Jérôme Bel. 1993
- Con Jérôme Bel and Frederic Seguette
- Producción R.B. Jérôme Bel (Paris) – France
- R.B. Jerome Bel is supported by the Direction regionale des affaires culturelles d’Ile-de-France and by Cultures Franc
En 1993, Jerôme Bel, quien hasta entonces había trabajado como bailarín, con Preljocaj, Bouvier y Obadia, Larrieu y Sagna y como asistente de dirección de Decoufflé, se encerró durante unos meses con Frédéric Seguette y creó Nom doné par l’auteur. Frente a la indagación de los procesos internos del cuerpo practicada por Olga Mesa, Jerôme Bel trabaja con el cuerpo opaco, con el cuerpo al borde de la neutralidad. Su objetivo, sin embargo, no es muy distinto.

Lo que se ve: dos hombres con ropa informal que introducen en escena una alfombra, un taburete, un aspirador, un diccionario, un bote de sal, una linterna, un secador de pelo, una pelota de goma… Durante largos minutos se limitan a enfrentar dos a dos los objetos ofreciendo al público los elementos de su vocabulario, pero también invitándole a efectuar las primeras asociaciones. Al cabo, comienza el desplazamiento, y la enunciación del vocabulario deja paso a una construcción de frases, al principio muy simples, aún de estructura binaria, después más complejas, haciendo intervenir el cuerpo de los actores manipuladores y la memoria del juego realizado durante el espectáculo.
Los actores no exhiben el virtuosismo que sin duda poseen: se limitan a usar y dejar ver su cuerpo con la misma neutralidad con la que muestran y mueven los objetos. Ocultan su persona, sus sentimientos, sus reacciones, aunque sin que tal ocultamiento suponga una violencia añadida que distraiga la atención del movimiento de lo inerte: no son máquinas, son cuerpos cotidianos aparentemente privados de ánima (aunque el espectador sepa que el cuerpo desanimado en escena es el mismo que inventó y que animó el espectáculo), hombres temporalmente muertos, que practican la precisión, la exactitud, la obediencia y la inercia en un intento de aproximación al modo de ser de los objetos.
Se trata de objetos pobres, privados de resonancias simbólicas, que muestran crudamente su ser y que remiten a los objetos encontrados con los que Tadeusz Kantor creó sus primeras piezas del teatro concreto: «¡El objeto, sencillamente, ES, y eso es todo!», había afirmado Kantor en los sesenta: «sólo la realidad más trivial, los objetos más modestos y desdeñados son capaces de revelar en una obra de arte su carácter específico de objeto.» En el teatro concreto de Kantor, el retroceder del artista como creador de forma, provoca el adelantarse del objeto en la obra, a la vida ficticia del artista expresada en la obra le sucede la vida misma del objeto, que se muestra sin más. Y en este manifestarse de la vida no orgánica cree reconocer Kantor el advenimiento sobre la escena de “el mundo de la otra orilla, del más allá […], las regiones de la muerte».
La propuesta de Bel carece de la dimensión celebrativa que caracteriza a las de Kantor: el sucederse de las tareas y las imágenes es seco, ha renunciado a la acción disolutiva de la música y, sobre todo, a la acción resonante de la memoria. Jerôme Bel trata de construir un espacio vacío de significado, que se va poblando poco a poco con construcciones. La memoria es exclusivamente la que se va generando en el interior del propio espectáculo. Y a medida que el espectáculo avanza, los objetos van perdiendo protagonismo para ganarlo los elementos (el aire, la luz, la sombra, la palabra, el silencio) o los modos del movimiento (rodar, caer, golpear, arrastrar…). Los objetos, en cierto modo, se desmaterializan y se convierten en momentos de un movimiento. Se adhiere a ellos la memoria de las acciones ejecutadas con anterioridad y esto permite su desaparición en la composición de estructuras más complejas. En un momento dado, los dos intérpretes salen de escena después de haber compuesto una auténtica naturaleza muerta: naturaleza, efectivamente, porque los objetos ya han adquirido vida ante nosotros; muerta, sólo por su inmovilidad y por su disposición ante el espectador. Aunque también podría ser denominada tableau vivant, ya que sabemos que los objetos van a volver a moverse, de hecho, las hojas del diccionario pasan ruidosamente agitadas por el aire del secador de pelo colocado a su lado.
A estas alturas, el espectador (si, como el propio Jerôme Bel dice, no se ha aburrido “hasta morir”) ha penetrado completamente en la vida de los objetos, en la manifestación de su ser y su movimiento, en el juego de las transformaciones constantes, ha visto cómo las palabras han sido absorbidas por el aspirador, la sal se ha transformado en sombra, la luz en sal, el cuerpo en diccionario, la voz en objeto. Puede comprender entonces aquello que le une a lo que ve, algo que está más allá de la visión, reconocible sólo en el pensamiento, en el ritmo de la acción, en la sensación de la materia, del ser inerte de la materia.
Fragmento del texto: El cuerpo y los objetos. Notas sobre la muerte en la danza contemporánea, de José A. Sánchez. Microfisuras, nº 13 (enero 2001), pp. 94-107







