Teresa Ralli-Miguel Rubio
2000
Referencia bibliográfica
Inédito
Leímos Antígona muy jóvenes, como parte de la cultura de cualquier persona que
decide dedicar su vida al teatro. Quedo, en el fondo de nosotros, una persona que lleva hasta las últimas consecuencias un pensamiento que considera justo.
Años después, a comienzos de los ochenta, vimos una exposición fotográfica.
Eran fotos en blanco y negro. Había captado imágenes impresionantes de la violencia de esos años. La que mas nos conmovió fue la de una mujer cruzando los arcos de la Plaza de Armas de Ayacucho, parecía una figura en fuga, una exhalación bajo la sombra que creaba un sol cenital. Vestia de luto. En ese momento, espontáneamente, esa mujer formo para nosotros una sola frase con Antígona.
De este modo el texto clásico nos mostraba su poder: cruzar siglos para encajar en
una situación y tiempo cercanos. Desde ese entonces empezamos a pensar en la puesta en escena de Antígona. Y el desarrollo de la violencia que vivió nuestro país fue haciéndonos más conscientes de la necesidad del proyecto: ¿Quien no recuerda a las mujeres buscando familiares desaparecidos, las tumbas NN, la soledad de los desplazados?.
Para la realización de este Proyecto hemos tenido relación con muchas mujeres
parientes de desaparecidos que han venido a contarnos sus historias. Sus testimonios han alimentado nuestra puesta en escena. ¿Como olvidar a tantas mujeres enfrentándose solas al poder para indagar por sus esposos, padres o hijos? Antígona las resume.
Otro encuentro, decisivo, fue con Jose Watanabe a través de su libro «Cosas del
Cuerpo». Entramos en una relación de gran empatía con los textos, sentíamos que en ellos la belleza surgía o era indesligable de su calidad de verosímiles, no importa si ficcionados. Desde esos momentos pensamos en Watanabe para Antígona. El nos propuso desarrollarla en poemas. A partir de su hermosa versión, empezamos la otra escritura, la escritura en el espacio, es decir, la construcción que realiza el actor, con sus acciones, sus gestos, su voz, junto con los otros elementos de la gramática espacial, como los lumínicos y musicales.
Recurrir a Antígona es una manera de apelar a la memoria histórica universal para
buscar en ella señales que nos ayuden a entender nuestra propia tragedia. El objetivo del personaje Antígona es enterrar a su hermano muerto, pese a un decreto que prohíbe hacerlo. Para nosotros enterrar no es una metáfora del olvido. El enterramiento de un suceso o una persona implica evaluarlo, conocer su significado y ponerle un nombre para no olvidarlo, es ubicarlo como un hecho vivo y ejemplar en nuestra memoria. Allí debe estar como quien ocupa un espacio, dispuesto para el diálogo con nosotros, ahora o en el futuro.
Recurrir a Antígona es también pensar en las consecuencias del poder ejercido sin
controles. Antígona, como imagen, no existiría sin su contraparte, Creonte, el rey que en su soberbia se atreve a retar a los cielos al querer extender su dominio sobre los cadáveres. “Recuerda que solo los dioses tienen mandato sobre los muertos”, le increpa Antígona. Ella, al margen de las facciones en pugna, quiere cumplir con su hermano, desea ardientemente que la tierra lo acoja. Su gesto solo esta motivado por el amor: «Yo he nacido para amar, no para compartir odios», dice, con voz al mismo tiempo antigua y contemporánea.
Leímos Antígona muy jóvenes, como parte de la cultura de cualquier persona que
decide dedicar su vida al teatro. Quedo, en el fondo de nosotros, una persona que lleva hasta las ultimas consecuencias un pensamiento que considera justo.
Años después, a comienzos de los ochenta, vimos una exposición fotográfica.
Eran fotos en blanco y negro. Había captado imágenes impresionantes de la violencia de esos años. La que mas nos conmovió fue la de una mujer cruzando los arcos de la Plaza de Armas de Ayacucho, parecía una figura en fuga, una exhalación bajo la sombra que creaba un sol cenital. Vestía de luto. En ese momento, espontáneamente, esa mujer formo para nosotros una sola frase con Antígona.
De este modo el texto clásico nos mostraba su poder: cruzar siglos para encajar en una situación y tiempo cercanos. Desde ese entonces empezamos a pensar en la puesta en escena de Antígona. Y el desarrollo de la violencia que vivió nuestro país fue haciéndonos mas conscientes de la necesidad del proyecto: ¿Quien no recuerda a las mujeres buscando familiares desaparecidos, las tumbas NN, la soledad de los desplazados?. Para la realización de este Proyecto hemos tenido relación con muchas mujeres parientes de desaparecidos que han venido a contarnos sus historias. Sus testimonios han alimentado nuestra puesta en escena.¿Como olvidar a tantas mujeres enfrentándose solas al poder para indagar por sus esposos, padres o hijos? Antígona las resume.
Otro encuentro, decisivo, fue con Jose Watanabe a través de su libro «Cosas del Cuerpo». Entramos en una relación de gran empatía con los textos, sentíamos que en ellos la belleza surgía o era indesligable de su calidad de verosímiles, no importa si ficcionados. Desde esos momentos pensamos en Watanabe para Antígona. El nos propuso desarrollarla en poemas. A partir de su hermosa versión, empezamos la otra escritura, la escritura en el espacio, es decir, la construcción que realiza el actor, con sus acciones, sus gestos, su voz, junto con los otros elementos de la gramática espacial, como los lumínicos y musicales.
Recurrir a Antígona es una manera de apelar a la memoria histórica universal para
buscar en ella señales que nos ayuden a entender nuestra propia tragedia. El objetivo del personaje Antígona es enterrar a su hermano muerto, pese a un decreto que prohíbe hacerlo. Para nosotros enterrar no es una metáfora del olvido. El enterramiento de un suceso o una persona implica evaluarlo, conocer su significado y ponerle un nombre para no olvidarlo, es ubicarlo como un hecho vivo y ejemplar en nuestra memoria. Allí debe estar como quien ocupa un espacio, dispuesto para el dialogo con nosotros, ahora o en el futuro.
Recurrir a Antígona es también pensar en las consecuencias del poder ejercido sin
controles. Antígona, como imagen, no existiría sin su contraparte, Creonte, el rey que en su soberbia se atreve a retar a los cielos al querer extender su dominio sobre los cadáveres. “Recuerda que solo los dioses tienen mandato sobre los muertos”, le increpa Antígona. Ella, al margen de las facciones en pugna, quiere cumplir con sus hermano, desea ardientemente que la tierra lo acoja. Su gesto solo esta motivado por el amor: «Yo he nacido para amar, no para compartir odios», dice, con voz al mismo tiempo antigua y contemporánea.
Documentos relacionados
Obras
- Antígona, Yuyachkani, 2000
