Archivo de la categoría: Narrativa 2018

DIÁLOGOS (2017-2018)

ALEJANDRO SÁNCHEZ CAPUCHINO

Antifaces

-Leonardo, ¿dónde se encuentra?
-¿Augusto? ¿Eres tú? Parecía escuchar su voz.
-Sí, soy yo, mi viejo, aunque jovial amigo. ¿En qué asiento se encuentra?
-Ciertamente, Augusto. No tengo ni la más remota idea. Al ser mi primer viaje en avión he decidido ponerme un antifaz. He decidido combatir mis nervios con la ceguera.
-¡Cáspita! Me he decantado por la misma opción.
-Aguda elección, mi buen amigo. El caso es que escucho su voz como si estuviese a mi lado.
-Sería una tremenda casualidad, ¿no cree?
-¿Tremenda casualidad?
-¡Por supuesto! Sería una tremenda casualidad que, aun teniendo los ojos tapados y habiendo subido al avión en horas distintas, hayamos conseguido, por avatares del destino, sentarnos el uno al lado del otro.
-¡Ah, claro! ¡Tremenda casualidad! ¿Usted a dónde va?
-A Luxemburgo, querido, o eso ponía en el billete, creo recordar.
-¡Oh! ¡Espléndido! ¡Yo voy a Verona! Parará a repostar en Luxemburgo.
-Eso espero, porque necesito estirar las piernas.
-Pero si ese es vuestro destino, debéis bajaros.
-¡Ah! ¡Claro, claro! Es que esta mente se va atrofiando con los años, Francisco.
-Leonardo.
-Eso, Eduardo.
-¡Qué lástima de hombre!
-Disculpen, señores, ¿me enseñan sus billetes?
-¡Ah! Sí, sí. Espere que lo busco.
-Aguarde, Leonardo. No se fíe usted de él.
-¿Por qué?
-¿Has visto la cara que tiene? Seguramente nos viole y nos robe, para después volver a violarnos.
-No. Sigo con el antifaz puesto. No consigo ver nada. Tendrá que describírmelo.
-Pelo negro azabache, ojos saltones, orejas groseramente redondas, cabeza cuadrada, barba de dos días y nariz kilométrica. ¿Lo tiene?
-Ya me lo estoy imaginando.
-Hay más.
-Oh, por favor. Augusto, continúe.
-Tiene unos ojos azules asquerosamente perfectos, un entrecejo como para hacer dos felpudos. Y unos labios tan carnosos que… Madre mía… ¡Béseme!
-¡Augusto! No me haga lo de siempre. ¡Contrólese!
-¡Oiga, señor! ¡Cállese que va a alarmar a todo el vagón! Y gracias por lo de los ojos. Habría acertado si no llevase puestas unas gafas de sol. Soy ciego.
-Augusto. Se habrá quitado usted el antifaz, ¿verdad? No se habrá inventado la descripción de este caballero, ¿no?
-¡Por quién me toma usted! ¿¡Por un futurólogo!? ¿Qué quiere ahora? ¿Qué le eche las cartas?
-¿Otra vez con lo de las cartas? Siete barajas hay ya en el suelo.
-Es que estoy nervioso. Es… Es mi primera vez en avión.
-Augusto. Acabo de quitarme el antifaz y…
-¿A cuántos pies estamos?
-Esto…
-¿A cuántos? ¡Leonardo, responde!
-Yo diría, así a ojo, dos o tres. Aunque depende del pie con el que se mida.
-¡¿DOS O TRES?! ¿¡TANTO!?
-Augusto, no estamos en un avión, sino en un tren. Y este señor debe picarte el billete.
-Ah… ¿Qué quiere hacerme qué? ¿Qué quiere usted de mí, señor?
-¡Deme su billete!
-¡Lléveselos todos! ¡Tome, tome!
-¡Pero no me dé la cartera, hombre! ¡El billete de tren!
-¡No me grite que me tenso! ¡Tome!
-Gracias. Téngalo de nuevo y guárdelo. Y el suyo también, caballero. Perfecto. Que tengan un buen día.
-Menos mal que se ha quitado ya el antifaz, Augusto. No le hacía juego con sus ojos. ¿Qué hace? ¿A dónde mira con tanto nervio?
-¿¡Y el avión!?
-Se conoce que nos hemos equivocado… Para variar.
-En ese caso, disfrute del viaje.
-Disfrutemos de la vida que nos queda, como cuando éramos jóvenes, Augusto.
-Cierto, Leonardo. Cuánto añoro mis días de gloria como estrella del rock.
-Y que lo diga.
-Pero si usted no fue ninguna estrella del rock.
-Me refiero a la época. Cómo echo de menos la Guerra Fría.
-¡Ah cierto! Que usted fue agente del CESID.
-Todavía recuerdo aquel amargo otoño del 79.
-Cuente, cuente. Fue cuando le echaron, ¿no?
-Cierto. Y tan solo por acostarme con el embajador de Lituania… ¡Qué país! ¡Les di mis mejores años!
-Oh, vaya, Leonardo. Me sorprende que le echaran por aquello.
-Pero no me arrepiento de nada.
-Me imagino.
-Todavía hay noches que recuerdo aquel atardecer en la parte trasera de un taxi checoslovaco, haciendo la postura de la hoz y el martillo.
-¿La hoz y el martillo?
-Sí, me la enseñó un gurú indio afiliado al partido comunista.
-Lo mejor de la Guerra Fría.
-No le quepa la menor duda.
-Ay, Leonardo… Sigues teniendo la lívido bien alta a tus 87 años.
-No tanto como usted, me temo. Ahora será mejor que se relaje, se coloque de nuevo su antifaz y duerma un rato. Le espera un largo viaje hasta Verona.
-Cierto, amigo mío. Durmamos con antifaz como una pareja de ex-superhéroes en un geriátrico.

INMACULADA LAGUNA BORRÁS

Los hijos del molinero

– Serafina, buenos días.
– Hola Eloísa, ¿Qué tal la vida, cómo anda el padre?
– Bueno hija, ahí va, sin novedad.
– Ay Elo, te quería preguntar por tu vecino el molinero, que le vi el otro día un poco desmejorao ¿no estará malo? Que se lo decía yo a mi marido el otro día, ¡con la buena suerte que ha tenido ese hombre en la vida!
– Además de verdad. Mira el trabajo no le ha faltao, el dinero tampoco, en esa casa nunca ha faltao de na Serafina, te lo digo yo que vivimos pared con pared. Y los hijos, ¡qué hijos! Cuatro hijos como cuatro soles, con esos ojos verdes que heredaron de su madre, que dios la tenga en su gloria.
– Una maravilla, si es verdad. Oye y el mayor, ¿se fue a vivir al extranjero no?
– Si, el Cosme se fue a la vendimia a Francia hará un par de años. Conoció allí a una muchacha buenísima, una francesa de muy buena familia, un encanto según su padre. Se casaron este verano.
– Mira que bien, me alegro mucho.
– Que a ver, ahora tiene un problema, pero na, detalles sin importancia.
– ¿Y eso?
– Na una tontería, que le pillaron robando en casa del patrón unas baratijas, unas joyas familiares y no sé qué más. Total que ahora está en la cárcel. Fíjate tú, con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Vaya, ya lo siento. Pero bueno le quedan los otros tres hijos para consolarlo. La segunda, la Estefanía ¿habrá muchacha más guapa en el pueblo? Que figura, que porte, y que manos para la costura.
– Sí es verdad Serafina, esa niña tiene un don, que con un saco de patatas te hace un vestido de boda, un talento y ya está. Ahora, también te digo que se le dan bien otras cosas, ya me entiendes.
– Qué cosas tienes Elo.
– Sera, que se los llevaba de dos en dos a las cuadras, que eso se cundió por to el pueblo.
– ¡Vaya una leche lo cundiste tú!
– Hombre Serafina, la gente tiene derecho a saber esas cosas. ¿O no te gustaría a ti saber si hay una fresca viviendo dos casas más abajo? Que eso le da muy mala fama al barrio mujer.
– Bueno visto así… Con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– ¿Y la otra niña, la Esperancita? A ver si hace que no la veo…
– Ay mira no me la menciones que se me cae el alma al suelo Sera. ¡La niña de mis ojos! Que sabes muy bien que yo he querido a estos muchachos como si hubiesen sido míos.
– Me estás asustando Eloísa, dime que está bien.
– Ay ojalá pudiera. Mira, le arregló el padre un matrimonio estupendo con el hijo de Fermín el Tuerto.
– ¿Cuál, el de la guarnicionería?
– No, ese es Fermín el ciego. Yo te digo el Tuerto, el que le pegó la coz la mula, que a lo visto tiene un montón de tierras y ganao esa gente, vamos que a la niña no le iba a faltar de na. Pero al poco de casarse empezó que si se emborracha mucho, que si me levanta la mano… Yo le dije mira hija mía esas son cosas de hombres y te tienes que aguantar. Pero no me hizo caso ninguno y bueno, es que no puedo seguir…
– Ay amiga, es que esta juventud está llena de leyes y no aguanta na, mira pasamos a mi casa a que bebas agua y te repongas.
– No ya está, ya estoy bien. Total, que la Esperancita se fue con la compañía aquella de variedades que vino el año pasao al pueblo.
– ¿Aquella de los monos que fumaban en pipa?
– La misma. De camarera iba a trabajar, que pena más grande dios mío. Con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Mira me está dando miedo preguntarte por el pequeño.
– Ay mi Joaquín, si parece que fue ayer cuando se venía a mi casa a merendar pan con azúcar. Pero mira, ese por suerte tiene un trabajo honrado, que está de pastor de las cabras del Avelino.
– Ay me alegro mucho.
– Que a ver, de vez en cuando se mete en un lío, pero qué quieres, si es que es muy joven, cosas de criaturas.
– Ya sé por dónde vas Elo, así que es verdad lo que cuentan.
– A ver, verdad, ¿Qué tuvo una reyerta a navajazos? Pues sí, pero qué quieres Sera, si es que mírale que cara, que es guapísimo y las muchachas se le comen. Y no solo las mozas, que hay mujeres hechas y derechas que le van detrás, y claro en cuanto se enteran los maridos ya está el lío. Y el pobre mío se tendrá que defender.
– ¿Y lo de la chica aquella era cierto?
– ¿La que se tiró de cabeza al pozo? Decía que la había embarazao y luego la había dejao tirada, pero yo no me lo creo. Esa se volvió loca porque se enamoró y él no la correspondía.
– Jesús… con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.
– Si Serafina, con la buena suerte que ha tenido siempre el molinero.

Relato a partir de un inicio dado (2017-2018)

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

Conocí a Dean [Swolmon] poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar una gran enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuado que tenía algo que ver con la insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto. Tampoco me detendré en relatar el momento en el que le vi por primera vez, pues lo he olvidado, lo que revela la poca importancia real que tuvo. Lo que sí remarcaré es que nunca había conocido a nadie como él: un tipo atractivo, alto, atlético, seguro de sí mismo, alguien en quien se podía confiar… Lo que comenzó siendo una relación de simple cordialidad acabó desembocando en verdadera amistad y me permitió conocerlo mucho mejor. Quedábamos en el bar Monster cada día, a eso de las ocho de la tarde. Dean me contaba que la rutina le oprimía cada vez más y que estaba deseando salir, alzarse contra todo y contra todos, “sentir la fucking vida”. Esa mezcla de español e inglés era muy típica de Dean Swolmon, especialmente con cualquier sustantivo que se pudiera adjetivar con fucking.
Yo apenas hablaba, salvo para pedir las cervezas o la cuenta. A veces pensaba en Kathy y en cómo rechazaría a una persona como Dean, pero me encantaba escucharle y contagiarme con aquellos deseos de libertad. Agobiado y deprimido como estaba, las charlas con Dean elevaban mi ánimo de forma sorprendente. Realmente me sentía capaz de desafiar a toda injusticia que me rodeara. Esto fue lo que me llevó a aceptar las primeras propuestas de rebelión de Dean.
-Vamos a hacer un fucking simpa. Saca la llave y píntale una polla al nuevo descapotable del desgraciado de tu jefe. Pasa de las pastillas hoy, no las necesitas, que ningún matasanos te diga cómo tienes que morir. Llama y di que hoy no vas, que te has cogido una fucking gripe del copón. Mira a esa piba, lánzale un piropo, a ver si hay suerte. ¡Pero no seas burro, capullo! Vámonos del súper sin pasar por la fucking caja. ¡Corre, coño, corre! ¡Agarra bien los fucking huevos!
Parecíamos dos críos recién salidos del instituto, de los que creen que se van a comer el mundo cuando este ni siquiera ha enseñado sus dientes. Pensándolo fríamente, hacíamos gilipolleces, ninguna de ellas era de especial relevancia. A Kathy no le hubieran gustado nada, pero lo pasábamos bien. Por eso creo que cuando Dean Swolmon me puso una pistola en las manos, apenas fui consciente de lo que iba a significar.
-Te dicen que les des tu dinero y luego no vuelves a ver nada -me susurraba mientras terminaba de afeitarme-. Te prometen un paraíso creado por sus fantasías de mierda y eres tú quien tiene que comer estiércol mientras esperas, siempre esperas. Que le den al fucking mundo.
Y yo tan solo respondí mecánicamente: “Que le den al fucking mundo”.

Cuando la policía llamó a Kathy para informarle de que su ex marido, Ned Monslow, había sido detenido por intentar atracar un banco, ella apenas se sorprendió. Tampoco lo hizo cuando le preguntaron por Dean Swolmon, al que no se había localizado y quien, según su marido, había sido el cerebro de la operación.
-¿Conoce al señor Swolmon? -le inquirieron- ¿Tiene idea de dónde puede estar?
-Claro que lo conozco -contestó Kathy, al tiempo que gemía ligeramente al pasar de la cama a la silla, que emitió un sonido metálico y estridente de queja al recibir su cuerpo-. Me casé con él.

El retrato de un personaje (2017-2018)

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

-Perdóneme, padre, porque he pecado.
Aquella voz, ligeramente estridente, pero profunda al mismo tiempo, logró sacarme de mis reflexiones. Me sentí desorientado, pero los jadeos soporíferos, casi pesados, del pobre Bob me devolvieron a la realidad. Alcé la vista y mis ojos se cruzaron con una mirada marcada por la culpa y la diversión, adornada con una sonrisa fantasma, sin expresión, bobalicona en cierto sentido.
-Pero Bob, hijo, ¿otra vez aquí.
-Sí, padre.
-¿De qué forma tan horrible has vuelto a pecar en menos de un día?
El joven bajó el rostro al tiempo que una gruesa gota de sudor resbalaba por su cuello. Desprendía un olor extraño que no supe identificar. Pero no era agradable.
-A ver, hijo, cuéntame…
El joven volvió a levantar el rostro con un brillo renovado en los ojos.
-Hoy me ha tocado cargar unas piedras muy grandes, porque Mike me lo ha pedido, porque soy el único que podía con ellas y eso me ha gustado. Hacía calor, mucho calor, pero me daba igual, yo caminaba y caminaba y caminaba con las piedras y mis compañeros me miraban y me gritaban. “¡Déjalo, Bob!”, “¡Descansa un rato, Bob!”. Pero Mike me lo había pedido, porque soy el único que podía con ellas…
De repente, se interrumpió y se llevó un dedo ensangrentado a la boca de manera instintiva. Me detuve en analizar aquellas manos enormes y amarillentas, sin uñas y con padrastros por doquier.
-Y Dora estaba allí, ¿sabe, padre? Y me miraba mucho y yo a ella, y Mike también la miraba. Es normal, es su mujer, pero yo sé que Dora me miraba más a mí que a Mike. Y mis compañeros venga a gritar. “¡Déjalo, Bob!”, “¡Descansa un rato, Bob!”. Y así hasta las cuatro de la tarde, padre, con mucho calor. Y me dolían las manos y la espalda, pero soy el único que podía con esas piedras, porque eran muy grandes. Solo he parado cuando Mike me ha dicho que tomara un café con él y con Dora. Y he parado y he tomado el café con Mike y con Dora, y mis compañeros ya no han gritado más. Y Dora seguía mirándome, llevaba esa falda de la que le hablé ayer, la de las flores amarillas, y una blusa azul porque hacía calor…
-Bob, hijo, si me vas a contar lo mismo que ayer…
-¡No, padre! ¡No! -su gesto se alteró y borró la sonrisa fantasma-. ¡Escúcheme!
Vi que comenzaba a temblar de forma bastante incontrolada. Le apreté las manos para tranquilizarle y su agitación fue desapareciendo poco a poco. Dejó de jadear y aquella sonrisa bobalicona apareció una vez más.
-Continúa, Bob. Estabas tomando café con tu hermano y con Dora, ¿qué ha pasado después?
Mis manos seguían sobre las suyas y probablemente eso evitó que volviera a temblar. En cualquier caso, la sonrisa de Bob se ensanchó rápidamente, casi de forma violenta. Fui yo el que dudó en aquel instante.
-Mis compañeros ya no gritaban y Mike estaba con Dora y yo no podía dejar de mirar la falda de flores de Dora. Pero Dora ya no me miraba a mí. “Termina el café y vuelve al trabajo”. Pero yo no quería irme, y Mike decía: “Venga, Bob, es hora de volver al trabajo”. Y me decía que era el más fuerte, que solo yo podía con esas piedras, pero yo ya no sonreía, porque Mike tenía su mano en la pierna de Dora y subía por la falda y Dora ya no me miraba, solo sonreía. Y mis compañeros ya no gritaban, porque ya no estaban, pero Mike sí. “Termina el café y vuelve al trabajo”.
Bob no pudo continuar hablando, porque una risa estridente, incontrolada y nerviosa cortó sus palabras. Fui yo quien retiró las manos al tiempo que aquel olor extraño que desprendía Bob se intensificaba. Y, durante un mísero instante, fui capaz de percibir en el ambiente la esencia del sudor, del semen y de la sangre.