Leyendo sobre… materiales y desmaterialiación

En el seminal informe de 1972 «los límites del crecimiento«, el Club de Roma concluyó de forma rotunda que con las tendencias actuales (año 1972) de crecimiento poblacional y sobreexplotación de recursos, la tierra alcanzaría su límite absoluto de crecimiento en los próximos 100 años. El estudio se ha reeditado y ampliado en varias ocasiones, en la última de 2012 los autores sostienen que ya hemos alcanzado esos límites. En 1987 se publicaría el otro de los informes primigenios sobre la sostenibilidad: «nuestro futuro en común: el Informe Brundtland» en el que, de nuevo, se ponía de manifiesto las capacidades limitadas del planeta tierra y se introducía el concepto de «desarrollo sostenible». Con independencia de su precisión, estos informes lograron despertar la conciencia ecológica, abrir un campo de investigación sobre los límites del planeta y, sobre todo, introducir en la agenda política la preocupación medioambiental.

Ahora bien, conviene señalar que cuando hablamos de los «límites» del planeta, debemos diferenciar entre el «límite» de los recursos y el «límite» de los ecosistemas para absorber perturbaciones sin que se altere su funcionamiento; lo que conocemos como resiliencia. En los primeros años, las alertas y el alarmismo ecológico se centraba en el agotamiento de los recursos: ¿cuanto años podremos funcionar con las reservas de carbón o petroleo? La reciente evidencia científica, sin embargo, incide en que mas preocupante que el agotamiento de los recursos, es la capacidad de la tierra de absorber los impactos de la actividad humana. Por eso, las reservas de petroleo ya no son el problema. Concretamente y, a modo de ejemplo, si mantenemos el objetivo de limitar el calentamiento global en 2ºC, alcanzaríamos ese nivel consumiendo entre un 8-10% de las reservas de petróleo.

En su excelente libro «making the modern world», Vaclav Smil llega a conclusiones similares a través del análisis exhaustivo del consumo de materiales que requiere la actividad humana y la supuesta dematerialización asociada a la nueva economía. Tres conclusiones destacaría de este libro.

La primera es que el Siglo XX ha visto un incremento absoluto en el consumo de todas las categorías materiales, con un declive relativo en la la importancia de los biomateriales (maderas) y un aumento de los materiales asociados a la construcción y de los metales. Ahora bien, los avances tecnológicos han permitido que un creciente consumo de recursos, sea compatible con un nivel estable de las reservas. Es decir, los usos más eficientes y nuevos formas de explotación permiten sacar más producción de una unidad de recurso, por lo que el volumen de reservas de los principales materiales no ha cambiado en las últimas décadas.

La segunda es la contundente negación de la desmaterialiación de la economía. Algo que se nos ha vendido como otro de los grandes logros de los desarrollos tecnológicos. Intuitivamente podría pensarse que un smartphone te ahorra una cámara de fotos, una agenda, un reproductor de música, muchos papel postal, etc…. Ahora bien, la realidad no es tan evidente; al menos por dos razones: en primer lugar, los centros de datos y otras infraestructuras necesarias asociados a las tecnológicas de la información y la comunicación suponen un enorme consumo de recursos y energía. Por otra parte, en términos absolutos una población creciente demanda más cantidad de bienes.

La tercera, y la que a mí me parece más interesante, es la apuesta por la «desmaterialización» de la felicidad. El autor apela por una nueva sociedad en la que, una vez cubiertas las necesidades vitales, el bienestar y la satisfacción se deriven de experiencias no directamente correlacionadas con la expansión de las posesiones materiales y el consumo de energía. ¿Que cómo se puede lograr esto? Pues sobre ello, ya me he extendido con anterioridad hablando de lo que constituye o debería constituir la buena vida.

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