El retrato de un personaje (2017-2018)

ANDRÉS CASTELLANOS GALLEGO

-Perdóneme, padre, porque he pecado.
Aquella voz, ligeramente estridente, pero profunda al mismo tiempo, logró sacarme de mis reflexiones. Me sentí desorientado, pero los jadeos soporíferos, casi pesados, del pobre Bob me devolvieron a la realidad. Alcé la vista y mis ojos se cruzaron con una mirada marcada por la culpa y la diversión, adornada con una sonrisa fantasma, sin expresión, bobalicona en cierto sentido.
-Pero Bob, hijo, ¿otra vez aquí.
-Sí, padre.
-¿De qué forma tan horrible has vuelto a pecar en menos de un día?
El joven bajó el rostro al tiempo que una gruesa gota de sudor resbalaba por su cuello. Desprendía un olor extraño que no supe identificar. Pero no era agradable.
-A ver, hijo, cuéntame…
El joven volvió a levantar el rostro con un brillo renovado en los ojos.
-Hoy me ha tocado cargar unas piedras muy grandes, porque Mike me lo ha pedido, porque soy el único que podía con ellas y eso me ha gustado. Hacía calor, mucho calor, pero me daba igual, yo caminaba y caminaba y caminaba con las piedras y mis compañeros me miraban y me gritaban. “¡Déjalo, Bob!”, “¡Descansa un rato, Bob!”. Pero Mike me lo había pedido, porque soy el único que podía con ellas…
De repente, se interrumpió y se llevó un dedo ensangrentado a la boca de manera instintiva. Me detuve en analizar aquellas manos enormes y amarillentas, sin uñas y con padrastros por doquier.
-Y Dora estaba allí, ¿sabe, padre? Y me miraba mucho y yo a ella, y Mike también la miraba. Es normal, es su mujer, pero yo sé que Dora me miraba más a mí que a Mike. Y mis compañeros venga a gritar. “¡Déjalo, Bob!”, “¡Descansa un rato, Bob!”. Y así hasta las cuatro de la tarde, padre, con mucho calor. Y me dolían las manos y la espalda, pero soy el único que podía con esas piedras, porque eran muy grandes. Solo he parado cuando Mike me ha dicho que tomara un café con él y con Dora. Y he parado y he tomado el café con Mike y con Dora, y mis compañeros ya no han gritado más. Y Dora seguía mirándome, llevaba esa falda de la que le hablé ayer, la de las flores amarillas, y una blusa azul porque hacía calor…
-Bob, hijo, si me vas a contar lo mismo que ayer…
-¡No, padre! ¡No! -su gesto se alteró y borró la sonrisa fantasma-. ¡Escúcheme!
Vi que comenzaba a temblar de forma bastante incontrolada. Le apreté las manos para tranquilizarle y su agitación fue desapareciendo poco a poco. Dejó de jadear y aquella sonrisa bobalicona apareció una vez más.
-Continúa, Bob. Estabas tomando café con tu hermano y con Dora, ¿qué ha pasado después?
Mis manos seguían sobre las suyas y probablemente eso evitó que volviera a temblar. En cualquier caso, la sonrisa de Bob se ensanchó rápidamente, casi de forma violenta. Fui yo el que dudó en aquel instante.
-Mis compañeros ya no gritaban y Mike estaba con Dora y yo no podía dejar de mirar la falda de flores de Dora. Pero Dora ya no me miraba a mí. “Termina el café y vuelve al trabajo”. Pero yo no quería irme, y Mike decía: “Venga, Bob, es hora de volver al trabajo”. Y me decía que era el más fuerte, que solo yo podía con esas piedras, pero yo ya no sonreía, porque Mike tenía su mano en la pierna de Dora y subía por la falda y Dora ya no me miraba, solo sonreía. Y mis compañeros ya no gritaban, porque ya no estaban, pero Mike sí. “Termina el café y vuelve al trabajo”.
Bob no pudo continuar hablando, porque una risa estridente, incontrolada y nerviosa cortó sus palabras. Fui yo quien retiró las manos al tiempo que aquel olor extraño que desprendía Bob se intensificaba. Y, durante un mísero instante, fui capaz de percibir en el ambiente la esencia del sudor, del semen y de la sangre.