Texto leído en la presentación (13 de septiembre de 2016)

Buenas tardes a todos. Mi sincero agradecimiento a todos por acompañarnos en esta presentación.

Permítanme expresar mi gratitud a quienes han colaborado y apoyado este proyecto: Ernesto Rodríguez y Cayetano Cordovés (amigos editores de Diego Pun, una pequeña editorial de Tenerife con un catálogo que merece mucho la pena, por confiar en los poemas de El jardín de Óscar con esta cuidada y preciosa edición); Antonio Santos, magnífico artista, autor de las excelentes ilustraciones que hacen posible que los poemas, además de escucharse, se puedan “ver”, amigo siempre generoso y creativo; José A. Perona, joven compañero en la universidad, brillante diseñador y maquetista del libro; Alicia Mayer y Diego Celorio (del Centro de Estudios Mexicanos, UNAM España) por convocar y organizar este acto en la librería del Fondo de Cultura Económica (gracias también a sus responsables): universidad y editorial mexicanas, tan queridas por muchos de nosotros por su relación con los intelectuales, profesores y artistas españoles que tuvieron que exiliarse en México durante y tras la Guerra Civil; es un honor para mí estar aquí de la mano de la UNAM, mayor aún en una librería que lleva el nombre de Juan Rulfo, el autor de El llano en llamas y Pedro Páramo, dos libros que forman parte de mi imaginario lector desde que era un joven estudiante de Románicas en la Universidad de Salamanca. Y gracias, mil gracias, amiga Mª Jesús Gil, referente obligado en el mundo de la edición y promoción de la LIJ, por aceptar presentar el libro y por tus generosas palabras.

Para alguien que, como profesor e investigador, lleva más de 40 años dedicado al estudio de la LIJ, escribir para niños no es fácil. Sin embargo, este no ha sido el caso, pues en cuanto supe que iba a ser abuelo por primera vez, sentí la necesidad –que crecía con el paso de los meses– de escribir para el niño que alumbraría mi hija María. Se juntaron emociones nuevas, sentimientos nunca vividos y una diferente complicidad con la abuela, que facilitaron que los versos fueran surgiendo cuando ya el niño era Óscar.

Algunos de los poemas son fruto de aquellos primeros momentos de vida del niño; otros nacieron de experiencias vividas después en ese jardín de Cuenca en que, como paraíso primero, Óscar descubría que las hojas caen de los árboles, que hay mariposas de muchos colores o que los mirlos tienen el pico naranja; un paraíso primigenio en que el niño le quitaba jugaba, primero con Luna luego con Niebla (las fieles perras de nuestra familia); en el que veía una ardilla hacer equilibrios sobre el alambre de una valle para alcanzar un pino cercano; en el que miraba el vuelo elegante de una bandada de golondrinas iniciar su viaje de otoño a tierras más cálidas. Y otros poemas son pura invención del abuelo autor, con un punto de ironía o con la ilusión de, pasado un tiempo, poder responder a sorprendentes preguntas del niño:

 “Dime por qué, abuelo”

–Dime, abuelo, dime,

¿por qué el río lleva agua?

–Para que beban los peces

cuando mucho tiempo nadan.

–Dime, abuelo, dime,

¿por qué los perros ladran?

–Para que todos sepan

que con sus amigos hablan.

–Dime, abuelo, dime,

¿por qué los gallos cantan?

–Avisan a todo el mundo

que ya llega la mañana.

Este es un libro de abuelos y nieto. Abuela y abuelo…, pues ningún poema pasó al libro sin la aprobación de la abuela que, además, se permitió –con buen tino– cambiar el título inicial por el que, finalmente, ha tenido. La emoción, el sentimiento, las vivencias son compartidas, no podía ser de otro modo.

Tengo la esperanza de que el niño, de propia iniciativa, lea el libro cuando sea mayor, que le guste y, quizá, que sienta el orgullo de ser el destinatario principal del mismo, el mismo orgullo que siento yo por haberlo escrito y poder regalarlo a él, a sus padres y a su hermana Ana. Pero los poemas están escritos para que puedan disfrutarlos muchos otros niños y niñas, leyéndolos o escuchándolos, con gusto o curiosidad, porque quieren reflejar un mundo edénico, acogedor y afectivo que la voz del abuelo que habla quiere transmitir al nieto, pero también a cualquier niño.

Siempre he defendido desde mi posición de profesor que la poesía tiene que llegarnos por el oído; sin el ritmo el verso es nada. De ahí la importancia de la lectura en voz alta cuando queremos acercar la poesía a los más pequeños. La lectura en voz alta del poema nos obliga a fijarnos en las palabras, en las oraciones y en sus significados, pero también en las pausas, en los sonidos y en los silencios. Por eso, he procurado cuidar mucho el ritmo; si los poemas surgían con cierta facilidad por el estado anímico en que me encontraba, otro asunto era darlos por cerrados: había casos en que aquello no “sonaba” del todo bien (Ernesto me ayudó a detectar algunos versos que necesitaban revisión).

Los ratones buenos

Cierto día, dos ratones

para librarse del gato

se juntaron, opinaron

e hicieron un trato.

Uno le dará sardina

y el otro atento estará

a que, ocupado en comer,

se gato se detendrá,

le pondrá un lazo gordo

y las patas le atará.

Pero una espina malvada

al gato atragantó,

su cara se puso roja

y el aire le faltó.

Los ratones buenos

al gato se acercaron,

le abrieron bien la boca

y la espina le quitaron.

Es difícil comprender el significado completo de un poema sin atender a la música que generan sus versos. Por ello, el canto y el recitado han sido parte sustancial de la transmisión poética; incluso algunas obras se escribieron pensando en unos “lectores” que iban a recibirlas por el oído: p. e. los romances anónimos de fines de la Edad Media, en donde eran frecuentes las apelaciones, en segunda persona, al receptor de la composición. Nuestras primeras experiencias literarias han sido con poesía transmitida por vía oral: hemos “escuchado” poemas, que es otra manera de “leerlos” desde los primeros momentos de nuestras vidas (nanas, juegos mímicos, adivinanzas, trabalenguas, canciones escenificadas, oraciones, villancicos), es decir que no nos es nuevo el ritmo resultante de la disposición de un mensaje en forma de versos. Algo que no preocupa a los niños como nos preocupa a los mayores, que tendemos a poner barreras entre el verso y nosotros como lectores.

Ojalá esas barreras no existan en este caso: un niño rubio y de ojos azules, curioso y preguntón, de voz potente y demandante de mimos es el destinatario primero de estos versos, pero será para mí un gusto que los lean otros niños, y mejor que sea por voz de sus adultos más cercanos, que somos quienes tenemos la responsabilidad de que ponerlos en disposición de descubrir que, tras las palabras hay siempre un significado, significados que designan objetos, animales, ideas, personas, paisajes, sentimientos, sueños o emociones.

Muchas gracias