Prosas

ANDREA ESPADAS UREÑA

ΛΛΛ

SIN TÍTULO

Recuerdo tu grito, tu inmediata caída y los alaridos de papá; también la llamada precipitada, las luces y las prisas, y a los médicos intentándote estabilizar. Decían muchas cosas, muchos nombres, muchas cantidades exactas. También se oían llantos, muchos. Papá tuvo que salirse de la sala. No era capaz de mirarte y soportar la situación con serenidad. Yo, en cambio, me quedé dentro. Te resististe, no pudieron hacerse contigo. “Nos lo tenemos que llevar ya. No podemos perder más tiempo”.
Papá arrancó el coche al mismo tiempo que la ambulancia en la que ibas salió del pueblo para dirigirse al hospital. Fuimos detrás de vosotros durante todo el trayecto. Mientras tanto, llamé a mamá. Había que decírselo. Podían oírse sus lamentos al otro lado del teléfono. Más tarde me enteré de que había sufrido un ataque de ansiedad por la noticia. Me lo contó Juan. Eso no le impidió coger el primer tren desde Madrid a Ciudad Real para estar contigo. Papá, por su parte, no abrió la boca en todo el viaje. Ese silencio se mantuvo hasta que llegamos a la puerta de urgencias. Salimos del coche y me agarró de la mano de una forma en la que jamás lo había hecho. Dijo que me quería. Hacía tiempo que no se lo oía decir.
Entramos en urgencias y permanecimos en su sala de espera hasta que dijeron tu nombre por megafonía. Papá estaba sentado en uno de esos sillones incómodos de los hospitales. Estaba tan sumido en sus pensamientos que ni siquiera se percató de la llamada que nos estaban haciendo. Tuve que darle en el hombro para que reaccionara. Y lo hizo. Saltó del sillón y nos dirigimos a la zona de voxes. Allí estaba el neurólogo esperando para informarnos de las últimas novedades sobre tu evolución. No obstante, no hubo evolución, sino retroceso. Habías entrado en coma y, por ello, te habían trasladado a la unidad de cuidados intensivos. Tu estado era de gravedad extrema. Mientras que el médico hablaba, papá no decía nada. Fui yo la que me encargué de dar respuesta a las indicaciones del doctor. Sus ojos pedían que le hiciera ese favor.
A nosotros también nos trasladaron a la sala de espera de familiares con pacientes en UCI. Eran las cinco de la mañana cuando eso ocurrió. Tres familias nos acompañaban. Las caras de esas personas también transmitían preocupación y tristeza. Eran calcos exactos a la de papá. El médico nos dijo que nos iban a llamar para verte. Esa visita tan solo podía durar diez minutos. Papá, al mismo tiempo que colocó sus brazos en las rodillas y sus manos en la cabeza, me dijo que no quería entrar, que no quería verte así, pero terminó cambiando de opinión.
Minutos antes de entrar, llamaron a otra de las familias que estaban allí. Nosotros nos quedamos en la puerta que daba entrada a esa unidad. La familia, compuesta por tres chicas jóvenes y un hombre entrado en edad, empezó a lanzar gritos al aire, a llorar, a patalear en el suelo, a abrazarse los unos a los otros. Papá, observador de esa situación, no pudo evitar vomitar. Le trajeron una tila. Me dio un abrazo. Tomó aire. Entramos. Papá te vio enseguida. Se acercó lentamente. Estabas rodeado de aparatos y cables. Tu cuerpo tenía muchas vías. Él, al principio, no quiso tocarte. Te observó durante unos minutos sin decir nada. Después, se inclinó, acarició tu frente y te dio un beso. De inmediato, salió del vox del mismo modo en que entró, callado y cabizbajo. Y yo le seguí.
Las luces de la sala de espera ya estaban apagadas. Papá se sentó y permaneció en silencio durante un largo rato. Yo estaba a su lado. De repente, se incorporó, cogió una de mis manos, se agachó hasta situarse a mi altura y empezó a llorar, a llorar como nunca antes lo había hecho. Se derrumbó. Empezó a gritar, a decir que, por qué tú, que por que a ti que tenías toda la vida por delante, que te reemplazaba, que él ya tenía la vida hecha. En ese justo momento, mamá apareció por el umbral de la puerta. Ambos se miraron con ternura, con lágrimas en los ojos, con complicidad; con la complicidad con la que se pueden observar dos personas que habían compartido 30 años de su vida y dos hijos; después de años sin verse, sin hablarse y sin llamarse, se fundieron en un abrazo olvidando sus problemas y priorizando el motivo que les había hecho reencontrarse: tú, Edu.

ANDREA ESPADAS UREÑA

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MANUAL DE AUTODESTRUCCIÓN

Pensaste que nadie vendría y, al contrario de lo que tu mal juicio te hizo creer, casi todos vinieron. Pero, bueno, en realidad, era algo que te esperabas, ¿no? No debería sorprenderte, pues ya sabes cómo es el mundo en el que te has construido y derruido a ti misma en estos 57 años; en resumidas cuentas, un palacio de cristal que brilla por fuera y apesta a mierda por dentro. Recuerda: las apariencias son muy importantes, querida. Ayyy… de qué poquito te ha servido luchar durante todos estos años. Ese ser… ese ser que llora desconsoladamente al lado de la chimenea te ha anulado como persona. Menudo personaje. Menudo papelón el suyo. Si Hitchcock alzara cabeza desde su tumba, probablemente le haría protagonizar su Crimen perfecto, vamos…sin lugar a dudas. Estúpido. Payaso. En lo que a ti respecta, has sido una frustrada durante toda tu maldita vida, pero… lo cierto es que tampoco le puedes culpar a él de todo. Tú eres la principal responsable de haber sido una aburrida fracasada en las dos últimas décadas; tú, y, bueno, también tu espondilitis anquilosante. Esa enfermedad te hizo abandonar el bufete con 35 e inevitablemente buscar otros entretenimientos que se ajustasen a las tareas en las que una mujer de tu posición debía ocupar su tiempo libre. ¿Manicuras y pedicuras? ¿Tardes completas en centros de belleza? ¿Mañanas enteras comprando cosas que nunca te pondrías para suplir el vacío que llevabas dentro? ¿Conversaciones banales en estúpidos cafés con mujercitas más estúpidas si cabe que tienen la cartera llena por la misericordia de sus maridos? Pues sí, eso hiciste, y eso fue lo que terminó por sumirte en la profunda depresión que arrastraste hasta hace no mucho. Fueron innumerables las noches y los días en los que te sentiste sola y ausente, sin nadie que te dijera “tranquila, estoy aquí para ti”, pues desafortunadamente lo que tenías por marido cumplía mejor las funciones de mesilla de noche que de compañero de vida. Tuvo que sonar el teléfono para que tu malestar mitigase: “Enhorabuena, la última inseminación ha sido exitosa. Está usted embarazada”. A tus 40 años, madre. Y qué bendición. Esa muchachita que ahora sufre en silencio tu muerte te ha enseñado tantas cosas… Aunque, bueno, has de reconocer que su nacimiento, aunque te colmó de alegrías, trajo también consigo muchas decepciones: engordaste 25 kilos de lo cuales tan solo fuiste capaz de adelgazar 10 en lo que te restó de vida; tu cuerpo pasó de suscitar pasiones a provocar indiferencias; la preciosa melena rubia de la que tanto presumías perdió todo su brillo y también una cantidad considerable de pobladores por el estrés; las arrugas se incrementaron por el insomnio; tu voluminoso pecho cayó al mismo tiempo que celulitis y estrías invadieron tu trasero; y, bueno, qué decir de tu piel… pues que su tersura desapareció de igual modo que lo hizo tu libido. Si lo que tenías por marido hasta el momento era algo mas parecido a un mueble que a un hombre, terminaste por deshumanizarlo con tu aspecto y carácter. Tampoco deberías culparte por ello, lo compraste así, su parsimonia y dejadez venían de serie. ¿Qué quizá te engaño con una niña de tetas firmes y culo bien puesto por eso? Pues posiblemente, ¿y qué? Tú nunca lo quisiste, no debería afectarte. De lo contrario, lo hizo. Tu ego, ¿verdad? No sé si te habrás dado cuenta, pero siempre terminas culpándole a él de todo. No se portó bien ni contigo ni con la niña, pero no fue para tanto, ¿no? Quizás deberías llevar a cabo un ejercicio introspectivo sobre tu conducta (ya te lo decía tu psiquiatra y no le hiciste ni puñetero caso); a fin de cuentas, la que ha sido asesinada de dos tiros en la cabeza has sido tú y no él, por algo malo…muuuuy malo. Oh, ¡pobre Misifú! Eres incongruente, y lo sabes, que no es lo mismo que puta loca, que fue lo que dijo Teresa cuando decidió abandonarte por otra. Ay… es curioso, sin darte cuenta te has convertido en la Joe Gillis de tu propia película, pero sin un Billy Wilder que la dirija.

ANDREA ESPADAS UREÑA

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LA FAMILIA (RELATO CREADO A PARTIR DE UN INICIO DADO)

La primera vez que le eché la vista encima, en el interior de un Rolls-Royce Silver Wraith, junto a la terraza de The Dancers, Terry Lennox estaba borracho. El guardacostas había traído el automóvil hasta la entrada y mantenía la portezuela abierta porque el pie izquierdo de Lennox seguía balanceándose fuera, como si su propietario hubiera olvidado que le pertenecía. Ese pie. El balanceo de ese pie izquierdo. Ese pie que imitaba los movimientos de un péndulo, excepto por su recorrido curvilíneo. Ese pie ha dejado de ser pie para convertirse en foto. No soy capaz de evitar su recuerdo. Antes resurgía en mi mente sin razón aparente. Ahora…ahora es otra cosa. Ahora lo entiendo todo. Ese pie izquierdo fue el presagio que pasó inadvertido ante nosotros, el detonante que marcaría el después de nuestra vida. Terry Lennox y su Rolls-Royce Silver Wraith hicieron acto de presencia en esa noche de verano con un fin: evidenciar el sino paradójico que el universo adverso y la superficialidad de Nueva York nos tenía preparado.
Lennox, Ter para los amigos (Terry constituía, a su juicio, un uso demasiado formal en estos círculos en los que se estimulaba la buena vida) era un mix de lujo y decadencia. Su consciente condescendencia no logró pasar desapercibida ante el tumulto de gente que bebía descontrolada y frenéticamente tragos de Cousin scotties y Satan’s circus. Su arrogancia abrumó a los que osaron ocupar la mesa que solía inundar de rastros de cocaína y billetes de 100. Y, bueno, también a los que contemplamos la situación desde fuera. Sus trazas de gánster y aires despreocupados captaron la atención de todos, aunque, principalmente, la de señoritas dispuestas a abrirse paso en aquello que nosotros solíamos llamar el succionador de las buenas intenciones.
Ter logró hacerse con la sala en cuestión de minutos. Los que no lo temían, lo alababan, y los que lo temían tampoco perdían el tiempo si el asunto radicaba en comer culos por conseguir una buena retribución de favores. Copas por aquí, popper por allá. Dinero en la mesa. No mucho más. He de reconocer que, a pesar de que la situación me repugnaba, fui el primero en sentir interés por este curioso y extravagante personaje. Tenía algo de lo que el resto de sus congéneres no podíamos presumir: poder. No hablo de dinero, eso nos sobraba a todos los presentes. Hablo de poder. De poder real. De capacidad persuasoria. De virtuosismo. De atracción. De cosas que no estaban a nuestro alcance y que tampoco lo estarían en lo que nos restase de vida. O sí.
Mi mesa estaba ubicada en una posición estratégica. Era capaz de divisar al camarero, a mis clientes y a Ter. Todo lo que me interesaba lo tenía a mi alcance. Mi esposa no podía decir lo mismo. Me tenía al lado, pero era consciente de yo estaba ausente, y yo de que ella estaba molesta. Es normal, lo entiendo, no le había hecho ni caso en toda la noche. Podía percibir su mirada molesta, los golpecitos por debajo de la mesa, su mueca de disgusto. Ella, a pesar de hallarse sumergida en una conversación intrascendente con las esposas de mis socios -los cuales también estaban presentes en la tertulia-, no me quitaba ojo de encima. Tampoco mis colegas. De repente, uno de ellos, Charlie, me abordó con una pregunta inesperada: “¿Te interesaría conocerlo?”, a lo que yo respondí, “¿Cómo?”, él repitió su pregunta y añadió “Es al único que has prestado atención en toda la noche. Doy por supuesto que te gustaría que te lo presentara. Lo conozco. Transacciones comerciales, ya sabes. Ven”.
Esa noche, a pesar de la borrachera de Ter, dimos inicio a tres relaciones que nos unirían para siempre: una, la esperable, la de negocios, otra que es la que yo consideré como imprescindible hasta el día de hoy, y otra…otra de la que ahora me percató de que tan solo fui un peón. Él también impuso la segunda de las relaciones como imprescindible, pues la tercera lo requería y yo, iluso de mí, se lo puse en bandeja. Lo cierto es que para Ter la vida era como un tablero de ajedrez, todo giraba en torno a un jaque mate al rey. Y él necesitaba sacrificar a sus peones para ganar la partida. La confianza para él fue un factor clave; en cambio, en lo que a mí respecta, fue una pieza más, aunque fundamental, para construir aquello que la gente como yo solemos llamar amistad.
La línea divisoria entre nuestras noches de negocios y de descontrol era prácticamente inexistente, tan fina como la cuerda en la que nos movíamos tratando de disuadir a la policía, a la que teníamos pisándonos los talones. Nuestras transacciones comerciales cada vez eran más…cómo decirlo… aventuradas. Todas las noches algún muerto; según Ter, por la falta de compromiso y fidelidad a la familia. Es cierto. La familia era lo más importante para mi amigo. Era italiano y como italiano criado en buenos valores la familia era lo primero. Todo giraba en torno a ella: si dañaban a uno de sus miembros, nos dañaban a todos. “Querido, nosotros solo defendemos lo que es nuestro. Todos los hombres saben que toda acción supone represalias. No te preocupes. Te acostumbrarás”. A veces, llegué a sentir que Ter, más que un amigo, era un padre. Me protegía. Nadie antes se había preocupado en hacerlo. He de reconocer que me hice hombre a su lado; los valores que predicaba tanto con hechos como con palabras los hice míos. “La familia está por encima de todo”.
Estuve años repitiéndome esa frase y actuando en consecuencia. Yo ya era uno más de la familia. De hecho, uno de los más importantes. Todos me respetaban. Para ellos me había convertido en el segundo Terry Lennox. Nadie podía imponerme nada, excepto Ter. Su palabra era la de Dios.
“La familia está por encima de todo”. Estaba repitiéndome esa frase cuando Ter me llamó para quedar en The Monkey’s Bar. Un encargo. Era un encargo. Un encargo que me descolocó. No se correspondía con lo que yo había aprendido de Ter. La familia… y, entonces, ¿por qué esto…? No fui capaz de entenderlo, pero mis acciones ya estaban programadas. Solo existía esa opción…bueno, no era la única… En el otro lado de la balanza estaba… pero esa, en ese instante, ni siquiera la barajé. Ahora creo que hubiera sido mejor.
Me dirigí a su casa. Según Ter, en la cena tan solo íbamos a estar presentes ella, él y yo. Los niños estaban en casa de la nonna. Sin embargo, cuando llegué, solo me encontré con ella. Lo esperamos durante un largo rato, pero se hizo tarde y empezamos a cenar. Ter no venía. Él prometió que me ayudaría con lo más rudimentario. A pesar de eso, a pesar de que no cumplió con su palabra en ese sentido, yo tenía que actuar. Mi cometido de la noche era ese. Así que, cuando se dio media vuelta, tal y como me pidió Ter, comencé a ahogarla. Se resistió. Pero terminé cumpliendo mi objetivo. No pude evitar vomitar. Ella…ella también era parte de la familia, de mi familia. Inmediatamente después, llamé a Ter desde la casa para transmitirle la noticia. Pero nadie respondió al otro lado del teléfono. En ese instante, me di cuenta de que Ter, mi querido amigo Ter, me la había jugado.
Traté de huir lo más rápido que pude, pero mis intentos fueron vanos: todas las salidas estaban bloqueadas. Las sirenas no sonaban, pero las luces rojas y azules atravesaban todas las ventanas de la casa. Fue cuando entendí que todo había terminado para mí. Así que, me senté y esperé, esperé la absolución final, el juicio que tenemos que experimentar los infieles que traicionamos a Dios por no traicionar a los que nos dieron asiento en su mesa; me senté exactamente en la misma posición y dándole vueltas a las mismas ideas que no han dejado de atormentarme durante los 1345 días que llevó aprisionado en esta celda. La primera vez que le eché la vista encima, en el interior de un Rolls-Royce Silver Wraith, junto a la terraza de The Dancers, Terry Lennox estaba borracho…

ALEXANDRA RODRÍGUEZ ACEVEDO

♣♣♣

SILENCIO

De pronto el inconfundible sonido de un disparo, otro, uno más.
El pánico invadió a las más de mil personas presentes que buscaban frenéticamente algún lugar donde esconderse. La imagen de una multitud corriendo en nuestra dirección parecía sacada de una película de apocalipsis zombi. Me encontraba completamente paralizada, veía a las personas gritar, pero a mis oídos sólo llegaba silencio. Un brusco jalón me trajo de vuelta a la realidad, había que buscar un lugar seguro. Mecánicamente mis pies me llevaban hacia donde los demás se dirigían.
No pude evitar que mis primeros pensamientos conscientes se dirigieran a él. Sabía que estaba ahí, busqué su rostro entre todas las caras, pero no logré encontrarlo. Rememoré instintivamente nuestra última conversación, gritos, insultos, lágrimas y hasta una vasija rota. De un tiempo a la fecha esto era habitual entre nosotros, parecía que tantos años de relación habían logrado desgastarnos.
El móvil, contesta, contesta, contesta… nada
Aún así, seguíamos juntos, dudaba si aquello era porque ambos nos aferrábamos al cariño que una vez nos había unido. Podría ser sólo la presión de nuestras familias, el orgullo de no aceptar que al final no hubiera funcionado, la comodidad de no tener que conocer a nuevas personas, evitar tener que dar explicaciones.
Vamos, contesta, contesta, contesta … buzón
En un momento de furia incluso había pensado que sería mejor si él despareciera de mi vida, las cosas serían más fáciles, no tendría que tomar ninguna decisión, ni cuestionar mis emociones. En mi interior deseaba que él simplemente se hartara un día y se fuera sin decir más. Sin embargo, ahora que la idea de perderlo se hacía palpable, sentía la angustia tejiendo nudos en mi pecho, me faltaba el aire.
Un intento más, alguien atiende, “¿conoce usted al joven…?” “Es mi novio” “Lamento tener que darle esta noticia” Todo volvió a ser silencio.

ALEXANDRA RODRÍGUEZ ACEVEDO

ΦΦΦ

CAJA MUSICAL

Recuerdo que durante las tardes de invierno veía a la abuela observar aquella caja fijamente, unas veces escuchando su triste melodía, otras veces contemplándola en silencio. Siempre fui una criatura curiosa, así que yo me dedicaba a observarla con la misma dedicación que ella observaba su caja, preguntándome cómo era posible que aquella anciana de mirada melancólica fuera la misma persona sonriente de las fotos que adornaban las paredes.
Su cabello, que en su tiempo había sido largo y hermoso, casi había desaparecido por completo, era mejor así, hacía mucho que ni siquiera se molestaba en cepillarlo. Tampoco quería cambiarse de ropa, a decir verdad, no recuerdo haberla visto nunca más que con los mismos tres suéteres negros deslavados, su falda larga monocromática y sus feos zapatos cafés. De no ser por mi madre, que la obligaba a levantarse y darse una ducha de cuando en cuando, creo que no se abría levantado de su cama nunca.
Pese a los esfuerzos de mi madre, la abuela no hacía más que sentarse en el sofá con su caja musical. Su mirada gris se perdía en la nada, de vez en cuando de sus ojos salían lágrimas que escurrían debajo de sus anteojos y se desbordaban surcando su mejilla llena de arrugas. De su boca se escapaba un sollozo y cuando cubría sus ojos con sus delgadas manos temblorosas, yo me acercaba a ella, intentando consolarle, fuese cual fuese su preocupación. Intentaba calmarse y me decía que todo estaba bien, pero yo sabía que no lo estaba.
El proceso se repetía todos los días, ella observando su caja musical, yo a ella atentamente. Parecía que la vida se le escapaba con cada sollozo, cada cabello blanco que abandonaba su cabeza, cada diente que dejaba su boca, cada nueva arruga. Lo que ignoraba en ese momento era que la vida la había abandonado hace ya mucho tiempo…

RUBÉN ALONSO

℘℘℘

SIN TÍTULO

(Sala de estar de un piso cualquiera. Hay una tele encendida de espaldas al público. Al lado de la tele, una mesita con un tulipán marchito. Una pareja sentada en un sofá. No están pegados).
PAREJA 1: (Para sí mismo) La flor se ha marchitado.
(Suena el reloj y se levanta. Coge la botella de agua y riega la planta. Mira la tierra. PAREJA 2 le mira extrañada).
PAREJA 2: ¿Qué haces?
PAREJA 1: Nada.
(PAREJA 1 se sienta de nuevo en el sofá. Sigue con la mirada atenta a la flor).
PAREJA 1: Son ya las doce.
PAREJA 2: ¿Vas a irte a dormir?
PAREJA 1: No. Es 18 de abril. (Es su aniversario).
PAREJA 2: Sí, ¿por?
PAREJA 1: Nada. La flor se ha marchitado.
PAREJA 2: Ya, lo veo.
(Silencio. PAREJA 1 se separa ligeramente y sigue mirando la flor, con más atención).
PAREJA 2: ¿Te pasa algo?
PAREJA 1: No.
(PAREJA 1 se levanta de nuevo. Coge la botella. Bebe agua y luego le echa un poco más a la planta. La flor sigue muerta y empieza a salir algo de agua en el plato y se mancha la mesita).
PAREJA 2: Ten cuidado, van a empaparlo todo.
PAREJA 1: Ya.
PAREJA 2: ¿Estás bien?
PAREJA 1: No.
PAREJA 2: ¿Quieres hablarlo?
PAREJA 1: No. (Silencio). La flor se ha marchitado.
(Silencio).

Haikus

RUBÉN ALONSO

En esta cama
dulce respiración
se ha apagado

***

Polvo y piedra
en manos del minero
negra pizarra

***

En olivo
jornalero descansa.
Calor y viento

ANDREA ESPADAS UREÑA

Desnuda el alma
Dormida la razón
Te respiro a ti

***

El mar en calma,
Tu sonrisa de fondo
La paz que quiero

***

Escóndete de
mi mirada sincera
y no me mientas.

Poemas

ANDREA ESPADAS UREÑA

⊕⊕⊕

OJALÁ

Ojalá y todas las desavenencias, trifulcas, discusiones y tristezas se quedasen enterradas en el pasado y no aflorasen en bares, tiendas y escaparates que me recuerdan que preferiste ser memoria y destrucción de ilusiones.

Ojalá y este dolor que tengo aquí en el pecho no existiera o lo que le da cabida no tuviera razón de ser en la voluptuosidad de este cuerpo que se ha olvidado de tu nombre, pero no lo de lo que este supone.

Ojalá y poder borrar las huellas que dejaste en los recovecos de este pozo profundo, retumbante y sonoro que lucha por dejar de albergar los ecos de tu imagen.

Ojalá y el olor de tu perfume pudiera distorsionarse por la distancia, de igual modo que el viento del sur y el Mediterráneo lo han hecho con tus palabras.

Ojalá y dejar de recrear el contorno de tus labios susurrándome que lograste resurgir de añejas tierras y dejar de ser un trozo de tela rasgado gracias a mí.

Ojalá y el espejo en el que me miro dejase de devolverme un reflejo en el que mis ojos son los tuyos y las manos que acarician este cuerpo ausente no supieran al tacto de tu piel.

Ojalá y el Muelle de San Blas no me trasportarse a la tarde florentina en la que adquirí conciencia de que ni se necesita muelle ni tampoco un barco zarpando desde Nayarit para morir de amor por ti.

Ojalá no haber sido la Meryl Streep de Los puentes de Madison y haber podido entregarme en plenitud al egoísmo y complacencia de la carne sin remordimiento alguno, dando rienda suelta al lado más animal que invita al goce.

Ojalá y no fuera la lluvia la que me ahoga entre sus brazos sino tú, con tu cabello y mirada salvajes.

Ojalá y la tinta que te escribe no brotara de mis lágrimas sino de la pluma que complacido me entregaste.

Ojalá no permanecieses en el olvido por mantenerte en el recuerdo; ojalá pudiera abandonar esta lucha de la que me siento vencida y en la que me veo sumida por tu mirada constante; ojalá no verte tanto, ojalá no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones…

Ojalá que ese ojalá de Silvio Rodríguez no te toque ni en canciones.

ANDREA ESPADAS UREÑA

⊂⊂⊂

SIN TÍTULO

En el ocaso que disuelve los días
y la luz de antaño en el reposo marmóreo,
un hálito de labios jóvenes y Cavafis
alumbran de esperanza esta sangre confundida.

¡Qué adorable tentación tenerte a la hora puntual,
entregada a un nombre que abriste al sueño!
Aquí tengo el azul sucesivo de los ojos
que te miran negociando su entrega,
con óxido alegre en las arterias de la memoria,
para nacer de nuevo en tu cadáver precoz,
cuya muerte de delicada humedad en las ingles
sigue traicionando a la sombra como boca inagotable.

Con olor a sur en las entrañas, aquí descanso,
en tu noche transparente y con estrellas pensadas,
denunciando a la soledad en el espejo
cuando tú, de vidrio gentil y casi ilícito,
sorteas el mundo con labios soberanos.

RUBÉN ALONSO

∇∇∇

24601 recuerdos y olvidos

Recuerdo el mar de la playa.
Recuerdo los versos que mi abuela cantaba,
las coplillas de mi abuelo
y los edificios de mi querida Barna.
Recuerdo hasta seis decimales del número pi,
pero no recuerdo a mis primeros amigos.
Recuerdo el estribillo de «Je veux»,
pero he olvidado mis versos favoritos de Bécquer.
Jamás olvidaré el primer beso
ni el verso que escribí cuando lo vi.
He olvidado mi relato favorito,
pero puedo recitarte otros de memoria.
No recuerdo el nombre de la gente,
pero puedo olerles en mi mente.
He olvidado qué es moverme por Barcelona,
pero jamás olvidaré los 734 kilometros que me separan de ella.
He olvidado las normas de acentuación
y hasta la tercera declinación,
pero jamás olvidaré el 24601 de Los Miserables.
Olvido las contraseñas de casi todo,
pero jamás olvidaré mi discurso de graduación.
Recuerdo la playa helada de las costas gallegas,
pero he olvidado todos los pasos que di.
No recuerdo haber empezado a andar
ni las primeras palabras.

Recuerdo leer por mi abuela
y recuerdo leerle las cartas a mi abuelo.
Recuerdo verle en el museo
y recuerdo verle llorar.
Recuerdo las últimas veces que los vi.
Recuerdo la tristeza de perderlos,
pero cada vez su recuerdo se desdibuja más.
Siempre recordaré quererlos.

Hay mucho que recuerdo y mucho que olvido.
No son cincuenta ni doscientas cosas,
y mucho menos las 24601
pero con todas ellas, soy y siempre seré.