GALA EN EL PARNASO

Marcelino Santiago Yustres

Director Técnico de la Unidad de Gestión Académica (Ciudad Real)

-¿Y cómo dice su señoría que se llama? – dijo el recepcionista mirando la lista de invitados por encima de las gafas – No encuentro su nombre. Un día como hoy está todo lleno aquí, en El Parnaso. El resto del año nuestros genios andan de aquí para allá, inspirando a escritores y artistas pero hoy, ya ve, nadie quiere perderse la fiesta de gala.
-Si no consta como Alonso Quijano, mire por Quijote, no recuerdo cómo hice la reserva.
-Tampoco aparece. Pero, oiga, aquí solo se admiten autores y personajes acompañados.
-Es una lástima, porque mi autor está hoy en el convento de las Trinitarias con su mujer –dijo aquel espigado caballero-.
-Vaya, lo siento. Pero se me ocurre que quizás lo podamos solucionar –dijo el recepcionista abriendo el micrófono de la megafonía– Señor Avellaneda, señor Avellaneda, le buscan en recepción.

HISTORIA DE UNAS PIEDRAS

Félix Ureña Pardo

Profesor de la Escuela de Ingenieros Agrónomos (Ciudad Real)

La vida de Santiago cambió a los 9 años, cuando unas piedras en el riñón y el empeño de su maestro lo libraron de incorporarse a las labores de la trilla, como hacían entonces la mayor parte de los niños de su clase y edad.
La intervención quirúrgica la realizó un cirujano que tenía fama de fumar puros mientras operaba.
Carmen, la madre de Santiago, pidió al médico que le diera las piedras que le habían quitado a su hijo del riñón, entregándole el cirujano un frasquito con tres chinas que quizás cogió de la puerta de la calle.
Seguro que el médico de los puros se divirtió con aquella broma, seguro que Carmen (como el Quijote) veía los cálculos del riñón de su hijo dónde había chinas, y seguro que aquellas piedras permitieron a Santiago estudiar y ver el mundo de otra manera.

UN DÍA EN EL CAMPO

Aitor Africano Escoda Aroca

Antiguo alumno de la Facultad de Educación (Cuenca)

En mi casa siempre se ha ido al campo bien desayunado, con bastantes provisiones y vestido con lo que sabes que no te pondrías un domingo de feria. Y como tantos otros días, el de ayer no lo pudo ser menos.
Fue a la vuelta cuando le pregunté a mi chiquillo si se había dado cuenta de cómo gruñía la yerba mientras subimos la ladera, de cómo el aire se quejaba al atravesar el campo de trigo o de cómo se dolía el agua cuando discurriendo río abajo golpeaba contra las rocas. Él, quijote mío, me dijo que simplemente estaban jugando. Será que aún le queda mucho campo por recorrer.

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