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Relatos fin de curso

ALEJANDRO ALONSO

Mi sino

Estas indicaciones son dirigidas para un acto que se llevará a cabo antes del suicidio.

YO (la edad que tenga la persona que realizará el acto. Con reloj en mano).

ANIMAL (puede ser cualquier animal, sin embargo, de preferencia un perro o gato ya que son animales domésticos y son más fáciles de conseguir).

Sobre el resquicio de un edificio, a nada de lanzarme al vacío –esperando que sea la nada, pues si es ante el ojo y mano de Dios ¿cuál será la respuesta que Yo daré, debido a que he cometido una falta a sus mandatos?- de preferencia en la noche, pues así no concurre mucha gente –de esta manera facilitaré, volviendo a la idea de la nada y como nadie ha respondido a qué es la nada y creo que es eso, algo oscuro, me ayudará en demasía lo lóbrego de la noche; ¿o podría decir lúgubre noche? O ¿lúgubre lóbrega noche? Da igual, después de esto es mejor que lo haga en el horario que desee. Asimismo, la falta de gente le dará un toque romántico al asunto, pues nadie sabrá por qué lo he hecho, puedo gritarle a la misma noche y la luna se encontrará presente y como único testigo, pues tengo la esperanza que el animal que me acompañe muera, como Yo. No obstante, si hay gente, esta misma gente me recordará siempre, pues el sólo acto de ver a alguien morir es traumático, ¿pero por qué lo es? Creo, Yo, que la muerte es como un reflejo, un espejo de mi estado como ser finito, ¿pues para quién muere el que muere? Yo no muero para mí, sino para el otro, dado que yo no me sé muerto, en pocas palabras: la muerte nunca llegará para mí. ¿Entonces? Da igual, lo haré con o sin gente.-. El animal estará debajo de mi axila.

YO (observando a la mascota): ¡Oh, tú, mi amigo! Mi amigo, tú que desconoces, tú que no sabes. Escúchame, compañero, ante esta mi salvación, quizá no lo sea, pero por el momento creo y siento, sobre todo siento, que lo es. Le llamo salvación a eso que no conoces, debido a que no vives, sólo agonizas. Yo que he sufrido todo (la mano que no sostiene al animal se dirige hacia la parte del corazón), absolutamente todo, no sé si puedo llamar a esto vida. (Dirigir la mirada al precipicio y, después, tragar saliva). Dime, tú, ¿quién me pidió permiso para nacer? ¿Quién de nosotros benditos o quién de nosotros desgraciados decidió estar aquí? Tú que sólo agonizas con el pasar del tiempo que no mides, yo que agonizo con el tiempo que cuento; para ti que sólo el despertar es presente y único día, para mí que el pasado es el único motor que me hace no querer despertar (suspirar), pues estoy enfermo de conciencia. ¿Gané o perdí el tiempo? (Grita) ¡Gané o perdí el tiempo! No lo sé, ya no quiero tener el tiempo suficiente para responderme esa pregunta… Creo que tú tampoco, creo que tú tampoco. ¿Por qué palpita el corazón, amigo? ¿Qué significa eso? ¿Realmente significa algo? Yo que creí en todo, yo que fui un iluso ante el correr de la sangre, yo que… que hasta ese palpitar significaba algo, pero no, ya no es nada. El reloj marca las (menciona la hora que tenga en el reloj) ¿hora de vida, de muerte, de Dios? Si la hora tiene la posibilidad de ser, si el tiempo tiene la posibilidad de ser tiempo de mi cerrazón, ¿por qué yo nunca pude ser todo, sino mera posibilidad? Compañero de vida, y ahora te puedo llamar de muerte, es difícil emplear un verbo futuro cuando la muerte está presente, no te puedo decir “ahora te llamaré compañero de muerte”, pues cuando ésta llegue, si es que llega para nosotros, no sé si seguirás siendo… ¿Mueves la cola ante los verbos en gerundio? Qué gracioso, pues creo que el gerundio, ante el tiempo, es lo único que nos define: estoy siendo… Y para la gente, para Dios, para el tiempo, para todos, después de muerto… Seguiré siendo yo, un muerto.
Oscuro.

JAIRO GARCÍA

Gran ciudad. Detalle. 2018. Fresco. 280 cm x 570 cm.

En el mismo momento que su brazo se alargaba hacia el vendedor del food truck y su mano sostenía tres monedas, empezó a sonar en los auriculares la voz de Jorja Smith.

Se paró el tiempo.

Veía ante mí el perrito caliente y las gotas de mostaza suspendidas en el aire. Aquella chica negra llevaba a la espalda una mochila con una pegatina cosida de order heat. Me iba a comer el perrito caliente, pero había empezado a sonar Jorja Smith y se había detenido el tiempo. Formaban entre los dos, chica y vendedor, un bonito cuadro. Aunque el reloj plateado de mi muñeca no avanzaba, podía mover los ojos y verme las marcas rojas en los nudillos. Alrededor circulaban los coches de policía a cámara lenta. Había sido una suerte encontrarme con el food truck después de buscar curro. Las monedas estaban a punto de caer en la mano derecha del vendedor, hasta había rendijas entre los dedos por las que caer, pero no caían. No lo había encontrado. Me imaginé dando círculos alrededor de los dos, como si fuera un cámara de cine. Para los que pateamos las calles esta mierda no es comida basura. La chaqueta granate llevaba cosida una pegatina de tommy hilfiger. Mis labios iban muy despacio, pero yo quería decir don’t you run when you hear the sirens coming. ¿Por qué todo lo que rodeaba a esta chica y al vendedor eran coches de policía? Mamá era una capulla y por eso ahora estaba sola en la gran ciudad. El sol hacía brillar su piel negra. Al vendedor de perritos le faltaban dos uñas, una en el dedo meñique y otra en el dedo corazón. Ella llevaba una riñonera colgada del cuello. En el metro yo había visto un cartel de benetton y me di cuenta de que esto no es el ghetto. Tiene los labios resecos. Me rodeaban rascacielos, pero yo entonces no podía levantar la cabeza para verlos. Tenía en los ojos una expresión de condescendencia hacia todo el mundo. Todavía sabía mi lengua a jarabe para la tos. Le brillaba el cuello como el ébano bajo la luz. ¿Por qué había venido a la gran ciudad? Aunque su rostro pareciera de chica dura… Me sentía sola. …estaba sola. Aquello podía ser mi teenage fantasy. A cámara lenta se le figuraba una sonrisa. Me sonreí. Parecía que el tiempo iba fluyendo con más facilidad. Notaba que las monedas se me deslizaban de las manos y me sentía bien dándole dinero a aquel tipo que preparaba perritos calientes. Las monedas estaban a punto de caer de una mano a otra. Quería la comida. Al principio estaban juntas las tres, pero ahora empezaban a despegarse. Era como si mi mano hubiera dejado de estar dormida. ¿Y ese niño? ¿Eh? El único blanco del cuadro. ¿Qué hace? Ha pasado por entre medias de los dos. Hijo de puta. A cámara lenta la vi girar el cuello. Corre, capullo, corre. Reaccionaron rápido aquellas ellesse. Uffff. La riñonera golpeteaba contra su pecho y el vendedor del food truck gritaba que alguien hiciera algo, pero los coches de policía se deslizaban por la avenida lentamente, como salamanquesas al acecho. No corras, capullo. Izquierda, derecha, izquierda, derecha… se le cayeron los auriculares de los oídos.

Volvió a fluir el tiempo.

Los automóviles estallaron en un frenético ir y venir, en una neurosis de acelerones y frenazos. En sus oídos se colaba por primera vez todo aquel ruido.

Don’t run when you hear the sirens coming
.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Al mismo tiempo, como si todo hubiera estado programado por un algoritmo informático, empezaron a berrear las miles y miles de sirenas policiales que allí había, en aquel lago alargado de asfalto por el que deslizan sus tripas los tiburones.

JAVIER MORALES

Una coca-cola

Al entrar en el bar de Luis, el fuerte olor a tabaco por poco me embriaga. En distintos rincones, puedo ver grupos de gente de edad avanzada hablando de lo que Dios quiera que les importe. Camino hasta situarme al final de la barra y encuentro reposo en un taburete metálico de color negro. Ante mí puedo ver raciones de croquetas y de patatas con salsa tras una pequeña vitrina, esperando a ser servidas. Entonces miro hacia abajo y me traslado al país de los puercos cuando veo un sinfín de colillas de cigarro y de servilletitas arrugadas amontonadas en una estrecha cavidad situada entre mi taburete y la barra. Cuando alzo la vista, veo que Luis se dirige hacia mí.

-¿Qué va a ser hoy, figura? –me pregunta el bueno de Luis, pese a que de sobra sé lo que espera que le conteste.
-Una Coca-Cola –le respondo de forma seca.
-¡Venga, no me jodas, Gonzo! ¿Pero qué mariconadas me estás diciendo? –me dice mientras se limpia las manos con su delantal.
-Hoy no tengo ganas de lo de siempre. –le contesto mientras me tapo los ojos con los dedos.

En este momento, lo que me apetece es romper la rutina y tomarme algo refrescante para olvidar el insoportable calor del que acabo de escapar, aunque el olor del bar de Luis tampoco es que ayude demasiado. Sin embargo, ¿adónde más puedo ir?

-Bueno… mal que me pese, tú eres el que manda.

Tal y como muchos imaginan, Luis (o Sete, como algunos de los presentes le conocen) resulta ser el típico barman buenazo capaz de hallar más interés en cualquier vida ajena que en la suya propia. No es que tenga malas intenciones, pero su falta de seriedad no puede evitar sacarme de quicio de vez en cuando. No podéis imaginaros las ganas que a veces tengo de decirle algo así como “Luis, ¿quieres hacer el favor de callarte de una puta vez?”.

-Una Coca-Cola. –son las palabras de Luis al colocar ante mí una botella de Coca-Cola recién abierta.

En ese momento decido sacar el móvil de mi bolsillo delantero para ver si he recibido algún mensaje. Sin embargo, soy perfectamente consciente de que Luis no se ha movido un solo paso de donde está, aguardando a que encuentre el momento de contarle la crónica del día para entretenerse como el niño inocente que en ocasiones aparenta ser.

-Bueno, ¿qué? ¿Vas a contarme lo que te pasa o no? –me pregunta finalmente.
-Me temo que hoy no hay mucho que contar. –le respondo con el mismo tono de voz de antes.
-A otro perro con ese hueso. Te creerás tú que vas a engañar al viejo Sete. –al ver que permanezco callado, Luis decide echar suerte. -¿Te dieron al final el papel en la película?

Al decir esas palabras, no puedo evitar hacer una leve mueca que no pasa desapercibida ante Luis y que le sirve como respuesta.

-Ayyyy… que te he calado, Gonzalín. ¿No te han dado el papel al final?

En ese momento decido volver a guardar el móvil en mi bolsillo y echar un trago a mi Coca-Cola, lo que de nuevo vuelve a servirle a Luis como respuesta.

-Vaya, vaya… ¿pero quién mejor que tú para ese papel? Será que esa gentuza va a darte la oportunidad de demostrar lo que vales. Si es que esa gente no tiene ni puta idea.

A pesar de que no puedo evitar escucharle, en todo momento mantengo la mirada perdida. Ya estoy empezando a temer que Luis vaya a hablar de cosas que ni conoce ni le incumben.

-¡Pedro, ya voy para allá! –grita de repente Luis.

Entonces veo cómo se dirige hacia el otro extremo de la barra para servir a otro cliente que acaba de llegar, lo que me permite tener unos segundos de respiro que aprovecho para seguir bebiéndome la Coca-Cola. Sin embargo, en menos que canta un gallo le tengo de vuelta.

-Pues, mira, ¿sabes qué te digo? Que bien está lo que bien acaba. A ti el mundo de la farándula no te conviene. Mira lo que pasa luego, que la gente no sabe reconocer el esfuerzo que pones. Que se vayan a freír espárragos.

Pero, ¿qué sabrá él de todo esto? Si no me han cogido no ha sido porque aquellos a los que él llama “gentuza” no tengan ni idea de lo que hacen, sino porque no he sabido estar a la altura de unos profesionales como ellos. Pero cualquiera logra convencer a este personaje.

-Que no pienses tanto en ello, Gonzo. –prosigue Luis al volver al extremo de la barra en el que me encuentro. Había estado tan absorto en mis pensamientos que ni siquiera me había dado cuenta de que, por unos segundos, se hubiese alejado del sitio.
-Que ya está hecho. Que esa gente no sabe de cine. ¿La prueba? El haberte dejado a ti con un palmo de narices.

No sé si será porque Luis no me ha pillado en mi mejor día o porque sencillamente ha empezado a tocar fondo, pero lo cierto es que ya se me están empezando inflar las narices. Si tan sólo fuese capaz de hacerse una ligera idea de lo que para mí significaba esta oportunidad…

-¡Gonzo! ¡Epa! ¡Que no le des más vueltas! –me grita de repente. -¡Que esa gentuza no te merece, Gonzo! ¡A ver cuándo te enteras! ¡Y no estés tan serio, coño, que sigues igual que cuando entraste al bar! Cualquier director te coge si eres incapaz siquiera de guiñar un ojo cuando alguien…
-Luis… ¿Querrías hacer el favor de callarte de una puta vez?

SERGIO ESPINOSA

Costumbres

En una fresca y agradable madrugada de verano, un matrimonio duerme junto a su hija de 4 años en el dormitorio de una apacible casita unifamiliar. En medio de una silenciosa tranquilidad, un enorme estruendo sobresalta a la pareja, quienes despiertan instantáneamente asustados. Nerviosos, escuchan sonidos extraños retumbando por las paredes, sin detectar muy bien la procedencia. El marido se incorpora rápidamente por el lado de su cama, dando la espalda momentáneamente a la puerta del cuarto, la cual siempre dejan abierta. Tras comprobar que la niña está bien en la cuna, dirige alterado su paso hacia la puerta para averiguar qué ocurre, rogando a su mujer, sin apartar la vista de la puerta, que permanezca con la pequeña. En el ínfimo trayecto hacia la entrada de la habitación, el hombre observa entre las sombras cómo una silueta cruza, por fuera, el umbral de la puerta de lado a lado. Un feroz estallido de gélida adrenalina le lanza a cerrar la puerta con virulencia, advirtiendo a su mujer con gritos excitados e involuntarios de la presencia de un individuo desconocido en la casa. En ese instante, alguien golpea salvajemente la puerta desde fuera, intentando abrirla, tratando de entrar y obligando al hombre a emplear la máxima y vigorosa resistencia entre gritos confusos, violentos forcejeos y el incipiente llanto de la pequeña. La brutal potencia de su oponente le hace ceder poco a poco, y el hombre, marido y padre comprende al fin que todo lo que suceda en los próximos segundos tendrá que ser por encima de su cadáver. Apartándose entonces de la puerta, que se abre golpeando con furia la pared, queda libre de obstáculos entre él y su enemigo, y, con la colérica energía de una bestia patriarcal insuflada de testosterona, propina el más monstruoso de los muchos puñetazos que había dado –pero no que dará– en toda su vida, en plena cara del asaltante, derribándolo en redondo. Entre jadeos y con la adrenalina aún inyectada en el alma, el marido escucha la voz quebrada de su mujer, quien gime desde el suelo con manos y nariz untadas en sangre a causa de tan inexplicable agresión. El marido enciende la luz –la bombilla titila– y completamente absorto se pregunta cómo demonios su mujer había salido de la habitación antes que él y sin que se diera la menor cuenta, confundiéndola a su paso por el umbral, en definitiva, con una lucha por la supervivencia. El llanto de su hija inunda la escena, y ya tan solo quedaba intentar explicar en urgencias la nariz rota y el ojo morado de su mujer. Como de costumbre.

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

La viajera

Siempre me ha gustado viajar en autobús de noche, rodeado de silencio y oscuridad, con ciudades muertas como testigos. Son esas pequeñas sensaciones, propias de los olvidados, las que me han dado el único placer al que puedo aspirar en esta etapa de mi vida. Y no me importa entrar a trabajar dos horas después de mi llegada a Madrid, sin tiempo para el descanso. Un cadáver no necesita descansar.

Todas las semanas realizaba el mismo trayecto. El viernes, después de la última clase con energúmenos cargados de testosterona a los que no les importaba lo más mínimo quién era Quevedo, cogía el autobús que me llevaba de Madrid a un pueblo olvidado y perdido de La Mancha. Pasaba allí el fin de semana, encerrado en la casa de mi infancia, leyendo algún libro. De vez en cuando, me animaba a marcar aquel maldito número, grabado a fuego y sangre en mi memoria. Nadie contestaba nunca, pero eso no me sorprendía. Una vez llegado el domingo, cogía el último autobús, el que más tarde salía, y llegaba a Madrid a las siete de la mañana. Y allí, entregado a mis pensamientos y recuerdos fantasmales, me dejaba ir.

El único motivo que me hacía volver al mundo de los vivos era el conductor, el señor Sabino. Se trataba de un hombre ya entrado en años, con una sonrisa condescendiente siempre preparada, pero serio en su trabajo. Nunca, bajo ningún concepto, apartaba los ojos de la carretera. Yo me sentaba lo más cerca posible de él, porque me amenizaba la noche. No lo hacía con sus historias, sino con su silencio atento. Yo hablaba y él escuchaba.

—La niña sigue sin querer verme, Sabino —le decía—. Se ha empeñado en que no y no hay manera. No sé qué le habrá contado la madre, pero conmigo no quiere nada.
—Eso es tiempo, ya verá usted —me contestaba, sin desviar lo más mínimo la mirada de la carretera.
—Al nene por lo menos lo veo, los miércoles por la tarde. Menos es nada. No se crea usted, que aguantar sus tonterías de adolescente da bastante dolor de cabeza. Pero lo estamos intentando, los dos. Volver a la normalidad, ya sabe.

Yo no sabía casi nada de Sabino. No veía en él a alguien que pudiera tener algo interesante que contarme. Tan solo era un receptor. El modelo arquetípico de receptor. Si buscáramos la palabra “receptor” en el diccionario, debería salirnos la cara rechoncha de Sabino. Pero yo lo agradecía, no necesitaba más. Mientras la luz y la oscuridad bailaban un tango irregular por el autobús, yo sacaba al exterior mi miseria interna. Y Sabino asentía, solo asentía.

—Lo que usted necesita es distraerse —me dijo en una ocasión—. Anda que no hay pasatiempos por ahí. Elija alguno y concéntrese en él, descanse la mente.
—Pero Sabino, por Dios, ¿qué me está diciendo? Tengo mucho que hacer como para perder el tiempo con tonterías. Y soy especialista en perder cosas, no se crea… No me apetece perder nada más. No me apetece perder.

Apenas un suspiro, una exhalación. Yo no necesitaba más, Sabino no tenía por qué darme más. Y él lo sabía. Era de esos hombres que saben más de lo que parece, que comprenden más de lo que imaginamos.

—Llevo media vida conduciendo este autobús, he visto de todo —me comentó en otra ocasión—. Saldrá de esta, es solo un mal bache. Pero debería usted poner un poco de su parte. ¿Por qué no practica algún deporte? ¿No le gusta el fútbol?
—Ni me lo mencione —casi sin darme cuenta, solté una carcajada estridente—. Pan y circo, Sabino.
—Pues a mí mi Atleti me alivia los fines de semana —no le vi, pero noté que sonreía—. El Cholo, hombre, el Cholo. Y este año vamos a ganar la Liga, ya lo verá. Ese tipo de cosas lo despistan a uno. Lo ayudan a desconectar un poco. Que bastante mal están las cosas ya…
—Pan y circo —le cortaba yo—. Ni Atleti ni atleta. En mis tiempos yo era del Madrid, un forofo en toda regla, no se crea. Pero todo ese mundo está lleno de apelativos que a uno lo echan para atrás. Que si facha, que si franquista, que si… La vida es la que es. Y no es bonita. Mejor afrontarla sin despistes inútiles.

No me importaba no dormir, no me importaba viajar tan tarde. Me apetecía hablar con Sabino después de toda la semana hundido en mi martirio diario.

—Recibí un mensaje. Era de ella —le dije en otra ocasión—. Que dejara de llamar. Que la dejara en paz. Sabino, esta vida es una miseria. Aquí siempre ganan y pierden los mismos.
—Pero, hombre, no será tanto…
—Y el pijo, Sabino, el pijo me remata. Que estará con ella a todas horas. Y yo le decía que tuviera ojo con ese. Y ella que no, que qué cosas decía, que después de veinte años conmigo cómo pensaba esas cosas. ¡Veinte años! Sabino, todas las mujeres son iguales.
—Usted sabe que eso no es verdad —decía, sin despegar los ojos de la carretera.
—¡Todas! Cuando te ven bien, cuando tienes éxito, todo lo que tú quieras. Pero cuando entras en problemas… ¡Ay, Sabino! Le envidio yo a usted, no se crea. Usted no tiene estas preocupaciones, estas losas que lo entierran a uno en vida.
—Cada uno carga con su cruz…
—¡No se me ponga católico ahora, Sabino! Que hay cruces y cruces. Y cuando se repartieron, yo debía de estar en primera fila. Y sin darme cuenta, con lo despistado que soy…

Recuerdo un viaje en especial. Sabino estaba más hablador que nunca, rozaba la euforia por la emoción. Y todo por el dichoso Atleti.

—Ganar o empatar, lo mismo dará —me decía—. Un partido más y la Liga se queda en el Calderón. El Cholo, hombre, el Cholo. Esto es muy grande.
—Vive usted alienado —le decía yo—. Céntrese en su vida, hombre. Bastante ganan ya los futbolistas como para encima ganarse su admiración.

Pero era contagioso. He de reconocer que ese fin de semana, después de mucho tiempo, estuve pendiente del partido del Atleti. Y cuando, finalmente, ganó la Liga, yo solo pensé en Sabino. ¡Lo que estaría disfrutando! ¡Mentes y corazones sencillos de llenar, qué envidia les tengo! Que nadie se atreva a decir lo contrario: la ignorancia humilde es la que da la verdadera felicidad. Si un balón rodando y veintidós niños ricos corriendo detrás de él son capaces de hacer feliz a un hombre, ese hombre será el más afortunado de la Tierra. Yo, por mi parte, no caeré en esa trampa.

Ese fin de semana se me olvidó llamar a mi mujer.

Cuando cogí el autobús para volver a Madrid, me recibió un rostro despierto y tranquilo, de esos que logran ganarse pronto tu confianza. Y joven, mucho más joven que Sabino. Apenas cambié la expresión al coger el ticket que me ofrecía el nuevo conductor. Me senté, perplejo, y estuve callado durante todo el trayecto. O lo intenté. No pude evitar, cuando faltaba poco para llegar, preguntarle:

—Perdone, ¿Sabino está enfermo?
El muchacho negó con la cabeza.
—¿Era amigo suyo? —me inquirió.
—No, no. Es solo que llevo mucho tiempo haciendo este trayecto y siempre había conducido él.
—Ya no será así —me miró, apartando durante un momento la vista de la carretera—. El señor Sabino murió ayer. Lo encontraron en su casa. El pobre hombre se había colgado.

Silencio. Apenas fui consciente de las siguientes palabras del muchacho.

—Una tragedia, ha sido un palo muy duro para todos los que le conocimos. Parece ser que le detectaron cáncer de páncreas hace unos meses, pero aquí nadie sabía nada. Supongo que iba mal y que llegó un momento en el que decidió dejar de sufrir. Y sin nadie en el mundo, siempre tan solo…

Me recosté en mi asiento. Podría ponerme poético, decir que mi alma se resquebrajó en mil pedazos, que la pérdida de Sabino descompuso lo poco que me quedaba de corazón, o algo así. Pero no sería cierto. Simplemente, me quedé sentado, con los ojos muy abiertos, ignorando la entrada a Madrid, que actuaba como testigo fúnebre de mi perplejidad. Apenas fui consciente de que el joven conductor encendía la radio, y las palabras del locutor me llegaron aisladas, lejanas, inalcanzables:

—Increíble. No hay otra palabra para describir la hazaña que el Atleti del Cholo ha logrado esta temporada…

GEMMA ALDANA

Abril de 1955

Antonia estaba terminando de abrocharse su falda nueva. La había cosido para la ocasión y es que su hermano y los demás venían con tres semanas de permiso. Se miró al espejo y pensó que ojalá hubiera tenido más tiempo para hacerse algo mejor. Esperaba que Zenón no notara que la tela era de las antiguas cortinas de su habitación.

– ¡Tonia, baja!, que te está esperando Lola -grito su padre desde el salón.
Antonia se miró una última vez al espejo y bajo corriendo. En el comedor de su casa la estaba esperando Lola, la hermana de Zenón y su mejor amiga desde pequeña. Lola estaba guapísima con su vestido de lunares.
-Amos, prenda, que me está esperando Sinfo- le dijo Lola con una sonrisa.

Lola y Sinfo llevaban prometidos dos semanas, pero estaban esperando a que volvieran todos del servicio militar para dar la noticia. A su hermano Ramón no le iba a hacer ninguna gracia, aparte de que Lola era la pequeña y odiaba con todas sus ganas a Sinfo, ya que era hijo del coronel Carbonero. Pero se tendría que callar y asumirlo, al fin y al cabo, los chicos estaban enamorados.

Antonia y Lola llegaron a la plaza, allí ya estaba esperando Sinfo con su traje negro, sus zapatos relucientes y su sobrero de ala. La verdad es que se ha llevado al más guapo del pueblo, pensó Antonia cuando lo vio. Lola se acercó a él con una sonrisa de oreja a oreja.

-Sinfo, ¡pero qué guapo estás ¡Estás hecho un pincel!
– ¿Guapo, yo? Guapa tú, Lola, que habría sacarte en procesión para que te viera todo el mundo- dijo Sinfo mirándola de arriba a abajo.
-Hola, Sinfo.
-Hola, Tonia. ¿Cuándo viene tu hermano? Tu madre tiene que estar como loca por verlo.
– Constante viene mañana. Sí, hijo, sí. A mí madre le ha faltado montar una romería para darle la bienvenida. Está deseando verlo -contesto Antonia con una sonrisa.
– ¿Y los piezas de tus hermanos cuándo vienen, Lolita? -preguntó Sinfo con una sonrisa socarrona.
-Zenón viene mañana y Ramón creo que el domingo o el lunes, ya sabes que con ese no se puede contar.
– Bien lo sé. ¿Y de verdad tenemos que esperar a Ramón para…?
-Sinfo, ya te lo he dicho, tienen que estar todos.
-Lola, como tú hermano no esté aquí el lunes voy yo mismo a buscarlo y lo traigo de las orejas, aunque sea. Avisada estás. ¡En tremenda familia he ido a meterme!

Antonia y Lola, se despidieron de Sinfo y siguieron andando hasta el taller de costura de la madre de Antonia.

-Bueno, Tonia, y tú y mi hermano ¿qué? -preguntó Lola sin atreverse a mirar a su amiga.
-Pues eso quisiera yo saber, hija. Dos años y nada. El muy cabezón dice que somos muy jóvenes, que habrá que esperar. Veintiún años y dice que soy joven, ¿pues con cuántos años piensa que nos casemos? ¿con treinta? Más joven eres tú y mira, a punto de casarte con el hijo del coronel.
-Ya, pero Sinfo es distinto. Tú sabes que él ya tiene su plaza en el cuartel, pero mi hermano siempre ha querido montar la panadería y además montarla con Ramón.
-Pues si nos tenemos que esperar a Ramoncito, vamos listos- dijo Antonia con un suspiro.

Una semana después.

Ramón y Zenón iban andando, habían quedado con Constante en la plaza del pueblo. Cuando les quedaba una calle para llegar, Ramón vio a Paca, una antigua novieta suya.

-Ay madre, Zenón, la Paca- dijo Ramón intentando esconderse de ella.
-Como te vea te va a caer una buena, Ramón. Eso te pasa por golfo- dijo Zenón riéndose.

En eso que Paca vio a los hermanos y se acercó.

– Pero ¿qué ven mis ojos? Si son los hermanos Castillo. Hola Ramoncito, ¿no piensas darme un beso si quiera? Tres meses hace que te fuiste del pueblo y ni una carta, ¡ni una!
-Paca, sí que te mande cartas, pero se habrán perdido, no ves que Salamanca está muy lejos de aquí- dijo Ramón intentando salir del paso.
-Ramón, que nos conocemos, no me seas zalamero- le dijo Paca mientras se colocaba el pelo.
– ¿Y tú qué, Zenón? ¿Has ido ya a ver a la Antonia?
-Mira que eres cotilla, Paca. A su hermano voy a ver ahora, a la Antonia la veré cuando la vea- dijo Zenón mientras se alejaba de su hermano y de Paca.
-Bueno, ahora que se ha ido tu hermano, Ramón, ¿tú te acuerdas de lo que me dijiste antes de irte a la mili?
– ¿Qué te dije, vida mía? Que ya no me acuerdo -preguntó Ramón apoyándose en la pared.
-Que estabas enamorado de mí y que nos íbamos a casar. ¿Cómo se te ha podido olvidar, cacho de sinvergüenza?
-Ay, Paca, enamorao, lo que se dice enamorao… yo lo que estoy es querío, pero enamorao…
– ¡Ramón!, corre ven. -grito Zenón desde el otro lado de la plaza.
Ramón se acercó corriendo a donde se encontraban Constante y Zenón. La expresión en la cara de los dos chicos no podía ser más distinta. Constante estaba al borde del ataque de risa y Zenón estaba colorado por el enfado.
-Anda, dile lo que me acabas de contar- le dijo Zenón a Constante.
-Chatico, no te vaya a molestar lo que te voy a decir, pero ayer cuando llegaba yo de dejar a Rosa en su casa, vi en la esquina de vuestra calle a tu hermana Lola con el hijo del coronel. Estaban allí pelando la pava, y el Sinforiano tocándole la cintura a tu hermana con unas confianzas que… Le he preguntado a la Antonia esta mañana, pero ya sabes cómo son las mujeres, que no suelta prenda – explicó Constante intentando no reírse.
– ¡Yo la mato, a ella o a él o a los dos ¡Pero habrase visto, la nena sinvergüenza! ¿Eso hace mientras nosotros estamos fuera? Con el Sinforiano, con el hijo del coronel. Que la mato, que yo la mato.

Justo en ese momento aparecieron Lola, Sinfo y Antonia, que acababan de salir de misa. Cuando Ramón los vio no tardo ni un segundo en ir corriendo hacia donde estaban su hermana y el que sería su futuro cuñado. Gritaba, chillaba y se tropezaba. Entre el batiburrillo de gritos solo se le oía: “te mato, yo a ti te mato, con el hijo del coronel, que no había otro Dolores, que no había otro”. Cuando llegó a la altura de Sinfo cogió impulso para darle un puñetazo, pero el otro se apartó y Ramón cayó todo lo largo que era a los pies del muchacho. Se levantó hecho una furia y se volvió otra vez para Sinfo; esta vez sí que tuvo suerte y le propino un sonoro puñetazo en la mandíbula, derribando al muchacho al suelo. Justo en ese momento llegó Zenón corriendo, pero en vez de socorrer a su hermano se acercó hasta Antonia.

-Tonia, ¿qué te iba a decir? Que estás muy guapa y que si te casas conmigo. -le preguntó con la voz entrecortada y mirando de reojo a su hermano y a Sinfo darse patadas y puñetazos.
– ¡Jesús, Zenón ¡Que se van a matar tu hermano y al Sinfo! ¿No tienes otro momento para venir a pedirme que me case contigo? -le dijo Antonia entre divertida y preocupada.
-Pues por eso mismo, como me voy a tener que pelear yo también y seguro que la bestia parda del Sinfo nos va a dar hasta en el cielo de la boca, pues eso, para que lo sepas, que te quiero…-le dijo. Después de eso salió corriendo hacia la pelea, en la que claramente iba perdiendo su hermano.

MANUELA TORRES

Por 30 centavos

Laca de uñas a medio quitar, una gota de sudor que viaja hacia un lunar bajo la oreja, mechones azabaches desparramados como pintura fuera del recogido, la lengua pasando suavemente y humedeciendo los labios, ojos fugitivos y un agujero en la media izquierda. Tenía andares de potro recién nacido, los huesos marcados en la clavícula, aires de comedia, aura de tragedia, voz de musical y mirada de suspense.

Se llamaba Sylvia; como la selva, como un silbido, como lo sibilino. Trabajaba en aquel bar sirviendo café y copas con la mente entumecida por el paso de las horas y el goteo parsimonioso de un hueco en el techo, viendo brillar los dientes de los parroquianos y enrojecerse sus mejillas. Ella era como el recuerdo de una canción, era como llorar bajo la lluvia, como bailar descalzo.

Nunca había salido de la ciudad. Fue criada por sus tíos a las afueras de Jackson en una vieja granja habitada por termitas y gallinas. Se había levantado toda su vida con la salida del sol y sólo sabía tararear las canciones que oía en misa. Imaginad la sensación que se produjo en su pecho el día en el que escuchó por primera vez en la calle una pieza improvisada de jazz.

Tenía el acento sureño propio del Missisipi y solía cometer los típicos errores al hablar de alguien que apenas sabe leer. Sus ansias de vivir y viajar se reflejaban en cada letra dicha con aquel genuino encanto suyo, pero bajo cada letra destellaba también cierta melancolía y resignación.
Durante las siete semanas en las que pude conocerla imaginé cientos de miles de escenarios posibles e imposibles a los que la llevaba fuera de aquel vecindario marchito y consumido en donde los grillos sobrevolaban los rascacielos a medio día.

Me había acostumbrado a oírla reír de la forma maravillosa en la que lo hacía. Me había acostumbrado a verla con la mirada perdida en el agua sucia del fregadero y a oírla hablar tantas veces sobre cómo preparar la tartaleta de manzana con yogurt, recitándolo igual que un poema o una frase ingeniosa, que hasta a mí me había llegado a parecer el postre más exótico que hubiese existido jamás.

Su apartamento, una chispa de esperanza entre árboles de acero y hojas de alambre, estaba impregnado con el olor del azúcar glas y de las petunias que le compraba a la niña de St. Charles Street por treinta centavos cuando visitaba la granja. Nunca habría podido explicar qué era lo que hacía posible que cuarenta y dos metros cuadrados de azúcar y flores pudiesen encerrar tanta memoria. Creamos muchos más recuerdos para aquel piso, haciéndoles sitio entre las estanterías repletas de los objetos perdidos que encontraba en el café y se guardaba con disimulo entre el húmedo mandil.

La mesa de la cocina estaba siempre nevada de harina y ella escribía su nombre (que era casi lo único que sabía escribir correctamente) sobre ésta casi todas las mañanas.

Aunque apenas sabía leer o escribir, sí que controlaba los números y el dinero con asombrosa facilidad. Su tío la había instruido en aquello y la había educado para que tuviese siempre claro que en un mundo como aquel las letras eran para los fracasados, la música para vagabundos y prostitutas, y los números para la gente honrada. Se llevó una sorpresa al conocerme y ver cómo me manejaba entre estas tres ramas del conocimiento sin ser ni un vagabundo, ni un prostituto, ni un fracasado.

Yo trabajaba en una empresa de seguros atendiendo a los beneficiados por fallecimiento, contestando al teléfono cuarenta veces por jornada y lucrando a la máquina de café con chatarra de las aceras al menos tres veces al día. Sylvia me dijo que podía llegar a gastarme casi cincuenta dólares al mes en aquella máquina, lo que bien pensado parecía una barbaridad. Me dijo que era mejor invertirlos en llevarla a ver el Welty´s Garden, pero era diciembre por aquel entonces y me pareció mejor esperar a primavera.

Así que pensé en ahorrar para llevar a Sylvia a ver el mar porque en una ocasión me enseñó su lista secreta de sueños con una confidencial arruga en la mejilla.

Lista:
1) Ver el mar
2) Probar la comida japonesa
3) Ir al Welty´s Garden
4) Escuchar a Ray Charles en directo

Por supuesto esta es una transcripción de la lista; la original era prácticamente ilegible.

De cualquier forma yo ahorré esas navidades para llevarla a la costa a ver el mar. Soñé mucho tiempo con aquella escena en la que Sylvia sonreía desmesuradamente y se abalanzaba sobre mí como la ventisca y, por qué no y ya que era un sueño, me besaba. Un beso de Sylvia; uno puro, sencillo, sin adornos. Porque para Sylvia el amor era simple. Ella comprendía el amor de una forma meramente carnal y desinhibidamente natural. De la forma en la que lo había vivido en la granja, en la paja del granero con un muchacho tímido y desaliñado de catorce años, o en los rincones donde la luz no llegaba y las manos que nacían de la penumbra buscaban calor entre telas con remaches y encajes blancos. Por eso no quise besarla. Si bien se me insinuó la primera vez que fui a verla a su apartamento, yo me negué. Ella merecía conocer otras facetas de la vida, ella, en mi opinión, se lo merecía todo. Pero el mundo y yo pocas veces estábamos de acuerdo.

Una mañana, tras ir a la granja, pasó a comprarle petunias a la niña de St. Charles Street como acostumbraba. Ese día, Mark Jenner, un adolescente asustado de Ridgeland decidió atracar a la niña, y Sylvia, como no podía ser de otra forma, tuvo que intervenir. Una Magnum 45 escupió su acero contra el pecho de Sylvia quemando su lista secreta de sueños en el acto y tiñendo a las petunias de escarlata en menos de once segundos.

Adiós Welty´s Garden, adiós comida japonesa, adiós mar, adiós música, adiós lluvia, adiós tartaleta de manzana, adiós harina sobre la mesa, adiós beso soñado, adiós, adiós Sylvia.

“Ojos enrojecidos, barba de tres días, camisa arrugada de franela, sonrisa torpe, dientes ligeramente torcidos, expresión trabajadora, baja estatura, aspecto elegante, mirada triste, manos ásperas y una cálida fragancia que inspiraba confianza.”

Nunca había salido de Jackson y él fue mi viaje de siete semanas al extranjero del café dónde trabajaba, de mi apartamento de cuarenta y dos metros cuadrados, de la vieja granja en la que me crie y del beso que nunca aprendí a recibir.

¿Cómo podré pagárselo? Supongo que treinta centavos para el café ya no son suficientes.”