Microrrelatos 2015-2016

PILAR RUIZ RÁEZ

Soy una nieta con suerte, sin duda alguna. No todos pueden disfrutar de largas conversaciones con su abuela cada noche. Me cuenta historias de juventud, anécdotas familiares, me habla de antiguos miedos e incluso se atreve a confesarme ocultas preocupaciones sobre la oscuridad y el frío de su tumba. Estamos muy unidas. Mañana le llevo flores.

VALLE GUTIÉRREZ DEL SAZ

Cuestión de huevos

 Uno, dos, tres, ocho, cinco…
De un salto me bajé de la silla y corrí al pajar a por más huevos. Con mi cesta llena volví a repetir la operación anterior. Estaba en la última cámara de mi casa y por una ventana muy pequeña tiraba los huevos de las gallinas de mi madre. Yo quería estar con ella, pero siempre estaba atendiendo a señoras que venían a por más huevos a mi casa, así que esa mañana empecé a tirarlos por la ventana. Ya nada distraería a mi madre.
Cuando estaba lanzando la segunda ronda, una “adorable” vecina se chivó y me pillaron. Pero yo soy más lista que ellas: había cerrado la puerta de la casa con llave y había acostado a mi hermano el pequeño en una caja con trapos.
 – ¡Nines! Haz el favor de bajar de ahí, vamos, y ábreme la puerta.
 – No -dije, y lancé otro huevo.

ÁNGELA AGUILAR

Un cielo pálido, una noche fresca, la luna entre las nubes y un parque. Un banco, una cerveza y cuatro amigos, no necesitaba más que una charla con trasfondo, de las que remueven por dentro, de las que te hacen vibrar.
Por un momento, nos quedamos callados, observé ese silencio igual que la luna nos observaba a nosotros. De pronto uno de nosotros soltó una estupidez, reímos de tal modo que el banco en el que estábamos sentados, se resintió. Vuelta a otro silencio pero no era noche de silencios incómodos estando con ellos. Trago, calada y vuelta a las sonrisas que nos devolvían la vida. La luna seguía observándonos detrás de su casa hecha de nubes, alguno de nosotros, de vez en cuando, también la observaba a ella. Nosotros, nada podíamos deducir de su vida, en cambio ella, es la cámara que siempre nos sigue, quién sabe nuestros secretos nocturnos y quien cotillea junto al sol nuestras andadas del día. No somos conscientes pero, día tras día, ellos están pendientes de cada movimiento, de cada gesto, de cada mirada, de cada detalle.

VÍCTOR GONZALO

En aquella casa nací, prácticamente. En eso pensaba mientras miraba al fuego de la chimenea junto a mi abuela.
Cómo se me está yendo la vida. Miré a la mesa de la cocina donde antes no alcanzaba los cubiertos, donde no me alcanzaba la racionalidad de hoy. Yo antes llegaba a ser sencillo sin saberlo y eso se pierde.
A mi abuela se le fue la vida entregándose a los demás. Qué corazón más grande, qué bondad, qué Cándida. Ahora, un soporte frío de metal le ayuda a mantenerse en pie en la ducha, donde el agua se vierte como la vida.
En un clasificador lleno de fotos felices se me fue la vida. De joven también se pierde ilusión y a esa no se llega con un taburete, nunca vuelve. Ojalá viviese la realidad del clasificador y ésta no fuese la vida la que se me está yendo.
Un bastón que antes no estaba, un libro de poemas de “El Niño” sobre las manos de ella. Metáfora de situación de una vida que no se esperaba y llegó llevándose a la anterior.
El soporte frío de metal, el bastón… y una voz cada vez más débil. La vida siempre se está yendo y a ella parece que se la está llevando. Y yo mientras me confundo pensando que se me va la vida y en lo único que pienso son en dos tipos de tiempo: el que de verdad ha sido importante para mí y el intrascendente. Yo necesito volver a ser sencillo sin taburete y tener mi clasificador, y ella necesita que la vida no se vaya.
El fuego sigue quemando dos troncos de leña mientras los dos nos observamos callados. Y ahí afuera está lloviendo.

PABLO MACÍAS

Todo un señor

Nadie puede comparársele en todo el pueblo. A fuerza de mucho estudiar y más trabajar, hace años que ya se ha hecho un nombre entre sus vecinos. Hombre de trato exquisito, Marcial Romero es, sobre todo, un marido y un padre ejemplar. Querido y respetado por todos.
Y él sabe de la importancia del respeto. Por eso, los domingos por la mañana, antes de ir a la iglesia del pueblo junto a su familia, se pone el traje más caro que tiene y nunca olvida limpiar de los zapatos las manchas de sangre del negro o el sudamericano que se haya cruzado con él la noche anterior.

JAVIER MUÑOZ DE MORALES

Depresión

Por despedirse del bicho se murió.

TRIANA MERCHÁN

Entonces ella abrió el libro y se dio cuenta de que cada letra era una puñalada. Él cerró sus ojos sabiendo que lo leería, mientras precipitaba su alma y sus hojas en el acantilado de sus afiladas clavículas.

TAMARA GARCÍA ARRIBAS

La vereda de la puerta de atrás
“Coño, ¡La luna!” exclamó.
No era la luna, no. Era el peor desconsuelo que pudo aparecer, y apreció, por su vida; fue quien le quitó las ganas de durar, de estar, de existir…
No entendía ni si quiera lo que su cerebro no paraba de gritar: “son las flores, las putas de las flores quienes me marcan el camino”. Era lo único que veía en aquel conocido lugar, un camino de flores que aparecía en cada canción, en cada aguijonazo de placer, en cada calada de satisfacción.
A pesar de su felicidad enmascarada, seguía buscando el próximo peldaño de la escalera de su vida. Sí, tan jodido como el anterior, pero pisaba fuerte y olvidaba cada problema. Miraba a su alrededor y nadie tenía las contrariedades que su vida iba absorbiendo poco a poco, pero siempre usaba la cara B de esas cintas, la segunda solución a cada problema: resistir. Nunca el camino más corto, nunca la vereda de la puerta de atrás.
Sin embargo la vida era igual de puta que las protagonistas de esas malditas canciones que tanto le gustaban. Ninguna de ellas con final feliz.
“Sábado, 6 de marzo. Un hombre de 54 años de edad aparece muerto en El Retiro. La causa de la muerte parece clara: sobredosis provocada tal vez por el desahucio y el divorcio de su mujer. Antonio, que así se llamaba el hombre, será enterrado hoy a las 18:00 h en la parroquia de Los Desamparados.”

ROCÍO HEREDIA

Él había vuelto a la ciudad otro verano más y, sin querer pero queriendo, allí estaba yo esperándole en el garito de siempre al salir del trabajo. Llegó tarde aprovechándose de mi infinita paciencia. Me miró unos segundos a los ojos con su cara inexpresiva y empezamos a beber sin intercambiar ninguna palabra, simplemente me limité a dejar que me acariciara las rodillas.
Ya es domingo. Me despierto tarde aunque tengo calor y al mirar el calendario caigo en la cuenta de que el día ha llegado; quizá me toque ventanilla. ¿Por qué habré perdido mi sensibilidad?

MIRIAM CAMACHO

Llegué aquí un 1 de octubre de 1992, hace cinco meses, tras haber perdido a mi familia. Veraneábamos en nuestra casita de la sierra como todos los años y la madera ardió tan rápido que a los 15 minutos ya no quedaba nada. Después de ver los cuerpos calcinados de mi esposo y mis dos hijos pequeños, entré en estado de shock y un mes después desperté aquí. No recuerdo nada y cada vez que intento hacerlo, esa nube gris aparece y se instala en mi cabeza evaporando una mañana que comenzó con los chillidos de Claudia mientras le desenredaba el pelo; y los de Juan acerca de porqué su corbata seguía sucia. Recuerdo que tras lavar la corbata de mi marido y dejar a los niños a su cuidado, olí un fuerte olor a gasolina que provenía de arriba y diez segundos después, la casa estaba ardiendo. Conseguí salir porque estaba limpiando el trastero.
– Pero, en el informe de ayer aseguraba usted haber ido a comprar al supermercado antes de arreglar el trastero.
– No, primero arreglé el trastero, luego fui al supermercado.
– ¿Qué compró en el supermercado?
– Gasolina.
– ¿Para qué quería la gasolina?
– Para el coche pero yo… creo que rocié primero el suelo y luego bajé a limpiar el trastero.
– Está bien, voy a ponerle un calmante. Este es diferente a los anteriores, seguro que se encuentra usted mucho mejor.
Mientras la enfermera inyectaba el nuevo tratamiento a la paciente, Claudia no podía evitar sentirse decepcionada consigo misma por fracasar una vez más. Solo esperaba que su madre evitara volver a ese incendio provocado de su imaginación y recuperara la cordura después de 30 años.

MARÍA DÍAZ MARTÍN

Con el color del sol por todo el cuerpo, así llevaba Carmen a México en la piel. Como aquella canción de la fiesta de despedida que siete años atrás le había preparado todo el barrio. Indios tabajaras, farolillos, chicharrones, vestidos rojos, verdes, amarillos, sillas de madera por todo el patio, su jefe vestido de blanco impoluto. Los ojos brillantes de Francisco desde el balcón, negros, como el color puro de aquella tierra…Había llegado el día en que deseaba volver allí, aunque con la incertidumbre de no saber si todo estaría igual.
No pudo evitar sonreír cuando puso el primer paso en la estación de Chiapas. Llegaba justo a tiempo para la fiesta nacional. No quiso avisar a nadie para que la recogiera, no se perdería por aquella ciudad que la vio nacer. Quería pasear por las calles por las que había corrido cuando era una niña, quería atravesar la plaza y ver todos los colores expuestos en cada uno de los cajones de frutas que la bordeaban. La ciudad estaba repleta de luz, y la plaza no solo de fruta y puestos de tacos, también de mariachis que cantaban a voz plena delicias de aquella tierra.
Rosita le abrió la puerta, pero necesitó unos segundos para que los ojos se le inundaran de lágrimas al verla. – ¡Mi niña!, ¡mi niña!, ¡mi dulce niña!-, Carmen cerró los ojos y dejó que los besos de su abuela le devolvieran la vida. – ¿Pero dónde has estado?, ¿sabes todo lo que te has perdido?… – la fuerte cortina de lona blanca del patio se movió con un viento fuerte que se había levantado y entonces se vieron. Aquellos ojos seguían igual de negros, igual de acogedores que la última noche que se miraron.
–Me he perdido demasiado abuela. Demasiado-, dijo mientras Francisco se levantaba de la vieja mecedora y se acercaba a ella.

Escena Teatral 2015-2016

Creada a partir de la lectura de La gaviota de Chejov en el taller de escritura teatral impartido por José María Esbec

VALLE GUTIÉRREZ DEL SAZ

Interior del Bazar Eslavo en la Calle de Molchánovka, casa de Grojolski. Habitación interior, con muy poca luz. Una bombilla pende de un cable que ilumina tenuemente toda la estancia. Por la ventana situada enfrente vemos la pared del patio interior. Una cama sin hacer se sitúa a la izquierda de la ventana. De un baúl enfrente de ella sobresalen pelucas y distintos vestidos, todos ellos raídos y gastados. Hay libros tirados por la estancia, apilados en pequeñas torres. A la derecha una palangana con un poco de agua y varias toallas sucias a su alrededor. A la derecha de la ventana hay un sillón. Sentada en él mira por la ventana NINA. Viste una bata con algún remiendo. Lleva calcetines de lana hasta las rodillas. Su cara está pálida y su pelo despeinado. Sobre su regazo hay un libro abierto.
NINA – “Si alguna vez necesitas mi vida, ven y tómala”. Ven, tómala, ven, vuelve… (se acerca el libro al pecho; mira a la pared por la ventana).
Silencio en la estancia. Unos golpes en la puerta sobresaltan a NINA. Se levanta del sillón lentamente; deja el libro abierto sobre él. Se acerca a la puerta y pega la cabeza en ella.
ARKÁDINA – (desde el exterior, suplicante) Abre la puerta, Zariéchnaia, necesito hablarte sobre Trigorin (silencio). Por favor, déjame entrar (silencio). Temo por su vida, por favor, Zariéchnaia.
NINA se aleja de la puerta. Está confusa. Vacila. Finalmente se acerca a la puerta y abre. ARKÁDINA entra. Mira a NINA y examina pausadamente la estancia.
NINA – ¿Qué le sucede a Trigorin? Dígamelo, por favor, necesito saberlo.
ARKÁDINA no contesta. Sigue caminando por la habitación, mirando todo lo que hay allí.
ARKÁDINA – Y pensar que aquí…
NINA – ¡Por favor!
Silencio. Las dos mujeres se miran.
ARKÁDINA – Trigorin no seguirá pagando su estancia en este lugar. Ya ha abusado bastante de su caridad. Mañana deberá abandonar la habitación y sino yo misma me encargaré de que la echen de aquí. No se le ocurra volver a acercarse a nosotros, ¿me oye?, en su vida.
NINA – Pero, pero Trigorin…él…
ARKÁDINA – Buenos días (Sale. Cierra la puerta)
NINA se queda sola en medio de la habitación. Mira a su alrededor. Se acerca al sillón en que estaba sentada. Coge el libro y vuelve a leer.
NINA – “Si alguna vez necesitas mi vida, ven y tómala” (silencio) Soy una gaviota, sin alas, una gaviota. No puedo volar. No, no puedo… (Respira profundamente y lanza el libro contra la pared). Si al menos… (se toca el vientre). ¡No, no! (respiración agitada) “Ven y tómala”, sí, y rómpela y no me la devuelvas y quédate con ella para siempre (silencio; respiración agitada, intranquilidad) Soy una gaviota, una gaviota… yo nunca seré Irina Nikolaievna, porque yo soy una gaviota sin alas, sin plumas, sin vida. Una gaviota…

Sonetos 2015-2016

PABLO MACÍAS

Un soneto carente de lirismo

Cuando me paro a contemplar mi estado
para hacer balance y ver cómo ha ido,
me doy cuenta de que estoy bien jodido.
Nada salió según lo planeado.
Después de tanto esfuerzo realizado,
fíjate para lo que me ha servido.
Son treinta los años que no he vivido,
con mi hijo todavía aquí acoplado.
Así lanzo, mientras me visto aprisa,
estos pensamientos frente al espejo,
involuntarios, igual que la risa
que me da cuando veo mi reflejo,
porque es abrocharme una camisa
de mi padre, y hablar como mi viejo.
* El primer verso, como sabéis, es de un soneto de Garcilaso de la Vega.

VÍCTOR GONZALO

Azul

Azul que mece y consuela este cielo,
luz brillante de corazón sincero.
Mirándote atento siempre te espero,
azul de viento que vela mi vuelo.

Azul cargado de apoyo y consuelo,
nave de nubes repleta de esmero,
timón y mástil de barco velero,
lluvia que lleva el profundo desvelo.

Azul alegre de fiesta y guirnalda
baila conmigo que la tarde es larga,
quiero ser brisa al compás de tu falda.

Azul que aleja decepción amarga
te pinto serena y verde esmeralda.
¡Qué azul todo, cuando azul es la carga!

TRIANA MERCHÁN

El puño izquierdo, levántalo alto
Grita con rabia, silencia tu miedo
El abuelo no tembló ante el torpedo,
Yo no estaré tirada en el asfalto

Las galerías, tus ojos cobalto
Fue tu lucha, la lucha que yo heredo
Yo me muestro firme, no retrocedo
Tu huella quedó y por eso lo exalto

Llenos de valor nuestros corazones
Ellos aferrados a su pasado
El orgullo y el valor son razones

Por ti y por muchos otros he rimado
Hoy me encuentro frente a las misiones
Contad conmigo y mi puño elevado.

JAVIER MUÑOZ DE MORALES

Agrajes en el exilio

Hoy te dejamos atrás, rey Lisuarte.
No hay mayor ingratitud que la tuya.
Tiempo es de que tu reinado concluya.
Tiempo es de escupir sobre tu estandarte

Será mi tosca espada la que ensarte
Tu pútrido corazón, la que engulla
Tu vida, la que con rabia destruya
Tu reino. Yo partiré, sin temor, a matarte,

Pues, entregada a los demás su vida,
Mi primo es piadoso e incapaz de odiar.
Mas yo soy vengativo, y hoy exclamo,

Con ojos en sangre, dicha perdida
Y perenne odio: ¡A mí, rey Lisuar-
te, que yo soy el que te más desamo!

MIRIAM CAMACHO

Horas lentas, trenes amargos de camino,
Fugaz segundo, relojes, existencia
Cantan los hombres a voces su destino
Señal de ser verdugo, juez o asesino.

Cantan las madres a voces su destino
El tiempo asfixia, plena impotencia
Cantan los niños a voces su destino
Sucios y fríos, pidiendo clemencia

Duermen tan tranquilos como perros
Los que son culpables de tantas muertes
Los que aguardan la hora de vencerme

Esvásticas acompañan mi agonía,
Cantan los niños a voces su destino
Y solo quedará desvanecerme

Textos escritos por los estudiantes de la asignatura