ARROZ CON MOSTAZA

ANA FERNÁNDEZ CAMACHO

Facultad de Periodismo (Cuenca)

Toca jotas, country y el corazón. Sabe hablar todos los idiomas del mundo, multiplicar por nueve cifras, subirse a cualquier árbol y deletrear al revés. Sólo come arroz con mostaza y espinacas con fresas. Puede correr sin sudar, nadar sin ahogarse y saltar sin despeinarse. Hace el amor con calcetines psicodélicos, mastica sin hacer ruido, le gusta el rojo, el verano y el arte. Baila sin tocar el suelo y vuela sin hacer ruido. Pero no sabe caminar si no es de la mano, no sabe dormir si no es con alguien, y no hablemos de soñar, eso, sólo lo sabe hacer conmigo. Sólo conmigo.

EL COLOR DEL MAR

José Gallero-Albertos Fernández-Montes

Facultad de Humanidades (Toledo)

«Existió un viajero orgulloso, jactancioso por ser el único en conocer todas las maravillas del mundo. Cierto día le visitaron las Moiras, dueñas inexorables del destino. Como lección lo condenaron al sueño eterno si no respondía una pregunta.

¿De qué color es el mar?

El viajero jamás se detuvo a contemplar el mar durante sus viajes… Incapaz de contestar, le concedieron una última oportunidad, pero antes, le arrancaron los ojos. El viajero cegado anduvo eternamente, exhausto, paró para descansar bajo la sombra de un árbol. Desde allí escuchó el rumor del mar, se acercó y se mantuvo en pie, frente a su ignorada respuesta. Afligido, se sentó a esperar la justicia de tan siniestras damas. Sopló la brisa, las olas bañaron sus pies cansados, la arena fina jugaba entre sus dedos, inspiró profundamente y sólo entonces comprendió que el color del mar era el azul»

SAUDADE

Ruth Alcarria Leal

Facultad de Educación (Cuenca)

Dobló los recuerdos cuidadosamente y los colocó en el interior de la maleta, dejando escapar una hilera de suspiros que se precipitaron hacia el fondo sin remedio. La liviandad del equipaje era síntoma de olvidos y pérdidas. O de la volatilidad de esos recuerdos.

El teléfono comenzó a reclamarla. Al reconocer su voz, se asomó presta a la ventana, obedeciendo a su petición. Lo encontró apostado contra el árbol y le lanzó la llave de inmediato, aguardando impaciente su llegada. Nunca antes había experimentado tan intensamente la labilidad del tiempo, que se fugaba entre besos y abrazos. Derrotada, hubo de separarse de sus labios y tomar el cab camino del aeropuerto. Desde el interior, le lanzó el último beso sin apartar la mirada del cristal, contemplando cómo su imagen se desdibujaba, cada vez más pequeña y lejana, mientras su corazón se encogía a medida que aumentaba la desgarradora distancia.

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