Fin de curso 2018

El miércoles 9 de mayo, el último día del curso, nos reunimos en la terraza de la cafetería y cada uno de los protagonistas de este curso leyó un fragmento de un cuento que, por alguna razón, le gusta especialmente. Esta foto nos reúne a casi todos (faltan Jairo, Ainhoa y Juan) poco antes de despedirnos… hasta la próxima. Inma dijo al final, cuando el grupo ya casi se había desperdigado: «os llevo en el corazón». Pues eso.

Muy buena suerte a todos y en todo.

Relatos a tres manos 2018

ALEJANDRO ALONSO
ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO
SERGIO ESPINOSA

A quemarropa. Escrito a tres manos.

Se me puso la piel de gallina cuando sentí la muerte cerca. Al principio es como una ligera brisa que sopla agradable, que siempre está ahí. Pero pronto el huracán llega y sacude todas tus memorias. A mi hermano se le iluminó la cara, como a un niño cuando ve brillar la luna tras una esquina después de su primer beso a oscuras. Pero ¿por qué carajos me estoy acordando de mi hermano? Si el muy hijo de puta se metió con mi esposa, mató a mi perro y me quitó el trabajo de mi vida. Ahora lo recuerdo. Cuando estás frente a la muerte, tu pasado vuelve a ti en ráfagas. Me acuerdo de la cara del hijo de puta de mi hermano porque hubo un día en que fuimos felices. Él robaba pipas de la tienda del Beni y yo distraía a aquella chiquilla con falda corta y piernas largas y delgadas que mascaba chicle con la boca abierta y se quejaba del hogar de acogida en que vivía su primo pequeño, porque solo le ponían lentejas para comer. Nos creíamos una banda de pequeños rufianes. ¡Pero, demonios! ¿Por qué me torturan los recuerdos? So por ese cabrón estoy en estoy. ¡Puta madre! ¡Yo solo buscaba alejarme de aquel lugar, alejarme de él! Y, de repente, los disparos… Y el hielo y los recuerdos… Y él, lejos de mí, lejos de este frío asfalto que destroza mi espalda y se adueña de mi conciencia. ¡Dios! ¡He pisado una mierda de perro! Mierda de perro, como la que hacia el mío, el que mató el hijo de puta de mi hermano. Basta ya. ¡Basta ya! Los pensamientos se agolpan en mi cabeza tanto como la ráfaga de disparos en mi pecho. Queda ya poco por recordar. Queda poco por pensar. Poco por sentir.

No debí llamarlo. Fue el jueves. ¿O el viernes? No, fue el jueves. Solo el silencio me contestó. Como ahora. ¡Maldito canalla! No debí llamarlo…

No, no, no… Fue el viernes, carajo…

GEMMA ALDANA
INMACULADA LAGUNA
JAIME ROSA

67 Segundos

Se me puso la piel de gallina cuando escuché a través de la ventana de mi habitación una ráfaga de disparos. Pero era un sentimiento acostumbrado, ya lo había vivido mil y una veces desde que nos trasladaron a este hogar de acogida de mala muerte. Mi hermano y yo llegamos aquí con quince meses. Desde entonces mi hermano había entrado y salido de todas las bandas que aquí había formadas. El lunes era de la mara Salvatrucha, los martes de la Yakuza, los miércoles de la camorra italiana, los jueves de la Bratvá, los viernes de la MM y los fines de semana los dedicaba a rezar. Pero aquel sábado fue distinto, no se recluyó en la capilla, sino que salió a la calle y se puso a esperar en la esquina hasta que lo recogió un Impala negro del 67. Pensé que en qué mierdas andaría metido esta vez, me metí de nuevo en la cama y me olvidé de ello. A la mañana siguiente fui a verlo a su habitación pero no se encontraba allí y pensé que dónde habría pasado la noche; de momento se me vinieron a la cabeza los peores sitios de la ciudad. A la hora de la siesta se presentó en mi habitación con cara de no haber dormido en toda la noche. “Qué te pasa”, se lo solté así, seco, para que se diera cuenta de que me tenía harto; ni siquiera levanté la vista de mi Super Pop. “Lo he matado”, espetó. Ni siquiera pude reaccionar.

Poemas

FRANCISCO JAVIER MORALES

Poema en prosa

Te prometo que es el último. Después de éste, jamás volverás a verme hacerlo. Te juro que cuando termine lo dejo. Ya sé que por mi boca siempre han salido demasiadas promesas, pero desde ahora te digo que ésta no caerá en saco roto. Confía en mis palabras: mi decisión nunca ha sido tan firme.

Te prometo que es el último. De veras te lo digo. Ya no seré durante más tiempo aquel que cruzaba los dedos mientras recitaba unas palabras de sosiego en tu oído. Puedes creerme al decir que este juego ya no es el mío. Hazme caso y no te rayes. Confía en lo que digo. He dejado de comprar papel mojado. Espero que lo sepas.

Te prometo que es el último. No pongas esa cara porque tú sabes que es cierto. No será tan sencillo cambiar mi parecer… ¿sabes qué? Bien pensado, olvida cuanto he dicho. Ya sé que lo he jurado, pero eso ha sido antes de pensarlo dos veces. ¿De veras creías que pudiera atreverme a dar un paso atrás?

No te prometo nada. Consideré los pros y contras. Es mi última palabra. ¿Qué quieres que te diga? Supongo que, después de todo, no puedo evitar ser aquel insensato que siempre pensaste que era. No trates de cambiarme. Ya sé que es lo que piensas: que pude haber luchado, que pude haber sido alguien, en lugar de un fracasado, y que eso es justo lo que soy. Admitámoslo.

SERGIO ESPINOSA

Vestirse a oscuras. Poema en prosa.

Tienes tu cabeza sumergida en su pecho. Los esponjosos senos delatan el bombeo de un corazón lento, vulnerable y dulce, casi meloso. Por tu espalda danzan sus dedos. Su respiración gratina tu cabello con una brisa nasal templada e intermitente. Estás desnudo, y hace frío ahí fuera, pero te rodean sus brazos candentes. Suspiras. Tienes los ojos cerrados: es normal creer que es un sueño.

No. Estás despierto. Abres los ojos, pero no ves nada. Tu cabeza emerge de tan vital manto, y parpadeas tímido en busca de cualquier breve destello entre las sombras, pero la oscuridad inunda la estancia.

Te incorporas. Abandonas con pesadumbre tu placentero cobijo y confías en el resto de tus sentidos para vislumbrar el imperioso rayo de luz que cubra tus carnes. Pero es la oscuridad la que te envuelve. Y comienzas a ponerte nervioso.

Caminas a ciegas, asustado, palpando el espacio con tus brazos de vidrio. Dudas, deambulas por la nada hacia la nada, con la única certeza de la incertidumbre enredándose entre tus pies. Te tiemblan las piernas. Y entonces, tropiezas. Y caes. Y te haces daño. Y te sientes solo, y frio, y desprotegido. Notas por tu piel desnuda y necesitada de abrigo el gélido discurrir de las lágrimas, y esperas que, quizá, tan solo sea sangre.

Entonces te arrastras entre dolor, jadeo y sollozos, y buscas algo con que taparte, cualquier prenda que vista tus lóbregas tragedias. Escuchas cercanas a las avezadas camisas, oyes el suave canto de las faldas, percibes las robustas vibraciones de los vaqueros e incluso saboreas la osadía de unas rebeldes sudaderas. Sin embargo, solo encuentras un tumulto de caretas que emiten un graznido tétrico y pretencioso; desesperado, decides probarte una tras otra, como en un juego triste de comparsas. Pruebas una, pero no se ajusta. Pruebas otra y pincha. Pruebas esta, y quema. Pruebas: hiela. Pruebas. Pruebas. Pruebas… ¿Y si no es la careta sino tú quien no encaja?

La oscuridad arrecia de repente. Notas cómo una tenebrosa ventisca se arroja hacia ti en toneladas. Sus manos umbrosas aprisionan tu cuello, y sus dedos de culebras fantasmales comienzan a estrangularte. Empieza a faltarte el aire. La presión en la tráquea te paraliza y la tiniebla te ciega. Te ciega y te ahoga. Tu respiración se debilita, apagando el bombeo de tu corazón con mezquina demora. La noche te entierra, y entiendes que solo existe una escapatoria.
Cierras los ojos.

Y todo se ilumina. Regresas a la lumbre de su vientre. Te acurrucas desnudo en su regazo. Comprendes, aliviado, que el manto idóneo para tapar tus más miserables vergüenzas es ella, que únicamente abrigan sus abrazos, y que solo su pecho puede arroparte. Su piel se revela, al fin, como el mejor revestimiento posible contra las noches más oscuras.

Y entonces respiras.

Haikus

Estos haikus fueron escritos en una de las clases de este curso. Propuse que se votaran y el ganador fue el escrito por Andrés Castellanos.

GEMMA ALDANA

La primavera
te trajo triunfante
lleno de vida.

ALEJANDRO ALONSO

Reloj de arena.
Las lágrimas del tiempo.
Hacha de muerte.

ROCÍO CALERO NEVADO

No lo sabía
mas su risa curaba.
Nunca lo dije.

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

No queda té
ni pintura en la rosa.
Alicia creció.

ANA ROSA FERNÁNDEZ

Tortas de mosto,
chocolate y brasero:
tardes de invierno.

JAIRO GARCÍA

El cocodrilo,
cubierto de nenúfares,
cruzando el agua.

INMACULADA LAGUNA BORRÁS

Con marihuana
respiro tu sonrisa:
te beso a caladas.

JAVIER LÓPEZ VARO

Largo camino,
soledad que emana
de un alma gris.

FRANCISCO JAVIER MORALES

En aquel bosque
de ausentes miradas
no está la tuya.

JUAN MUÑOZ

Mi perro muerto
bajo una oliva está
llena de cardos.

JAIME RIVERO

Llueven estrellas
en el fulgor redondo
de los pámpanos.

JAIME ROSA

La camelia
juega en los trigales
con la amapola.

ALEJANDRO SÁNCHEZ CAPUCHINO

Gota
de rocío
helada.