Mordida, mordida

o Los monumentos del fracaso

Pilar Villela

2000

El 31 de diciembre de 1999 el mundo entero se detuvo en vilo. La celebración, cuyo objeto anticiparon profusamente tanto los augures como los tecnócratas, fue arbitraria, exagerada y teatral. Los gobiernos convocaron grandes fiestas, las televisoras emitieron sus señales a todo el mundo y, con un efecto dominó, los preparativos y las expectativas fueron cediendo paso al día después: ni glorioso, ni apocalíptico, el primer amanecer del nuevo milenio le trajo a cada uno de los hombres los signos inquietantes de su cotidianeidad.
Esta decepción apenas resultó sorprendente. Toda celebración es un ritual y, por lo tanto, sus practicantes esperan que sus efectos se manifiesten en el ámbito de lo profano según un orden claramente distinto que el de las construcciones simbólicas y arbitrarias de las transfiguraciones sacralizantes de la celebración. La obra de Roberto de la Torre se mueve precisamente en el territorio ambiguo de esta correspondencia: ni en la pura excepcionalidad sacra a la que aspiraban los accionistas vieneses y algunas de las feministas norteamericanas, ni en la cotidianeidad sacralizada del Fluxus o de los grupos mexicanos de los setenta.

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