Planificación VS Mercado

Les comentaba en la entrada anterior…  que, pese a la extendida creencia de que en España hay un elevado número de funcionarios, los datos confirman que realmente no es así y que el porcentaje de empleo público respecto al total de la fuerza laboral es de los más bajo del estudio comparativo internacional. Ahora bien, aunque parezca paradójico, pueden aún sobrar funcionarios aunque tengamos pocos. Todo depende del nivel de competencias y servicios públicos que el Estado quiera proporcionar. Si el Estado deja de prestar servicios, los funcionarios (aunque sean muy pocos sobran). Si lo recuerdan, hace ahora un año del debate que el presidente de la patronal, Joan Rosell, quiso lanzar sobre el tema (aquí); debate, por cierto, que no tuvo mucho recorrido.
El tema es recurrente. Cada cierto tiempo se nos alerta sobre el exceso de burocratización de la administración y de un Estado que, con vocación expansiva, va ganando día a día espacios a la esfera privada. Se deja caer la idea de que más burocracia implica menor espacio de libertad para el ciudadano. Y no digo yo que, con frecuencia, cierto laberinto kafkiano-burocrático no nos saque de nuestras casillas al ir de ventanilla en ventanilla, pero lo primero no necesariamente implica lo segundo.
Lo que les quiero comentar hoy es que el mercado, puede llegar a ser igual de opresivo para el ciudadano. Y no solo porque imponga unas condiciones extremas para los excluidos del sistema, sino porque puede resultar tan planificador como cualquier estado comunista en sus mejores tiempos. Al menos, esa era la tesis de Galbraith en su  famoso libro del año 1967 «el Nuevo Estado Industrial». Un libro escrito hace 45 años, pero cuyos análisis sobre el comportamiento estratégico de las grandes corporaciones resulta todavía esclarecedor.
La tesis fundamental de Galbraith es que el capitalismo conduce a una economía tan planificada como el comunismo, aunque de una manera mucho más sutil. El lenguaje y los métodos son distintos, pero el objetivo es el mismo: controlar la producción y la demanda. En la economía de mercado no se habla de «planificar» pero sí de adoptar estrategias para «reducir la incertidumbre». Entre ellas: el control de precios (a través de acuerdos oligopolistas); el control de la demanda privada (a través de la publicidad persuasiva-agresiva); el control de la demanda pública (a través de presiones sobre gobierno para contratas o «capitalismo del BOE«; la estabilidad de precios (a través de la teología anti-inflaccionaria  dominante que antepone el control de precios a cualquier otra consideración de política económica); la estabilidad de salarios (a través de legislaciones laborales favorables); el control de la formación (a través de las recomendaciones para una formación más técnica y menos humanista. Por tanto, la economía de mercado, al final, resulta también una economía ciertamente planificada. Y no puede ser de otra manera dadas las exigencias inversoras asociadas a la complejidad tecnológica. Veamos porqué. La tecnología se ha convertido en el protagonista de la nueva economía de mercado; esta tecnología requiere inversiones masivas de capital y ningún gerente, en su sano juicio, se arriesgará a invertir sin tener mínimamente controlado (planificado) el resultado. Un solo producto fallido, puede conducir a la quiebra a una gran empresa.
Para organizar y coordinar toda esta compleja planificación, aparece una nueva burocracia, propia de la economía de mercado que Galbraith bautizó con el afortunado nombre de «tecnoestructura». Esta burocracica de mercado se nutre de técnicos de marketing, juristas, contables, ingenieros, expertos lobbying… todos ellos con la misión fundamental de «planificar» el mercado para garantizar la supervivencia de la empresa. Este celo planificador puede resultar tremendamente perjudicial para el consumidor al tener que pagar precios más altos (acuerdos oligopolistas de fijación de precios)  o consumir bienes que no necesita o desea (publicidad persuasiva).
Además, la vertiente jurídico-administrativa de las grandes corporaciones puede resultar tan kafkiana y opresiva como cierta burocracia estatal. Por ejemplo: el otro día me llegó una carta de mi compañía de telecomunicaciones que me puso de muy mal humor. Me indicaban que salvo que manifestara lo contrario (A través de un formulario web) mis datos serían tratados comercialmente. ¿No sería más lógico y razonable que me pidieran permiso en sentido positivo y no mi renuncia? ¿Porqué tuve que andar perdiendo el tiempo para proteger mi privacidad? Otro ejemplo paradigmático es intentar cambiar de compañía o rescindir la prestación de un servicio por teléfono. Seguro que les suena.
Como ya he dicho muchas veces, creo firmemente que el mercado funciona razonablemente bien, pero hay que estar atentos a los abusos que pueden producirse en su seno.
Como bien decía Galbraith la diferencia entre capitalismo y comunismo es que «bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre y bajo el comunismo es justo lo contrario».

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