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Relatos fin de curso 2019-2020

ROCÍO LÓPEZ SERRANO

πππ

IDAS Y VENIDAS

20 de diciembre de 2020, Nueva York.

Estaba en una cafetería con Izan y Amara, creo que se llamaba Sweet Moment. Sí, era esa. Nos encantaba ir los viernes al salir de trabajar. Estaba cerca de la escuela de idiomas y no muy lejos del piso. Fue entonces cuando…

– ¿¡Carlos!? ¿Pero qué haces tú aquí?

– ¿¡Rocío!? ¡¿Pero qué?!

Llevaba sin verlo desde el día de su boda, el 16 de julio de ese mismo año. Se casó en Málaga y lo celebró por todo lo alto, aunque todos los que estábamos allí sabíamos por qué se casaba: los papeles. Lo único que quería era irse a EEUU, casándose con Annea. Y allí estaba.

– ¿Ya estáis viviendo juntos?

– Sí. A los dos meses de casarnos ya estaban todos los papeles en regla y nos vinimos para acá. De momento estoy trabajado de camarero hasta que me salga algo de lo mío.

– ¡Qué bien! No sabes cuánto me alegro.

– ¿Y tú? Lo último que sé es que te dieron la beca y que venías para acá. ¿Todo bien?

– ¡Sí! Estoy encantada con las clases y la gente me trata genial. Pensaba que iba a ser más duro adaptarme, pero esto ya es mío.

– Me alegro mucho de verdad. Por cierto, ¿y con él? ¿Has vuelto a hablar?

En ese momento puedo jurar que viví el minuto más largo de mi vida. Mi cara era un poema, y qué poema… No era de esos románticos de Bécquer. No. Era de un poema de dolor, de desesperación, de angustia por vivir aquella situación.

– Las primeras semanas nos llamábamos todos los días. Luego solo una vez por semana. Y al final… nada. Pero lo peor no es eso, ¿sabes?

– ¿Cómo?

Izan y Amara sabían perfectamente de qué iba la situación. Prefirieron dejarme a solas con él. Bueno, Annea también estaba, pero para mí era como si no estuviera. Era como si la gente de esa cafetería, de repente, se hubiera esfumado. Solo estábamos él y yo. Recordando lo que juré que no volvería a recordar jamás.

12 de octubre de 2020, Nueva York.

– ¿Estás segura de que lo quieres hacer?

– No he estado más segura en mi vida, Amara. Lo quiero. Lo sé. Tengo que decirle que me espere, que volveré a por él.

– Está bien. Estoy fuera. Si necesitas algo, dímelo.

– Tranquila.

Me dio un beso y salió de la habitación. Marqué su número. Nada. Otra vez. Nada. Tercer intento. Era el último.

– ¿Santi?

– ¿Sí? ¿Quién eres?

No era su voz. Era una voz dulce, de una mujer. No hizo falta que dijese nada. Amara escuchó un ruido y entró a la habitación asustada. Yo estaba tirada en el suelo, con la mirada perdida. El teléfono, del golpe, se apagó.

20 de diciembre de 2020, Nueva York.

– Rocío, yo… yo…

– Carlos, no hace falta que digas nada. Pensé qué sabías la historia.

– Lo siento, de verdad. No tenía que haber preguntado. Lo último que sabía es que habías pasado unos días en Melilla antes de venirte. Pensaba que todo seguía bien. Se os veía tan enamorados…

– Ya… Pero el amor es una mierda. Y no aprendo. Por más que me lo propongo, no aprendo…

– No digas eso.

– ¿Y tú? ¿No has vuelto a hablar con él?

– Qué va. Ni con él ni con ninguno, salvo con Javi, pero no me dijo nada.

– Bueno… supongo que era de esperar, ¿no? Él en Melilla y yo en Nueva York. Dicen que la distancia no entiende de amores, pero creo que esto no ha sido cuestión de distancia. Ha sido cuestión de amor. Y el amor se acaba, Carlos… Ya ves. Una ilusa y una romántica de la vida como yo diciéndote estas cosas… Supongo que, al final, he aprendido.

Me despedí de Carlos y de Annea y me fui para el piso. Tenía la maleta a medio hacer. La terminé y me eché a dormir. A las siete de la mañana sonaba el despertador. Volvía a casa por Navidad.

21 de diciembre de 2020, Ciudad Real.

– Quién era?

– Santi.

– ¿Qué Santi? Pues el de Rocío, mamá. ¿Quién va a ser?

– ¿Y qué quería?

– Dice que va él a por Rocío al aeropuerto. Anoche llegó a su pueblo, ya le han dado las vacaciones.

– ¿QUÉ? Ni hablar. Trae el móvil. Ya está bien. Una madre no debería escuchar a su hija llorar a más de 5.000 km. Y se lo pienso decir.

– Mamá, por favor. Hazme caso. Créeme, si a mi me convence la idea a ti también debería de convencerte.

– ¿Convencerme de qué? ¿De que le vuelvan a hacer daño a tu hermana?

– Déjame que te lo cuente, haz el favor.

21 de diciembre de 2020, Madrid.

Queridos pasajeros: el vuelo IB2019 Nueva York-Madrid está a punto de aterrizar. Les agradecemos que hayan escogido a Iberia para este viaje. Esperamos que tengan una agradable estancia.

No era la primera vez que me montaba en un avión. Es cierto que no estaba acostumbrada a estar tantas horas, pero entre dormir y leer no se me hizo pesado. Había recibido un mensaje de mi madre: Ya estamos aquí. Te esperamos en la salida T4, junto a los carros. Era la segunda vez que estaba tanto tiempo separada de ellos. La primera vez fue… fue cuando cancelaron mi vuelo desde Melilla por el Covid-19, pero no fueron tantos días. Y menos mal.

Tampoco era la primera vez que lo veía recogerme en un aeropuerto. Puede que haya intentado olvidar nuestra historia. Puede que haya intentado no volver a sentir. Puede que quisiera pasar página. Pero jamás podré borrar de mi mente esa cara. Y allí estaba. Tan guapo como siempre. Lamento no poder dejar por escrito lo que sentí en aquel momento. Pero hay cosas que no se pueden escribir, que solo se pueden sentir.

– ¿Santi? ¿Qué haces tú aquí?

– Te quiero.

SIMONE INTROZZI

♦♦♦

SIN TÍTULO

– Vamos, hermano, rápido, supongo que será fácil, como escribir una canción, ¿no?
– ¿Por qué idiota? ¿Es fácil escribir una canción? – respondí irritado.
– Pues no sé, tío… mira a Mol, escribe con una facilidad increíble…

Increíble… ese chico no podía entender que en ese momento sólo tenía que dejarme en paz, y además no me gustan los comentarios sarcásticos cuando no son necesarios, especialmente si la persona que me fastidia lo hace con cara sonriente de estúpido como la que suele tener él normalmente. Esa tesis de graduación no se habría completado sola, y el hecho de que Gabriel, mi amigo inseparable desde la infancia, zumbara a mi alrededor como una mosca, repitiendo sus tonterías una y otra vez, no me ayudaba mucho en mi trabajo. Creo que se quedó en el momento en que teníamos dieciséis años, cuando siempre desobedecía a su familia solo por el gusto de que su padre le pegara, bueno… Al menos así parecía por las muchas veces que sucedió en esos años. No le hice mucho caso, así que he bajado nuevamente la cabeza hacía el ordenador intentando comprender la infinidad de informaciones que había sacado en las búsquedas en internet. No sé lo que me pasaba, pero en ese momento no lograba recordar nada y sentía mi cerebro como si estuviera ardiendo por demasiadas informaciones. Respiré profundo y me tranquilicé: pensé que aún quedaban tres semanas antes de enviar mi disertación al profesor. De repente la voz volvió a romper la paz alcanzada hace algunos segundos:

– Tío, mira, yo me voy a pedir una pizza, si no me dices lo que quieres en dos minutos, te quedas sin nada…

Volteo mi cabeza hacia él con dos movimientos espasmódicos causados por un escalofrío de nerviosismo:

– Gabri, pero por una puta pizza… ¡Déjame en paz por favor!

Me miraba casi con cara de perro abandonado y pensé que probablemente no estaba enfadado para nada puesto que no reflexionaba sobre el hecho de que yo le había permitido quedarse en mi casa para hacerme compañía durante estas tardes de estudio (eran los primeros días de verano, así que mis padres se iban en el pueblo de Monteriggioni, en Toscana, para visitar mis abuelos). Ese tonto era mi amigo desde siempre y no quería dejar de soportarlo en ese momento. Así que me disculpé, saqué un par de cigarros y, después de ofrecerle uno, le pedí que trajera dos vasos limpios al jardín para pasar media hora en paz frente a unos tercios de cerveza artesanal. Nos dirigimos a la parte de atrás de mi casa, en el jardín, y pedimos la pizza que él tanto quería. Cuanto más lo miro, más me pregunto cómo podría prescindir de él a pesar de que solo quería ponerle las manos alrededor del cuello. Es extraño cómo a veces nos vienen estos cambios de humor y, al menos en lo que me concierne, te hace sentir imbécil repensar en tu estado mental de cuando te enfadas por cualquier estupidez. Es como si te estuvieras juzgando tu mismo y sientes esa acre vergüenza que nadie puede ver: mejor así. Quién sabe lo que tanto le interesaba de mi… quizá son las casualidades de la vida que unen a las personas… Hasta ahora nunca entendí lo que nos liga tan estrechamente desde el primer día que nos encontremos; hay quienes llamaría a esto perfección, yo las llamo rarezas. Así que nada, me olvidé de todas las malas vibraciones y comenzamos a hablar sientados en el jardín, esperando las pizzas mientras sacábamos dos tercios helados. Nuestras charlas consistían en asuntos que cualquier chico de 23 años podría hacer: música, videojuegos, universidad… lo habitual. Hay que decir que no hablamos mucho de deportes porque no nos importaba demasiado, en realidad todos los niños del pueblo donde vivimos, o más bien de toda la nación, están obsesionados con el fútbol, pero a nosotros y a otras pocas personas estas cosas les pasan desapercibidas. Nos divertimos driblando un poco entre amigos, eso sí.

– ¡De todos modos esta cerveza fresca con este solecito es de locos! – exclamó Gabriel.
– ¡Mola tío! Pero no pongas tu vaso al lado de la silla, ¡seguro que la patearás!
– Tranquilo.

Obviamente, mi querido amigo… ¿cómo no? … el chico aquí tiene la delicadeza de un elefante en el manejo de cualquier cosa y creo que lo sabe muy bien, ya que cada vez que lee la hora en su móvil lo hace a través de una densa red de cristales rotos. En ese momento tuve como un déjà vu de nosotros en el mismo jardín hace unos años, sentados en las mismas dos sillas frente al olivo de mi abuelo. Una leve brisa que hacía cosquillas al follaje de los árboles y movía imperceptiblemente esos pocos trapos de nubes presentes. Así empezaban a sucederse los días cuando éramos niños: bicicleta, la escuela, las primeras vueltas en el scooter, los primeros rollos amorosos y todos esos pequeños momentos en los que a veces se reflexiona sin razón precisa. Lentamente empezamos a recordar todas esas pequeñas cosas o eventos que tienen como escenario el lugar donde vivimos: la aburrida provincia de Casnate con Bernate, un pequeño pueblo en la provincia de Como, en Lombardía…

– ¿Te acuerdas de cuando mi madre nos pilló sobre el mismo scooter, tío, que no llevabas tu casco? – le pregunté curioso.
– Hostia, Simo, esa vez tuve suerte, hermano. Al día siguiente te enfadaste un montón conmigo porqué olvidé las llaves en el coche de mi padre.
– Ya, me lo creo bien, tonto; recibí un montón de bofetadas por ella… Te lo juro que si hubiéramos tomado la ruta más rápida para ir a casa de Giulia no nos habría visto…
– Ya… puta gasolinera… pero bueno las bofetadas de tu madre no son la cosa peor que te pasó ese año, ¿verdad?

Verdad, pensé yo. Un día de verano, cuando mis padres estaban en Toscana, hicimos una pequeña reunión con algunos amigos que no veíamos desde hacía unos meses. Esa noche fuimos todos a comer un bocadillo de un pequeño camión de comida al lado del bar donde solemos juntarnos: tomamos unas cuantas cervezas y luego nos fuimos al parque de nuestro pueblo. Continuando el discurso de antes dije:

– Sí, las dos botellas de vino para terminar la noche habría sido mejor no tomarlas.
– Verdad, tío, fue la cosa peor en toda mi vida – respondió él.

Estaba un poco hiperactivo por el alcohol y quería subir los tres bloques de piedra natural que bordeaban la gran escalera que conduce a la entrada del edificio del ayuntamiento. Recuerdo haber llegado arriba. A mi derecha estaban las escaleras normales y a mi izquierda la oscuridad. Mi cerebro podrido estaba convencido que solo había un suave césped debajo, así que me ahora me daban ganas de saltar. De repente es como si me hubiera teletransportado de pie en un banco frente la puerta principal, con mis amigos, que me rodeaban y llamaban por mi nombre, sin comprender lo que estaba sucediendo. Dije con total tranquilidad:

– Chicos, no sé si estoy reventado o qué…. pero creo que me voy a casa … – parecían todos sorprendidos.
-Hmmm … – murmuró Luca, un chico que estaba con nosotros – Mira, hemos llamado a la ambulancia, te caíste de allí y parecía que te ibas a morir; estábamos muy preocupados – añadió, mientras que indicaba la posición por donde caí.

Debajo de mí no había césped, sino una pequeña acera de mármol que conectaba la salida de emergencia del edificio comunal por debajo de las escaleras con el sendero principal donde se sitúa la entrada al parque.

– Menos mal que, en fin, no ha sido nada grave. – dijo Gabri. Pero nos asustaste mucho. Allí, ¿quién fue el tonto?

Lo miré sonriendo levemente y sin decir nada porque me avergonzaba un poco, pero de repente pensé en Mol y le pregunté:

– Oye, ¿te acuerdas de que Mol escribió una canción sobre lo que me pasó ese día?
– ¡Moool! – exclamó, seguido de una pequeña risa – Qué loco ese tío, ¿cuántas canciones ha escrito? ¿mil o algo así no?
– Escucha – le dije – el otro día me dijo que su promedio era de 0.86 canciones escritas cada día. Lástima que cuando canta parezca una gallina, pero lo quiero igualmente.

(Ruido repentino de vidrio chocando contra el suelo).

– ¡Gabri, eres una idiota! – el tercio de cerveza se había derramado sobre la grava del suelo.
– ¡Nooo, Joder! Simo, lo siento mucho, sabes que no fue mi intención… – dijo, intentando defenderse de mis ojos acusadores.
– Claro que no es intencional, ¡si uno es tonto es tonto, tío! Vete a la cocina y tráeme el recogedor, porfa…

Sin decir nada se fue, y mientras él no estaba, mi nerviosismo por tener a ese tío allí estaba regresando igual que antes, sin que me diera cuenta. Luego levanté la vista y esa sensación se quitó en un instante. Vi un cielo rosado y naranja, el sol se estaba poniendo. No me había dado cuenta de que el mundo se había vuelto de ese color. Las casas adosadas en la calle donde vivo tenían el mismo color que el cielo en ese momento y se mezclaban con la atmósfera, volviéndose casi invisibles a mis ojos. Ese sol mágico hizo como si estuviera dentro de un sueño. No es la primera vez que me quedo mirando esos atardeceres olvidándome de todo. La situación recordaba tanto un mundo onírico que tanto vivir esos momentos como recordarlos me provoca una lacerante sensación de nostalgia. Las mariposas en el estómago, sin embargo, no desaparecen…

Hoy no veo ese cielo rosado. Estoy aquí. Solo, atrapado en mi piso y no puedo salir. Lo único que me gustaría es poder regresar a estas situaciones, buenas o malas, y poder ver a mis seres queridos nuevamente. En este preciso momento, estoy lejos de mi país para tratar de obtener un postgrado en mi carrera, pero, para que esta situación termine, me veo obligado a quedarme en casa; también tengo que participar en videoclases que no logran estimular mi interés … No sé si servirá de mucho, la verdad, pero, sin embargo, tengo que asistir a los cursos porque la universidad local ofrece específicamente este apoyo a estudiantes como yo. Últimamente he estado bastante deprimido y esto me ha desconcentrado mucho. Pensar en ese día con Gabriel, en todos mis amigos, en mi madre cuando se enfada conmigo…. me sirve para recordar que, tarde o temprano, volveré a vivir la vida fuera de estas cuatro paredes. Hoy han pasado exactamente dos semanas desde que mi compañero de piso regresó a casa de sus padres, mientras yo pagaría para que alguien zumbara a mi alrededor para fastidiarme un poco más que el tiempo de una rápida llamada por el móvil. Estoy en la cama tratando de estudiar las pocas cosas que puedo recordar porque mi cabeza está tan llena como el cenicero en la mesita de noche. Tengo suerte de que un compañero de curso viva en la planta de arriba y se preocupa por hacerme las compras cuando es necesario, y me visita las muy pocas veces que no se queda estudiando en la biblioteca durante todo el día.

¡Joder! ¡Esa puta bicicleta! ¡Que se vaya a la mierda aquel día que me rompí la rodilla!

ALEXANDRA RODRÍGUEZ ACEVEDO

ξξξ

CAJA MUSICAL

Mi abuela tenía una vieja caja musical. El roble oscuro había perecido poco a poco ante el paso del tiempo. El barniz que la recubría era casi inexistente, en sus bordes se asomaban grietas y en su interior la bailarina que se movía al son de la música había perdido sus colores. Podría tener más de sesenta años, pero su sonido seguía siendo igual de melodioso. Cada nota de Moonlight Sonata inundaba la habitación con sentimientos de nostalgia y tristeza.

Recuerdo que durante las tardes de invierno veía a la abuela observar aquella caja fijamente, unas veces escuchando su triste melodía, otras veces contemplándola en silencio. Siempre fui una criatura curiosa, así que yo me dedicaba a observarla con la misma dedicación que ella observaba su caja, preguntándome cómo era posible que aquella anciana de mirada melancólica fuera la misma persona sonriente de las fotos que adornaban las paredes.

Su cabello, que en su tiempo había sido largo y hermoso, casi había desaparecido por completo, era mejor así, hacía mucho que ni siquiera se molestaba en cepillarlo. Tampoco quería cambiarse de ropa, a decir verdad, no recuerdo haberla visto nunca más que con los mismos tres suéteres deslavados, su falda larga y sus feos zapatos. De no ser por mi madre, que la obligaba a levantarse y darse una ducha de cuando en cuando, creo que no se abría levantado de su cama nunca.

Pese a los esfuerzos de mi madre, la abuela no hacía más que sentarse en el sofá con su caja musical. Su mirada gris se perdía en la nada, de vez en cuando de sus ojos salían lágrimas que escurrían debajo de sus anteojos y se desbordaban surcando su mejilla llena de arrugas. De su boca se escapaba un sollozo y cuando cubría sus ojos con sus delgadas manos temblorosas, yo me acercaba a ella, intentando consolarle, fuese cual fuese su preocupación. Intentaba calmarse y me decía que todo estaba bien, pero yo sabía que no lo estaba.

El proceso se repetía todos los días, ella observando su caja musical, yo a ella atentamente. Parecía que la vida se le escapaba con cada sollozo, cada cabello blanco que abandonaba su cabeza, cada diente que dejaba su boca, cada nueva arruga. Lo que ignoraba en ese momento era que la vida la había abandonado hace ya mucho tiempo.

Mi abuela supo que se había enamorado a los dieciocho años. Lo descubrí en un cuaderno de páginas amarillas cuando yo tenía esa edad, mientras husmeaba entre las cosas viejas que guardaba celosamente en su armario. Cuando comencé a leer la historia que abarcaba la totalidad de sus páginas me tardó un tiempo entender que aquello era un diario.

Había conocido al misterioso L.R. desde que ambos eran niños. La amistad entre sus familias los había hecho crecer juntos. El amor surgió poco a poco, a pasos lentos, sin esperarlo, entre la inocencia de la infancia y la vivacidad juvenil. Los juegos fueron reemplazados por besos y caricias a espaldas de los otros. Era el tipo de cosas que había que guardarse en secreto, el pudor, el recato, la imagen de una señorita ante la sociedad eran lo más importante.

La caja musical fue un regalo de su amante. Se la entregó en su cumpleaños número diecinueve junto con la promesa de que, en el futuro, de alguna manera, estarían juntos. Pero nada sucedería así, como buena hija, unos meses después tuvo que casarse a conveniencia de su padre. No podía quejarse de la elección, más allá de su personalidad taciturna y los arrebatos de ira incontrolables, tenía un buen marido a su lado.

La vida intentó continuar normalmente, si es que la normalidad alguna vez había existido. El matrimonio tuvo cuatro hijos y no tardó en adaptarse a la monotonía de la vida conyugal. Aunque entre los jóvenes un romance clandestino seguía su curso ininterrumpido. En su interior, la esperanza de romper el silencio y cumplir la promesa que se habían hecho, aunque fuera en un futuro muy lejano, estuvo siempre latente.

L.R. evitó casarse hasta donde le fue posible, manteniéndose fiel, cerca de ella. El secreto permaneció oculto en las sombras, asomándose de cuando en cuando entre las miradas fortuitas, las manos entrelazadas debajo de la mesa, las caricias sutiles y los besos a escondidas. La amistad de hace tantos años justificaba las visitas constantes, las muestras de afecto en público y la correspondencia ininterrumpida.

Pero aquello que se guarda en las profundidades encuentra su camino a la superficie tarde o temprano. Fue mi abuelo quién descubrió la traición con sus propios ojos. Sorprendentemente no reaccionó con violencia, debió entender que los problemas que este tipo debían resolverse desde su raíz. Unió sus fuerzas con la familia de L.R.

Mi abuela fue forzada a alejarse, a olvidar completamente a su amante, seguir adelante, continuar con la monotonía de la vida, cuidar de sus hijos, condenada a callar… a no mencionar ni una sola palabra a nadie, para así mantener la honra de su familia, de su marido, de ella misma.

El misterioso L.R.… él … mejor dicho, ella… no pudo soportarlo. No soportó los golpes de su padre intentando cambiar lo que era. No soportó el desprecio de su madre, que dejó de verla como la hija cariñosa que siempre había sido y comenzó a mirarla como si fuera una aberración. No soportó ver la decepción en los ojos de sus hermanos, que parecían haberse olvidado de los años de juegos y complicidades, viéndola como a un completo extraño.

Terminó por saltar al río en pleno invierno, sin dar explicaciones a nadie, y sin que estas fueran necesarias. Por si fuera poco, su familia se empeñó en borrar su nombre por completo, como si ella nunca hubiera existido. Como si el pecado que había cometido fuera más grande que cualquier rastro de amor que alguna vez pudieron tener hacia ella.

Pero no sería así de fácil borrarla de los pensamientos de mi abuela, que nunca volvió a ser la misma. Ni siquiera la pequeña felicidad que le trajo ver a sus hijos crecer pudo llenar por completo ese agujero en el pecho que cada día se hacía más grande, consumiéndole la vida, llevándose sus años.
El mundo entonces era diferente, no estaba listo para un amor como el suyo, condenado a quedarse en el silencio.

Cuando supe todo esto, mi abuela ya había dejado este plano. La sonata de Mozart dentro de esa caja musical realmente encerraba una historia trágica.

RUBÉN ALONSO

ΘΘΘ

SIN TÍTULO

El silencio de la noche queda rajado por el grito. Escondes la cabeza bajo la almohada, como si con ello te salvases. No te mueves y no detienes los horrores que tus oídos cazan, las súplicas, los nombres y auxilios. El estruendo sigue, el dolor. Pero de pronto silencio. Rezas para que no vengan, rezas incluso a su Dios, pero entonces escuchas los pasos, más cerca, más cerca. Abren la puerta y…

… la luz te ciega y el frío invernal se cuela por la apertura de la tienda. Un beso en la frente te tranquiliza y recuerda dónde estás.

—Buenos días, mi estrella. —Es tu madre, podrías reconocer el brillo de su voz hasta en el confín más lejano del mar de hielo. El tacto es suave, caliente y puedes oler la salazón de la carne que se está cocinando fuera. Sus pasos son firmes, pero mudos. Su presencia despierta hasta al más perezoso de tus compañeros—. Papá quiere saber si hoy vas a ir con ellos a cazar o si vas a ayudar en el campamento.

Te desperezas como puedes. Es demasiado pronto para tomar decisiones. Remoloneas en la cama, necesitas desayunar y beber agua andes de ser consciente de tu existencia. Solo la promesa de pescado recién cocinado hace que trepes fuera de la cama. Bostezas de nuevo ya de pie, con los ojos aún casi pegados…

… y el mundo gris que crean las paredes de tu cuarto en conjunto con la triste luz de tu lámpara es lo único que te da los buenos días cuando te separas del incómodo colchón. Cuarto y no habitación, y no hogar. Miras alrededor: tu compañera no ha vuelto en toda la noche.

Caminas despacio por los pasillos, con miedo de encontrarte con alguien que no lleve tu uniforme. Recorres puerta tras puerta con la conciencia muda de todo lo que sucede tras ella, la mudez del inocente que teme por su destino. En silencio y en tránsito a la conciencia, llegas al comedor y coges tu plato…

… El pescado huele mucho y te ruge el estómago.

—Controla a ese monstruo o no volveremos a cazar porque habrás asustado a todos los animales.

El comentario, la risa y la bronca son de tu hermano mayor. La estancia con los Ancianos le ha enseñado a dirigir su propia cuadrilla. Es fuerte y siempre tiene olores intensos: sudor y mar, sangre, pescado, brasas y humo… Se parece mucho a tu padre, pero no es tan sabio como él. No, ese es tu papel.

Tienes muchas ganas de ir con los Ancianos también y que sean ellos quienes te ayuden a marcar tu destino. Tu abuela dice que serás una grandiosa chamana y que, como ella hizo, podrás acompañar a las grandes embarcaciones en el hielo. Deseas recorrer el mar helado. Adoras cuando os reúne a toda la comunidad y os cuenta las historias del pasado, de los grandes héroes que recorrieron el mundo, de los primeros en crear los barcos y en surcar las tierras del confín. Sueñas con llegar a ser como ella, pero…

…El primer timbre te sobresalta. Sientes que se te revuelve el estómago, te tiembla la mano y casi se te seca la boca. Te levantas con dificultad y un escalofrío te recorre la espalda. Tenías hambre, pero no has comido nada: el desayuno sabía a tierra. Cuánto añoras el salado sabor del pescado. Sales del comedor y solo pasar al lado de los hombres de túnicas negras hace que quieras llorar. Vuelves a recorrer los pasillos, más consciente de tus movimientos, y llegas a la enorme aula donde empiezan tus clases de la mañana. Andáis con la cabeza gacha, aunque algunas aún se atreven a mirar bien alto, a llevar la osadía directa a sus ojos. El golpe va a la primera en la fila. El guantazo es seco y resuena en todo el pasillo. Baja la mirada. Pero ahora eres tú quien no lo hace.

—¿Quieres unirte a tu compañera? —Te habla a ti y no sabes si habla de esta noche o de ahora. En cualquier caso, niegas. Asiente—. Abrid los libros por la página sesenta. —La orden es seca y llega antes incluso de que os hayáis terminado de sentar. Si alguien no la ha cumplido cuando él lo haga, recibirá otra enseñanza—. Con la llegada de la cultura, los indígenas africanos dejaron de adorar a los ídolos y aceptaron la fe verdadera, con ello consiguieron alcanzar una sapiencia jamás posible por otros medios…
Dejas de escuchar porque ya te conoces la historia. Después rezáis un Padrenuestro a cuyas palabras no prestas atención y te levantas con el resto de las compañeras. Todas, menos la que miraba a los ojos, la valiente, que tiene una reunión con el profesor. Todas las habéis tenido y solo el recuerdo hace que te tiemble todo el cuerpo. Tragas saliva como puedes y escuchas los gritos…

… de tu hermano, quiere que subas el equipaje y que vayas con tu madre. Cargas unas cajas llenas, pesan mucho, pero eres parte de esa tripulación y debes esforzarte.

—¡Todos a vuestras posiciones!

Subís a vuestras embarcaciones de forma organizada. Tu madre y tú vais en el umiak del centro, tu hermano encabeza la marcha en su kayak. La miras cuando se pone de pie y tragas saliva.

—Demos gracias a la Madre por todo lo que nos da, por el sol, el frío, el calor, el cambio y la permanencia —tu madre recita y el resto del universo calla—. Que la travesía sea próspera y el camino beneficioso.

Los cantos de todos retruenan. Tú cantas con el resto, alto, afinada como tu madre. La naturaleza os apoya y los barcos se mueven con cada golpe de remo que dais. Seguís adelante…

… y en tu habitación sigue sin haber nadie. Tragas saliva con lentitud, habían dicho que iba a llegar una nueva compañera. Sientes un escalofrío en la espalda y te sientas sobre la cama y las horas pasan…

… y todos estáis cansados después de esa jornada. El sol ha caído en el firmamento y el vaho sale de tu boca. Te abrazas en ti misma, acaricias la suavidad de las pieles que te cubren. El aire helado entra por tu nariz y quema. Disponéis los fuegos y te acercas al quemar distinto que te proporciona, al confort del calor de la llama.

Huele también a pescado. Huele a los animales que habéis cazado. Tu abuela enseña a algunos las hierbas que ha comprado a otros navegantes, muy distintas a la yerba baja que sale en el desierto gélido, muy distintas a las que conoces. Respiras despacio y disfrutas del aroma. Es dulce, pero fuerte, aunque queda camuflado por el salado y la sangre. Das gracias a que no te haya tocado hoy limpiar los peces.

Miras a todos y sonríes. Las luces brillan y danzan con ellos, saltan, cantan y corren. Aplaudes y cada golpe es hasta doloroso por el frío. Sueltas una carcajada cuando tu hermano se cae en uno de sus saltos, aunque intentas corregirte de forma rápida para que tu gesto no suponga una ofensa. Ríes hasta que te duele.

—Viene alguien. —Escuchas a tu madre y te giras. Llevan ropa distinta y no los conoces…

… Su uniforme es ceniza y lo cubre todo. Estás en tu cama. Sentada. Te miran y dicen tu nombre, pero tú ni crees oírlo. El pánico te llena cuando entre los dos te agarran y te arrastran. El pasillo se desdobla en un finito, pero lo quieres hacer eterno, te agrras a este último clavo al fuego. Pataleas, lloras y suplicas. Lloras y gritas. Gritas y suplicas. Prometes ser buena, prometes no hacer nada malo. Prometes no volver a cumplir unos pecados que ni tú conoces.

Pero al final te meten en la habitación. La silla en el centro, ellos a tus lados. Las lágrimas caen ya mudas y tú los miras sin expresión, has aceptado tu destino. Una luz tintinea sobre tu cabeza, huele a humedad, a carne quemada y a sangre. Huele a meados, a vómito y a mierda, a gritos, a llantos perdidos y a últimos suspiros. La cabeza te da vueltas y vomitas. En tu mente solo queda el mar helado.

Escuchan gritos en medio de la oscuridad. Abren los ojos, pero no se mueven. Rezan para que no vengan a por ellos, rezan incluso a Dios. Pero escuchan los pasos, más cerca, más cerca. Abren la puerta y…