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Poemas

FRANCISCO JAVIER MORALES

Poema en prosa

Te prometo que es el último. Después de éste, jamás volverás a verme hacerlo. Te juro que cuando termine lo dejo. Ya sé que por mi boca siempre han salido demasiadas promesas, pero desde ahora te digo que ésta no caerá en saco roto. Confía en mis palabras: mi decisión nunca ha sido tan firme.

Te prometo que es el último. De veras te lo digo. Ya no seré durante más tiempo aquel que cruzaba los dedos mientras recitaba unas palabras de sosiego en tu oído. Puedes creerme al decir que este juego ya no es el mío. Hazme caso y no te rayes. Confía en lo que digo. He dejado de comprar papel mojado. Espero que lo sepas.

Te prometo que es el último. No pongas esa cara porque tú sabes que es cierto. No será tan sencillo cambiar mi parecer… ¿sabes qué? Bien pensado, olvida cuanto he dicho. Ya sé que lo he jurado, pero eso ha sido antes de pensarlo dos veces. ¿De veras creías que pudiera atreverme a dar un paso atrás?

No te prometo nada. Consideré los pros y contras. Es mi última palabra. ¿Qué quieres que te diga? Supongo que, después de todo, no puedo evitar ser aquel insensato que siempre pensaste que era. No trates de cambiarme. Ya sé que es lo que piensas: que pude haber luchado, que pude haber sido alguien, en lugar de un fracasado, y que eso es justo lo que soy. Admitámoslo.

SERGIO ESPINOSA

Vestirse a oscuras. Poema en prosa.

Tienes tu cabeza sumergida en su pecho. Los esponjosos senos delatan el bombeo de un corazón lento, vulnerable y dulce, casi meloso. Por tu espalda danzan sus dedos. Su respiración gratina tu cabello con una brisa nasal templada e intermitente. Estás desnudo, y hace frío ahí fuera, pero te rodean sus brazos candentes. Suspiras. Tienes los ojos cerrados: es normal creer que es un sueño.

No. Estás despierto. Abres los ojos, pero no ves nada. Tu cabeza emerge de tan vital manto, y parpadeas tímido en busca de cualquier breve destello entre las sombras, pero la oscuridad inunda la estancia.

Te incorporas. Abandonas con pesadumbre tu placentero cobijo y confías en el resto de tus sentidos para vislumbrar el imperioso rayo de luz que cubra tus carnes. Pero es la oscuridad la que te envuelve. Y comienzas a ponerte nervioso.

Caminas a ciegas, asustado, palpando el espacio con tus brazos de vidrio. Dudas, deambulas por la nada hacia la nada, con la única certeza de la incertidumbre enredándose entre tus pies. Te tiemblan las piernas. Y entonces, tropiezas. Y caes. Y te haces daño. Y te sientes solo, y frio, y desprotegido. Notas por tu piel desnuda y necesitada de abrigo el gélido discurrir de las lágrimas, y esperas que, quizá, tan solo sea sangre.

Entonces te arrastras entre dolor, jadeo y sollozos, y buscas algo con que taparte, cualquier prenda que vista tus lóbregas tragedias. Escuchas cercanas a las avezadas camisas, oyes el suave canto de las faldas, percibes las robustas vibraciones de los vaqueros e incluso saboreas la osadía de unas rebeldes sudaderas. Sin embargo, solo encuentras un tumulto de caretas que emiten un graznido tétrico y pretencioso; desesperado, decides probarte una tras otra, como en un juego triste de comparsas. Pruebas una, pero no se ajusta. Pruebas otra y pincha. Pruebas esta, y quema. Pruebas: hiela. Pruebas. Pruebas. Pruebas… ¿Y si no es la careta sino tú quien no encaja?

La oscuridad arrecia de repente. Notas cómo una tenebrosa ventisca se arroja hacia ti en toneladas. Sus manos umbrosas aprisionan tu cuello, y sus dedos de culebras fantasmales comienzan a estrangularte. Empieza a faltarte el aire. La presión en la tráquea te paraliza y la tiniebla te ciega. Te ciega y te ahoga. Tu respiración se debilita, apagando el bombeo de tu corazón con mezquina demora. La noche te entierra, y entiendes que solo existe una escapatoria.
Cierras los ojos.

Y todo se ilumina. Regresas a la lumbre de su vientre. Te acurrucas desnudo en su regazo. Comprendes, aliviado, que el manto idóneo para tapar tus más miserables vergüenzas es ella, que únicamente abrigan sus abrazos, y que solo su pecho puede arroparte. Su piel se revela, al fin, como el mejor revestimiento posible contra las noches más oscuras.

Y entonces respiras.