DIÁLOGOS (2017-2018)

ALEJANDRO SÁNCHEZ CAPUCHINO

Antifaces

-Leonardo, ¿dónde se encuentra?
-¿Augusto? ¿Eres tú? Parecía escuchar su voz.
-Sí, soy yo, mi viejo, aunque jovial amigo. ¿En qué asiento se encuentra?
-Ciertamente, Augusto. No tengo ni la más remota idea. Al ser mi primer viaje en avión he decidido ponerme un antifaz. He decidido combatir mis nervios con la ceguera.
-¡Cáspita! Me he decantado por la misma opción.
-Aguda elección, mi buen amigo. El caso es que escucho su voz como si estuviese a mi lado.
-Sería una tremenda casualidad, ¿no cree?
-¿Tremenda casualidad?
-¡Por supuesto! Sería una tremenda casualidad que, aun teniendo los ojos tapados y habiendo subido al avión en horas distintas, hayamos conseguido, por avatares del destino, sentarnos el uno al lado del otro.
-¡Ah, claro! ¡Tremenda casualidad! ¿Usted a dónde va?
-A Luxemburgo, querido, o eso ponía en el billete, creo recordar.
-¡Oh! ¡Espléndido! ¡Yo voy a Verona! Parará a repostar en Luxemburgo.
-Eso espero, porque necesito estirar las piernas.
-Pero si ese es vuestro destino, debéis bajaros.
-¡Ah! ¡Claro, claro! Es que esta mente se va atrofiando con los años, Francisco.
-Leonardo.
-Eso, Eduardo.
-¡Qué lástima de hombre!
-Disculpen, señores, ¿me enseñan sus billetes?
-¡Ah! Sí, sí. Espere que lo busco.
-Aguarde, Leonardo. No se fíe usted de él.
-¿Por qué?
-¿Has visto la cara que tiene? Seguramente nos viole y nos robe, para después volver a violarnos.
-No. Sigo con el antifaz puesto. No consigo ver nada. Tendrá que describírmelo.
-Pelo negro azabache, ojos saltones, orejas groseramente redondas, cabeza cuadrada, barba de dos días y nariz kilométrica. ¿Lo tiene?
-Ya me lo estoy imaginando.
-Hay más.
-Oh, por favor. Augusto, continúe.
-Tiene unos ojos azules asquerosamente perfectos, un entrecejo como para hacer dos felpudos. Y unos labios tan carnosos que… Madre mía… ¡Béseme!
-¡Augusto! No me haga lo de siempre. ¡Contrólese!
-¡Oiga, señor! ¡Cállese que va a alarmar a todo el vagón! Y gracias por lo de los ojos. Habría acertado si no llevase puestas unas gafas de sol. Soy ciego.
-Augusto. Se habrá quitado usted el antifaz, ¿verdad? No se habrá inventado la descripción de este caballero, ¿no?
-¡Por quién me toma usted! ¿¡Por un futurólogo!? ¿Qué quiere ahora? ¿Qué le eche las cartas?
-¿Otra vez con lo de las cartas? Siete barajas hay ya en el suelo.
-Es que estoy nervioso. Es… Es mi primera vez en avión.
-Augusto. Acabo de quitarme el antifaz y…
-¿A cuántos pies estamos?
-Esto…
-¿A cuántos? ¡Leonardo, responde!
-Yo diría, así a ojo, dos o tres. Aunque depende del pie con el que se mida.
-¡¿DOS O TRES?! ¿¡TANTO!?
-Augusto, no estamos en un avión, sino en un tren. Y este señor debe picarte el billete.
-Ah… ¿Qué quiere hacerme qué? ¿Qué quiere usted de mí, señor?
-¡Deme su billete!
-¡Lléveselos todos! ¡Tome, tome!
-¡Pero no me dé la cartera, hombre! ¡El billete de tren!
-¡No me grite que me tenso! ¡Tome!
-Gracias. Téngalo de nuevo y guárdelo. Y el suyo también, caballero. Perfecto. Que tengan un buen día.
-Menos mal que se ha quitado ya el antifaz, Augusto. No le hacía juego con sus ojos. ¿Qué hace? ¿A dónde mira con tanto nervio?
-¿¡Y el avión!?
-Se conoce que nos hemos equivocado… Para variar.
-En ese caso, disfrute del viaje.
-Disfrutemos de la vida que nos queda, como cuando éramos jóvenes, Augusto.
-Cierto, Leonardo. Cuánto añoro mis días de gloria como estrella del rock.
-Y que lo diga.
-Pero si usted no fue ninguna estrella del rock.
-Me refiero a la época. Cómo echo de menos la Guerra Fría.
-¡Ah cierto! Que usted fue agente del CESID.
-Todavía recuerdo aquel amargo otoño del 79.
-Cuente, cuente. Fue cuando le echaron, ¿no?
-Cierto. Y tan solo por acostarme con el embajador de Lituania… ¡Qué país! ¡Les di mis mejores años!
-Oh, vaya, Leonardo. Me sorprende que le echaran por aquello.
-Pero no me arrepiento de nada.
-Me imagino.
-Todavía hay noches que recuerdo aquel atardecer en la parte trasera de un taxi checoslovaco, haciendo la postura de la hoz y el martillo.
-¿La hoz y el martillo?
-Sí, me la enseñó un gurú indio afiliado al partido comunista.
-Lo mejor de la Guerra Fría.
-No le quepa la menor duda.
-Ay, Leonardo… Sigues teniendo la lívido bien alta a tus 87 años.
-No tanto como usted, me temo. Ahora será mejor que se relaje, se coloque de nuevo su antifaz y duerma un rato. Le espera un largo viaje hasta Verona.
-Cierto, amigo mío. Durmamos con antifaz como una pareja de ex-superhéroes en un geriátrico.

INMACULADA LAGUNA BORRÁS

Los hijos del molinero

– Serafina, buenos días.
– Hola Eloísa, ¿Qué tal la vida, cómo anda el padre?
– Bueno hija, ahí va, sin novedad.
– Ay Elo, te quería preguntar por tu vecino el molinero, que le vi el otro día un poco desmejorao ¿no estará malo? Que se lo decía yo a mi marido el otro día, ¡con la buena suerte que ha tenido ese hombre en la vida!
– Además de verdad. Mira el trabajo no le ha faltao, el dinero tampoco, en esa casa nunca ha faltao de na Serafina, te lo digo yo que vivimos pared con pared. Y los hijos, ¡qué hijos! Cuatro hijos como cuatro soles, con esos ojos verdes que heredaron de su madre, que dios la tenga en su gloria.
– Una maravilla, si es verdad. Oye y el mayor, ¿se fue a vivir al extranjero no?
– Si, el Cosme se fue a la vendimia a Francia hará un par de años. Conoció allí a una muchacha buenísima, una francesa de muy buena familia, un encanto según su padre. Se casaron este verano.
– Mira que bien, me alegro mucho.
– Que a ver, ahora tiene un problema, pero na, detalles sin importancia.
– ¿Y eso?
– Na una tontería, que le pillaron robando en casa del patrón unas baratijas, unas joyas familiares y no sé qué más. Total que ahora está en la cárcel. Fíjate tú, con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Vaya, ya lo siento. Pero bueno le quedan los otros tres hijos para consolarlo. La segunda, la Estefanía ¿habrá muchacha más guapa en el pueblo? Que figura, que porte, y que manos para la costura.
– Sí es verdad Serafina, esa niña tiene un don, que con un saco de patatas te hace un vestido de boda, un talento y ya está. Ahora, también te digo que se le dan bien otras cosas, ya me entiendes.
– Qué cosas tienes Elo.
– Sera, que se los llevaba de dos en dos a las cuadras, que eso se cundió por to el pueblo.
– ¡Vaya una leche lo cundiste tú!
– Hombre Serafina, la gente tiene derecho a saber esas cosas. ¿O no te gustaría a ti saber si hay una fresca viviendo dos casas más abajo? Que eso le da muy mala fama al barrio mujer.
– Bueno visto así… Con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– ¿Y la otra niña, la Esperancita? A ver si hace que no la veo…
– Ay mira no me la menciones que se me cae el alma al suelo Sera. ¡La niña de mis ojos! Que sabes muy bien que yo he querido a estos muchachos como si hubiesen sido míos.
– Me estás asustando Eloísa, dime que está bien.
– Ay ojalá pudiera. Mira, le arregló el padre un matrimonio estupendo con el hijo de Fermín el Tuerto.
– ¿Cuál, el de la guarnicionería?
– No, ese es Fermín el ciego. Yo te digo el Tuerto, el que le pegó la coz la mula, que a lo visto tiene un montón de tierras y ganao esa gente, vamos que a la niña no le iba a faltar de na. Pero al poco de casarse empezó que si se emborracha mucho, que si me levanta la mano… Yo le dije mira hija mía esas son cosas de hombres y te tienes que aguantar. Pero no me hizo caso ninguno y bueno, es que no puedo seguir…
– Ay amiga, es que esta juventud está llena de leyes y no aguanta na, mira pasamos a mi casa a que bebas agua y te repongas.
– No ya está, ya estoy bien. Total, que la Esperancita se fue con la compañía aquella de variedades que vino el año pasao al pueblo.
– ¿Aquella de los monos que fumaban en pipa?
– La misma. De camarera iba a trabajar, que pena más grande dios mío. Con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Mira me está dando miedo preguntarte por el pequeño.
– Ay mi Joaquín, si parece que fue ayer cuando se venía a mi casa a merendar pan con azúcar. Pero mira, ese por suerte tiene un trabajo honrado, que está de pastor de las cabras del Avelino.
– Ay me alegro mucho.
– Que a ver, de vez en cuando se mete en un lío, pero qué quieres, si es que es muy joven, cosas de criaturas.
– Ya sé por dónde vas Elo, así que es verdad lo que cuentan.
– A ver, verdad, ¿Qué tuvo una reyerta a navajazos? Pues sí, pero qué quieres Sera, si es que mírale que cara, que es guapísimo y las muchachas se le comen. Y no solo las mozas, que hay mujeres hechas y derechas que le van detrás, y claro en cuanto se enteran los maridos ya está el lío. Y el pobre mío se tendrá que defender.
– ¿Y lo de la chica aquella era cierto?
– ¿La que se tiró de cabeza al pozo? Decía que la había embarazao y luego la había dejao tirada, pero yo no me lo creo. Esa se volvió loca porque se enamoró y él no la correspondía.
– Jesús… con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Si Serafina, con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.

Relato a partir de un inicio dado (2017-2018)

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

Conocí a Dean [Swolmon] poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar una gran enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuado que tenía algo que ver con la insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto. Tampoco me detendré en relatar el momento en el que le vi por primera vez, pues lo he olvidado, lo que revela la poca importancia real que tuvo. Lo que sí remarcaré es que nunca había conocido a nadie como él: un tipo atractivo, alto, atlético, seguro de sí mismo, alguien en quien se podía confiar… Lo que comenzó siendo una relación de simple cordialidad acabó desembocando en verdadera amistad y me permitió conocerlo mucho mejor. Quedábamos en el bar Monster cada día, a eso de las ocho de la tarde. Dean me contaba que la rutina le oprimía cada vez más y que estaba deseando salir, alzarse contra todo y contra todos, “sentir la fucking vida”. Esa mezcla de español e inglés era muy típica de Dean Swolmon, especialmente con cualquier sustantivo que se pudiera adjetivar con fucking.
Yo apenas hablaba, salvo para pedir las cervezas o la cuenta. A veces pensaba en Kathy y en cómo rechazaría a una persona como Dean, pero me encantaba escucharle y contagiarme con aquellos deseos de libertad. Agobiado y deprimido como estaba, las charlas con Dean elevaban mi ánimo de forma sorprendente. Realmente me sentía capaz de desafiar a toda injusticia que me rodeara. Esto fue lo que me llevó a aceptar las primeras propuestas de rebelión de Dean.
-Vamos a hacer un fucking simpa. Saca la llave y píntale una polla al nuevo descapotable del desgraciado de tu jefe. Pasa de las pastillas hoy, no las necesitas, que ningún matasanos te diga cómo tienes que morir. Llama y di que hoy no vas, que te has cogido una fucking gripe del copón. Mira a esa piba, lánzale un piropo, a ver si hay suerte. ¡Pero no seas burro, capullo! Vámonos del súper sin pasar por la fucking caja. ¡Corre, coño, corre! ¡Agarra bien los fucking huevos!
Parecíamos dos críos recién salidos del instituto, de los que creen que se van a comer el mundo cuando este ni siquiera ha enseñado sus dientes. Pensándolo fríamente, hacíamos gilipolleces, ninguna de ellas era de especial relevancia. A Kathy no le hubieran gustado nada, pero lo pasábamos bien. Por eso creo que cuando Dean Swolmon me puso una pistola en las manos, apenas fui consciente de lo que iba a significar.
-Te dicen que les des tu dinero y luego no vuelves a ver nada -me susurraba mientras terminaba de afeitarme-. Te prometen un paraíso creado por sus fantasías de mierda y eres tú quien tiene que comer estiércol mientras esperas, siempre esperas. Que le den al fucking mundo.
Y yo tan solo respondí mecánicamente: “Que le den al fucking mundo”.

Cuando la policía llamó a Kathy para informarle de que su ex marido, Ned Monslow, había sido detenido por intentar atracar un banco, ella apenas se sorprendió. Tampoco lo hizo cuando le preguntaron por Dean Swolmon, al que no se había localizado y quien, según su marido, había sido el cerebro de la operación.
-¿Conoce al señor Swolmon? -le inquirieron- ¿Tiene idea de dónde puede estar?
-Claro que lo conozco -contestó Kathy, al tiempo que gemía ligeramente al pasar de la cama a la silla, que emitió un sonido metálico y estridente de queja al recibir su cuerpo-. Me casé con él.

El retrato de un personaje (2017-2018)

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

-Perdóneme, padre, porque he pecado.
Aquella voz, ligeramente estridente, pero profunda al mismo tiempo, logró sacarme de mis reflexiones. Me sentí desorientado, pero los jadeos soporíferos, casi pesados, del pobre Bob me devolvieron a la realidad. Alcé la vista y mis ojos se cruzaron con una mirada marcada por la culpa y la diversión, adornada con una sonrisa fantasma, sin expresión, bobalicona en cierto sentido.
-Pero Bob, hijo, ¿otra vez aquí.
-Sí, padre.
-¿De qué forma tan horrible has vuelto a pecar en menos de un día?
El joven bajó el rostro al tiempo que una gruesa gota de sudor resbalaba por su cuello. Desprendía un olor extraño que no supe identificar. Pero no era agradable.
-A ver, hijo, cuéntame…
El joven volvió a levantar el rostro con un brillo renovado en los ojos.
-Hoy me ha tocado cargar unas piedras muy grandes, porque Mike me lo ha pedido, porque soy el único que podía con ellas y eso me ha gustado. Hacía calor, mucho calor, pero me daba igual, yo caminaba y caminaba y caminaba con las piedras y mis compañeros me miraban y me gritaban. “¡Déjalo, Bob!”, “¡Descansa un rato, Bob!”. Pero Mike me lo había pedido, porque soy el único que podía con ellas…
De repente, se interrumpió y se llevó un dedo ensangrentado a la boca de manera instintiva. Me detuve en analizar aquellas manos enormes y amarillentas, sin uñas y con padrastros por doquier.
-Y Dora estaba allí, ¿sabe, padre? Y me miraba mucho y yo a ella, y Mike también la miraba. Es normal, es su mujer, pero yo sé que Dora me miraba más a mí que a Mike. Y mis compañeros venga a gritar. “¡Déjalo, Bob!”, “¡Descansa un rato, Bob!”. Y así hasta las cuatro de la tarde, padre, con mucho calor. Y me dolían las manos y la espalda, pero soy el único que podía con esas piedras, porque eran muy grandes. Solo he parado cuando Mike me ha dicho que tomara un café con él y con Dora. Y he parado y he tomado el café con Mike y con Dora, y mis compañeros ya no han gritado más. Y Dora seguía mirándome, llevaba esa falda de la que le hablé ayer, la de las flores amarillas, y una blusa azul porque hacía calor…
-Bob, hijo, si me vas a contar lo mismo que ayer…
-¡No, padre! ¡No! -su gesto se alteró y borró la sonrisa fantasma-. ¡Escúcheme!
Vi que comenzaba a temblar de forma bastante incontrolada. Le apreté las manos para tranquilizarle y su agitación fue desapareciendo poco a poco. Dejó de jadear y aquella sonrisa bobalicona apareció una vez más.
-Continúa, Bob. Estabas tomando café con tu hermano y con Dora, ¿qué ha pasado después?
Mis manos seguían sobre las suyas y probablemente eso evitó que volviera a temblar. En cualquier caso, la sonrisa de Bob se ensanchó rápidamente, casi de forma violenta. Fui yo el que dudó en aquel instante.
-Mis compañeros ya no gritaban y Mike estaba con Dora y yo no podía dejar de mirar la falda de flores de Dora. Pero Dora ya no me miraba a mí. “Termina el café y vuelve al trabajo”. Pero yo no quería irme, y Mike decía: “Venga, Bob, es hora de volver al trabajo”. Y me decía que era el más fuerte, que solo yo podía con esas piedras, pero yo ya no sonreía, porque Mike tenía su mano en la pierna de Dora y subía por la falda y Dora ya no me miraba, solo sonreía. Y mis compañeros ya no gritaban, porque ya no estaban, pero Mike sí. “Termina el café y vuelve al trabajo”.
Bob no pudo continuar hablando, porque una risa estridente, incontrolada y nerviosa cortó sus palabras. Fui yo quien retiró las manos al tiempo que aquel olor extraño que desprendía Bob se intensificaba. Y, durante un mísero instante, fui capaz de percibir en el ambiente la esencia del sudor, del semen y de la sangre.

Microrrelatos 2015-2016

PILAR RUIZ RÁEZ

Soy una nieta con suerte, sin duda alguna. No todos pueden disfrutar de largas conversaciones con su abuela cada noche. Me cuenta historias de juventud, anécdotas familiares, me habla de antiguos miedos e incluso se atreve a confesarme ocultas preocupaciones sobre la oscuridad y el frío de su tumba. Estamos muy unidas. Mañana le llevo flores.

VALLE GUTIÉRREZ DEL SAZ

Cuestión de huevos

 Uno, dos, tres, ocho, cinco…
De un salto me bajé de la silla y corrí al pajar a por más huevos. Con mi cesta llena volví a repetir la operación anterior. Estaba en la última cámara de mi casa y por una ventana muy pequeña tiraba los huevos de las gallinas de mi madre. Yo quería estar con ella, pero siempre estaba atendiendo a señoras que venían a por más huevos a mi casa, así que esa mañana empecé a tirarlos por la ventana. Ya nada distraería a mi madre.
Cuando estaba lanzando la segunda ronda, una “adorable” vecina se chivó y me pillaron. Pero yo soy más lista que ellas: había cerrado la puerta de la casa con llave y había acostado a mi hermano el pequeño en una caja con trapos.
 – ¡Nines! Haz el favor de bajar de ahí, vamos, y ábreme la puerta.
 – No -dije, y lancé otro huevo.

ÁNGELA AGUILAR

Un cielo pálido, una noche fresca, la luna entre las nubes y un parque. Un banco, una cerveza y cuatro amigos, no necesitaba más que una charla con trasfondo, de las que remueven por dentro, de las que te hacen vibrar.
Por un momento, nos quedamos callados, observé ese silencio igual que la luna nos observaba a nosotros. De pronto uno de nosotros soltó una estupidez, reímos de tal modo que el banco en el que estábamos sentados, se resintió. Vuelta a otro silencio pero no era noche de silencios incómodos estando con ellos. Trago, calada y vuelta a las sonrisas que nos devolvían la vida. La luna seguía observándonos detrás de su casa hecha de nubes, alguno de nosotros, de vez en cuando, también la observaba a ella. Nosotros, nada podíamos deducir de su vida, en cambio ella, es la cámara que siempre nos sigue, quién sabe nuestros secretos nocturnos y quien cotillea junto al sol nuestras andadas del día. No somos conscientes pero, día tras día, ellos están pendientes de cada movimiento, de cada gesto, de cada mirada, de cada detalle.

VÍCTOR GONZALO

En aquella casa nací, prácticamente. En eso pensaba mientras miraba al fuego de la chimenea junto a mi abuela.
Cómo se me está yendo la vida. Miré a la mesa de la cocina donde antes no alcanzaba los cubiertos, donde no me alcanzaba la racionalidad de hoy. Yo antes llegaba a ser sencillo sin saberlo y eso se pierde.
A mi abuela se le fue la vida entregándose a los demás. Qué corazón más grande, qué bondad, qué Cándida. Ahora, un soporte frío de metal le ayuda a mantenerse en pie en la ducha, donde el agua se vierte como la vida.
En un clasificador lleno de fotos felices se me fue la vida. De joven también se pierde ilusión y a esa no se llega con un taburete, nunca vuelve. Ojalá viviese la realidad del clasificador y ésta no fuese la vida la que se me está yendo.
Un bastón que antes no estaba, un libro de poemas de “El Niño” sobre las manos de ella. Metáfora de situación de una vida que no se esperaba y llegó llevándose a la anterior.
El soporte frío de metal, el bastón… y una voz cada vez más débil. La vida siempre se está yendo y a ella parece que se la está llevando. Y yo mientras me confundo pensando que se me va la vida y en lo único que pienso son en dos tipos de tiempo: el que de verdad ha sido importante para mí y el intrascendente. Yo necesito volver a ser sencillo sin taburete y tener mi clasificador, y ella necesita que la vida no se vaya.
El fuego sigue quemando dos troncos de leña mientras los dos nos observamos callados. Y ahí afuera está lloviendo.

PABLO MACÍAS

Todo un señor

Nadie puede comparársele en todo el pueblo. A fuerza de mucho estudiar y más trabajar, hace años que ya se ha hecho un nombre entre sus vecinos. Hombre de trato exquisito, Marcial Romero es, sobre todo, un marido y un padre ejemplar. Querido y respetado por todos.
Y él sabe de la importancia del respeto. Por eso, los domingos por la mañana, antes de ir a la iglesia del pueblo junto a su familia, se pone el traje más caro que tiene y nunca olvida limpiar de los zapatos las manchas de sangre del negro o el sudamericano que se haya cruzado con él la noche anterior.

JAVIER MUÑOZ DE MORALES

Depresión

Por despedirse del bicho se murió.

TRIANA MERCHÁN

Entonces ella abrió el libro y se dio cuenta de que cada letra era una puñalada. Él cerró sus ojos sabiendo que lo leería, mientras precipitaba su alma y sus hojas en el acantilado de sus afiladas clavículas.

TAMARA GARCÍA ARRIBAS

La vereda de la puerta de atrás
“Coño, ¡La luna!” exclamó.
No era la luna, no. Era el peor desconsuelo que pudo aparecer, y apreció, por su vida; fue quien le quitó las ganas de durar, de estar, de existir…
No entendía ni si quiera lo que su cerebro no paraba de gritar: “son las flores, las putas de las flores quienes me marcan el camino”. Era lo único que veía en aquel conocido lugar, un camino de flores que aparecía en cada canción, en cada aguijonazo de placer, en cada calada de satisfacción.
A pesar de su felicidad enmascarada, seguía buscando el próximo peldaño de la escalera de su vida. Sí, tan jodido como el anterior, pero pisaba fuerte y olvidaba cada problema. Miraba a su alrededor y nadie tenía las contrariedades que su vida iba absorbiendo poco a poco, pero siempre usaba la cara B de esas cintas, la segunda solución a cada problema: resistir. Nunca el camino más corto, nunca la vereda de la puerta de atrás.
Sin embargo la vida era igual de puta que las protagonistas de esas malditas canciones que tanto le gustaban. Ninguna de ellas con final feliz.
“Sábado, 6 de marzo. Un hombre de 54 años de edad aparece muerto en El Retiro. La causa de la muerte parece clara: sobredosis provocada tal vez por el desahucio y el divorcio de su mujer. Antonio, que así se llamaba el hombre, será enterrado hoy a las 18:00 h en la parroquia de Los Desamparados.”

ROCÍO HEREDIA

Él había vuelto a la ciudad otro verano más y, sin querer pero queriendo, allí estaba yo esperándole en el garito de siempre al salir del trabajo. Llegó tarde aprovechándose de mi infinita paciencia. Me miró unos segundos a los ojos con su cara inexpresiva y empezamos a beber sin intercambiar ninguna palabra, simplemente me limité a dejar que me acariciara las rodillas.
Ya es domingo. Me despierto tarde aunque tengo calor y al mirar el calendario caigo en la cuenta de que el día ha llegado; quizá me toque ventanilla. ¿Por qué habré perdido mi sensibilidad?

MIRIAM CAMACHO

Llegué aquí un 1 de octubre de 1992, hace cinco meses, tras haber perdido a mi familia. Veraneábamos en nuestra casita de la sierra como todos los años y la madera ardió tan rápido que a los 15 minutos ya no quedaba nada. Después de ver los cuerpos calcinados de mi esposo y mis dos hijos pequeños, entré en estado de shock y un mes después desperté aquí. No recuerdo nada y cada vez que intento hacerlo, esa nube gris aparece y se instala en mi cabeza evaporando una mañana que comenzó con los chillidos de Claudia mientras le desenredaba el pelo; y los de Juan acerca de porqué su corbata seguía sucia. Recuerdo que tras lavar la corbata de mi marido y dejar a los niños a su cuidado, olí un fuerte olor a gasolina que provenía de arriba y diez segundos después, la casa estaba ardiendo. Conseguí salir porque estaba limpiando el trastero.
– Pero, en el informe de ayer aseguraba usted haber ido a comprar al supermercado antes de arreglar el trastero.
– No, primero arreglé el trastero, luego fui al supermercado.
– ¿Qué compró en el supermercado?
– Gasolina.
– ¿Para qué quería la gasolina?
– Para el coche pero yo… creo que rocié primero el suelo y luego bajé a limpiar el trastero.
– Está bien, voy a ponerle un calmante. Este es diferente a los anteriores, seguro que se encuentra usted mucho mejor.
Mientras la enfermera inyectaba el nuevo tratamiento a la paciente, Claudia no podía evitar sentirse decepcionada consigo misma por fracasar una vez más. Solo esperaba que su madre evitara volver a ese incendio provocado de su imaginación y recuperara la cordura después de 30 años.

MARÍA DÍAZ MARTÍN

Con el color del sol por todo el cuerpo, así llevaba Carmen a México en la piel. Como aquella canción de la fiesta de despedida que siete años atrás le había preparado todo el barrio. Indios tabajaras, farolillos, chicharrones, vestidos rojos, verdes, amarillos, sillas de madera por todo el patio, su jefe vestido de blanco impoluto. Los ojos brillantes de Francisco desde el balcón, negros, como el color puro de aquella tierra…Había llegado el día en que deseaba volver allí, aunque con la incertidumbre de no saber si todo estaría igual.
No pudo evitar sonreír cuando puso el primer paso en la estación de Chiapas. Llegaba justo a tiempo para la fiesta nacional. No quiso avisar a nadie para que la recogiera, no se perdería por aquella ciudad que la vio nacer. Quería pasear por las calles por las que había corrido cuando era una niña, quería atravesar la plaza y ver todos los colores expuestos en cada uno de los cajones de frutas que la bordeaban. La ciudad estaba repleta de luz, y la plaza no solo de fruta y puestos de tacos, también de mariachis que cantaban a voz plena delicias de aquella tierra.
Rosita le abrió la puerta, pero necesitó unos segundos para que los ojos se le inundaran de lágrimas al verla. – ¡Mi niña!, ¡mi niña!, ¡mi dulce niña!-, Carmen cerró los ojos y dejó que los besos de su abuela le devolvieran la vida. – ¿Pero dónde has estado?, ¿sabes todo lo que te has perdido?… – la fuerte cortina de lona blanca del patio se movió con un viento fuerte que se había levantado y entonces se vieron. Aquellos ojos seguían igual de negros, igual de acogedores que la última noche que se miraron.
–Me he perdido demasiado abuela. Demasiado-, dijo mientras Francisco se levantaba de la vieja mecedora y se acercaba a ella.

Escena Teatral 2015-2016

Creada a partir de la lectura de La gaviota de Chejov en el taller de escritura teatral impartido por José María Esbec

VALLE GUTIÉRREZ DEL SAZ

Interior del Bazar Eslavo en la Calle de Molchánovka, casa de Grojolski. Habitación interior, con muy poca luz. Una bombilla pende de un cable que ilumina tenuemente toda la estancia. Por la ventana situada enfrente vemos la pared del patio interior. Una cama sin hacer se sitúa a la izquierda de la ventana. De un baúl enfrente de ella sobresalen pelucas y distintos vestidos, todos ellos raídos y gastados. Hay libros tirados por la estancia, apilados en pequeñas torres. A la derecha una palangana con un poco de agua y varias toallas sucias a su alrededor. A la derecha de la ventana hay un sillón. Sentada en él mira por la ventana NINA. Viste una bata con algún remiendo. Lleva calcetines de lana hasta las rodillas. Su cara está pálida y su pelo despeinado. Sobre su regazo hay un libro abierto.
NINA – “Si alguna vez necesitas mi vida, ven y tómala”. Ven, tómala, ven, vuelve… (se acerca el libro al pecho; mira a la pared por la ventana).
Silencio en la estancia. Unos golpes en la puerta sobresaltan a NINA. Se levanta del sillón lentamente; deja el libro abierto sobre él. Se acerca a la puerta y pega la cabeza en ella.
ARKÁDINA – (desde el exterior, suplicante) Abre la puerta, Zariéchnaia, necesito hablarte sobre Trigorin (silencio). Por favor, déjame entrar (silencio). Temo por su vida, por favor, Zariéchnaia.
NINA se aleja de la puerta. Está confusa. Vacila. Finalmente se acerca a la puerta y abre. ARKÁDINA entra. Mira a NINA y examina pausadamente la estancia.
NINA – ¿Qué le sucede a Trigorin? Dígamelo, por favor, necesito saberlo.
ARKÁDINA no contesta. Sigue caminando por la habitación, mirando todo lo que hay allí.
ARKÁDINA – Y pensar que aquí…
NINA – ¡Por favor!
Silencio. Las dos mujeres se miran.
ARKÁDINA – Trigorin no seguirá pagando su estancia en este lugar. Ya ha abusado bastante de su caridad. Mañana deberá abandonar la habitación y sino yo misma me encargaré de que la echen de aquí. No se le ocurra volver a acercarse a nosotros, ¿me oye?, en su vida.
NINA – Pero, pero Trigorin…él…
ARKÁDINA – Buenos días (Sale. Cierra la puerta)
NINA se queda sola en medio de la habitación. Mira a su alrededor. Se acerca al sillón en que estaba sentada. Coge el libro y vuelve a leer.
NINA – “Si alguna vez necesitas mi vida, ven y tómala” (silencio) Soy una gaviota, sin alas, una gaviota. No puedo volar. No, no puedo… (Respira profundamente y lanza el libro contra la pared). Si al menos… (se toca el vientre). ¡No, no! (respiración agitada) “Ven y tómala”, sí, y rómpela y no me la devuelvas y quédate con ella para siempre (silencio; respiración agitada, intranquilidad) Soy una gaviota, una gaviota… yo nunca seré Irina Nikolaievna, porque yo soy una gaviota sin alas, sin plumas, sin vida. Una gaviota…

Sonetos 2015-2016

PABLO MACÍAS

Un soneto carente de lirismo

Cuando me paro a contemplar mi estado
para hacer balance y ver cómo ha ido,
me doy cuenta de que estoy bien jodido.
Nada salió según lo planeado.
Después de tanto esfuerzo realizado,
fíjate para lo que me ha servido.
Son treinta los años que no he vivido,
con mi hijo todavía aquí acoplado.
Así lanzo, mientras me visto aprisa,
estos pensamientos frente al espejo,
involuntarios, igual que la risa
que me da cuando veo mi reflejo,
porque es abrocharme una camisa
de mi padre, y hablar como mi viejo.
* El primer verso, como sabéis, es de un soneto de Garcilaso de la Vega.

VÍCTOR GONZALO

Azul

Azul que mece y consuela este cielo,
luz brillante de corazón sincero.
Mirándote atento siempre te espero,
azul de viento que vela mi vuelo.

Azul cargado de apoyo y consuelo,
nave de nubes repleta de esmero,
timón y mástil de barco velero,
lluvia que lleva el profundo desvelo.

Azul alegre de fiesta y guirnalda
baila conmigo que la tarde es larga,
quiero ser brisa al compás de tu falda.

Azul que aleja decepción amarga
te pinto serena y verde esmeralda.
¡Qué azul todo, cuando azul es la carga!

TRIANA MERCHÁN

El puño izquierdo, levántalo alto
Grita con rabia, silencia tu miedo
El abuelo no tembló ante el torpedo,
Yo no estaré tirada en el asfalto

Las galerías, tus ojos cobalto
Fue tu lucha, la lucha que yo heredo
Yo me muestro firme, no retrocedo
Tu huella quedó y por eso lo exalto

Llenos de valor nuestros corazones
Ellos aferrados a su pasado
El orgullo y el valor son razones

Por ti y por muchos otros he rimado
Hoy me encuentro frente a las misiones
Contad conmigo y mi puño elevado.

JAVIER MUÑOZ DE MORALES

Agrajes en el exilio

Hoy te dejamos atrás, rey Lisuarte.
No hay mayor ingratitud que la tuya.
Tiempo es de que tu reinado concluya.
Tiempo es de escupir sobre tu estandarte

Será mi tosca espada la que ensarte
Tu pútrido corazón, la que engulla
Tu vida, la que con rabia destruya
Tu reino. Yo partiré, sin temor, a matarte,

Pues, entregada a los demás su vida,
Mi primo es piadoso e incapaz de odiar.
Mas yo soy vengativo, y hoy exclamo,

Con ojos en sangre, dicha perdida
Y perenne odio: ¡A mí, rey Lisuar-
te, que yo soy el que te más desamo!

MIRIAM CAMACHO

Horas lentas, trenes amargos de camino,
Fugaz segundo, relojes, existencia
Cantan los hombres a voces su destino
Señal de ser verdugo, juez o asesino.

Cantan las madres a voces su destino
El tiempo asfixia, plena impotencia
Cantan los niños a voces su destino
Sucios y fríos, pidiendo clemencia

Duermen tan tranquilos como perros
Los que son culpables de tantas muertes
Los que aguardan la hora de vencerme

Esvásticas acompañan mi agonía,
Cantan los niños a voces su destino
Y solo quedará desvanecerme

Textos escritos por los estudiantes de la asignatura