#CreaCIC 2016: Relatos Premiados

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NI MUERTA


Manuel Casero Valero
PRIMER PREMIO

Vir estaba plantada ante el espejo evaluando cómo el insomnio y el cansancio afectaban a su rostro. Recién lavada la cara y desterradas las legañas de sus ojos, su rostro no ofrecía ninguna mejoría. Quizá fuese por la taciturna luz del aseo donde se encontraba o por la actitud revolucionaria de sus pelos en un intento de huir de ella en todas direcciones proyectando una imagen de Medusa con resaca pero, innegablemente, estaba experimentando una vejez repentina que la dejaba con un aspecto cansado y en un estado pensativo permanente.

Abstraída, hacía cajas y vaciaba la casa de su madre, Paquita, recientemente fallecida, para dejarla a la venta. Llevaba días durmiendo en esa casa para dedicarse por completo a empaquetar los recuerdos del hogar que había acogido a sus dos hermanos menores y a ella.  Por incómodo que fuera, vender la casa y repartir lo conseguido era lo acordado en la herencia con sus hermanos. Aunque el extraño sentimiento de estar profanando lo más sagrado de su intimidad familiar invadía a Vir, en su mente ocupaba la figura de su madre haciendo que se desconcentrara en su tarea una y otra vez.

No podía parar de preguntarse, ¿cómo había deseado su madre esa decisión postmortem? ¿Se habría querido vengar de sus hijos de una manera tan poco propia en ella?

No le entraba en la cabeza. De ninguna manera. Ya que, ante todo, Paquita no era una persona rencorosa ni de una maldad innata. Todo lo contrario. Paquita era la madre manchega de manual que tan pronto fríe un huevo como sepulta bajo torrijas en Semana Santa a su comensal aunque la apariencia de éste no fuese precisamente de desnutrido. Era una mujer inocente y sufridora. Bajo su punto de vista, sus hijos eran vulnerables al mundo exterior y, aunque ellos habían demostrado una soltura en la vida superior a las expectativas de la madre, Paquita, probablemente aderezada por los casos de violencia, estafas y extorsión televisados en sus programas de tarde que acostumbraba ver, no relajaba en ningún momento su manto sobreprotector sobre ellos. Sin duda, estaba fuera de lugar el último deseo de su madre en su acto fúnebre.

Vir abandonó el aseo y volvió al dormitorio principal retomando el empaquetado en el punto donde lo había abandonado la noche anterior. Mientras, recordaba la particular frase de su madre de manera analítica, como escarbando por un trasfondo más esclarecedor.

<<La mortaja está encima del armario del dormitorio>> decía. Cuando Paquita pronunciaba esa única frase, lo hacía de una manera relajada y resignada, percibiendo un posible final.

 Normalmente, una madre de estas características cuando escucha a su hijo menor afirmar seriamente que su aspiración es la de ser actor porno de fotonovelas de ambientación “homozombivictoriana”, sin ir más lejos, la reacción de una madre al uso sería la de perder los estribos, gritar como la mona Cheetah, hacer saber al vecindario entero el empeño que tienen sus hijos en cavarle su propia tumba bien profunda y empezar una fase de alaridos en aumento como si estuviese con las contracciones de un parto natural de gemelos con gigantismo. Esta sería la reacción lógica y esperada de una madre al uso. Pero Paquita era diferente. No por ello significaba que no sufriese por sus hijos pero sí canalizaba de una manera alternativa la temida ira maternal.

En esa misma situación, que realmente aconteció en la vida de Paquita, ella enmudeció, cerró los ojos y dijo: <<la mortaja está encima del armario del dormitorio>>.

Por lo tanto, Vir no podía comprender cómo una mujer tan agradable, inocente y calmada como su madre había decidido entrar por la puerta grande del inframundo con tanto descaro y desparpajo.

Recordaba las circunstancias de su muerte. Había ocurrido solo unos días atrás cuando su madre había removido cielo y tierra para reunir en una costumbrista comida de domingo a los tres hermanos, consiguiendo que apartaran sus vidas privadas por un día. Estaba eufórica pues sabía que era un logro con poca posibilidad de reincidencia y, sintiendo que había conseguido un hito imposible equiparable a reagrupar a los miembros de ABBA por última vez,  lo celebró preparando los mejores manjares.

La mesa del comedor estaba repleta de fuentes de cristal con pisto, migas manchegas, sopas de ajo que humeaban, un gran surtido de rosquillas y flores espolvoreadas con grandes dosis de azúcar, platos de queso y jamón en los huecos de la mesa que no estaban invadidos por otro sinfín de manjares de compleja digestión. Vir, entre tanta comida pudo observar que su madre había sacado “el mantel bueno”. Sin duda el evento lo requería.

Los comensales, riendo y charlando, se sentaron alrededor de la mesa observando cómo Paquita una vez más se había superado. Vir los miraba sonriente. Estaban: su hermano mediano, alto, desgarbado, algo más calvo que la última vez y con las gafas torcidas; la nueva novia de su hermano mediano, presentada por primera vez ante la familia, que se había recogido la espesa melena en una larga trenza y que, tímida, bizqueaba inconscientemente cada vez que reía para complacer a Paquita; el hermano pequeño, sin hablar pero esbozando una sonrisa poco creíble que denotaba que estaba pasando un mal momento o sufriendo unas hemorroides mastodónticas en silencio; y a un extremo de la mesa, las dos gemelas fruto de una anterior relación tormentosa del hermano mediano que pocas veces era mencionada.

La velada se desarrollaba con tranquilidad y sin acontecimientos destacables hasta que, el hermano menor, rompiendo su mutismo, susurró lo suficientemente alto para que todos lo oyeran:

  • Quiero ser embajadora internacional de los productos frescos Hacendado.

Las conversaciones familiares se interrumpieron de golpe, dejando tras de sí un gran silencio. Todos los familiares se giraron hacia él y, meditando unos y en shock otros, alargaron los segundos más incómodos de Paquita. Ésta estaba pálida, como batallando una guerra interna en silencio, cuando la sucesión de desdichas en esa comida sucedieron una detrás de otra: las gemelas, animadas por la noticia confesaron que a su corta edad querían ser las mejores grupis y que ya estaban entrenando a escondidas con las metanfetaminas para meterse en el papel; su padre, el hermano mediano, les vociferaba desesperado y éstas achacaban sus pretensiones al déficit de cariño por parte de él. Si no lo encontraban en su padre, lo encontrarían en sus ídolos de la talla de John Cobra, decían, y que nada podía impedirles perseguir sus sueños; la novia, escandalizada, gritó lo chiflada que estaba esa familia y el hermano pequeño, tras su fuga a la cocina, volvió con todos los productos Hacendado haciendo gala de ellos como una auténtica vendedora de teletienda.

Paquita, entre sudores, temblores y con una desmejorada apariencia comunicó con dificultad: <<la mortaja está encima del armario del dormitorio>>.  Dicho esto, se agarró el pecho bruscamente, puso la mano sobre el corazón  y, con los ojos en blanco, pasó a la otra vida desplomándose sobre el  plato de pisto que tenía frente a ella salpicando a todos los demás.

Vir, afectada por el trágico final de Paquita, se encargó de los preparativos del entierro. Los hijos, profundamente dolidos, ayudaron en todo lo posible sin dejar de autoculparse por propiciar una situación tan descabellada como aquella. Era algo que nunca se perdonarían así que, devastados, fueron a cumplir la última voluntad de su madre: vestirla con la mortaja que había sobre el armario.

Aunque la sorpresa fue mayor cuando, al abrir la caja que contenía la mortaja, había un traje de flamenca rojo con lunares blancos. Paquita les debía estar tomando el pelo, no había otra. Allí en las alturas se estaría “partiendo el ojete” observando a sus atónitos hijos.

Los hermanos estuvieron debatiendo lo procedente de tener a su madre vestida así en el tanatorio, pero  finalmente respetaron la decisión. Hubo preguntas incómodas durante el acto fúnebre de los más allegados, incontinencia de risas nerviosas y la propagación por todo el pueblo de la ocurrente idea de Paquita después de su muerte.

Los pasos resonaban por la casa, desvalijada de cualquier mueble o adorno con la salvedad del viejo armario del dormitorio principal. Vir se paseaba por la casa, revisando que todo estuviese en orden para entregar el piso al nuevo propietario. Las esquinas limpias,  los marcos de las puertas brillantes… sí, todo estaba preparado. Pero el viejo armario… Si Vir se daba prisa podría apartarlo a tiempo, antes de que el agente inmobiliario se presentase. Se acerco a él, metió la mano en la parte  trasera y haciendo fuerza con sus piernas, lo separó de la pared. El polvo echó a volar y el ruido de algo deslizándose terminó en un: “Pluf”. Un paquete encajado en la parte trasera del armario apareció. Vir lo cogió, lo abrió y el mundo se le vino encima. Doblado con mimo había una sobria mortaja, la única y verdadera mortaja de Paquita.

 

 

EL TEBEO DEL PASTOR


Ignacio Gracia Fernández
ACCÉSIT

El niño recorre las vías del tren buscando trozos de carbonilla para malvender a los de la fragua, sin quitar los ojos de las ovejas que pastan en la linde. Lleva cuidando el rebaño desde los 6 años. Quizás haya suerte y encuentre una peladura de naranja. ―Jo, o un caramelo, ¡Cómo sería encontrar un caramelo!―. Desde lejos vislumbra algo arrugado y colorido. ―¡Un tebeo!―. De Roberto Alcázar y Pedrín. El chico no sabe leer, pero percibe que hay un mundo encerrado en esas hojas que contempla absorto.

Aquellas páginas lo atrapan en un torbellino de países exóticos y promesas de aventuras. Las guarda celosamente en una raída caja de cartón en el morral junto a sus otros tesoros: un botón, unas piedras de cuarzo y el viejo escapulario de su madre, su único recuerdo. Nadie sabe cómo, pero el pastorcillo aprende a leer por sí mismo, interpretando los signos de los dibujos como huellas de animales en el barro, hilando letras e historias como se sigue el rastro de un jabalí. Descifra las letras en miles de ratos placenteros en los que cuidando el ganado saca con sigilo el tebeo del morral. Su recompensa tras una interminable jornada de trabajo consiste desde entonces en ir al escondrijo y descubrir el sentido de las palabras, a la luz de un candil o una vela de sebo.

Y conoce lo que es la decepción. La incomprensión. La envidia de los que te rodean y empiezan a verte como una amenaza, o simplemente diferente. El tebeo arde en la lumbre del cortijo entre las carcajadas de los otros pastores que se ríen de sus lágrimas. Es una debilidad, algo no permitido para un huérfano de una España sumida en la miseria de la posguerra. Pero ellos no saben que la débil luz que emite el tebeo antes de arrugarse, negro, entre las llamas de los troncos de encina, le va a iluminar toda la vida.

Porque todos los pastores saben que tras el invierno y la ventisca llegará la calma, que las presas vuelven siempre a los abrevaderos. Así, por casualidad, un día que va a vender queso a la plaza del pueblo descubre la biblioteca municipal. ―Aquí es donde están todos los libros―, se dice boquiabierto. El silencio de la sala es fantástico, relajante. Huele a polvo, a cuero viejo, a libro. Fascinado, desliza la mirada sobre los gigantescos lomos verdes de la enciclopedia Espasa, como si viera un bosque de árboles perfectos. Después de cinco minutos cae en la cuenta de que está allí para entregar un encargo a la bibliotecaria, Mise, que lo mira con una mezcla de sorpresa y ternura.

El pastor finalmente cobra el queso y, turbado, se da la vuelta, pero no puede abandonar la biblioteca. Quiere esperar un rato más antes de regresar a su vida. Mise le sonríe con sus ojos claros y le tiende un libro infantil. El chico se contempla las manos encallecidas y sucias, sintiéndose terriblemente avergonzado, indigno de lo que ofrecen, pero mirada y libro le siguen apuntando. Apoyándose en la sonrisa de la bibliotecaria, se restriega fuerte las palmas en los pantalones y coge el libro temblando. Lo abre acariciándolo con las yemas de los dedos. Ya está hecho.

Ese día solo vendió un queso. La paliza del mayoral no importó, sobre todo cuando agazapado en el refugio al calor tibio del pelaje de Diana, su perrilla, sacó del zurrón el libro y aspiró de nuevo su olor.

Desde entonces vendió muchos quesos, porque le interesaba frecuentar la plaza del pueblo y su biblioteca. La lectura se convirtió en un hábito, y el zurrón era cada vez más pesado y voluminoso. A medida que leía notaba que la cabeza le bullía, que era más inquieto. Pero que cuando se sosegaba era un poco más prudente, más tolerante. Más sabio. A lo largo de esos años cazó animales salvajes junto a los personajes de Hemingway. Convivió con los peculiares habitantes de los pueblos manchegos de García Pavón y cabalgó a lomos de un asno, acompañando a caballeros soñadores que luchaban contra gigantes. Viajó a pueblos fantásticos como Macondo, sorprendentemente familiares. Comprobó que los lobos de la estepa aúllan como los de la meseta, sobre todo cuando lo hacen desde dentro del alma. Descubrió como Siddhartha que el sentido de toda una vida y de la vida misma consistía en sentarse a escuchar al río. Todo. Todo se despliega ante sus ojos a través de la pequeña ventana que sostiene entre sus manos.

Y entonces decide que quiere estudiar. Sorprendentemente sus compañeros lo apoyan. Se da cuenta que todos conocían su secreto y que le cubrían durante los ratos de lectura. Ya no es una amenaza. Se ha transformado en un hombre de quien pueden estar orgullosos. Mejor que ellos. Y en la miseria se apoya al que manifiesta un don, porque es la única forma de ser recordados. Es la ley de los pobres, aquella en la que los libros son sustituidos por relatos al calor del fuego. En las que los ancianos son las únicas bibliotecas, donde el único legado posible se transmite de forma oral. Todos los del cortijo saben lo que deben hacer. Por una vez en la vida todos los vientos le son favorables.

Decían que era imposible que un pastor sin formación se metiese en la cabeza esos enormes libros que había que estudiar para las pruebas de acceso. Se equivocaban. Los personajes de los libros, los libros en sí mismos le daban una tranquilidad y un empaque desconocidos para él hasta ese momento. Efectivamente era una persona diferente. Lo más difícil fue dar el primer paso. Lo más difícil fue querer hacerlo. Decían que era imposible trabajar con las ovejas y estudiar. Se equivocaban de nuevo. Siempre hubo un amigo que le daba una palmada para despertarlo cuando caía rendido o le hacía café de puchero y apagaba un ascua en él antes de ofrecérselo. Que acercaba la vela para que viera mejor. Incluso Diana le animaba, entre lametones cariñosos y silencios respetuosos de aprobación perruna. Se equivocaron, del todo.

Porque el sueño del que le despertaban era premonitorio. Hablaba de una vida mejor, de acceso a la educación. De poder enseñar a tus hijos la cultura que tú aprendiste, para que no les engañe nadie. Hablaba de escuelas y Universidades públicas, de progreso. Del poder de la palabra. Del poder de los libros. De tebeos y de bibliotecas. Era un sueño sobre libertad.

El viaje de Martín


José Andrés Gallardo de la Sierra-Llamazares
ACCÉSIT

1

Una fina lluvia caía esa mañana. Las gotas de agua resbalaban caprichosas por los cristales de las ventanas. Martín seguía en la cama, trataba de desperezarse tras una larga noche sin poder dormir. Continuaba nervioso, ese día era muy especial para él. Se tomó unos minutos más, finalmente tomó aire y con un pequeño impulso se levantó.

Era la hora de comenzar algo nuevo, cambiar de vida y salir de  aquel pueblo en el que todo el mundo se conocía por el mote. Tras una ducha rápida y un café,  repasó el equipaje que tenía preparado, procurando no olvidar nada, después de su partida sería difícil recuperar algo.

Era temprano, aún le quedaba tiempo de ir a casa de su abuela Matilde para despedirse. Su abuela había sido prácticamente su única familia, lo había criado desde pequeño cuando sus padres emigraron a Suiza, donde, después de algunos años juntos, se separaron y rehicieron allí sus vidas. Las circunstancias habían hecho que Martín no fuese con ninguno de ellos. Salvo los pocos años que pasó estudiando en la universidad, había crecido y vivido con su abuela materna en el pueblo.

2

Al llegar a casa de Matilde empujó directamente la pesada puerta de madera, en aquel lugar las cerraduras apenas se usaban. Entró al pasillo. El primero en salir a recibirlo, como siempre, fue Manolín, el viejo y gordo gato se enroscó entre sus piernas con un ronroneo y, tras dejarse hacer algunas caricias, volvió a su rincón favorito, junto a la estufa.

Su abuela salió de la cocina, a pesar de que no era ni mediodía, ella ya estaba preparando sus guisos. Mientras se secaba las manos en el delantal, se acercó a besar a Martín.

– Por fin ha llegado el día… ¡Qué pena tengo de que te marches, hijo!

– SÍ abuela. Hoy es el día.  – Martín sabía que aquel momento iba a ser lo más duro de pasar tras todas las decisiones que había ido tomando en los últimos meses.

– ¿Lo llevas todo, verdad? ¿No te habrás olvidado las zapatillas de andar por casa que te regalé en Navidades?  Siempre has sido un desastre para hacer el equipaje. – Dijo moviendo ligeramente la cabeza hacia los lados – Como cuando fuimos a la boda de tu prima Paz y no llevabas los zapatos de vestir, tuviste que pedirle unos prestados al hermano del novio que te quedaban pequeños…  – La memoria de la abuela Matilde, a pesar de la edad, seguía estando en forma para las anécdotas. Aquello provocó una leve sonrisa en ambos.

– No te preocupes, llevo todo lo necesario.

– ¿Me llamarás cuando llegues, verdad? – Matilde intentaba contener la emoción en sus ojos.

– No abuela, a donde voy no voy a poder llamarte, allí todavía no funcionan los móviles. Ya tendrás noticias mías.

La tristeza se volvió a adueñar de Matilde, esta vez mezclada con una pizca de enojo. – ¡Pues sí que están atrasados en ese lugar! ¿Y no sería mejor que te quedaras aquí y aprendieras el oficio de panadero? Ya sabes que Baldomero, el “Viruta”, se jubilará pronto y te puede enseñar el oficio… – Ella sabía de sobra la respuesta, pero no podía dejar pasar la última oportunidad que tenía de poder conservar a su nieto cerca de ella.

– No abuela, ya lo hemos hablado muchas veces -. Martín sacudió ligeramente la cabeza y cerró los ojos, el sentimiento le empezaba a embargar y quería controlarse. –  Mi destino no está aquí, ya sabes que yo siempre he tenido otras cosas en la cabeza.

– ¿Y cuándo volverás? -. La mirada de ella se clavaba dolorosamente en sus ojos. La gran pregunta, en verdad, era si volverían a verse en algún momento de sus vidas.

Martín no supo qué contestar. Tras un corto silencio, abrazó a su abuela y la besó profundamente en la frente.

– No te preocupes por mí, estaré bien. Te quiero, abuela.

Ella no quería o no podía asumirlo. Volvió a decirle lo que siempre le decía cuando éste salía del pueblo, aunque fuese para pasar unos días en la ciudad: – Bueno, si te arrepientes ya sabes que puedes volverte aquí conmigo. – Se le iluminó la mirada y añadió: – ¡Ah! Y si puedes compra lotería de Navidad de allí adónde vas. Por si toca. – Aquel comentario no dejaba de ser una broma, pero sirvió para quitar algo tensión al momento.

Martín suspiró profundamente, abrazó nuevamente a su abuela y la volvió a besar en las mejillas. Antes de que las lágrimas resbalaran por su rostro salió rápidamente de la casa. Efectivamente, aquella despedida había sido muy dura para él, pero estaba decidido como nunca anteriormente a hacerlo. Por mucho que le doliese, ahora no podía echarse atrás en el último momento.

3

Tras despedirse de algunos amigos del pueblo, Martín volvió a casa y se sentó a esperar junto a la ventana, mirando aquellas calles de piedra que tantas veces había recorrido desde pequeño. La lluvia seguía resbalando por los cristales y la luz daba un toque casi mágico al último día de Martín en aquel lugar.

Finalmente un coche negro bajó por la estrecha calle y aparcó junto a la puerta de su casa. El momento había llegado.

Martín cogió su bolsa de viaje y comprobó que todo quedaba en orden en la casa. Las llaves en la mesa de la cocina, tal y como había quedado con el de la inmobiliaria. El resto ya estaba casi vacío, los pocos muebles que quedaban ya vendrían sus nuevos dueños a recogerlos.

Salió y se introdujo en el coche, ya no había vuelta atrás.

Tras pocos minutos, a medida que el coche salía del pueblo, Martín sintió un pequeño vértigo. Comprendió que toda su vida anterior se quedaba allí mientras él se alejaba.

El futuro comenzaba, un futuro por escribir y por hacer…

Martín se había presentado voluntario en cuanto supo del proyecto y, tras muchas pruebas, había sido seleccionado de entre miles de personas que, como él, querían participar de algo completamente desconocido hasta la época. Iba a viajar a Marte, donde formaría  parte de la primera colonia que la humanidad iba a establecer en el planeta rojo.

Pensar en ello hizo que la emoción de la aventura le animase, aunque otros muchos sentimientos se mezclaba en su cabeza: incertidumbre, ilusión, miedo… pero ser parte de aquello era algo con lo que siempre había soñado.

Mientras el coche negro le llevaba hacia la primera etapa de su trayecto, Martín pensó que escribiría un libro contado su viaje. Comenzaría justo aquel día, despidiéndose de su abuela, de su pueblo y de su anterior vida. El título le vino a la cabeza como un relámpago: “Martín en Marte”.

Continuará…

2017-09-15T19:31:03+00:00