Archivos mensuales: noviembre 2004

Artes y Literaturas de Marruecos (2004)

en colaboración con Gonzalo Fernández Parrilla

Los episodios que entrelazan la Península Ibérica y el norte de África, unidos por una geografía y una historia que al mismo tiempo los separan, se remontan hasta donde no llega la memoria. En las últimas décadas del siglo XX y los albores del XXI las relaciones entre España y Marruecos han adquirido un protagonismo que hace de ellas actualidad permanente; a la inevitable dimensión política de esta vecindad se ha venido a sumar el auge de los intercambios comerciales y, sobre todo, ese nuevo factor que es la inmigración marroquí en España. Más allá de la retórica “historia compartida”, parece obvio que España y Marruecos están abocados a mantener abiertos cauces de diálogo y cooperación en todos los ámbitos de unas relaciones totales.

Pese a la cercanía geográfica, a los lazos históricos y la creciente presencia de ciudadanos marroquíes en España, las sociedades española y marroquí son todavía grandes desconocidas. Uno de los ámbitos donde esas relaciones son más vulnerables es el cultural. El fomento de esas relaciones es más necesario que nunca.

Este programa pretendió acercar la vitalidad y variedad de las artes y literaturas del Marruecos actual a la sociedad española. Escritores, pintores, cineastas, videoartistas, universitarios, críticos y traductores participarán en unas jornadas en las que se quiere dejar constancia de la dimensión cultural contemporánea de Marruecos.

Exposición: “La nueva escuela de Tetuán”: obras de Hassan Echair, Safaa Erruas y Younès Rahmoun.

Muestra de vídeo marroquí organizada por Toni Serra (OVNI), con obras de Bouchra Khalili, Abdelaziz Taleb, Abdelghani Bibt, Mounir Fatmi, Bouchra Khalili, Abdelatif Benfaidoul, Nora Bouhjar, Abu Ali, Hakim Belabbes

Concierto de música contemporánea a cargo de Abdelkrim Kodssi

Taller de fotografía a cargo de Ali Chraïbi

Taller de grabado impartido por Said Messari,

Exposición de libros organizada por la Escuela de Traductores de Toledo,

Exposición de fotografía Xma-el-Fnaa, con textos de Juan Goytisolo.

Seminario con la participación de: Abdellatif Laâbi, Farid Zahi, Said Messari, Hamid Aidouni, Abdelkrim Ouazzani, Manuel Valls, Rachid Niny, Rogelio López Cuenca,  Toni Serra, Abdelmajid Sedatti, Rogelio López Cuenca, Shuayb Halifi, Driss Bouyusef Rekab y Khadija Menebbehi.

Fundación Antonio Pérez, Multicines, Teatro Auditorio, Facultad de Bellas Artes, Centro Cultural Aguirre.

Cuenca, del 21 al 27 de noviembre de 2004.

La Commune (Paris, 1871) (1999)

Comentario a la película de Peter Watkins

 Peter Watkins rodó en 1999 una de las películas más extrañas y estimulantes de la historia reciente en el Centro de Acción Cultural de Montreuil, una fábrica abandonada que se había levantado sobre los terrenos ocupados en otro tiempo por el primer estudio de cine de la historia construido en 1897 por el mago Georges Mélies en ahora sede de La Parole Errante, la compañía fundadaza por el dramaturgo y director Armand Gatti. Watkins no pudo evitar una cierta identificación con Mélies, que acabó sus días pobre, vendiendo juguetes en un quiosco junto al Sena, después de haber sido uno de los más importantes realizadores de los primeros tiempos y haber contado con la colaboración de grandes personalidades para la recreación cinematográfica de acontecimientos históricos como Le Couronement d’Eduard VII (1901). El propio Watkins, que también había producido (para la BBC) recreaciones históricas como Culloden(1964) y obtenido un óscar por su documental de ficción War Game (1965), se vio progresivamente marginado tanto de la televisión como de la industria cinematográfica. Su posición era similar a la de Armand Gatti: dramaturgo de prestigio a quien, por su vocación de intervención social y política radical, sólo se consentía una producción en los márgenes. Y como a Armand Gatti, también a Watkins le interesaba la reflexión sobre la historia para criticar el presente, así como el trabajo con actores no profesionales.

Para el rodaje de La Commune (Paris, 1871), Watkins reclutó a doscientas veinte personas, de las cuales más de la mitad carecían de experiencia como actores. No era la primera vez que Watkins trabajaba con no profesionales: lo había hecho ya en su segunda película, The forgotten faces (1961) y continuaría haciéndolo en sus producciones posteriores. El trabajo de Watkins con personas sin experiencia interpretativa presenta rasgos distintos a los que se pueden reconocer en las películas neorrealistas [1]: no se trata de aproximarse a la realidad inmediata mediante la eliminación de la interpretación y la búsqueda de una máxima proximidad entre actor y personaje, sino más bien, precisamente, la puesta en evidencia del aparato representacional que convierte en verosímil la ficción. Los actores de Watkins no tienen que representarse a sí mismos, sino, por lo general, a personas corrientes situadas en contextos o situaciones históricas diferentes en los que tratan de reaccionar con una naturalidad imposible: es en el choque de la naturalidad y las carencias interpretativas, entre lo espontáneo y lo defectuoso donde aparece un elemento de discurso sumamente interesante para el realizador inglés.

Por otra parte, los actores no profesionales no son instrumentalizados meramente para la dramatización de un suceso histórico o la representación de una ficción verosímil, sino que son invitados, como los actores brechtianos, a implicarse críticamente en la fábula y hacer visible su propio discurso. En La Commune esto resulta especialmente visible: a medida que avanza la película, las discusiones entre los actores en el papel de ciudadanos del París de 1871 van centrándose en temas de interés actual: la religión, la situación de la mujer, los modos de organización social, la educación, la violencia…

La película presenta, haciendo uso de diferentes procedimientos narrativos y dramáticos, los acontecimientos ocurridos en París entre el 18 marzo de 1871, cuando Thiers trató de apoderarse en vano del cañón de la Guardia Nacional en Motmartre, y el 21 de mayo del mismo año, inicio de la “semana sangrienta”, durante la cual murieron entre veinte y treinta mil personas como consecuencia de la decisión tomada por el gobierno desde su sede provisional en Versalles de lanzar contra población de París un gobierno de trescientas mil soldados.

José A. Sánchez

 

Licencia de Creative Commons
Este texto está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España

Ararat (2002)

Comentario a la película de Atom Egoyan

 La película muestra, entre otras cosas, el proceso de rodaje de otra película que trata sobre un genocidio olvidado, el genocidio de los armenios turcos a manos de sus compatriotas árabes durante la primera guerra mundial (1915), una matanza sistemática de un millón de personas que borró del mapa de Turquía a los armenios residentes en ese país. Recuperando procedimientos postbrechtianos, Egoyan recurre al cine dentro del cine para evitar la espectacularización del sufrimiento, aunque la distancia respecto a lo único real en la película, el genocidio histórico, obliga al director a plantear una estructura más compleja, en la que se cruzan diversas líneas argumentales y diversas experiencias vitales. Una compleja trama de relaciones personales marcadas por la memoria se posa sobre el objeto mismo de la película, relaciones construidas a partir de tres núcleos: el cineasta Saroyan, que rueda la película sobre el genocidio, el aduanero David, que interroga al joven Raffi a su regreso de Armenia portando tres latas cerradas que presumiblemente contendrían droga, y la familia de Ani, la historiadora del arte experta en la obra de Arshile Gorky, madre de Raffi y madrastra de la amante de éste. Las relaciones entre estos personajes, que se cruzan de diversos modos a lo largo de la película, permiten la constante interpenetración de lo privado y lo público, de la memoria y la historia. La historiadora turco-armenia escribe un libro sobre el suicidio de su compatriota Gorky; al hacerlo, escribe también en parte sobre la muerte de su primer marido, padre de Raffi, muerto en el intento de asesinar a un diplomático turco. La hijastra, Celia, pertenece a otro mundo, y a veces habla francés con su madrastra, a quien le reprocha el haber inducido el suicidio de su padre tras comunicarle que lo abandonaría por un nuevo amante. La relación tormentosa entre madre, hijo e hijastra atraviesa toda la película, estableciendo un paralelismo constante con la figura de Gorky. El segundo eje de personajes lo compone la familia del aduanero, incapaz de adaptarse a la nueva realidad familiar: su hijo, tras asumir su homosexualidad, se ha separado y convive con un actor de origen turco, musulmán, cuya presencia interfiere la relación del aduanero con su nieto. El tercer eje es el de Saroyan y su guionista, los autores de la película sobre el genocidio armenio, que deciden contratar como asesora a la historiadora del arte.

El punto de arranque lo constituye el retrato que Gorky hizo de su madre a partir de una fotografía en la que se les ve a ambos posando frente a la cámara en 1915.  El director y el guionista de la película deciden introducir al personaje de Gorky en ella, para lo cual contratan a Ani como asesora. Es una licencia poética más, como tantas otras que se admiten en el cine de ficción. Pero Egoyan descubre la licencia y de esa manera se puede permitir no sólo introducir a Gorky en la película de Saroyan sino convertir el cuadro en motivo recurrente de la misma. Ese cuadro, inspirado en un relieve de una pequeña iglesia armenia que representa una maternidad, es el lugar de encuentro de todos los personajes: Gorky, testigo directo del genocidio; Raffi y Ani, que se identifican con esa representación; Celia y el padre suicidado; el aduanero y su hijo (y su nieto); el propio Saroyan y la memoria de su pueblo. Los personajes se encuentran y desencuentran, se confrontan con sus memorias y sus fantasmas en tres niveles narrativos: el interrogatorio del aduanero al joven, cuando éste vuelve de Turquía con varios vídeos digitales con imágenes de la zona arrasada y tres latas de película precintadas; el proceso de rodaje de la película y los sucesos que ocurren alrededor de la misma; las escenas de la película: el asedio al barrio armenio de Van, los intentos de Usher por salvar a la población armenia en torno a la misión estadounidense, la deportación masiva y los asesinatos en masa.

La virtud de esta opción de cine dentro del cine es que evita el sentimentalismo que afecta a la representación de la masacre e invita al espectador a buscar más documentación sobre un hecho histórico olvidado y a pensar sobre las consecuencias del genocidio en las relaciones cotidianas que se establecen entre personas en teoría muy alejadas del mismo. Además de las situaciones de conflicto derivadas de la compleja relación familiar, una de las más intensas se produce cuando se encuentran el actor de origen turco que representa al militar responsable de la masacre de Van y Raffi, que no puede dejar de mirar al actor con odio ni perdonarle su incredulidad respecto al genocidio. De la película interior, en cambio, sólo se ven fragmentos, durante las secuencias que representan su estreno. La mirada de Saroyan en ese momento es tan importante como las imágenes de la película.

Lo importante de la película de Egoyan es que invierte el sentido de la mirada. La multiplicación de planos de realidad, la reflexividad y el barroquismo, que en el teatro y el cine de los ochenta habían servido para poner de relieve la imposibilidad de la representación de la realidad, aquí son puestas al servicio de un redescubrimiento de la realidad olvidada. La eficacia de ese redescubrimiento puede medirse por las reacciones que la película provocó en Turquía: más allá de la compleja trama de ficción, los espectadores vieron aquello que durante tantos años se había tratado de silenciar. Lo mismo cabe decir respecto a la interrelación entre lo público y lo privado: lejos de convertir lo histórico en paisaje de una relación privada (esquema habitual no sólo en producciones posmodernas, sino también en muchas producciones comerciales), el cuidadoso seguimiento de las relaciones entre los personajes permite, mediante una especie de ósmosis entre los diversos planos narrativos y temporales, introducir densidad humana en una historia de la que sólo quedan huellas, documentos y memorias.

 

José A. Sánchez

Las reglas del arte

Comentario al libro de Pierre Bourdieu sobre La educación sentimental, de Flaubert

Bourdieu parte del análisis de La educación sentimental, de Flaubert, para mostrar de qué modo opera la literatura en el descubrimiento de las estructuras de la realidad. Defiende la posibilidad que las ciencias sociales tienen de utilizar la obra literaria y su campo para definir esas estructuras de la realidad que la literatura sólo descubre velándolas. Y muestra la ausencia de contradicción entre la reivindicación de la autonomía del campo literario y la posibilidad de una crítica sociológico de este campo. El análisis sociológico no atenta contra la autonomía del campo, sino que la asume como punto de partida, incluso como condición necesaria para que el análisis sea efectivo. Y la defensa de la autonomía se extiende al trabajo del intelectual y al campo de los intelectuales, definido al final del libro como un corporativismo de lo universal.

El texto de Bourdieu, con el que arranca su libro Las reglas del arte, trata de desarrollar la hipótesis según la cual La educación sentimental restituye fielmente la estructura del campo social de la cual esa misma novela es producto. Al hacerlo, asume la eficacia del proyecto realista flaubertiano, si bien reconoce la necesidad de completar sus logros mediante un análisis sociológico que permita el desenmascaramiento de las estructuras sociales que subyacen a las interacciones sentimentales frente a las que habitualmente se han detenido quienes han realizado el análisis desde un “sentido literario”.

La educación sentimental es, como se le echó en cara a Flaubert en su momento, “un trozo de vida”. Relata el proceso de maduración de Fréderic, un joven provinciano, estudiante de derecho a expensas de su madre, quien recién llegado a París, se enamora de la señora Arnoux, mujer de un editor de una revista de arte y vendedor de cuadros. Este amor imposible condicionará toda la vida del protagonista, a quien Flaubert retrata como un personaje incapaz de implicarse profundamente en nada: la economía (los negocios que le propone el señor Dambreuse), la política (su candidatura a diputado) o los juegos de la alta sociedad. Fréderic es un personaje que, literalmente, pasa por la vida. Flaubert se encarga de construir su narración de modo que el tiempo transcurra rápidamente, sin grandes cambios. Incluso la revolución de 1848 se desliza sobre la vida de Fréderic sin afectarle mayormente. Sin embargo, como observa Bourdieu, esa apariencia de naturalidad, ese “trozo de vida” es el resultado de una “magia evocadora de palabras aptas para hablar a la sensibilidad y para conseguir una creencia y una participación imaginaria análogas a las que atribuimos habitualmente al mundo real”. “El efecto de realidad”, añade Bourdieu, “es esta forma muy particular de creencia que la ficción literaria produce a través de una referencia denegada a lo real designado que permite saber rehuyendo saber de qué se trata en realidad. (63)

La lectura sociológica rompe el hechizo y saca a la luz la estructura del espacio social en el que se desarrollan las aventuras de Frédéric, resulta ser también la estructura del espacio social en el que su propio autor está situado.” Lo hace habitualmente, atravesando los velos de esa “ilusión (casi) universalmente compartida” que llamamos realidad social. Lo hace en este caso, atravesando el “hechizo” de una creación narrativa que consigue reproducir fielmente esa ilusión. La utilización de los términos ilusión y realidad que Bourdieu realiza se sitúa en dos niveles. En el campo social, la ilusión literaria se opone  a la ilusión compartida (realidad social), de la que en este caso es “reflejo”. En el campo literario, la ilusión personal se opone a la realidad social reproducida, de la que es antagonista (tanto en el caso de Fréderic como en el caso de Madame Bovary o de Bouvard y Pécuchet). Lo real sería aquello que resquebraja la ilusión en cualquiera de sus niveles, aquello que provoca la experiencia amarga en el ámbito literario y el conocimiento científico en el ámbito sociológico. Pero lo real escapa a la representación: toda representación lo es siempre de una ilusión, más o menos compartida, a la que denominamos realidad.

De modo que, podríamos distinguir al menos tres niveles en el campo de la construcción realista: lo real, la realidad (ilusión compartida) y la ilusión (segunda realidad). En el análisis de Bourdieu, lo real se identifica con la estructura social. Pero en otros análisis podría ser identificado con el espíritu racional (idealismos), la materia (realismo crudo), la vida (realismo impresionista). La realidad es “el referente universalmente garantizado de una ilusión colectiva”, que sirve como garantía para la evaluación del resto de las ficciones; es la representación o composición en que la sociedad se concibe, que incluye lo real, pero disponiéndolo de un determinado modo. Finalmente, estaría la “illusio”, la segunda realidad, no compartida, sino reservada a unos pocos, o incluso a uno solo, esa realidad en la que deciden vivir los principales personajes novelescos de Flaubert.

Bourdieu procede estableciendo un esquema del campo del poder según La educación sentimental: los personajes se dividen en dos ámbitos: el del arte y la política, de un lado, y el de la política y los negocios de otro. En la intersección de ambos campos se encuentra el protagonista, Frédéric, sobre el que Flaubert proyecta gran parte de sus preocupaciones y sus gustos.

El campo del poder es descrito por Bourdieu como un campo de juego: “las posesiones, es decir el conjunto de propiedades incorporadas, incluyendo la elegancia, el desahogo o incluso la belleza, y el capital bajo sus diversas formas, económica, cultural, social, constituyen bazas que impondrán tanto la manera de jugar como el éxito en el juego, en resumidas cuentas todo el proceso de envejecimiento social que Flaubert llama “educación sentimental”. (29)

Gran parte del estudio de Bourdieu está dedicado precisamente a la constatación de eso que él llama la “adolescencia” de Fréderic. La adolescencia es ese momento en que aún no se ha “entrado en la vida”, en el que aún no se han aceptado “las reglas del juego social” y se persiste por tanto en dar la espalda a la realidad, aferrándose al territorio de la “illusio”. “Entrar en la vida”, como se suele decir, es aceptar entrar en uno u otro de los juegos sociales socialmente reconocidos, e iniciar el compromiso inaugural, económico y psicológico a la vez, que implica la participación en los juegos serios que integran el mundo social. […] Fréderic no consigue comprometerse en uno u otro de los juegos de arte o de dinero que propone el mundo social. Rechazando la illusio como ilusión unánimemente aprobada y compartida, por lo tanto como ilusión de realidad, se refugia en la ilusión verdadera, declarada como tal, cuya forma por excelencia es la ilusión novelesca en sus formas más extremas (en don Quijote o Emma Bovary, por ejemplo). La entrada en la vida como entrada en la ilusión de realidad garantizada por todo el grupo no es tan evidente. (35)

Según Bourdieu, la negativa de Fréderic a “entrar en la vida” es indicio de una impotencia para tomarse en serio lo real, pero también consecuencia de su cobardía, de su miedo al fracaso. Desde esta perspectiva, la construcción del mundo imaginario en la que se empeñan tanto Fréderic como Emma no son más que el resultado de su incapacidad para intervenir en lo real. ¿En qué medida el bovarysmo afecta también al propio autor de la novela? A juzgar por el retraimiento de Flaubert, su vida de retiro en la provincia y su amor por el Arte (en cuanto “mundo de ficciones” donde “todo es libertad”), cabría pensar que también él habría estado afectado por la enfermedad de la adolescencia, ese desfase entre el envejecimiento biológico y el envejecimiento social que sufren sus personajes. Y, sin embargo, la diferencia es clara: si Fréderic rehúye “entrar en la realidad” por cobardía, por temor al fracaso en el interior del campo social elegido, el autor, dueño de su campo, el literario, decide voluntariamente recluirse en él y hacer de la literatura un duplicado de la realidad, un mundo tan bien estructurado como el real. Al contrario que Fréderic, Flaubert entra de lleno en el “juego serio” de la literatura, ocupando así un lugar definido en el interior del campo social, del campo de la realidad. Lo peculiar de este campo es que permite a sus habitantes la práctica de una actividad en que la “illusio” tiene una función en el ámbito de la realidad.

De modo que la adolescencia, despreciada como síntoma de impotencia y cobardía en el campo social (o en el interior del campo de la ficción literaria en cuanto reflejo del social), puede convertirse en un rasgo valioso de carácter en el interior del campo artístico.

 

José A. Sánchez,

México, 2004

 

Pierre Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario (1992), Anagrama, Barcelona, 1995.

Gustave Flaubert, La educación sentimental (1869), trad. de Miguel Salabert, Alianza, Madrid, 1981.

Este texto está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España