{"id":9787,"date":"2003-03-09T19:15:00","date_gmt":"2003-03-09T18:15:00","guid":{"rendered":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/?p=9787"},"modified":"2026-03-09T19:16:25","modified_gmt":"2026-03-09T18:16:25","slug":"masa-y-poder","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/2003\/03\/09\/masa-y-poder\/","title":{"rendered":"Masa y poder"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading\">Carlos Gamerro<\/h4>\n\n\n\n<h5 class=\"wp-block-heading\">2003<\/h5>\n\n\n\n<h5 class=\"wp-block-heading\">Referencia bibliogr\u00e1fica<\/h5>\n\n\n\n<p>Carlos Gamerro. \u00abMasa y poder\u00bb. P\u00e1gina 12 (07-11-2003).<\/p>\n\n\n\n<p>Hace unos cuatro siglos, un ingl\u00e9s ambicioso, munido apenas de un librito de Plutarco, imagin\u00f3 a la antigua Roma ensangrentada y profetiz\u00f3 todas las pol\u00edticas de masas del siglo XX. Hoy, ahora, en Buenos Aires, dos grandes actores releen esa profec\u00eda con humor, iron\u00eda y un acento judeo-brechtiano inconfundible. Carlos Gamerro monitorea el camino que llev\u00f3 del Coriolano de William Shakespeare a La larga marcha de los capoc\u00f3micos Tato Pavlovsky y Norman Briski.<\/p>\n\n\n\n<p>T. S. Eliot se refiri\u00f3 a Coriolano como \u201cel \u00e9xito art\u00edstico m\u00e1s seguro de Shakespeare\u201d, contrast\u00e1ndolo con el \u201cfracaso art\u00edstico\u201d de Hamlet. Lo que Eliot quer\u00eda decir es que la primera evidencia el control absoluto del autor sobre el material de su obra, lo que resulta en un perfecto dise\u00f1o art\u00edstico, y la segunda su desconcierto frente a materiales y emociones que lo superan. Este orden cl\u00e1sico de Coriolano resulta evidente hasta en un breve resumen. El protagonista, Cayo Marcio, es una m\u00e1quina de guerra, un Terminator de los comienzos de la rep\u00fablica romana, cuyo hero\u00edsmo guerrero s\u00f3lo es conmensurable con su desprecio por la plebe, recientemente beneficiada \u2013tras una serie de revueltas\u2013 con in\u00e9ditos derechos pol\u00edticos que incluyen el nombramiento de sus defensores, los tribunos. Tras destacarse en la toma de la ciudad volsca de Corioles, que debe capturar \u00e9l solo cuando sus soldados (plebeyos, qu\u00e9 duda cabe) retroceden aterrados, Cayo Marcio se agrega el apodo de Coriolano y vuelve a Roma para recibir la recompensa que todo militar triunfante merece: un cargo pol\u00edtico. Pero Coriolano tiene un adversario mucho m\u00e1s formidable que la naci\u00f3n volsca o la plebe romana: su propia madre, Volumnia, \u201cla mujer m\u00e1s desagradable en todo Shakespeare, sin exceptuar a [las hijas de Lear] Regan y Goneril\u201d, al decir de Harold Bloom.<br>Volumnia es la matrona romana de nuestras peores pesadillas, cuya segunda frase (\u201cSi mi hijo fuera mi marido me alegrar\u00eda mucho m\u00e1s una ausencia que le diera honor que los deleites de la cama con su m\u00e1s ardiente amor\u201d) pondr\u00eda a prueba el aguante del m\u00e1s analizado de los varones y que, al regreso del nene de cada guerra, cuenta sus nuevas heridas con pasi\u00f3n de coleccionista (\u201cEn la derrota de Tarquino se llev\u00f3 siete heridas en el cuerpo\u2026 antes de esta expedici\u00f3n ya llevaba veinticinco\u201d, enuncia relami\u00e9ndose). Son las mismas heridas que Volumnia lo insta a exhibir ante los ciudadanos para solicitar su voto para c\u00f3nsul, como fija la costumbre. Decidida a convertir en pol\u00edtico al ni\u00f1o que alguna vez convirti\u00f3 en soldado (\u201cAnda, hijo, pres\u00e9ntate a ellos con el sombrero en la mano\u2026 dales gusto, con la rodilla besando las piedras\u2026 humillando tu pecho orgulloso, m\u00e1s blando que una mora madura que se deshace al tocarla\u201d), Volumnia lo manda al frente, pero a pesar de su inicial determinaci\u00f3n, Coriolano es incapaz de ocultar su infinito desprecio por el aluvi\u00f3n zool\u00f3gico, se burla de ellos (\u201cAqu\u00ed vienen m\u00e1s votos\u2026 Por vuestros votos vel\u00e9; por vuestros votos sufr\u00ed crueles heridas sin fin\u2026 Por vuestros votos se explican mis proezas, \u00a1Vuestros votos! Quiero ser c\u00f3nsul\u201d) y luego los insulta, a tal punto que en lugar de ser nombrado c\u00f3nsul termina condenado a muerte, sentencia conmutada por la del destierro tras la amenaza de nuevo round en la contienda entre patricios y plebeyos.<br>Dispuesto a vengarse, Coriolano se pasa a los volscos y, uniendo sus fuerzas a las de su archienemigo Aufidio (al que siempre derrotaba en el terreno militar), marcha sobre Roma. Las legiones romanas son pan comido para \u00e9l, pero Roma guarda en la manga la m\u00e1s terrible de las armas secretas: su madre. La mujer que en alg\u00fan momento lleg\u00f3 a decir con vanagloria que \u201ctu valor es m\u00edo, de m\u00ed lo mamaste\u201d, ahora usa artiller\u00eda a\u00fan m\u00e1s pesada: \u201cTe juro que no podr\u00e1s lanzarte al asalto de tu patria sin pisar el vientre que te ha dado el ser\u2026 Nunca has tenido cortes\u00edas con tu madre, tu pobre gallina que, feliz con su \u00fanica cr\u00eda, a las guerras cloqueando te mandaba, y te tra\u00eda a salvo y cargado de honores\u2026 V\u00e1monos. Este hombre tiene por madre una volsca\u201d. Coriolano, rindi\u00e9ndose con malos presentimientos ante lo inevitable (\u201cAh, madre, regresas a Roma con una gozosa victoria, pero\u2026 a tu hijo le dejas vencido con una herida mortal\u201d), hace las paces entre romanos y volscos, sirvi\u00e9ndole a Aufidio en bandeja la anhelada venganza: una vez regresados a Corioles lo acusa de traidor. Incapaz de soportar la menor cr\u00edtica, en un arrebato suicida quepoco tiene de inconsciente, el acusado se ufana de haberse ganado el nombre Coriolano matando volscos como moscas, no dej\u00e1ndoles a los parientes y amigos de los muertos m\u00e1s remedio que achurarlo in situ. Aufidio, que ha demostrado mejor talento que su viejo enemigo en el arte clausewitziano de prolongar la guerra en la pol\u00edtica, pronuncia su oraci\u00f3n f\u00fanebre con la requerida compunci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Abajo la chusma<br>Coriolano es, junto con Julio C\u00e9sar y Antonio y Cleopatra, una de las tragedias romanas de Shakespeare, y lo primero que salta a la vista es la casi inquietante comprensi\u00f3n que un hombre nacido y criado en el horizonte de la intriga palaciega y la monarqu\u00eda absoluta lleg\u00f3 a adquirir, con la sola lectura de Plutarco y otros textos sobre historia antigua, del funcionamiento de la pol\u00edtica de masas, en sus variantes democr\u00e1tica y fascista. El desprecio de Coriolano por la plebe es casi infinito, y es asombroso que nuestras elites no le hayan prestado a esta obra mayor atenci\u00f3n, pues no hay en todo Shakespeare personaje m\u00e1s gorila que \u00e9ste que, a la s\u00faplica de su Menenio, su mentor pol\u00edtico \u2013\u201dPor lo que m\u00e1s quieras, ponles buena cara\u201d\u2013, es capaz de contestar: \u201cQue se laven ellos la suya y se limpien los dientes\u201d.<br>Pocas expresiones m\u00e1s absolutas de la convicci\u00f3n del derecho de una elite a gobernar sobre la masa hay que la respuesta de Coriolano a su sentencia de destierro: \u201cJaur\u00eda de perros plebeyos, cuyo aliento me repugna como miasma de ci\u00e9nagas malsanas\u2026 \u00a1Yo os destierro a vosotros!\u201d (No es casual que en ambas citas aparezca la figura del mal aliento: como todas las obras maduras de Shakespeare, Coriolano tiene, adem\u00e1s de una estructura dram\u00e1tica, una textura po\u00e9tica hecha de im\u00e1genes que se suceden a lo largo de la obra; en este caso, la que vincula el voto plebeyo con la voz, la lengua y el mal aliento: otra oportunidad hist\u00f3rica perdida para la ret\u00f3rica gorila local.) Algunos han querido ver en la actitud de Coriolano un reflejo de los sentimientos del propio Shakespeare, evidenciada tambi\u00e9n en Julio C\u00e9sar y en la segunda parte de Enrique VI. Pero si los plebeyos de Julio C\u00e9sar se dejan manipular por la oratoria del dictatorial y demagogo Marco Antonio en contra de los republicanos Bruto y Casio, y los campesinos que toman Londres y ejecutan a todo aquel que sepa leer y escribir se vuelven contra su l\u00edder a la primera oportunidad, los plebeyos de Coriolano demuestran una comprensi\u00f3n pol\u00edtica m\u00e1s refinada y s\u00f3lo apoyan \u2013y con muchas reservas\u2013 las aspiraciones pol\u00edticas de Coriolano cuando quedan atrapados en el inmemorial conflicto entre lucha de clases y guerra exterior. Los tribunos de la plebe son h\u00e1biles manipuladores que la usan para imponerse a sus adversarios pol\u00edticos, pero tambi\u00e9n es cierto que son consecuentes en su defensa de los intereses de sus protegidos y que su se\u00f1alamiento de Coriolano como enemigo del pueblo es simplemente cierto.<br>Y sin embargo Shakespeare escribi\u00f3 Coriolano como tragedia. Esto quiere decir que hay algo, una falla en el h\u00e9roe, que no es posible solucionar en el terreno de la acci\u00f3n y en este mundo. Los caminos de una soluci\u00f3n pol\u00edtica est\u00e1n siempre abiertos, y en la escena final, Volumnia, que encarna el esp\u00edritu de la pol\u00edtica, lejos de exigirle a su hijo que se vuelva contra sus aliados y luche por Roma, lo insta a hacer las paces entre ambas naciones. Coriolano, sin embargo, sabe que esa \u201csoluci\u00f3n pol\u00edtica\u201d precipitar\u00e1 su tragedia personal. Coriolano es un anacronismo, un Aquiles suelto en la polis; para \u00e9l el valor guerrero es un absoluto, y toda negociaci\u00f3n una agachada y un menoscabo de su honor. Que la misma persona que le inculc\u00f3 esos valores quiera ahora convencerlo de abandonarlos es intolerable para su poco flexible psiquismo, y precipita sus malos presentimientos primero y su virtual suicidio despu\u00e9s. Los h\u00e9roes tr\u00e1gicos de Shakespeare mueren derrotados, pero alcanzan en la derrota un nivel de comprensi\u00f3n casi suprahumano, que abarca no s\u00f3lo lapropia tragedia personal sino la general e inherente a la condici\u00f3n humana, y hablan un lenguaje nuevo. Coriolano es el primer h\u00e9roe tr\u00e1gico de Shakespeare que no alcanza este nivel de conciencia: muere sin entender determinaciones que lo exceden, sin haber aprendido nada, repitiendo al final las palabras del principio.<\/p>\n\n\n\n<p>La rebeli\u00f3n de las masas<br>El siglo XX, poco dado a la veneraci\u00f3n de lo tr\u00e1gico-heroico (nuestra idea de lo tr\u00e1gico debe m\u00e1s a Kafka que a S\u00f3focles o Shakespeare), tendi\u00f3 a devolver a Coriolano a lo pol\u00edtico. Alemania fue por razones obvias el terreno m\u00e1s f\u00e9rtil, y dio lugar a producciones de signo opuesto: durante el per\u00edodo nazi se destacaron justamente los valores militares, el hero\u00edsmo y el liderazgo del romano, igualados en los libros escolares a los de Hitler. Como contraparte, Brecht escribir\u00eda una versi\u00f3n inconclusa, producida por el Berliner Ensemble en 1963, que minimizaba la cuesti\u00f3n del hero\u00edsmo y resaltaba el valor negativo de Coriolano como ejemplo de la estrategia dictatorial, o fascista, de utilizar el fervor guerrero del propio pueblo para liquidar sus aspiraciones pol\u00edticas. Los plebeyos y los tribunos son los h\u00e9roes del Coriolano de Brecht, como el protagonista lo era en las versiones nazis.<br>La gran marcha, la obra escrita por Eduardo Pavlovsky y dirigida por Norman Briski, contin\u00faa de alguna manera la l\u00ednea trazada por Brecht. Es probable que nuestra \u00e9poca no pueda tolerar la conjunci\u00f3n de la dignidad tr\u00e1gica con el verso libre y, hablando m\u00e1s en general, que hoy en d\u00eda no se pueda llevar a cabo una representaci\u00f3n poderosa de una obra de Shakespeare m\u00e1s que interviniendo sobre ella. En ese sentido, La gran marcha cumple con el requisito fundamental: ofrecer una obra viva en lugar de una pieza de museo. El recurso favorito es despojarla de su aura de solemnidad cl\u00e1sica y destacar sus elementos grotescos: en la Volumnia que compone, con una gran teta en el centro del pecho, Briski logra conjugar la matrona romana con la idishe mame en una figura m\u00e1s aterradora que la madre que vigila a su hijo desde el cielo en Oedipus Wrecks de Woody Allen. Pavlovsky, que interpreta a Coriolano, ofrece un h\u00e9roe m\u00e1s complejo y obsceno, con rasgos de humor e iron\u00eda de los que carece el original: una especie de Coriolano educado por Falstaff.<br>En lo actoral, lo mejor de la obra son las escenas de Briski y Pavlovsky, jugadas con una complicidad que recuerda los mejores momentos de Olmedo y Porcel (y en esta comparaci\u00f3n no hay m\u00e1s que elogio irrestricto). Pero en su apuesta a la eficacia inmediata de la escena en detrimento del dise\u00f1o global (el mismo que otorga a la pieza de Shakespeare su perfecci\u00f3n art\u00edstica), en su vacilante estrategia cr\u00edtica y su repetido recurso a la alusi\u00f3n t\u00f3pica y al chiste f\u00e1cil (\u201cMe vuelvo al St. George\u2019s de Quilmes\u201d, clama un Pavlovsky despechado), la obra debilita, en lugar de intensificar, las virtudes del original. Es verdad que ver La gran marcha a la luz de Coriolano es, sin duda, s\u00f3lo una de las lecturas posibles de una obra que pertenece menos a Shakespeare que a Pavlovsky; pero para bien o para mal \u00e9sa es la que aqu\u00ed se ensaya, y en esa perspectiva, uno de los desaciertos de La gran marcha es postular, sobre el final, que Coriolano es en verdad un cobarde. Acusar a un militar de cobarde es tentador, como siempre lo es volver contra el adversario sus propias armas, algo que en nuestro pa\u00eds se hizo profusamente tras la Guerra de Malvinas. El peligro es que se puede terminar defendiendo el c\u00f3digo de valor del adversario: la valent\u00eda en combate sigue siendo una virtud incuestionable, s\u00f3lo que este individuo en particular no la tiene.<br>En La gran marcha se multiplican las iron\u00edas y burlas respecto del valor militar (la valent\u00eda es vinculada con la arritmia y con los pedos y no se omite la supuesta atracci\u00f3n homoer\u00f3tica entre guerreros, que, admitamos, est\u00e1 esbozada en la obra original). Shakespeare no cae en la trampa; por eso su Coriolano se convierte en un an\u00e1lisis y una cr\u00edtica (no en unaparodia, registro que ya hab\u00eda explorado en el Hotspur de Enrique IV) del valor militar considerado como valor absoluto: a Coriolano, en \u00faltima instancia, le da lo mismo pelear por o contra Roma, con tal de que reconozcan la preeminencia del valor en combate sobre todo otro valor humano posible, y que ese valor le pertenece a \u00e9l m\u00e1s que a ning\u00fan otro hombre efectivamente existente. El coraje, y no la cobard\u00eda, hacen de Coriolano un traidor a su patria; as\u00ed, en la sutil anal\u00edtica de Shakespeare, las dos virtudes m\u00e1s caras a la mente militar (subordinaci\u00f3n y valor) terminan enfrentadas en lugar de unidas. La cobard\u00eda del Coriolano de Pavlovsky, en cambio, es madre de alguna risa inmediata y de ninguna reflexi\u00f3n posterior.<br>A diferencia del cine o la literatura escrita, toda puesta teatral tiene lugar en un ahora absoluto, y por eso puede convertirse (se convierte inevitablemente) en un reflejo m\u00f3vil y cambiante de su presente. Una puesta de Coriolano hubiera sido, en tiempos de la \u201cSegunda tiran\u00eda\u201d, un aliciente para los militares golpistas; en tiempos de la \u00faltima dictadura militar, una invitaci\u00f3n a la quema de teatros; en los del primer alzamiento carapintada, un llamado a la resistencia civil (las palabras del Coriolano de Campo de Mayo \u2013\u201dNo es el vericueto de la ley y la chicana jur\u00eddica el \u00e1mbito natural del soldado; el soldado est\u00e1 formado para mostrar los dientes y morder\u201d\u2013 podr\u00edan insertarse sin fisura en cualquier discurso del romano); en tiempos del \u00faltimo, un sutil comentario sobre la diferencia entre \u201ch\u00e9roes de Malvinas\u201d capaces de virar exitosamente a la pol\u00edtica (los Rico, los Aufidio) y los constitutivamente incapaces (los Coriolano, los Seineld\u00edn). Quiz\u00e1 las marchas y contramarchas de la obra de Pavlovsky y Briski sean, tambi\u00e9n, un fiel reflejo de las de la \u00e9poca incierta, ca\u00f3tica, intensa, vacilante y tenuemente esperanzada que nos toca vivir.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Carlos Gamerro, 2003<\/p>\n","protected":false},"author":561,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[21],"tags":[],"class_list":["post-9787","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-textos-es"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9787","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/users\/561"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=9787"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9787\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":9788,"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9787\/revisions\/9788"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=9787"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=9787"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/blog.uclm.es\/archivoartea\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=9787"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}