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Relatos fin de curso 2019-2020

ROCÍO LÓPEZ SERRANO

πππ

IDAS Y VENIDAS

20 de diciembre de 2020, Nueva York.

Estaba en una cafetería con Izan y Amara, creo que se llamaba Sweet Moment. Sí, era esa. Nos encantaba ir los viernes al salir de trabajar. Estaba cerca de la escuela de idiomas y no muy lejos del piso. Fue entonces cuando…

– ¿¡Carlos!? ¿Pero qué haces tú aquí?

– ¿¡Rocío!? ¡¿Pero qué?!

Llevaba sin verlo desde el día de su boda, el 16 de julio de ese mismo año. Se casó en Málaga y lo celebró por todo lo alto, aunque todos los que estábamos allí sabíamos por qué se casaba: los papeles. Lo único que quería era irse a EEUU, casándose con Annea. Y allí estaba.

– ¿Ya estáis viviendo juntos?

– Sí. A los dos meses de casarnos ya estaban todos los papeles en regla y nos vinimos para acá. De momento estoy trabajado de camarero hasta que me salga algo de lo mío.

– ¡Qué bien! No sabes cuánto me alegro.

– ¿Y tú? Lo último que sé es que te dieron la beca y que venías para acá. ¿Todo bien?

– ¡Sí! Estoy encantada con las clases y la gente me trata genial. Pensaba que iba a ser más duro adaptarme, pero esto ya es mío.

– Me alegro mucho de verdad. Por cierto, ¿y con él? ¿Has vuelto a hablar?

En ese momento puedo jurar que viví el minuto más largo de mi vida. Mi cara era un poema, y qué poema… No era de esos románticos de Bécquer. No. Era de un poema de dolor, de desesperación, de angustia por vivir aquella situación.

– Las primeras semanas nos llamábamos todos los días. Luego solo una vez por semana. Y al final… nada. Pero lo peor no es eso, ¿sabes?

– ¿Cómo?

Izan y Amara sabían perfectamente de qué iba la situación. Prefirieron dejarme a solas con él. Bueno, Annea también estaba, pero para mí era como si no estuviera. Era como si la gente de esa cafetería, de repente, se hubiera esfumado. Solo estábamos él y yo. Recordando lo que juré que no volvería a recordar jamás.

12 de octubre de 2020, Nueva York.

– ¿Estás segura de que lo quieres hacer?

– No he estado más segura en mi vida, Amara. Lo quiero. Lo sé. Tengo que decirle que me espere, que volveré a por él.

– Está bien. Estoy fuera. Si necesitas algo, dímelo.

– Tranquila.

Me dio un beso y salió de la habitación. Marqué su número. Nada. Otra vez. Nada. Tercer intento. Era el último.

– ¿Santi?

– ¿Sí? ¿Quién eres?

No era su voz. Era una voz dulce, de una mujer. No hizo falta que dijese nada. Amara escuchó un ruido y entró a la habitación asustada. Yo estaba tirada en el suelo, con la mirada perdida. El teléfono, del golpe, se apagó.

20 de diciembre de 2020, Nueva York.

– Rocío, yo… yo…

– Carlos, no hace falta que digas nada. Pensé qué sabías la historia.

– Lo siento, de verdad. No tenía que haber preguntado. Lo último que sabía es que habías pasado unos días en Melilla antes de venirte. Pensaba que todo seguía bien. Se os veía tan enamorados…

– Ya… Pero el amor es una mierda. Y no aprendo. Por más que me lo propongo, no aprendo…

– No digas eso.

– ¿Y tú? ¿No has vuelto a hablar con él?

– Qué va. Ni con él ni con ninguno, salvo con Javi, pero no me dijo nada.

– Bueno… supongo que era de esperar, ¿no? Él en Melilla y yo en Nueva York. Dicen que la distancia no entiende de amores, pero creo que esto no ha sido cuestión de distancia. Ha sido cuestión de amor. Y el amor se acaba, Carlos… Ya ves. Una ilusa y una romántica de la vida como yo diciéndote estas cosas… Supongo que, al final, he aprendido.

Me despedí de Carlos y de Annea y me fui para el piso. Tenía la maleta a medio hacer. La terminé y me eché a dormir. A las siete de la mañana sonaba el despertador. Volvía a casa por Navidad.

21 de diciembre de 2020, Ciudad Real.

– Quién era?

– Santi.

– ¿Qué Santi? Pues el de Rocío, mamá. ¿Quién va a ser?

– ¿Y qué quería?

– Dice que va él a por Rocío al aeropuerto. Anoche llegó a su pueblo, ya le han dado las vacaciones.

– ¿QUÉ? Ni hablar. Trae el móvil. Ya está bien. Una madre no debería escuchar a su hija llorar a más de 5.000 km. Y se lo pienso decir.

– Mamá, por favor. Hazme caso. Créeme, si a mi me convence la idea a ti también debería de convencerte.

– ¿Convencerme de qué? ¿De que le vuelvan a hacer daño a tu hermana?

– Déjame que te lo cuente, haz el favor.

21 de diciembre de 2020, Madrid.

Queridos pasajeros: el vuelo IB2019 Nueva York-Madrid está a punto de aterrizar. Les agradecemos que hayan escogido a Iberia para este viaje. Esperamos que tengan una agradable estancia.

No era la primera vez que me montaba en un avión. Es cierto que no estaba acostumbrada a estar tantas horas, pero entre dormir y leer no se me hizo pesado. Había recibido un mensaje de mi madre: Ya estamos aquí. Te esperamos en la salida T4, junto a los carros. Era la segunda vez que estaba tanto tiempo separada de ellos. La primera vez fue… fue cuando cancelaron mi vuelo desde Melilla por el Covid-19, pero no fueron tantos días. Y menos mal.

Tampoco era la primera vez que lo veía recogerme en un aeropuerto. Puede que haya intentado olvidar nuestra historia. Puede que haya intentado no volver a sentir. Puede que quisiera pasar página. Pero jamás podré borrar de mi mente esa cara. Y allí estaba. Tan guapo como siempre. Lamento no poder dejar por escrito lo que sentí en aquel momento. Pero hay cosas que no se pueden escribir, que solo se pueden sentir.

– ¿Santi? ¿Qué haces tú aquí?

– Te quiero.

SIMONE INTROZZI

♦♦♦

SIN TÍTULO

– Vamos, hermano, rápido, supongo que será fácil, como escribir una canción, ¿no?
– ¿Por qué idiota? ¿Es fácil escribir una canción? – respondí irritado.
– Pues no sé, tío… mira a Mol, escribe con una facilidad increíble…

Increíble… ese chico no podía entender que en ese momento sólo tenía que dejarme en paz, y además no me gustan los comentarios sarcásticos cuando no son necesarios, especialmente si la persona que me fastidia lo hace con cara sonriente de estúpido como la que suele tener él normalmente. Esa tesis de graduación no se habría completado sola, y el hecho de que Gabriel, mi amigo inseparable desde la infancia, zumbara a mi alrededor como una mosca, repitiendo sus tonterías una y otra vez, no me ayudaba mucho en mi trabajo. Creo que se quedó en el momento en que teníamos dieciséis años, cuando siempre desobedecía a su familia solo por el gusto de que su padre le pegara, bueno… Al menos así parecía por las muchas veces que sucedió en esos años. No le hice mucho caso, así que he bajado nuevamente la cabeza hacía el ordenador intentando comprender la infinidad de informaciones que había sacado en las búsquedas en internet. No sé lo que me pasaba, pero en ese momento no lograba recordar nada y sentía mi cerebro como si estuviera ardiendo por demasiadas informaciones. Respiré profundo y me tranquilicé: pensé que aún quedaban tres semanas antes de enviar mi disertación al profesor. De repente la voz volvió a romper la paz alcanzada hace algunos segundos:

– Tío, mira, yo me voy a pedir una pizza, si no me dices lo que quieres en dos minutos, te quedas sin nada…

Volteo mi cabeza hacia él con dos movimientos espasmódicos causados por un escalofrío de nerviosismo:

– Gabri, pero por una puta pizza… ¡Déjame en paz por favor!

Me miraba casi con cara de perro abandonado y pensé que probablemente no estaba enfadado para nada puesto que no reflexionaba sobre el hecho de que yo le había permitido quedarse en mi casa para hacerme compañía durante estas tardes de estudio (eran los primeros días de verano, así que mis padres se iban en el pueblo de Monteriggioni, en Toscana, para visitar mis abuelos). Ese tonto era mi amigo desde siempre y no quería dejar de soportarlo en ese momento. Así que me disculpé, saqué un par de cigarros y, después de ofrecerle uno, le pedí que trajera dos vasos limpios al jardín para pasar media hora en paz frente a unos tercios de cerveza artesanal. Nos dirigimos a la parte de atrás de mi casa, en el jardín, y pedimos la pizza que él tanto quería. Cuanto más lo miro, más me pregunto cómo podría prescindir de él a pesar de que solo quería ponerle las manos alrededor del cuello. Es extraño cómo a veces nos vienen estos cambios de humor y, al menos en lo que me concierne, te hace sentir imbécil repensar en tu estado mental de cuando te enfadas por cualquier estupidez. Es como si te estuvieras juzgando tu mismo y sientes esa acre vergüenza que nadie puede ver: mejor así. Quién sabe lo que tanto le interesaba de mi… quizá son las casualidades de la vida que unen a las personas… Hasta ahora nunca entendí lo que nos liga tan estrechamente desde el primer día que nos encontremos; hay quienes llamaría a esto perfección, yo las llamo rarezas. Así que nada, me olvidé de todas las malas vibraciones y comenzamos a hablar sientados en el jardín, esperando las pizzas mientras sacábamos dos tercios helados. Nuestras charlas consistían en asuntos que cualquier chico de 23 años podría hacer: música, videojuegos, universidad… lo habitual. Hay que decir que no hablamos mucho de deportes porque no nos importaba demasiado, en realidad todos los niños del pueblo donde vivimos, o más bien de toda la nación, están obsesionados con el fútbol, pero a nosotros y a otras pocas personas estas cosas les pasan desapercibidas. Nos divertimos driblando un poco entre amigos, eso sí.

– ¡De todos modos esta cerveza fresca con este solecito es de locos! – exclamó Gabriel.
– ¡Mola tío! Pero no pongas tu vaso al lado de la silla, ¡seguro que la patearás!
– Tranquilo.

Obviamente, mi querido amigo… ¿cómo no? … el chico aquí tiene la delicadeza de un elefante en el manejo de cualquier cosa y creo que lo sabe muy bien, ya que cada vez que lee la hora en su móvil lo hace a través de una densa red de cristales rotos. En ese momento tuve como un déjà vu de nosotros en el mismo jardín hace unos años, sentados en las mismas dos sillas frente al olivo de mi abuelo. Una leve brisa que hacía cosquillas al follaje de los árboles y movía imperceptiblemente esos pocos trapos de nubes presentes. Así empezaban a sucederse los días cuando éramos niños: bicicleta, la escuela, las primeras vueltas en el scooter, los primeros rollos amorosos y todos esos pequeños momentos en los que a veces se reflexiona sin razón precisa. Lentamente empezamos a recordar todas esas pequeñas cosas o eventos que tienen como escenario el lugar donde vivimos: la aburrida provincia de Casnate con Bernate, un pequeño pueblo en la provincia de Como, en Lombardía…

– ¿Te acuerdas de cuando mi madre nos pilló sobre el mismo scooter, tío, que no llevabas tu casco? – le pregunté curioso.
– Hostia, Simo, esa vez tuve suerte, hermano. Al día siguiente te enfadaste un montón conmigo porqué olvidé las llaves en el coche de mi padre.
– Ya, me lo creo bien, tonto; recibí un montón de bofetadas por ella… Te lo juro que si hubiéramos tomado la ruta más rápida para ir a casa de Giulia no nos habría visto…
– Ya… puta gasolinera… pero bueno las bofetadas de tu madre no son la cosa peor que te pasó ese año, ¿verdad?

Verdad, pensé yo. Un día de verano, cuando mis padres estaban en Toscana, hicimos una pequeña reunión con algunos amigos que no veíamos desde hacía unos meses. Esa noche fuimos todos a comer un bocadillo de un pequeño camión de comida al lado del bar donde solemos juntarnos: tomamos unas cuantas cervezas y luego nos fuimos al parque de nuestro pueblo. Continuando el discurso de antes dije:

– Sí, las dos botellas de vino para terminar la noche habría sido mejor no tomarlas.
– Verdad, tío, fue la cosa peor en toda mi vida – respondió él.

Estaba un poco hiperactivo por el alcohol y quería subir los tres bloques de piedra natural que bordeaban la gran escalera que conduce a la entrada del edificio del ayuntamiento. Recuerdo haber llegado arriba. A mi derecha estaban las escaleras normales y a mi izquierda la oscuridad. Mi cerebro podrido estaba convencido que solo había un suave césped debajo, así que me ahora me daban ganas de saltar. De repente es como si me hubiera teletransportado de pie en un banco frente la puerta principal, con mis amigos, que me rodeaban y llamaban por mi nombre, sin comprender lo que estaba sucediendo. Dije con total tranquilidad:

– Chicos, no sé si estoy reventado o qué…. pero creo que me voy a casa … – parecían todos sorprendidos.
-Hmmm … – murmuró Luca, un chico que estaba con nosotros – Mira, hemos llamado a la ambulancia, te caíste de allí y parecía que te ibas a morir; estábamos muy preocupados – añadió, mientras que indicaba la posición por donde caí.

Debajo de mí no había césped, sino una pequeña acera de mármol que conectaba la salida de emergencia del edificio comunal por debajo de las escaleras con el sendero principal donde se sitúa la entrada al parque.

– Menos mal que, en fin, no ha sido nada grave. – dijo Gabri. Pero nos asustaste mucho. Allí, ¿quién fue el tonto?

Lo miré sonriendo levemente y sin decir nada porque me avergonzaba un poco, pero de repente pensé en Mol y le pregunté:

– Oye, ¿te acuerdas de que Mol escribió una canción sobre lo que me pasó ese día?
– ¡Moool! – exclamó, seguido de una pequeña risa – Qué loco ese tío, ¿cuántas canciones ha escrito? ¿mil o algo así no?
– Escucha – le dije – el otro día me dijo que su promedio era de 0.86 canciones escritas cada día. Lástima que cuando canta parezca una gallina, pero lo quiero igualmente.

(Ruido repentino de vidrio chocando contra el suelo).

– ¡Gabri, eres una idiota! – el tercio de cerveza se había derramado sobre la grava del suelo.
– ¡Nooo, Joder! Simo, lo siento mucho, sabes que no fue mi intención… – dijo, intentando defenderse de mis ojos acusadores.
– Claro que no es intencional, ¡si uno es tonto es tonto, tío! Vete a la cocina y tráeme el recogedor, porfa…

Sin decir nada se fue, y mientras él no estaba, mi nerviosismo por tener a ese tío allí estaba regresando igual que antes, sin que me diera cuenta. Luego levanté la vista y esa sensación se quitó en un instante. Vi un cielo rosado y naranja, el sol se estaba poniendo. No me había dado cuenta de que el mundo se había vuelto de ese color. Las casas adosadas en la calle donde vivo tenían el mismo color que el cielo en ese momento y se mezclaban con la atmósfera, volviéndose casi invisibles a mis ojos. Ese sol mágico hizo como si estuviera dentro de un sueño. No es la primera vez que me quedo mirando esos atardeceres olvidándome de todo. La situación recordaba tanto un mundo onírico que tanto vivir esos momentos como recordarlos me provoca una lacerante sensación de nostalgia. Las mariposas en el estómago, sin embargo, no desaparecen…

Hoy no veo ese cielo rosado. Estoy aquí. Solo, atrapado en mi piso y no puedo salir. Lo único que me gustaría es poder regresar a estas situaciones, buenas o malas, y poder ver a mis seres queridos nuevamente. En este preciso momento, estoy lejos de mi país para tratar de obtener un postgrado en mi carrera, pero, para que esta situación termine, me veo obligado a quedarme en casa; también tengo que participar en videoclases que no logran estimular mi interés … No sé si servirá de mucho, la verdad, pero, sin embargo, tengo que asistir a los cursos porque la universidad local ofrece específicamente este apoyo a estudiantes como yo. Últimamente he estado bastante deprimido y esto me ha desconcentrado mucho. Pensar en ese día con Gabriel, en todos mis amigos, en mi madre cuando se enfada conmigo…. me sirve para recordar que, tarde o temprano, volveré a vivir la vida fuera de estas cuatro paredes. Hoy han pasado exactamente dos semanas desde que mi compañero de piso regresó a casa de sus padres, mientras yo pagaría para que alguien zumbara a mi alrededor para fastidiarme un poco más que el tiempo de una rápida llamada por el móvil. Estoy en la cama tratando de estudiar las pocas cosas que puedo recordar porque mi cabeza está tan llena como el cenicero en la mesita de noche. Tengo suerte de que un compañero de curso viva en la planta de arriba y se preocupa por hacerme las compras cuando es necesario, y me visita las muy pocas veces que no se queda estudiando en la biblioteca durante todo el día.

¡Joder! ¡Esa puta bicicleta! ¡Que se vaya a la mierda aquel día que me rompí la rodilla!

ALEXANDRA RODRÍGUEZ ACEVEDO

ξξξ

CAJA MUSICAL

Mi abuela tenía una vieja caja musical. El roble oscuro había perecido poco a poco ante el paso del tiempo. El barniz que la recubría era casi inexistente, en sus bordes se asomaban grietas y en su interior la bailarina que se movía al son de la música había perdido sus colores. Podría tener más de sesenta años, pero su sonido seguía siendo igual de melodioso. Cada nota de Moonlight Sonata inundaba la habitación con sentimientos de nostalgia y tristeza.

Recuerdo que durante las tardes de invierno veía a la abuela observar aquella caja fijamente, unas veces escuchando su triste melodía, otras veces contemplándola en silencio. Siempre fui una criatura curiosa, así que yo me dedicaba a observarla con la misma dedicación que ella observaba su caja, preguntándome cómo era posible que aquella anciana de mirada melancólica fuera la misma persona sonriente de las fotos que adornaban las paredes.

Su cabello, que en su tiempo había sido largo y hermoso, casi había desaparecido por completo, era mejor así, hacía mucho que ni siquiera se molestaba en cepillarlo. Tampoco quería cambiarse de ropa, a decir verdad, no recuerdo haberla visto nunca más que con los mismos tres suéteres deslavados, su falda larga y sus feos zapatos. De no ser por mi madre, que la obligaba a levantarse y darse una ducha de cuando en cuando, creo que no se abría levantado de su cama nunca.

Pese a los esfuerzos de mi madre, la abuela no hacía más que sentarse en el sofá con su caja musical. Su mirada gris se perdía en la nada, de vez en cuando de sus ojos salían lágrimas que escurrían debajo de sus anteojos y se desbordaban surcando su mejilla llena de arrugas. De su boca se escapaba un sollozo y cuando cubría sus ojos con sus delgadas manos temblorosas, yo me acercaba a ella, intentando consolarle, fuese cual fuese su preocupación. Intentaba calmarse y me decía que todo estaba bien, pero yo sabía que no lo estaba.

El proceso se repetía todos los días, ella observando su caja musical, yo a ella atentamente. Parecía que la vida se le escapaba con cada sollozo, cada cabello blanco que abandonaba su cabeza, cada diente que dejaba su boca, cada nueva arruga. Lo que ignoraba en ese momento era que la vida la había abandonado hace ya mucho tiempo.

Mi abuela supo que se había enamorado a los dieciocho años. Lo descubrí en un cuaderno de páginas amarillas cuando yo tenía esa edad, mientras husmeaba entre las cosas viejas que guardaba celosamente en su armario. Cuando comencé a leer la historia que abarcaba la totalidad de sus páginas me tardó un tiempo entender que aquello era un diario.

Había conocido al misterioso L.R. desde que ambos eran niños. La amistad entre sus familias los había hecho crecer juntos. El amor surgió poco a poco, a pasos lentos, sin esperarlo, entre la inocencia de la infancia y la vivacidad juvenil. Los juegos fueron reemplazados por besos y caricias a espaldas de los otros. Era el tipo de cosas que había que guardarse en secreto, el pudor, el recato, la imagen de una señorita ante la sociedad eran lo más importante.

La caja musical fue un regalo de su amante. Se la entregó en su cumpleaños número diecinueve junto con la promesa de que, en el futuro, de alguna manera, estarían juntos. Pero nada sucedería así, como buena hija, unos meses después tuvo que casarse a conveniencia de su padre. No podía quejarse de la elección, más allá de su personalidad taciturna y los arrebatos de ira incontrolables, tenía un buen marido a su lado.

La vida intentó continuar normalmente, si es que la normalidad alguna vez había existido. El matrimonio tuvo cuatro hijos y no tardó en adaptarse a la monotonía de la vida conyugal. Aunque entre los jóvenes un romance clandestino seguía su curso ininterrumpido. En su interior, la esperanza de romper el silencio y cumplir la promesa que se habían hecho, aunque fuera en un futuro muy lejano, estuvo siempre latente.

L.R. evitó casarse hasta donde le fue posible, manteniéndose fiel, cerca de ella. El secreto permaneció oculto en las sombras, asomándose de cuando en cuando entre las miradas fortuitas, las manos entrelazadas debajo de la mesa, las caricias sutiles y los besos a escondidas. La amistad de hace tantos años justificaba las visitas constantes, las muestras de afecto en público y la correspondencia ininterrumpida.

Pero aquello que se guarda en las profundidades encuentra su camino a la superficie tarde o temprano. Fue mi abuelo quién descubrió la traición con sus propios ojos. Sorprendentemente no reaccionó con violencia, debió entender que los problemas que este tipo debían resolverse desde su raíz. Unió sus fuerzas con la familia de L.R.

Mi abuela fue forzada a alejarse, a olvidar completamente a su amante, seguir adelante, continuar con la monotonía de la vida, cuidar de sus hijos, condenada a callar… a no mencionar ni una sola palabra a nadie, para así mantener la honra de su familia, de su marido, de ella misma.

El misterioso L.R.… él … mejor dicho, ella… no pudo soportarlo. No soportó los golpes de su padre intentando cambiar lo que era. No soportó el desprecio de su madre, que dejó de verla como la hija cariñosa que siempre había sido y comenzó a mirarla como si fuera una aberración. No soportó ver la decepción en los ojos de sus hermanos, que parecían haberse olvidado de los años de juegos y complicidades, viéndola como a un completo extraño.

Terminó por saltar al río en pleno invierno, sin dar explicaciones a nadie, y sin que estas fueran necesarias. Por si fuera poco, su familia se empeñó en borrar su nombre por completo, como si ella nunca hubiera existido. Como si el pecado que había cometido fuera más grande que cualquier rastro de amor que alguna vez pudieron tener hacia ella.

Pero no sería así de fácil borrarla de los pensamientos de mi abuela, que nunca volvió a ser la misma. Ni siquiera la pequeña felicidad que le trajo ver a sus hijos crecer pudo llenar por completo ese agujero en el pecho que cada día se hacía más grande, consumiéndole la vida, llevándose sus años.
El mundo entonces era diferente, no estaba listo para un amor como el suyo, condenado a quedarse en el silencio.

Cuando supe todo esto, mi abuela ya había dejado este plano. La sonata de Mozart dentro de esa caja musical realmente encerraba una historia trágica.

RUBÉN ALONSO

ΘΘΘ

SIN TÍTULO

El silencio de la noche queda rajado por el grito. Escondes la cabeza bajo la almohada, como si con ello te salvases. No te mueves y no detienes los horrores que tus oídos cazan, las súplicas, los nombres y auxilios. El estruendo sigue, el dolor. Pero de pronto silencio. Rezas para que no vengan, rezas incluso a su Dios, pero entonces escuchas los pasos, más cerca, más cerca. Abren la puerta y…

… la luz te ciega y el frío invernal se cuela por la apertura de la tienda. Un beso en la frente te tranquiliza y recuerda dónde estás.

—Buenos días, mi estrella. —Es tu madre, podrías reconocer el brillo de su voz hasta en el confín más lejano del mar de hielo. El tacto es suave, caliente y puedes oler la salazón de la carne que se está cocinando fuera. Sus pasos son firmes, pero mudos. Su presencia despierta hasta al más perezoso de tus compañeros—. Papá quiere saber si hoy vas a ir con ellos a cazar o si vas a ayudar en el campamento.

Te desperezas como puedes. Es demasiado pronto para tomar decisiones. Remoloneas en la cama, necesitas desayunar y beber agua andes de ser consciente de tu existencia. Solo la promesa de pescado recién cocinado hace que trepes fuera de la cama. Bostezas de nuevo ya de pie, con los ojos aún casi pegados…

… y el mundo gris que crean las paredes de tu cuarto en conjunto con la triste luz de tu lámpara es lo único que te da los buenos días cuando te separas del incómodo colchón. Cuarto y no habitación, y no hogar. Miras alrededor: tu compañera no ha vuelto en toda la noche.

Caminas despacio por los pasillos, con miedo de encontrarte con alguien que no lleve tu uniforme. Recorres puerta tras puerta con la conciencia muda de todo lo que sucede tras ella, la mudez del inocente que teme por su destino. En silencio y en tránsito a la conciencia, llegas al comedor y coges tu plato…

… El pescado huele mucho y te ruge el estómago.

—Controla a ese monstruo o no volveremos a cazar porque habrás asustado a todos los animales.

El comentario, la risa y la bronca son de tu hermano mayor. La estancia con los Ancianos le ha enseñado a dirigir su propia cuadrilla. Es fuerte y siempre tiene olores intensos: sudor y mar, sangre, pescado, brasas y humo… Se parece mucho a tu padre, pero no es tan sabio como él. No, ese es tu papel.

Tienes muchas ganas de ir con los Ancianos también y que sean ellos quienes te ayuden a marcar tu destino. Tu abuela dice que serás una grandiosa chamana y que, como ella hizo, podrás acompañar a las grandes embarcaciones en el hielo. Deseas recorrer el mar helado. Adoras cuando os reúne a toda la comunidad y os cuenta las historias del pasado, de los grandes héroes que recorrieron el mundo, de los primeros en crear los barcos y en surcar las tierras del confín. Sueñas con llegar a ser como ella, pero…

…El primer timbre te sobresalta. Sientes que se te revuelve el estómago, te tiembla la mano y casi se te seca la boca. Te levantas con dificultad y un escalofrío te recorre la espalda. Tenías hambre, pero no has comido nada: el desayuno sabía a tierra. Cuánto añoras el salado sabor del pescado. Sales del comedor y solo pasar al lado de los hombres de túnicas negras hace que quieras llorar. Vuelves a recorrer los pasillos, más consciente de tus movimientos, y llegas a la enorme aula donde empiezan tus clases de la mañana. Andáis con la cabeza gacha, aunque algunas aún se atreven a mirar bien alto, a llevar la osadía directa a sus ojos. El golpe va a la primera en la fila. El guantazo es seco y resuena en todo el pasillo. Baja la mirada. Pero ahora eres tú quien no lo hace.

—¿Quieres unirte a tu compañera? —Te habla a ti y no sabes si habla de esta noche o de ahora. En cualquier caso, niegas. Asiente—. Abrid los libros por la página sesenta. —La orden es seca y llega antes incluso de que os hayáis terminado de sentar. Si alguien no la ha cumplido cuando él lo haga, recibirá otra enseñanza—. Con la llegada de la cultura, los indígenas africanos dejaron de adorar a los ídolos y aceptaron la fe verdadera, con ello consiguieron alcanzar una sapiencia jamás posible por otros medios…
Dejas de escuchar porque ya te conoces la historia. Después rezáis un Padrenuestro a cuyas palabras no prestas atención y te levantas con el resto de las compañeras. Todas, menos la que miraba a los ojos, la valiente, que tiene una reunión con el profesor. Todas las habéis tenido y solo el recuerdo hace que te tiemble todo el cuerpo. Tragas saliva como puedes y escuchas los gritos…

… de tu hermano, quiere que subas el equipaje y que vayas con tu madre. Cargas unas cajas llenas, pesan mucho, pero eres parte de esa tripulación y debes esforzarte.

—¡Todos a vuestras posiciones!

Subís a vuestras embarcaciones de forma organizada. Tu madre y tú vais en el umiak del centro, tu hermano encabeza la marcha en su kayak. La miras cuando se pone de pie y tragas saliva.

—Demos gracias a la Madre por todo lo que nos da, por el sol, el frío, el calor, el cambio y la permanencia —tu madre recita y el resto del universo calla—. Que la travesía sea próspera y el camino beneficioso.

Los cantos de todos retruenan. Tú cantas con el resto, alto, afinada como tu madre. La naturaleza os apoya y los barcos se mueven con cada golpe de remo que dais. Seguís adelante…

… y en tu habitación sigue sin haber nadie. Tragas saliva con lentitud, habían dicho que iba a llegar una nueva compañera. Sientes un escalofrío en la espalda y te sientas sobre la cama y las horas pasan…

… y todos estáis cansados después de esa jornada. El sol ha caído en el firmamento y el vaho sale de tu boca. Te abrazas en ti misma, acaricias la suavidad de las pieles que te cubren. El aire helado entra por tu nariz y quema. Disponéis los fuegos y te acercas al quemar distinto que te proporciona, al confort del calor de la llama.

Huele también a pescado. Huele a los animales que habéis cazado. Tu abuela enseña a algunos las hierbas que ha comprado a otros navegantes, muy distintas a la yerba baja que sale en el desierto gélido, muy distintas a las que conoces. Respiras despacio y disfrutas del aroma. Es dulce, pero fuerte, aunque queda camuflado por el salado y la sangre. Das gracias a que no te haya tocado hoy limpiar los peces.

Miras a todos y sonríes. Las luces brillan y danzan con ellos, saltan, cantan y corren. Aplaudes y cada golpe es hasta doloroso por el frío. Sueltas una carcajada cuando tu hermano se cae en uno de sus saltos, aunque intentas corregirte de forma rápida para que tu gesto no suponga una ofensa. Ríes hasta que te duele.

—Viene alguien. —Escuchas a tu madre y te giras. Llevan ropa distinta y no los conoces…

… Su uniforme es ceniza y lo cubre todo. Estás en tu cama. Sentada. Te miran y dicen tu nombre, pero tú ni crees oírlo. El pánico te llena cuando entre los dos te agarran y te arrastran. El pasillo se desdobla en un finito, pero lo quieres hacer eterno, te agrras a este último clavo al fuego. Pataleas, lloras y suplicas. Lloras y gritas. Gritas y suplicas. Prometes ser buena, prometes no hacer nada malo. Prometes no volver a cumplir unos pecados que ni tú conoces.

Pero al final te meten en la habitación. La silla en el centro, ellos a tus lados. Las lágrimas caen ya mudas y tú los miras sin expresión, has aceptado tu destino. Una luz tintinea sobre tu cabeza, huele a humedad, a carne quemada y a sangre. Huele a meados, a vómito y a mierda, a gritos, a llantos perdidos y a últimos suspiros. La cabeza te da vueltas y vomitas. En tu mente solo queda el mar helado.

Escuchan gritos en medio de la oscuridad. Abren los ojos, pero no se mueven. Rezan para que no vengan a por ellos, rezan incluso a Dios. Pero escuchan los pasos, más cerca, más cerca. Abren la puerta y…

esCENAS TEATRALES 2019-2020

RUBÉN ALONSO

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(El escenario es una escena de París, hay una baranda que da al río, una pareja se sitúa frente a ella. La chica va muy bien vestida, pero el chico lleva ropa menos formal, en un lateral hay un coche negro y un señor sentado en él. ARTISTA está situado más cerca del público, pero de espalda. Se escucha el sonido de una cámara. La pareja se mueve molesta y el hombre del coche sale de él, pero se congelan y un foco alumbra al ARTISTA, mientras que el resto quedan en penumbra).

ARTISTA: (Se gira al público). Este fue el inicio del fin, como tantas veces se ha dicho. Era un fotógrafo, no de demasiado renombre, pero sí había dado mis pinitos por aquí y por allí, alguna revista importante, algún medio rico que me llamaba para su boda. (Suelta un suspiro. Se mete las manos en el bolsillo de la chaqueta y mirando al público suelta poco a poco la arena que tendría dentro). Pero todo eso ahora es solo olvido. Miradme, aquí plantado frente a mi obra maestra. La foto perfecta. La pareja quieta, sorprendida ante mi acto. Me miran molestos (Los señala), pero no entienden que han servido a un bien mayor. No. No. (Se mueve por el escenario incómodo. Hay algo que quiere decir, pero no sabe cómo). No. Desde luego que no ha sido para un bien mayor. Ha sido mi muerte.

(La pareja y el hombre del coche empiezan a quitar todo el decorado y se sustituye por una mesa con una máquina de escribir y material de escritura.

El ARTISTA sigue hablando mientras esto sucede).

ARTISTA: Dulce pensamiento traemos las personas, dueñas nos creemos de todos nuestros movimientos, de todas nuestras decisiones. Ya dijeron que polvo somos y en polvo volveremos. He pensado en aquel día desde que hui, apresurado, ante las amenazas de unas personas ingratas. Pero ahora me siento en mi escritorio (Mientras se dirige a la silla y se sienta), frente a esta inútil máquina de escribir (Empieza a teclear palabras) incapaz de escribir por sí misma mientras yo deseo perderme entre los licores de la vida que ya no tengo (Da un trago largo a una botella de alcohol que hay en la mesa). Preguntarme quién soy o qué es la vida o si la muerte es vida sería redundar en otro ejercicio, en otra obra de luces y sombras. No. Tengo claro que la vida ha sido siempre vida y que la muerte ha sido mi última estación. Ahora solo puedo quedarme encadenado en unas palabras que ni siquiera sé cómo decir. (Se pone de pie, pero apoya las manos sobre el escritorio). ¡Qué triste es la vida! ¡Qué triste es la muerte! Sin esperanzas deja al artista y al poeta que narran en versos profanos la historia de hombres necios. No menos necio fui yo. No menos engañado por palabras de belleza e idolatría estuve yo.

(Se apaga la luz un segundo y se ve la proyección de la fotografía de París. Un foco ilumina al artista, pero tiene menos fuerza).

ARTISTA: He aquí mi obra, he aquí lo que yo he creado. Pero ella me mira. Me mira y se pierde entre mis manos como la arena y el polvo. Se pierde entre mis manos como las babas del diablo que persigo vislumbrar, se pierde como lo efímero del reloj. (Suspiro con pesadez. Está cansado, pero a la vez siente cierto miedo. No termina de acercarse a su foto. La proyección cambia de vez en cuando). ¡MIRADLA! Mirad a esta hija indeseada, a esta promesa. Yo la capturé en el momento de su nacimiento, yo la hice, yo la vi nacer. En ese día, en esa escena, en ese paraje. ¡Miradla! Encerraos vosotros conmigo en esta cárcel de la que no soy capaz de salir, entre estos barrotes de la no vida. (Se sienta de nuevo en el escritorio e intenta de nuevo escribir. Pero no lo consigue y acaba por tirar los papeles). ¡Por qué es este mi castigo, mi pena!

(Entra OBRA DE ARTE. Va de negro y lleva una máscara).

Prosas

ANDREA ESPADAS UREÑA

ΛΛΛ

SIN TÍTULO

Recuerdo tu grito, tu inmediata caída y los alaridos de papá; también la llamada precipitada, las luces y las prisas, y a los médicos intentándote estabilizar. Decían muchas cosas, muchos nombres, muchas cantidades exactas. También se oían llantos, muchos. Papá tuvo que salirse de la sala. No era capaz de mirarte y soportar la situación con serenidad. Yo, en cambio, me quedé dentro. Te resististe, no pudieron hacerse contigo. “Nos lo tenemos que llevar ya. No podemos perder más tiempo”.
Papá arrancó el coche al mismo tiempo que la ambulancia en la que ibas salió del pueblo para dirigirse al hospital. Fuimos detrás de vosotros durante todo el trayecto. Mientras tanto, llamé a mamá. Había que decírselo. Podían oírse sus lamentos al otro lado del teléfono. Más tarde me enteré de que había sufrido un ataque de ansiedad por la noticia. Me lo contó Juan. Eso no le impidió coger el primer tren desde Madrid a Ciudad Real para estar contigo. Papá, por su parte, no abrió la boca en todo el viaje. Ese silencio se mantuvo hasta que llegamos a la puerta de urgencias. Salimos del coche y me agarró de la mano de una forma en la que jamás lo había hecho. Dijo que me quería. Hacía tiempo que no se lo oía decir.
Entramos en urgencias y permanecimos en su sala de espera hasta que dijeron tu nombre por megafonía. Papá estaba sentado en uno de esos sillones incómodos de los hospitales. Estaba tan sumido en sus pensamientos que ni siquiera se percató de la llamada que nos estaban haciendo. Tuve que darle en el hombro para que reaccionara. Y lo hizo. Saltó del sillón y nos dirigimos a la zona de voxes. Allí estaba el neurólogo esperando para informarnos de las últimas novedades sobre tu evolución. No obstante, no hubo evolución, sino retroceso. Habías entrado en coma y, por ello, te habían trasladado a la unidad de cuidados intensivos. Tu estado era de gravedad extrema. Mientras que el médico hablaba, papá no decía nada. Fui yo la que me encargué de dar respuesta a las indicaciones del doctor. Sus ojos pedían que le hiciera ese favor.
A nosotros también nos trasladaron a la sala de espera de familiares con pacientes en UCI. Eran las cinco de la mañana cuando eso ocurrió. Tres familias nos acompañaban. Las caras de esas personas también transmitían preocupación y tristeza. Eran calcos exactos a la de papá. El médico nos dijo que nos iban a llamar para verte. Esa visita tan solo podía durar diez minutos. Papá, al mismo tiempo que colocó sus brazos en las rodillas y sus manos en la cabeza, me dijo que no quería entrar, que no quería verte así, pero terminó cambiando de opinión.
Minutos antes de entrar, llamaron a otra de las familias que estaban allí. Nosotros nos quedamos en la puerta que daba entrada a esa unidad. La familia, compuesta por tres chicas jóvenes y un hombre entrado en edad, empezó a lanzar gritos al aire, a llorar, a patalear en el suelo, a abrazarse los unos a los otros. Papá, observador de esa situación, no pudo evitar vomitar. Le trajeron una tila. Me dio un abrazo. Tomó aire. Entramos. Papá te vio enseguida. Se acercó lentamente. Estabas rodeado de aparatos y cables. Tu cuerpo tenía muchas vías. Él, al principio, no quiso tocarte. Te observó durante unos minutos sin decir nada. Después, se inclinó, acarició tu frente y te dio un beso. De inmediato, salió del vox del mismo modo en que entró, callado y cabizbajo. Y yo le seguí.
Las luces de la sala de espera ya estaban apagadas. Papá se sentó y permaneció en silencio durante un largo rato. Yo estaba a su lado. De repente, se incorporó, cogió una de mis manos, se agachó hasta situarse a mi altura y empezó a llorar, a llorar como nunca antes lo había hecho. Se derrumbó. Empezó a gritar, a decir que, por qué tú, que por que a ti que tenías toda la vida por delante, que te reemplazaba, que él ya tenía la vida hecha. En ese justo momento, mamá apareció por el umbral de la puerta. Ambos se miraron con ternura, con lágrimas en los ojos, con complicidad; con la complicidad con la que se pueden observar dos personas que habían compartido 30 años de su vida y dos hijos; después de años sin verse, sin hablarse y sin llamarse, se fundieron en un abrazo olvidando sus problemas y priorizando el motivo que les había hecho reencontrarse: tú, Edu.

ANDREA ESPADAS UREÑA

ℑℑℑ

MANUAL DE AUTODESTRUCCIÓN

Pensaste que nadie vendría y, al contrario de lo que tu mal juicio te hizo creer, casi todos vinieron. Pero, bueno, en realidad, era algo que te esperabas, ¿no? No debería sorprenderte, pues ya sabes cómo es el mundo en el que te has construido y derruido a ti misma en estos 57 años; en resumidas cuentas, un palacio de cristal que brilla por fuera y apesta a mierda por dentro. Recuerda: las apariencias son muy importantes, querida. Ayyy… de qué poquito te ha servido luchar durante todos estos años. Ese ser… ese ser que llora desconsoladamente al lado de la chimenea te ha anulado como persona. Menudo personaje. Menudo papelón el suyo. Si Hitchcock alzara cabeza desde su tumba, probablemente le haría protagonizar su Crimen perfecto, vamos…sin lugar a dudas. Estúpido. Payaso. En lo que a ti respecta, has sido una frustrada durante toda tu maldita vida, pero… lo cierto es que tampoco le puedes culpar a él de todo. Tú eres la principal responsable de haber sido una aburrida fracasada en las dos últimas décadas; tú, y, bueno, también tu espondilitis anquilosante. Esa enfermedad te hizo abandonar el bufete con 35 e inevitablemente buscar otros entretenimientos que se ajustasen a las tareas en las que una mujer de tu posición debía ocupar su tiempo libre. ¿Manicuras y pedicuras? ¿Tardes completas en centros de belleza? ¿Mañanas enteras comprando cosas que nunca te pondrías para suplir el vacío que llevabas dentro? ¿Conversaciones banales en estúpidos cafés con mujercitas más estúpidas si cabe que tienen la cartera llena por la misericordia de sus maridos? Pues sí, eso hiciste, y eso fue lo que terminó por sumirte en la profunda depresión que arrastraste hasta hace no mucho. Fueron innumerables las noches y los días en los que te sentiste sola y ausente, sin nadie que te dijera “tranquila, estoy aquí para ti”, pues desafortunadamente lo que tenías por marido cumplía mejor las funciones de mesilla de noche que de compañero de vida. Tuvo que sonar el teléfono para que tu malestar mitigase: “Enhorabuena, la última inseminación ha sido exitosa. Está usted embarazada”. A tus 40 años, madre. Y qué bendición. Esa muchachita que ahora sufre en silencio tu muerte te ha enseñado tantas cosas… Aunque, bueno, has de reconocer que su nacimiento, aunque te colmó de alegrías, trajo también consigo muchas decepciones: engordaste 25 kilos de lo cuales tan solo fuiste capaz de adelgazar 10 en lo que te restó de vida; tu cuerpo pasó de suscitar pasiones a provocar indiferencias; la preciosa melena rubia de la que tanto presumías perdió todo su brillo y también una cantidad considerable de pobladores por el estrés; las arrugas se incrementaron por el insomnio; tu voluminoso pecho cayó al mismo tiempo que celulitis y estrías invadieron tu trasero; y, bueno, qué decir de tu piel… pues que su tersura desapareció de igual modo que lo hizo tu libido. Si lo que tenías por marido hasta el momento era algo mas parecido a un mueble que a un hombre, terminaste por deshumanizarlo con tu aspecto y carácter. Tampoco deberías culparte por ello, lo compraste así, su parsimonia y dejadez venían de serie. ¿Qué quizá te engaño con una niña de tetas firmes y culo bien puesto por eso? Pues posiblemente, ¿y qué? Tú nunca lo quisiste, no debería afectarte. De lo contrario, lo hizo. Tu ego, ¿verdad? No sé si te habrás dado cuenta, pero siempre terminas culpándole a él de todo. No se portó bien ni contigo ni con la niña, pero no fue para tanto, ¿no? Quizás deberías llevar a cabo un ejercicio introspectivo sobre tu conducta (ya te lo decía tu psiquiatra y no le hiciste ni puñetero caso); a fin de cuentas, la que ha sido asesinada de dos tiros en la cabeza has sido tú y no él, por algo malo…muuuuy malo. Oh, ¡pobre Misifú! Eres incongruente, y lo sabes, que no es lo mismo que puta loca, que fue lo que dijo Teresa cuando decidió abandonarte por otra. Ay… es curioso, sin darte cuenta te has convertido en la Joe Gillis de tu propia película, pero sin un Billy Wilder que la dirija.

ANDREA ESPADAS UREÑA

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LA FAMILIA (RELATO CREADO A PARTIR DE UN INICIO DADO)

La primera vez que le eché la vista encima, en el interior de un Rolls-Royce Silver Wraith, junto a la terraza de The Dancers, Terry Lennox estaba borracho. El guardacostas había traído el automóvil hasta la entrada y mantenía la portezuela abierta porque el pie izquierdo de Lennox seguía balanceándose fuera, como si su propietario hubiera olvidado que le pertenecía. Ese pie. El balanceo de ese pie izquierdo. Ese pie que imitaba los movimientos de un péndulo, excepto por su recorrido curvilíneo. Ese pie ha dejado de ser pie para convertirse en foto. No soy capaz de evitar su recuerdo. Antes resurgía en mi mente sin razón aparente. Ahora…ahora es otra cosa. Ahora lo entiendo todo. Ese pie izquierdo fue el presagio que pasó inadvertido ante nosotros, el detonante que marcaría el después de nuestra vida. Terry Lennox y su Rolls-Royce Silver Wraith hicieron acto de presencia en esa noche de verano con un fin: evidenciar el sino paradójico que el universo adverso y la superficialidad de Nueva York nos tenía preparado.
Lennox, Ter para los amigos (Terry constituía, a su juicio, un uso demasiado formal en estos círculos en los que se estimulaba la buena vida) era un mix de lujo y decadencia. Su consciente condescendencia no logró pasar desapercibida ante el tumulto de gente que bebía descontrolada y frenéticamente tragos de Cousin scotties y Satan’s circus. Su arrogancia abrumó a los que osaron ocupar la mesa que solía inundar de rastros de cocaína y billetes de 100. Y, bueno, también a los que contemplamos la situación desde fuera. Sus trazas de gánster y aires despreocupados captaron la atención de todos, aunque, principalmente, la de señoritas dispuestas a abrirse paso en aquello que nosotros solíamos llamar el succionador de las buenas intenciones.
Ter logró hacerse con la sala en cuestión de minutos. Los que no lo temían, lo alababan, y los que lo temían tampoco perdían el tiempo si el asunto radicaba en comer culos por conseguir una buena retribución de favores. Copas por aquí, popper por allá. Dinero en la mesa. No mucho más. He de reconocer que, a pesar de que la situación me repugnaba, fui el primero en sentir interés por este curioso y extravagante personaje. Tenía algo de lo que el resto de sus congéneres no podíamos presumir: poder. No hablo de dinero, eso nos sobraba a todos los presentes. Hablo de poder. De poder real. De capacidad persuasoria. De virtuosismo. De atracción. De cosas que no estaban a nuestro alcance y que tampoco lo estarían en lo que nos restase de vida. O sí.
Mi mesa estaba ubicada en una posición estratégica. Era capaz de divisar al camarero, a mis clientes y a Ter. Todo lo que me interesaba lo tenía a mi alcance. Mi esposa no podía decir lo mismo. Me tenía al lado, pero era consciente de yo estaba ausente, y yo de que ella estaba molesta. Es normal, lo entiendo, no le había hecho ni caso en toda la noche. Podía percibir su mirada molesta, los golpecitos por debajo de la mesa, su mueca de disgusto. Ella, a pesar de hallarse sumergida en una conversación intrascendente con las esposas de mis socios -los cuales también estaban presentes en la tertulia-, no me quitaba ojo de encima. Tampoco mis colegas. De repente, uno de ellos, Charlie, me abordó con una pregunta inesperada: “¿Te interesaría conocerlo?”, a lo que yo respondí, “¿Cómo?”, él repitió su pregunta y añadió “Es al único que has prestado atención en toda la noche. Doy por supuesto que te gustaría que te lo presentara. Lo conozco. Transacciones comerciales, ya sabes. Ven”.
Esa noche, a pesar de la borrachera de Ter, dimos inicio a tres relaciones que nos unirían para siempre: una, la esperable, la de negocios, otra que es la que yo consideré como imprescindible hasta el día de hoy, y otra…otra de la que ahora me percató de que tan solo fui un peón. Él también impuso la segunda de las relaciones como imprescindible, pues la tercera lo requería y yo, iluso de mí, se lo puse en bandeja. Lo cierto es que para Ter la vida era como un tablero de ajedrez, todo giraba en torno a un jaque mate al rey. Y él necesitaba sacrificar a sus peones para ganar la partida. La confianza para él fue un factor clave; en cambio, en lo que a mí respecta, fue una pieza más, aunque fundamental, para construir aquello que la gente como yo solemos llamar amistad.
La línea divisoria entre nuestras noches de negocios y de descontrol era prácticamente inexistente, tan fina como la cuerda en la que nos movíamos tratando de disuadir a la policía, a la que teníamos pisándonos los talones. Nuestras transacciones comerciales cada vez eran más…cómo decirlo… aventuradas. Todas las noches algún muerto; según Ter, por la falta de compromiso y fidelidad a la familia. Es cierto. La familia era lo más importante para mi amigo. Era italiano y como italiano criado en buenos valores la familia era lo primero. Todo giraba en torno a ella: si dañaban a uno de sus miembros, nos dañaban a todos. “Querido, nosotros solo defendemos lo que es nuestro. Todos los hombres saben que toda acción supone represalias. No te preocupes. Te acostumbrarás”. A veces, llegué a sentir que Ter, más que un amigo, era un padre. Me protegía. Nadie antes se había preocupado en hacerlo. He de reconocer que me hice hombre a su lado; los valores que predicaba tanto con hechos como con palabras los hice míos. “La familia está por encima de todo”.
Estuve años repitiéndome esa frase y actuando en consecuencia. Yo ya era uno más de la familia. De hecho, uno de los más importantes. Todos me respetaban. Para ellos me había convertido en el segundo Terry Lennox. Nadie podía imponerme nada, excepto Ter. Su palabra era la de Dios.
“La familia está por encima de todo”. Estaba repitiéndome esa frase cuando Ter me llamó para quedar en The Monkey’s Bar. Un encargo. Era un encargo. Un encargo que me descolocó. No se correspondía con lo que yo había aprendido de Ter. La familia… y, entonces, ¿por qué esto…? No fui capaz de entenderlo, pero mis acciones ya estaban programadas. Solo existía esa opción…bueno, no era la única… En el otro lado de la balanza estaba… pero esa, en ese instante, ni siquiera la barajé. Ahora creo que hubiera sido mejor.
Me dirigí a su casa. Según Ter, en la cena tan solo íbamos a estar presentes ella, él y yo. Los niños estaban en casa de la nonna. Sin embargo, cuando llegué, solo me encontré con ella. Lo esperamos durante un largo rato, pero se hizo tarde y empezamos a cenar. Ter no venía. Él prometió que me ayudaría con lo más rudimentario. A pesar de eso, a pesar de que no cumplió con su palabra en ese sentido, yo tenía que actuar. Mi cometido de la noche era ese. Así que, cuando se dio media vuelta, tal y como me pidió Ter, comencé a ahogarla. Se resistió. Pero terminé cumpliendo mi objetivo. No pude evitar vomitar. Ella…ella también era parte de la familia, de mi familia. Inmediatamente después, llamé a Ter desde la casa para transmitirle la noticia. Pero nadie respondió al otro lado del teléfono. En ese instante, me di cuenta de que Ter, mi querido amigo Ter, me la había jugado.
Traté de huir lo más rápido que pude, pero mis intentos fueron vanos: todas las salidas estaban bloqueadas. Las sirenas no sonaban, pero las luces rojas y azules atravesaban todas las ventanas de la casa. Fue cuando entendí que todo había terminado para mí. Así que, me senté y esperé, esperé la absolución final, el juicio que tenemos que experimentar los infieles que traicionamos a Dios por no traicionar a los que nos dieron asiento en su mesa; me senté exactamente en la misma posición y dándole vueltas a las mismas ideas que no han dejado de atormentarme durante los 1345 días que llevó aprisionado en esta celda. La primera vez que le eché la vista encima, en el interior de un Rolls-Royce Silver Wraith, junto a la terraza de The Dancers, Terry Lennox estaba borracho…

ALEXANDRA RODRÍGUEZ ACEVEDO

♣♣♣

SILENCIO

De pronto el inconfundible sonido de un disparo, otro, uno más.
El pánico invadió a las más de mil personas presentes que buscaban frenéticamente algún lugar donde esconderse. La imagen de una multitud corriendo en nuestra dirección parecía sacada de una película de apocalipsis zombi. Me encontraba completamente paralizada, veía a las personas gritar, pero a mis oídos sólo llegaba silencio. Un brusco jalón me trajo de vuelta a la realidad, había que buscar un lugar seguro. Mecánicamente mis pies me llevaban hacia donde los demás se dirigían.
No pude evitar que mis primeros pensamientos conscientes se dirigieran a él. Sabía que estaba ahí, busqué su rostro entre todas las caras, pero no logré encontrarlo. Rememoré instintivamente nuestra última conversación, gritos, insultos, lágrimas y hasta una vasija rota. De un tiempo a la fecha esto era habitual entre nosotros, parecía que tantos años de relación habían logrado desgastarnos.
El móvil, contesta, contesta, contesta… nada
Aún así, seguíamos juntos, dudaba si aquello era porque ambos nos aferrábamos al cariño que una vez nos había unido. Podría ser sólo la presión de nuestras familias, el orgullo de no aceptar que al final no hubiera funcionado, la comodidad de no tener que conocer a nuevas personas, evitar tener que dar explicaciones.
Vamos, contesta, contesta, contesta … buzón
En un momento de furia incluso había pensado que sería mejor si él despareciera de mi vida, las cosas serían más fáciles, no tendría que tomar ninguna decisión, ni cuestionar mis emociones. En mi interior deseaba que él simplemente se hartara un día y se fuera sin decir más. Sin embargo, ahora que la idea de perderlo se hacía palpable, sentía la angustia tejiendo nudos en mi pecho, me faltaba el aire.
Un intento más, alguien atiende, “¿conoce usted al joven…?” “Es mi novio” “Lamento tener que darle esta noticia” Todo volvió a ser silencio.

ALEXANDRA RODRÍGUEZ ACEVEDO

ΦΦΦ

CAJA MUSICAL

Recuerdo que durante las tardes de invierno veía a la abuela observar aquella caja fijamente, unas veces escuchando su triste melodía, otras veces contemplándola en silencio. Siempre fui una criatura curiosa, así que yo me dedicaba a observarla con la misma dedicación que ella observaba su caja, preguntándome cómo era posible que aquella anciana de mirada melancólica fuera la misma persona sonriente de las fotos que adornaban las paredes.
Su cabello, que en su tiempo había sido largo y hermoso, casi había desaparecido por completo, era mejor así, hacía mucho que ni siquiera se molestaba en cepillarlo. Tampoco quería cambiarse de ropa, a decir verdad, no recuerdo haberla visto nunca más que con los mismos tres suéteres negros deslavados, su falda larga monocromática y sus feos zapatos cafés. De no ser por mi madre, que la obligaba a levantarse y darse una ducha de cuando en cuando, creo que no se abría levantado de su cama nunca.
Pese a los esfuerzos de mi madre, la abuela no hacía más que sentarse en el sofá con su caja musical. Su mirada gris se perdía en la nada, de vez en cuando de sus ojos salían lágrimas que escurrían debajo de sus anteojos y se desbordaban surcando su mejilla llena de arrugas. De su boca se escapaba un sollozo y cuando cubría sus ojos con sus delgadas manos temblorosas, yo me acercaba a ella, intentando consolarle, fuese cual fuese su preocupación. Intentaba calmarse y me decía que todo estaba bien, pero yo sabía que no lo estaba.
El proceso se repetía todos los días, ella observando su caja musical, yo a ella atentamente. Parecía que la vida se le escapaba con cada sollozo, cada cabello blanco que abandonaba su cabeza, cada diente que dejaba su boca, cada nueva arruga. Lo que ignoraba en ese momento era que la vida la había abandonado hace ya mucho tiempo…

RUBÉN ALONSO

℘℘℘

SIN TÍTULO

(Sala de estar de un piso cualquiera. Hay una tele encendida de espaldas al público. Al lado de la tele, una mesita con un tulipán marchito. Una pareja sentada en un sofá. No están pegados).
PAREJA 1: (Para sí mismo) La flor se ha marchitado.
(Suena el reloj y se levanta. Coge la botella de agua y riega la planta. Mira la tierra. PAREJA 2 le mira extrañada).
PAREJA 2: ¿Qué haces?
PAREJA 1: Nada.
(PAREJA 1 se sienta de nuevo en el sofá. Sigue con la mirada atenta a la flor).
PAREJA 1: Son ya las doce.
PAREJA 2: ¿Vas a irte a dormir?
PAREJA 1: No. Es 18 de abril. (Es su aniversario).
PAREJA 2: Sí, ¿por?
PAREJA 1: Nada. La flor se ha marchitado.
PAREJA 2: Ya, lo veo.
(Silencio. PAREJA 1 se separa ligeramente y sigue mirando la flor, con más atención).
PAREJA 2: ¿Te pasa algo?
PAREJA 1: No.
(PAREJA 1 se levanta de nuevo. Coge la botella. Bebe agua y luego le echa un poco más a la planta. La flor sigue muerta y empieza a salir algo de agua en el plato y se mancha la mesita).
PAREJA 2: Ten cuidado, van a empaparlo todo.
PAREJA 1: Ya.
PAREJA 2: ¿Estás bien?
PAREJA 1: No.
PAREJA 2: ¿Quieres hablarlo?
PAREJA 1: No. (Silencio). La flor se ha marchitado.
(Silencio).

Haikus

RUBÉN ALONSO

En esta cama
dulce respiración
se ha apagado

***

Polvo y piedra
en manos del minero
negra pizarra

***

En olivo
jornalero descansa.
Calor y viento

ANDREA ESPADAS UREÑA

Desnuda el alma
Dormida la razón
Te respiro a ti

***

El mar en calma,
Tu sonrisa de fondo
La paz que quiero

***

Escóndete de
mi mirada sincera
y no me mientas.

Poemas

ANDREA ESPADAS UREÑA

⊕⊕⊕

OJALÁ

Ojalá y todas las desavenencias, trifulcas, discusiones y tristezas se quedasen enterradas en el pasado y no aflorasen en bares, tiendas y escaparates que me recuerdan que preferiste ser memoria y destrucción de ilusiones.

Ojalá y este dolor que tengo aquí en el pecho no existiera o lo que le da cabida no tuviera razón de ser en la voluptuosidad de este cuerpo que se ha olvidado de tu nombre, pero no lo de lo que este supone.

Ojalá y poder borrar las huellas que dejaste en los recovecos de este pozo profundo, retumbante y sonoro que lucha por dejar de albergar los ecos de tu imagen.

Ojalá y el olor de tu perfume pudiera distorsionarse por la distancia, de igual modo que el viento del sur y el Mediterráneo lo han hecho con tus palabras.

Ojalá y dejar de recrear el contorno de tus labios susurrándome que lograste resurgir de añejas tierras y dejar de ser un trozo de tela rasgado gracias a mí.

Ojalá y el espejo en el que me miro dejase de devolverme un reflejo en el que mis ojos son los tuyos y las manos que acarician este cuerpo ausente no supieran al tacto de tu piel.

Ojalá y el Muelle de San Blas no me trasportarse a la tarde florentina en la que adquirí conciencia de que ni se necesita muelle ni tampoco un barco zarpando desde Nayarit para morir de amor por ti.

Ojalá no haber sido la Meryl Streep de Los puentes de Madison y haber podido entregarme en plenitud al egoísmo y complacencia de la carne sin remordimiento alguno, dando rienda suelta al lado más animal que invita al goce.

Ojalá y no fuera la lluvia la que me ahoga entre sus brazos sino tú, con tu cabello y mirada salvajes.

Ojalá y la tinta que te escribe no brotara de mis lágrimas sino de la pluma que complacido me entregaste.

Ojalá no permanecieses en el olvido por mantenerte en el recuerdo; ojalá pudiera abandonar esta lucha de la que me siento vencida y en la que me veo sumida por tu mirada constante; ojalá no verte tanto, ojalá no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…

Ojalá que ese ojalá de Silvio Rodríguez no te toque ni en canciones.

ANDREA ESPADAS UREÑA

⊂⊂⊂

SIN TÍTULO

En el ocaso que disuelve los días
y la luz de antaño en el reposo marmóreo,
un hálito de labios jóvenes y Cavafis
alumbran de esperanza esta sangre confundida.

¡Qué adorable tentación tenerte a la hora puntual,
entregada a un nombre que abriste al sueño!
Aquí tengo el azul sucesivo de los ojos
que te miran negociando su entrega,
con óxido alegre en las arterias de la memoria,
para nacer de nuevo en tu cadáver precoz,
cuya muerte de delicada humedad en las ingles
sigue traicionando a la sombra como boca inagotable.

Con olor a sur en las entrañas, aquí descanso,
en tu noche transparente y con estrellas pensadas,
denunciando a la soledad en el espejo
cuando tú, de vidrio gentil y casi ilícito,
sorteas el mundo con labios soberanos.

RUBÉN ALONSO

∇∇∇

24601 recuerdos y olvidos

Recuerdo el mar de la playa.
Recuerdo los versos que mi abuela cantaba,
las coplillas de mi abuelo
y los edificios de mi querida Barna.
Recuerdo hasta seis decimales del número pi,
pero no recuerdo a mis primeros amigos.
Recuerdo el estribillo de «Je veux»,
pero he olvidado mis versos favoritos de Bécquer.
Jamás olvidaré el primer beso
ni el verso que escribí cuando lo vi.
He olvidado mi relato favorito,
pero puedo recitarte otros de memoria.
No recuerdo el nombre de la gente,
pero puedo olerles en mi mente.
He olvidado qué es moverme por Barcelona,
pero jamás olvidaré los 734 kilometros que me separan de ella.
He olvidado las normas de acentuación
y hasta la tercera declinación,
pero jamás olvidaré el 24601 de Los Miserables.
Olvido las contraseñas de casi todo,
pero jamás olvidaré mi discurso de graduación.
Recuerdo la playa helada de las costas gallegas,
pero he olvidado todos los pasos que di.
No recuerdo haber empezado a andar
ni las primeras palabras.

Recuerdo leer por mi abuela
y recuerdo leerle las cartas a mi abuelo.
Recuerdo verle en el museo
y recuerdo verle llorar.
Recuerdo las últimas veces que los vi.
Recuerdo la tristeza de perderlos,
pero cada vez su recuerdo se desdibuja más.
Siempre recordaré quererlos.

Hay mucho que recuerdo y mucho que olvido.
No son cincuenta ni doscientas cosas,
y mucho menos las 24601
pero con todas ellas, soy y siempre seré.

Fin de curso 2018

El miércoles 9 de mayo, el último día del curso, nos reunimos en la terraza de la cafetería y cada uno de los protagonistas de este curso leyó un fragmento de un cuento que, por alguna razón, le gusta especialmente. Esta foto nos reúne a casi todos (faltan Jairo, Ainhoa y Juan) poco antes de despedirnos… hasta la próxima. Inma dijo al final, cuando el grupo ya casi se había desperdigado: «os llevo en el corazón». Pues eso.

Muy buena suerte a todos y en todo.

Relatos a tres manos 2018

ALEJANDRO ALONSO
ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO
SERGIO ESPINOSA

A quemarropa. Escrito a tres manos.

Se me puso la piel de gallina cuando sentí la muerte cerca. Al principio es como una ligera brisa que sopla agradable, que siempre está ahí. Pero pronto el huracán llega y sacude todas tus memorias. A mi hermano se le iluminó la cara, como a un niño cuando ve brillar la luna tras una esquina después de su primer beso a oscuras. Pero ¿por qué carajos me estoy acordando de mi hermano? Si el muy hijo de puta se metió con mi esposa, mató a mi perro y me quitó el trabajo de mi vida. Ahora lo recuerdo. Cuando estás frente a la muerte, tu pasado vuelve a ti en ráfagas. Me acuerdo de la cara del hijo de puta de mi hermano porque hubo un día en que fuimos felices. Él robaba pipas de la tienda del Beni y yo distraía a aquella chiquilla con falda corta y piernas largas y delgadas que mascaba chicle con la boca abierta y se quejaba del hogar de acogida en que vivía su primo pequeño, porque solo le ponían lentejas para comer. Nos creíamos una banda de pequeños rufianes. ¡Pero, demonios! ¿Por qué me torturan los recuerdos? So por ese cabrón estoy en estoy. ¡Puta madre! ¡Yo solo buscaba alejarme de aquel lugar, alejarme de él! Y, de repente, los disparos… Y el hielo y los recuerdos… Y él, lejos de mí, lejos de este frío asfalto que destroza mi espalda y se adueña de mi conciencia. ¡Dios! ¡He pisado una mierda de perro! Mierda de perro, como la que hacia el mío, el que mató el hijo de puta de mi hermano. Basta ya. ¡Basta ya! Los pensamientos se agolpan en mi cabeza tanto como la ráfaga de disparos en mi pecho. Queda ya poco por recordar. Queda poco por pensar. Poco por sentir.

No debí llamarlo. Fue el jueves. ¿O el viernes? No, fue el jueves. Solo el silencio me contestó. Como ahora. ¡Maldito canalla! No debí llamarlo…

No, no, no… Fue el viernes, carajo…

GEMMA ALDANA
INMACULADA LAGUNA
JAIME ROSA

67 Segundos

Se me puso la piel de gallina cuando escuché a través de la ventana de mi habitación una ráfaga de disparos. Pero era un sentimiento acostumbrado, ya lo había vivido mil y una veces desde que nos trasladaron a este hogar de acogida de mala muerte. Mi hermano y yo llegamos aquí con quince meses. Desde entonces mi hermano había entrado y salido de todas las bandas que aquí había formadas. El lunes era de la mara Salvatrucha, los martes de la Yakuza, los miércoles de la camorra italiana, los jueves de la Bratvá, los viernes de la MM y los fines de semana los dedicaba a rezar. Pero aquel sábado fue distinto, no se recluyó en la capilla, sino que salió a la calle y se puso a esperar en la esquina hasta que lo recogió un Impala negro del 67. Pensé que en qué mierdas andaría metido esta vez, me metí de nuevo en la cama y me olvidé de ello. A la mañana siguiente fui a verlo a su habitación pero no se encontraba allí y pensé que dónde habría pasado la noche; de momento se me vinieron a la cabeza los peores sitios de la ciudad. A la hora de la siesta se presentó en mi habitación con cara de no haber dormido en toda la noche. “Qué te pasa”, se lo solté así, seco, para que se diera cuenta de que me tenía harto; ni siquiera levanté la vista de mi Super Pop. “Lo he matado”, espetó. Ni siquiera pude reaccionar.

Poemas

FRANCISCO JAVIER MORALES

Poema en prosa

Te prometo que es el último. Después de éste, jamás volverás a verme hacerlo. Te juro que cuando termine lo dejo. Ya sé que por mi boca siempre han salido demasiadas promesas, pero desde ahora te digo que ésta no caerá en saco roto. Confía en mis palabras: mi decisión nunca ha sido tan firme.

Te prometo que es el último. De veras te lo digo. Ya no seré durante más tiempo aquel que cruzaba los dedos mientras recitaba unas palabras de sosiego en tu oído. Puedes creerme al decir que este juego ya no es el mío. Hazme caso y no te rayes. Confía en lo que digo. He dejado de comprar papel mojado. Espero que lo sepas.

Te prometo que es el último. No pongas esa cara porque tú sabes que es cierto. No será tan sencillo cambiar mi parecer… ¿sabes qué? Bien pensado, olvida cuanto he dicho. Ya sé que lo he jurado, pero eso ha sido antes de pensarlo dos veces. ¿De veras creías que pudiera atreverme a dar un paso atrás?

No te prometo nada. Consideré los pros y contras. Es mi última palabra. ¿Qué quieres que te diga? Supongo que, después de todo, no puedo evitar ser aquel insensato que siempre pensaste que era. No trates de cambiarme. Ya sé que es lo que piensas: que pude haber luchado, que pude haber sido alguien, en lugar de un fracasado, y que eso es justo lo que soy. Admitámoslo.

SERGIO ESPINOSA

Vestirse a oscuras. Poema en prosa.

Tienes tu cabeza sumergida en su pecho. Los esponjosos senos delatan el bombeo de un corazón lento, vulnerable y dulce, casi meloso. Por tu espalda danzan sus dedos. Su respiración gratina tu cabello con una brisa nasal templada e intermitente. Estás desnudo, y hace frío ahí fuera, pero te rodean sus brazos candentes. Suspiras. Tienes los ojos cerrados: es normal creer que es un sueño.

No. Estás despierto. Abres los ojos, pero no ves nada. Tu cabeza emerge de tan vital manto, y parpadeas tímido en busca de cualquier breve destello entre las sombras, pero la oscuridad inunda la estancia.

Te incorporas. Abandonas con pesadumbre tu placentero cobijo y confías en el resto de tus sentidos para vislumbrar el imperioso rayo de luz que cubra tus carnes. Pero es la oscuridad la que te envuelve. Y comienzas a ponerte nervioso.

Caminas a ciegas, asustado, palpando el espacio con tus brazos de vidrio. Dudas, deambulas por la nada hacia la nada, con la única certeza de la incertidumbre enredándose entre tus pies. Te tiemblan las piernas. Y entonces, tropiezas. Y caes. Y te haces daño. Y te sientes solo, y frio, y desprotegido. Notas por tu piel desnuda y necesitada de abrigo el gélido discurrir de las lágrimas, y esperas que, quizá, tan solo sea sangre.

Entonces te arrastras entre dolor, jadeo y sollozos, y buscas algo con que taparte, cualquier prenda que vista tus lóbregas tragedias. Escuchas cercanas a las avezadas camisas, oyes el suave canto de las faldas, percibes las robustas vibraciones de los vaqueros e incluso saboreas la osadía de unas rebeldes sudaderas. Sin embargo, solo encuentras un tumulto de caretas que emiten un graznido tétrico y pretencioso; desesperado, decides probarte una tras otra, como en un juego triste de comparsas. Pruebas una, pero no se ajusta. Pruebas otra y pincha. Pruebas esta, y quema. Pruebas: hiela. Pruebas. Pruebas. Pruebas… ¿Y si no es la careta sino tú quien no encaja?

La oscuridad arrecia de repente. Notas cómo una tenebrosa ventisca se arroja hacia ti en toneladas. Sus manos umbrosas aprisionan tu cuello, y sus dedos de culebras fantasmales comienzan a estrangularte. Empieza a faltarte el aire. La presión en la tráquea te paraliza y la tiniebla te ciega. Te ciega y te ahoga. Tu respiración se debilita, apagando el bombeo de tu corazón con mezquina demora. La noche te entierra, y entiendes que solo existe una escapatoria.
Cierras los ojos.

Y todo se ilumina. Regresas a la lumbre de su vientre. Te acurrucas desnudo en su regazo. Comprendes, aliviado, que el manto idóneo para tapar tus más miserables vergüenzas es ella, que únicamente abrigan sus abrazos, y que solo su pecho puede arroparte. Su piel se revela, al fin, como el mejor revestimiento posible contra las noches más oscuras.

Y entonces respiras.

Haikus

Estos haikus fueron escritos en una de las clases de este curso. Propuse que se votaran y el ganador fue el escrito por Andrés Castellanos.

GEMMA ALDANA

La primavera
te trajo triunfante
lleno de vida.

ALEJANDRO ALONSO

Reloj de arena.
Las lágrimas del tiempo.
Hacha de muerte.

ROCÍO CALERO NEVADO

No lo sabía
mas su risa curaba.
Nunca lo dije.

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

No queda té
ni pintura en la rosa.
Alicia creció.

ANA ROSA FERNÁNDEZ

Tortas de mosto,
chocolate y brasero:
tardes de invierno.

JAIRO GARCÍA

El cocodrilo,
cubierto de nenúfares,
cruzando el agua.

INMACULADA LAGUNA BORRÁS

Con marihuana
respiro tu sonrisa:
te beso a caladas.

JAVIER LÓPEZ VARO

Largo camino,
soledad que emana
de un alma gris.

FRANCISCO JAVIER MORALES

En aquel bosque
de ausentes miradas
no está la tuya.

JUAN MUÑOZ

Mi perro muerto
bajo una oliva está
llena de cardos.

JAIME RIVERO

Llueven estrellas
en el fulgor redondo
de los pámpanos.

JAIME ROSA

La camelia
juega en los trigales
con la amapola.

ALEJANDRO SÁNCHEZ CAPUCHINO

Gota
de rocío
helada.