Texto leído en la presentación del libro El lector literario el día 22 de septiembre, en la librería Juan Rulfo del Fondo de Cultura Económica, en Madrid.

Buenas tardes. Muchas gracias por acompañarnos en esta presentación, particularmente a mis amigos de la Universidad y de Cuenca que han tenido la amabilidad de acercarse. Y a Francisco Ruiz, gerente de esta magnífica librería que el Fondo tiene en Madrid, gracias por el cariño y el buen hacer con que han preparado esta presentación.

Para mí es un orgullo que el Fondo de Cultura Económica me haya dado la oportunidad de publicar este ensayo en su prestigioso fondo editorial, en una colección en la que hay títulos muy relevantes firmados por Roger Chartier, Mª Teresa Andruetto o Emilia Ferreiro. Además, para quienes tuvimos que vivir nuestra juventud en los últimos años de franquismo, el Fondo ha sido un referente emblemático, sobre todo desde que pudimos saber que Daniel Cosío Villegas (su fundador en 1934, con el objetivo de publicar estudios de economía), durante los años de la Guerra Civil —en que ejercía labores diplomáticas en Portugal— invitó a intelectuales republicanos españoles a viajar a México para incorporarse a un centro de nueva creación (La Casa de España, luego El Colegio de México ya con Alfonso Reyes como primer presidente).

Aquellos intelectuales españoles exiliados fueron acogidos en los despachos del Fondo ejerciendo diversas labores, sobre todo de traducción, pero también de tipografía o coordinando colecciones. Bastante después, en 1982, el Fondo publicó un libro multiautorial (cuya dirección se encargó a Salvador Reyes Nevares), El exilio español en México (1939-1982), magnífico documento para conocer la aportación de los republicanos españoles exiliados en México. Más recientemente, he tenido la fortuna de poder dirigir, junto con mi colega y amiga mexicana, Teresa Miaja, la investigación La LIJ española en el exilio mexicano, cuyo trabajo final publicó El Colegio San Luis en 2013, y que me dio la oportunidad de conocer a fondo el trabajo de escritores, ilustradores, maestros, editores e impresores exiliados que se ocuparon en México en diversas parcelas del mundo de la literatura infantil.

A partir de 1939, el Fondo se transformó creándose colecciones nuevas (sociología, historia, filosofía, antropología) ofreciendo un catálogo de gran impacto y obligada referencia en muchas áreas de conocimiento, hoy con el doctor José Carreño como director general.

Por todo ello, Socorro Venegas, toda mi gratitud por confiar en mi trabajo, darme esta oportunidad, y por la seriedad y el rigor con que has dirigido el proceso editorial.

Escribir un ensayo como este exige muchas horas de lectura, estudio, escritura y correcciones que, en mi caso, son una satisfacción derivada del convencimiento de que es lo que quiero hacer; además, lo hago teniendo el apoyo, la comprensión y la complicidad de quien espera pacientemente a que terminen las sesiones de trabajo. Mi gran suerte es que, desde hace 41 años, comparto con esa paciente mujer –además de hijos, nietos, inquietudes, viajes o proyectos– las dudas y las certezas que me pueda generar el trabajo.

 

Nunca hubo tantos lectores como hay ahora. Sin embargo, es una realidad la pérdida de prestigio y, sobre todo, de consideración social de la lectura y de los lectores en el mundo actual.

Christine Lagarde, que ha sido tres veces ministra en el gobierno francés, dijo no hace mucho tiempo —en su condición de directora del Fondo Monetario Internacional— dirigiéndose a quienes se quejaban de la crisis económica: “trabajen más y piensen menos”. Si una autoridad como la que ella representa, a la que se le presuponen muy buenos conocimientos, opina de esa manera, podemos pensar que a muchos de quienes tienen la responsabilidad de gobernar las sociedades actuales no les interesa tanto hacer lectores (con toda su consecuente capacidad de reflexión y enjuiciamiento) como hacer consumidores.

Cuenta Emilio Lledó que Aristóteles, en su Política, se refirió al filósofo Tales de Mileto como una persona a la que su gente más cercana le reprochaba su pobreza por dedicarse a algo tan inútil e improductivo como la sabiduría y la escritura; Tales, herido en su orgullo por la opinión de, incluso, familiares y amigos, hizo uso de sus conocimientos de astronomía (es decir, de su sabiduría) para prever cómo iba a ser de productiva la cosecha de aceituna muchos meses antes de que se produjera, de modo que, como iba a ser muy buena cosecha, arrendó varios molinos de aceite, lo que le permitió ganar mucho dinero, demostrando —en palabras de Aristóteles— “que es fácil para los filósofos enriquecerse si quieren, pero que no se afanan en ello” (vid. Lledó, 2013: 28).

Ser lector no es solo saber leer, es decir, conocer los mecanismos que unen las letras en sílabas, estas en palabras, y las palabras en oraciones. Con todo eso sabremos leer, pero no seremos lectores: las personas se convierten en lectores cuando son capaces de descifrar un texto escrito asociándolo a las experiencias y vivencias propias. La clave para lograrlo está en el conjunto de la sociedad, que en los momentos que vivimos es una sociedad que, con frecuencia, alienta la facilidad, la superficialidad y un malentendido pragmatismo, despreciando la dificultad, el esfuerzo o el saber.

El aprendizaje lector se limita en demasiadas ocasiones a la adquisición de esos mecanismos nombrados que conducen al dominio mecánico del código escrito. La enseñanza de la lectura debiera ser la enseñanza de la lectura comprensiva, de modo que, tras ese aprendizaje, el lector pudiera desarrollar su competencia lectora. Las personas necesitamos saber descifrar el código por medio del que se nos transmiten instrucciones y mensaje de variado tipo, pero –como dice Alberto Manguel– “leer tiene también un significado más complejo […] es el arte de dar vida a la página, de establecer con un texto una relación amorosa en la cual experiencia íntima y palabra ajena, vocabulario propio y experiencia de otro, convergen y se entremezclan […] [Manguel, 2007: 11].

Esa es la esencia del lector literario, de ese lector que da título a este libro. Un lector competente que, cuando elige un libro, no se deja llevar por la publicidad o la información no contrastada, un lector que lee habitualmente, que tiene sus propios gustos y opiniones, que comparte sus experiencias lectoras con otras personas (comenta, sugiere, reflexiona), sabiendo que todos los libros no les gustan a todos los lectores. El lector literario puede abandonar la lectura de un libro, aunque ya la haya iniciado, porque, sencillamente, no le gusta, sabiendo que eso no es un desdoro sino un derecho.

En el libro que hoy presentamos trato de muchos de los aspectos que son importantes en la formación del lector literario o que están relacionados con ese concepto de lector: la competencia literaria, la importancia de las primeras lecturas y de la literatura infantil y juvenil, la literatura popular y las lecturas escolares, los clásicos literarios y las prácticas escritoras, con espacio en los dos últimos capítulos para los que denomino nuevos lectores y para la reiterada expresión el placer de leer, algo que —he intentado explicar—, solo es posible en los lectores literarios, en los buenos lectores que han recorrido previamente un camino lector difícil, individual y esforzado, pero lleno de retos. El “placer de leer” se hace poco a poco y es un territorio conquistado por los lectores, un descubrimiento personal (de otros mundos, de otros pensamientos) que se produce en un determinado momento de la vida de las personas cuando se ha recorrido un itinerario lector prolongado en el tiempo.

Los textos literarios proponen retos y encierran riesgos y dificultades para los lectores. En la literatura al lector le será difícil encontrar soluciones, pero sí encontrará en ella un lugar para plantearse preguntas, cuestionar lo establecido con juicio propio, reflejarse con sus sombras y espacios ocultos, o identificarse con una emoción, un sueño o un problema. Aunque dude o vacile, el lector tendrá siempre en la literatura una gran aliada para pensar por sí mismo.

Muchas gracias.

LLEDÓ, Emilio (2013). Los libros y la libertad. Barcelona: RBA.

MANGUEL, Alberto (2007). “Sobre la lectura”, en S/A. 101 aventuras de la lectura. México, D.F.: IBBY y Artes de México, 9-19.