Hace unos meses compartí voz en un diálogo público sobre los cuentos de hadas, en el que hubo otra voz que se refirió con vehemencia al machismo de ese tipo de cuentos; al hilo de ellos, recuerdo también que hace no muchos años, cuando al entonces presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero, se le ocurrió crear un Mº de Igualdad, la titular del mismo firmó un convenio con algún sindicato para poner en marcha una campaña, necesaria –sin duda–, “Educando en igualdad”, en la que chirriba –por la simpleza de su análisis– el rechazo a los cuentos tradicionales, porque “colocan a las mujeres y a las niñas en una situación pasiva” [Sic].

No es este el espacio para referirme a escuelas y métodos que han analizado los cuentos populares, pero sí conviene recordar –y quienes tienen la tentación de manifestar opiniones como las anteriores deberían saberlo– que la mente de los niños no funciona como la de los adultos, pues el pensamiento infantil es de naturaleza simbólica antes que lógica: por eso, a los niños no les sorprende ni les extraña que los animales hablen, o que sucedan los episodios más fantásticos, o que el tiempo transcurra a saltos.

Por otro lado, los verdaderos cuentos tradicionales (sean maravillosos, realistas o de animales, las tres categorías en que los divide Antonio Rodríguez Almodóvar) no suelen encerrar enseñanzas de ningún tipo, que sí incorporan recolectores y adaptadores a sus versiones, con intenciones doctrinales o ideológicas: Perrault, con su versión de Caperucita Roja, en 1697, inventó una moraleja muy explícita al final para advertir a las jóvenes adolescentes que vivían en la corte real de los peligros de vivir allí; pero el cuento, que estaba vivo en la tradición oral de media Europa, no ofrecía esa enseñanza.

El desconocimiento de estos cuentos, o la interpretación sesgada y partidista que de ellos algunos hacen, es lo que provoca el sandio análisis que [algunos y algunas] siguen haciendo, despreciando la inteligencia y la sensibilidad de cientos de millones de niños y de adultos que, desde hace miles de años, se transmitieron historias al calor de la lumbre, en las largas noches de invierno o en los alegres y pacíficos descansos de las tareas campesinas. Mejor sería, sobre todo si se trata de las instituciones, que se ocuparan de ayudar a que estos materiales folclóricos, de gran valor cultural y patrimonial, no se pierdan, y faciliten la edición de versiones autóctonas, que no hayan pasado por el tamiz de Perrault, los Grimm o, peor aún, Disney. Que pregunten y podrán enterarse de la existencia en la tradición cuentística española de un cuento contrario al de La Bella Durmiente, titulado El príncipe durmiente en su lecho, versión masculina de la historia en la que la protagonista (femenina) salva de un secuestro a un príncipe encantado. O conocerán La flauta que hacía a todos bailar, el anti-cuento de Cenicienta que el citado Rodríguez Almodóvar recogió en sus Cuentos al amor de la lumbre.

La riqueza de la tradición narrativa popular es tanta que también hay magníficos cuentos en los que se ridiculiza el machismo, al tiempo que se hace burla de la arbitrariedad de los poderosos (Griselda, la campesina o La niña que riega las albahacas: ¿los conocen quienes se permiten denigrar los cuentos tradicionales por su supuesto machismo? Quizá tampoco sepan que, como juego literario, se han escrito decenas de versiones “políticamente incorrectas” de muchos de esos cuentos (Finn Gardner, Roald Dahl, Rodari, Fernando Alonso), algunas deliciosamente disparatadas y divertidas, si quien las lee es capaz de manifestar un mínimo sentido del humor, algo que los niños sí expresan con total libertad.

Que nadie dude de la inteligencia lectora y emocional de los niños cuando se enfrentan a la lectura de estos cuentos que los han conmovido y emocionado durante cientos de años, sin que, por ello, se les hayan despertado actitudes sexistas o discriminatorias. Los cuentos populares son la expresión de la propia humanidad, de su vitalidad, de sus problemas y de sus preocupaciones. Y la buena literatura es buena literatura aquí y en la Cochinchina, y siempre ha sobrevivido a persecuciones, prohibiciones y exclusiones. ¡Qué paradoja! ¡Discriminar para que no haya discriminación! ¡Sería bueno dejar en paz a Caperucita!