José A. Sánchez. 2000
Hace dos años, Le monde diplomatique publicaba una conversación entre Juan Goytisolo y Günter Grass titulada Frente a la catástrofe programada. Juan Goytisolo comenzaba el debate citando un artículo de su interlocutor, en que se leía:
“¿Qué sentido puede tener la literatura cuando el futuro es una catástrofe programada profetizada por espeluznantes estadísticas? ¿Qué queda por narrar cuando vemos que cada día se confirma, y se pone a prueba mediante los pertinentes ensayos, la capacidad de la especie humana para destruirse a sí misma, y al mismo tiempo al resto de los seres vivos, de las maneras más diversas? Lo único que puede medirse con Auschwitz es la permanente amenaza de autoexterminio colectivo nuclear que imprime dimensión global a la solución final. El futuro está poco menos que gastado, o si se quiere, arruinado. Ya no es más que un proyecto con muchas posibilidades de ser abandonado.”
Probablemente sea ésta una de las pocas advertencias milenaristas que hemos escuchado en los días anteriores al cambio de dígito. Resulta asombrosa la despreocupación de la población, en la que han de incluirse los intelectuales, ante el futuro. El que la mayor alarma ante el cambio de milenio se haya debido a los posibles efectos de un defecto en el diseño de los ordenadores es sintomático de la pobreza cultural y crítica de nuestros días. La pérdida de la memoria es un proceso simultáneo a la pérdida de la capacidad proyectiva: el salto del milnovecientos al dos mil ha estado marcado por ese ingenuo abandono al presente. El milenarismo no ha existido porque hemos perdido la memoria del milenio. Pero también porque no nos importa demasiado la construcción del próximo. Así, la anterior cita de Grass daba pie a Goytisolo a comentar lo siguiente:
“Bien, los vencedores de la guerra fría están logrando algo inédito, creo yo, en la historia de la humanidad: el descerebramiento, o parasitismo, de la especie humana, gracias a una hábil combinación de la tecnociencia y el tecnomercado. Nos estamos acercando a las utopías negativas, por vías absolutamente imprevistas. La pregunta puede ser absurda, ¿qué pueder hacer el ser humano para defenderse de esta catástrofe programada?”
Y a una pregunta pretendidamente absurda, una respuesta recurrente: recuperar el pasado, sacar a la luz lo que el torbellino del presente oculta. La principal función del intelectual, según Grass, consistiría en la recuperación de la memoria histórica. No cabe duda de que Grass sigue bajo la presión del materialismo histórico y de los posicionamientos propios de la izquierda tradicional europea que le fuerzan a situarse aún en la negatividad como lugar propio del pensamiento crítico. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar por quienes desde posiciones aliadas al nuevo poder global descalifican a los intelectuales de izquierdas como demodés.
Leer texto completo en Cuadernos de teatro de la Universidad de Málaga nº 15
