Relatos a tres manos 2018

ALEJANDRO ALONSO
ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO
SERGIO ESPINOSA

A quemarropa. Escrito a tres manos.

Se me puso la piel de gallina cuando sentí la muerte cerca. Al principio es como una ligera brisa que sopla agradable, que siempre está ahí. Pero pronto el huracán llega y sacude todas tus memorias. A mi hermano se le iluminó la cara, como a un niño cuando ve brillar la luna tras una esquina después de su primer beso a oscuras. Pero ¿por qué carajos me estoy acordando de mi hermano? Si el muy hijo de puta se metió con mi esposa, mató a mi perro y me quitó el trabajo de mi vida. Ahora lo recuerdo. Cuando estás frente a la muerte, tu pasado vuelve a ti en ráfagas. Me acuerdo de la cara del hijo de puta de mi hermano porque hubo un día en que fuimos felices. Él robaba pipas de la tienda del Beni y yo distraía a aquella chiquilla con falda corta y piernas largas y delgadas que mascaba chicle con la boca abierta y se quejaba del hogar de acogida en que vivía su primo pequeño, porque solo le ponían lentejas para comer. Nos creíamos una banda de pequeños rufianes. ¡Pero, demonios! ¿Por qué me torturan los recuerdos? So por ese cabrón estoy en estoy. ¡Puta madre! ¡Yo solo buscaba alejarme de aquel lugar, alejarme de él! Y, de repente, los disparos… Y el hielo y los recuerdos… Y él, lejos de mí, lejos de este frío asfalto que destroza mi espalda y se adueña de mi conciencia. ¡Dios! ¡He pisado una mierda de perro! Mierda de perro, como la que hacia el mío, el que mató el hijo de puta de mi hermano. Basta ya. ¡Basta ya! Los pensamientos se agolpan en mi cabeza tanto como la ráfaga de disparos en mi pecho. Queda ya poco por recordar. Queda poco por pensar. Poco por sentir.

No debí llamarlo. Fue el jueves. ¿O el viernes? No, fue el jueves. Solo el silencio me contestó. Como ahora. ¡Maldito canalla! No debí llamarlo…

No, no, no… Fue el viernes, carajo…

GEMMA ALDANA
INMACULADA LAGUNA
JAIME ROSA

67 Segundos

Se me puso la piel de gallina cuando escuché a través de la ventana de mi habitación una ráfaga de disparos. Pero era un sentimiento acostumbrado, ya lo había vivido mil y una veces desde que nos trasladaron a este hogar de acogida de mala muerte. Mi hermano y yo llegamos aquí con quince meses. Desde entonces mi hermano había entrado y salido de todas las bandas que aquí había formadas. El lunes era de la mara Salvatrucha, los martes de la Yakuza, los miércoles de la camorra italiana, los jueves de la Bratvá, los viernes de la MM y los fines de semana los dedicaba a rezar. Pero aquel sábado fue distinto, no se recluyó en la capilla, sino que salió a la calle y se puso a esperar en la esquina hasta que lo recogió un Impala negro del 67. Pensé que en qué mierdas andaría metido esta vez, me metí de nuevo en la cama y me olvidé de ello. A la mañana siguiente fui a verlo a su habitación pero no se encontraba allí y pensé que dónde habría pasado la noche; de momento se me vinieron a la cabeza los peores sitios de la ciudad. A la hora de la siesta se presentó en mi habitación con cara de no haber dormido en toda la noche. “Qué te pasa”, se lo solté así, seco, para que se diera cuenta de que me tenía harto; ni siquiera levanté la vista de mi Super Pop. “Lo he matado”, espetó. Ni siquiera pude reaccionar.