández Montaño
ACCÉSIT

 

VIVIR SIN LETRAS


Macario Polo Usasola
PRIMER PREMIO

Nací para puta o payaso, escogí lo difícil, y por eso dejé el convoy de carromatos en el que nací y en el que se supone que debía de haber crecido, conservando la vida errante y vagabunda de mis vecinos, de mis amigos, de mi familia, de mis ancestros.

Recorríamos los caminos, nos establecíamos unos días a las afueras de alguna ciudad o pueblo y, entonces, rondábamos sus calles y plazas pregonando de viva voz, con una trompetilla que nos amplificaba el volumen como si fuéramos pregoneros, nuestro espectáculo más o menos circense. Con una imprenta modesta, de tipos manuales, confeccionábamos unos carteles que pegábamos por las paredes. Faltaba la E; se había perdido hacía muchos años en un municipio que no la tenía y en el que no la echamos de menos. Recuerdo bien que desapareció a finales de agosto, después de la Virgen, cuando ya se notan las noches más cortas y la atmósfera más revuelta, cuando refresca: ni en enero, ni en febrero, ni en noviembre, ni en ningún mes que tuviera esa letra. En Faramontanos no nos hizo falta, ni tampoco en Tábara, el pueblo al que fuimos después. Mi padre se enfadó mucho cuando el impresor le dijo que no podríamos escribir Escober, que era el siguiente destino, ni septiembre, que sería cuando actuáramos. Llegó al carromato nervioso, oliendo a vino y a orujo, a sudor como siempre, enfadado (en esa ocasión) por la E que no aparecía. Mi hermano pequeño lloraba en el moisés, deseaba su ración de leche materna; mi padre le chilló para que se callara; a mí me pegó; a mi madre le impidió alimentarlo. La cogió allí mismo, delante de mí, la puso de espaldas contra la mesa y la forzó en un polvo impúdico y rápido, carente por supuesto del más mínimo aprecio, como tantos otros a los que mi madre estaba acostumbrada. El borracho se tranquilizó, se echó en la butaca, se quedó dormido. Como tantas veces, lo odié. Mi hermano se calmó, ansioso, cuando sintió sus labios alrededor del pezón de mi madre.

En las afueras de los pueblos montábamos unas gradas de madera: en forma de hexágono si el pueblo era grande, en cuadrado si pequeño. En el centro extendíamos una tela grande y circular, sucia y costrosa por los excrementos de los animales que se habían exhibido en ella desde hacía ya tanto tiempo. Si amenazaba lluvia, poníamos un poste largo en el centro de la pista y cubríamos el recinto con una lona extendida por la que se colaba el agua.

Nací para puta o payaso, decía, y elegí lo difícil. El impresor que extravió la E, que era además taquillero y portero, equilibrista y ventrílocuo, cuidaba también de un grupo de lobos a los que, los días de circo, soltaba en una jaula oxidada para hacerlos correr en redondo, sentarse en taburetes, ponerse de pie, pasar agachados bajo unos semicírculos de alambre, aullar al unísono como si estuviese brillando la luna llena. Salían hambrientos y obedientes a la pista, sabedores de que si hacían las gracietas para las que los había entrenado irían recibiendo pequeños premios comestibles, de que si no las hacían recibirían un latigazo. Igual que hacía conmigo, mi padre abría la puerta de la jaula en mitad del espectáculo y depositaba a mi hermano en los brazos del domador, que a su vez lo colocaba, protegido tan solo por el pedazo de tela que lo envolvía, en el centro de la pista. Los animales venteaban las aletas de la nariz con el olor a la carne tierna, a calostro agrio, a ese sudorcillo que se les acumula a los bebés en los pliegues del cuello y, erguidos y con las cuatro patas juntas en el taburete al que se habían encaramado, sacaban la lengua nerviosos y se lamían el hocico, gruñían, hacían respingos, se sacudían, amagaban con bajar, y el auditorio se entusiasmaba y aplaudía no sé si la maestría del domador o la dudosa valentía de mi padre, que yo creo que esperaba que alguna de las bestias saltase sobre el niño para, así, tener él una boca menos que alimentar.

Al término de la función el público se marchaba pero, si era la última del día y ya había caído el sol, muchos hombres se quedaban en los mostradores en los que, fuera del recinto, las mujeres del convoy les ofrecíamos aguardiente y vino. Nos dejábamos tocar el escote, la cintura, las nalgas y, si ofrecían la suma que se solicitase, nos íbamos con ellos al carromato reservado. Mi primera vez fue con doce años. El hombre ni siquiera se desnudó. Tan solo se desamarró el pantalón y me frotó su miembro que olía a orines por mi cara y mi cuerpo. Me empujó a la cama y me abrió las piernas.

La E perdida la suplían con una F a la que añadían, con un dedo entintado, un palito abajo. Un día de fines de septiembre robé la letra C. Ya no se podría escribir ni circo ni octubre, próximo a llegar. Tampoco Cercedilla, el pueblo al que íbamos. El episodio violento se repitió. Aunque en verdad daba igual por lo que fuese, porque la violencia llegaba todas las noches a casa, con o sin C, con o sin E. Más tarde, boca arriba en la cama, tracé todo el abecedario en el aire. Sonreí al dibujar la virgulilla de la eñe, el palito de la cu. Imaginé también las palabras que necesitaban de esas dos letras extraviadas para poder escribirse: cesar, hacer, cerro, cocear, cercenar, cuerda, escapar. «Cesar, hacer, cercenar, cuerda, escapar», repetí. Mi libertad, mi niñez, mi adolescencia, mi cuerpo —que tampoco podría escribirse— cercenados. «Cesar el sufrimiento, cercenarle la vida, hacer algo», me dije. «Hacer algo y escapar», continué. «La cuerda de atar a los caballos», pensé, y fui a por ella.

Mi padre dormía profundamente, como siempre que bebía tanto: como siempre. La enlacé con cuidado alrededor de su cuello y la ceñí despacio. Despertó sin saber qué sucedía, las venas ya inflamadas por la presión que le cortaban la respiración y el flujo sanguíneo. Se estremeció, como los lobos cuando me miraban en la pista, como miraban a mi hermano. Nací para puta o payaso y escogí lo difícil.

ANÓNIMO ERA NOMBRE DE MUJER


Clara Isabel Sotomayor Dorado
ACCÉSIT

“Nací para puta o payaso, escogí lo difícil”. Como una niña que espera impaciente que llegue su cumpleaños, acaricia con la yema de los dedos los versos subrayados en una perfecta línea a lápiz y mira a su alrededor ansiosa, buscando una pista sobre quién puede estar detrás de este misterio. La biblioteca está prácticamente vacía y no hay nadie cerca de ella, así que pronto descarta la posibilidad de descubrir al emisor de dicho mensaje. Acerca el libro a su cara e inspira, percibiendo el olor a nuevo pese a ser una edición de hace algunos años. Seguramente lo hayan leído muy pocas veces, son tiempos difíciles para la poesía. Finalmente, saca su agenda y busca la fecha de hoy para anotar la cita.

Ya son tres las semanas que Martina lleva encontrando todos los días un libro de poesía sobre la mesa en la que siempre se sienta en la biblioteca. La primera vez que ocurrió, pensaba que alguien se lo había dejado allí en un descuido. Después acabó viendo una nota que ponía “Léeme” y disipó su idea de que todo aquello fuese mera casualidad. No había duda de que alguien lo había puesto ahí para ella y, al ver ese marcapáginas señalando los versos marcados con lápiz, comprendió que sólo una persona que amara los libros casi tanto como ella, trataría con ese mimo aquel tesoro de papel. Y, de hecho, seguramente fue por eso por lo que decidió participar en el juego y responder a esa nota incitando al emisor del mensaje a volver a repetir la jugada.

Ahora, a punto de cumplir 15 días desde que empezó el misterio, Martina hojea las páginas donde tiene escritas cada una de las frases e intenta buscar una conexión. Relee la primera cita: “Dudo si el rencor adusto vive unido al amor en mi pecho”. Su autora es Rosalía de Castro, del libro Orillas del Sar. Continúa revisando las hojas de su agenda y en el octavo día se encuentra con “Miren cómo corre el agua batallando por la arena, así batalla mi amor cuando le ponen cadenas”, del poemario Tonada de Violeta Parra. La cita de ayer fue de Alejandra Pizarnik, de su poemario Los Trabajos y las Noches y decía así: “Tú eliges el lugar de la herida en donde hablamos nuestro silencio”. Por último, relee los versos que se ha encontrado hoy y pierde la mirada en el horizonte, como si allí fuese posible encontrar pistas para llegar a la solución.

La tarde pasa volando entre versos, pensamientos que conecten los poemarios o el significado de las frases, y algún trabajo de la universidad que se ve obligada a adelantar, pese a que la curiosidad venza a la concentración. De repente, el sonido de las llaves de la segurata de la biblioteca devuelve a Martina al mundo real. Es hora de volver a casa y, por desgracia, esperar todo el fin de semana al libro del lunes. Recoge apresurada sus apuntes y su agenda, lo guarda en la mochila y se dispone a salir por la puerta.

Un suave olor a tierra mojada acompañado del ruido que hace la lluvia al llamar en los cristales provoca que instintivamente se lleve la mano al bolsillo pequeño de su mochila y recuerde que se ha dejado olvidado el paraguas. Angustiada por el hecho de imaginar que pudieran dejarla allí encerrada si nadie se da cuenta de su presencia, corre silenciosa por los pasillos de la biblioteca hasta la sala de estudio donde, momentos antes, había estado ella. Y, efectivamente, allí estaba su paraguas.

Mientras se acerca a por él, alguien sale de detrás de una estantería y chocan. Es Gema, la segurata. Recomponiéndose del susto, Martina se apresura a disculparse, sin poder evitar que sus mejillas se tiñan de rojo vergüenza y que su corazón golpee sus sienes como si se le hubiese subido completamente a la cabeza.

–  Perdona, venía corriendo a por el paraguas que se me había olvidado y ni siquiera te he visto. – Se intenta defender la chica.

–  No te preocupes, yo también justo llevaba prisa y no me he ocupado en pensar siquiera que pudiera haber alguien dentro todavía. – Gema sonríe a Martina y, en ese preciso momento, la mirada de Martina baja repentinamente a las manos de ella. Gema intenta ocultar lo que sostiene, pero acaba parándose en seco, como quien sabe que ha sido descubierto y no hay escapatoria posible.

– ¿ERES TÚ? –  Pregunta una Martina chillona y sorprendida ante semejante descubrimiento, frente a una Gema aparentemente avergonzada.

–  Sí, soy yo. – Hace una pausa. Parece nerviosa y ha empezado a agitar las manos en un intento de justificar su conducta. – Hace un mes te dejaste en la cajonera de la mesa un cuaderno con poemas tuyos. Cuando lo vi abierto y comprobé que era poesía, no pude evitar leer algunos. Y cuando leí algunos, finalmente no pude evitar leérmelos todos.

Martina baja la mirada avergonzada y pronuncia un “Me alegro de que te gustaran” casi inaudible. No puede ni imaginar qué habrá pensado Gema de ella al leer todo lo que había en ese cuaderno. Y, aunque no está enfadada, se siente incómoda ante el hecho de que alguien haya podido ver algo tan íntimo. Gema continúa hablando.

–  Tienes un talento innato. No podía quedarme de brazos cruzados. Necesitaba hacer algo. De alguna forma mi ya casi ausente niña interior sentía que el tiempo le estaba dando la oportunidad que la vida le había arrebatado cuando mis padres decidieron ponerme a trabajar en vez de estudiar. Y sé que tú puedes lograrlo. Son otros tiempos para las mujeres y, aunque no fáciles, al menos ahora no debemos ocultarnos bajo seudónimos con nombres masculinos u ocultar nuestra identidad bajo un “Anónimo”. Porque si algo se está demostrando es que, a lo largo de la historia, “Anónimo” fue nombre de mujer. Y ahora que las cosas están cambiando, que nos estamos empoderando y somos más fuertes que nunca, siento que deberías luchar por hacerte hueco en el mundo de la literatura. Sé que no es fácil desnudarse de esa manera ante alguien, pero hay algo que siempre he tenido claro y es que si hay algo que hace más bonito el arte que el propio hecho de que exista, es el poder compartirlo con la gente. Remover corazones, dejar tiritando la vida de quien por dentro se creía piedra. Quise que las citas fueran todas de mujeres para demostrarte que no somos menos válidas, pese a que no se reconozca nuestro esfuerzo. No tenía previsto que me descubrieras, al menos no tan pronto, pero si juntas la letra por la que empieza cada cita, leerás “Defórmame inten…”. Faltaría un “…samente” para acabar la frase. Quería animarte a seguir escribiendo, a deformar la realidad con esa intensidad que sólo comprende la gente que tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

Martina está abrumada por el discurso. Sus ojos vidriosos no le permiten ver a Gema con claridad, pero está casi segura de que ella también está llorando. Sonríe conmovida por dentro. En silencio, suelta la mano a Gema, se acerca a por su paraguas y vuelve a pararse frente a ella. Finalmente se decide a hablar.

– Hagamos una cosa: olvidemos que esto ha pasado. Termina la frase como si no te hubiese descubierto y, cuando lo hagas, hablamos. Así tengo tiempo para pensarlo.

Ambas se funden en un abrazo para despedirse. Martina nota a Gema temblar, aún emocionada, llorando, y susurra: “Ahora nos toca a las dos ser valientes”.

 

PUTA POR NARICES


Patricia Fernández Montaño
ACCÉSIT

Nací para puta o payaso, escogí lo difícil: ser puta. Y no porque me llamara especialmente la atención tan sacrificado e ingrato oficio, sino porque en la España de 1941 las opciones de aspirar a algo más que a las sobras de un guiso de cuero y huesos, de vete tú a saber qué animal, eran bastante limitadas. Fue por ello por lo que finalmente decidí renunciar a mi sueño pueril de ser payaso y despojarme de una parte de mi dignidad, permitiendo que un rebaño de almas hambrientas e inertes, como la mía, desfilaran impudorosas entre los pliegues de mis piernas. Sucumbir al espectáculo de la carne sucia y melancólica parecía la única opción de futuro para mí. O al menos eso era lo que creía mi padre, que mientras se marchaba escoltado por dos señores de tez grisácea, dejó que sus ojos se acristalaran de pena. Justo antes de que desapareciera para siempre, me entregó una caja de madera mohosa:

―Ábrela solo cuando me hayas perdonado.

En los meses siguientes jamás pude abrirla, pero tampoco me separé de ella. La guardé a buen recaudo hasta que llegara el momento.

Los comienzos fueron duros, aunque poco a poco me fui habituando al olor rancio que emanaba de las pieles con las que me fundía en cada luna. Al cabo de las semanas, comencé a contar las noches que conseguía pasar sin llorar, y al año, me faltaban incluso dedos de la mano para tan pobre suma.  Supongo que aquello era lo más parecido a la felicidad que todos buscaban en medio de la gran depresión que impregnaba las calles del viejo Madrid.

Comencé a coger confianza dentro del oficio, y acabé siendo premiada con mi primer ascenso. Pasé de compartir sábanas mugrientas con truhanes y pillos de poca monta a convertirme en dama de compañía para caballeros de alta alcurnia. Aunque las tareas principales que desempeñaba eran básicamente las mismas, se agradecía poder reducir el riesgo de amanecer cualquier día en compañía del tifus.

El nuevo público restaba emoción a mi vida en el sentido expuesto y también ofrecía otro tipo de ventajas. Por ejemplo, me permitía poder entablar conversaciones casi interesantes con aquellos señores tan peripuestos. Ellos tenían cierta cultura y raro era el día que no acababa debatiendo, entre actuación y actuación, sobre poesía o novelas de terror.

Me tomaba con humor mi trabajo y, a veces, mientras escuchaba de fondo la respiración exaltada de mis clientes, me imaginaba a mí misma subida en un escenario, como protagonista de una obra cómica en la que todo el mundo acababa desternillado de risa. Tanto me metía en el utópico papel que poco a poco fui acortando las distancias con cada hombre que me contrataba, tomándome la libertad de ir comentando en voz alta cualquier situación cómica que se diera en aquel habitáculo del amor transitorio. Siempre recordaré la primera vez que me atreví a dar el paso:

– Don Olegario, perdone mi impertinencia, pero con esa panza es seguro que abarcaría usted las dos castillas.

Tal fue la carcajada que soltó Don Olegario que, por primera vez en mucho tiempo, sentí que había hecho algo útil en mi trabajo. Para mí, desfogar a aquellos hombres sudorosos no era más que pan para hoy y hambre para mañana. Sin embargo, una risa podía ser algo que, repetido en el tiempo, conducía inevitablemente a la felicidad.

Después de aquel episodio, mi confianza creció enormemente. Ya no tanto en la práctica explícita del acto sexual y sus derivados, sino en el ejercicio del chascarrillo inesperado, que generalmente hacía mención a algún aspecto curioso del cliente.

Y así fue como mis tareas laborales habituales se fueron fusionando con la versión más cómica de mi persona. Justo lo que siempre había soñado. Ya casi no me importaba tener que lidiar con las pieles arrugadas y colganderas que cubrían los huesos de aquellos señores. Lo importante era que podía dar rienda suelta a mi ingenio verbal, consiguiendo que los clientes se fueran felices.

La voz comenzó a extenderse entre los asiduos a los lugares más picantones del distrito, e inesperadamente la demanda de mis servicios se disparó. Empecé a tener la agenda diaria repleta de citas con varones que, además del placer carnal, deseaban disfrutar de mi compañía. Llegó un momento, incluso, en el que algunos clientes olvidaban consumar. Solo querían llorar de risa.

Fue en aquel momento en el que decidí que no volvería a derrochar una sola lágrima; ninguna noche más. Sin apenas haberme dado cuenta, me estaba dedicando a lo que siempre había deseado ser.

Una noche me sorprendí a mí misma sentada delante de la caja de madera que mi padre me había entregado antes de su partida. La observé largo rato, indecisa, hasta que fui capaz de extender mis brazos temblorosos y tomarla entre mis manos. Entonces, me sentí con fuerza para abrirla.

“Le perdono, padre”.

Desaté el cordel carcomido que sujetaba la tapa, y la levanté lentamente. Comenzó a vislumbrarse en su interior un objeto de color brillante que me resultaba familiar, y que a todas luces me serviría para dar el salto definitivo a mi nueva vida. Allí mismo, delante de mis ojos, yacía resplandeciente una nariz roja de payaso.

2017-10-08T21:26:59+00:00