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Habitos saludables (en politica) y efecto ancla

En psicología se denomina «efecto anclaje» a la tendencia que tenemos a establecer un punto de partida antes situaciones nuevas o a cómo la mente se «ancla» a una determina percepción. La sabiduría popular ya identificó el fenómeno en el famoso dicho «la primera impresión es la que cuenta».

En economía hablamos de «precio ancla» para resaltar la importancia del primer precio que el consumidor relaciona con un producto. Dan Ariely, en su estupendo libro Las trampas del deseo, cuenta un ejemplo clásico del marketing: el de Salvador Assael. Este señor, conocido como el rey de las perlas, compró un lote de perlas negras en Tahití que, sin embargo, no consiguió vender en Estados Unidos. Lejos de resignarse decidió perseverar. Esperó un tiempo, mejoró la calidad y volvió de nuevo a la carga, pero cambiando de estrategia. Acudió a un amigo joyero en Nueva York para que expusiera las perlas en el escaparate de su tienda en la quinta avenida junto a diamantes, esmeraldas y otras piedras preciosas y, aquí viene la genialidad, a un precio exorbitante. Esta estrategia, junto con anuncios en las principales revistas de moda, convirtió a las perlas negras en símbolo de glamour y objeto de deseo por la alta sociedad Neoyorquina. Assael hizo una fortuna. La «primera impresión» forjada por la inteligente campaña de Assael hizo que nadie aceptara comerciar con las perlas a los precios anteriores e inferiores, cuando nadie conocía su devaluada existencia. Ariely, a través de varios experimentos de economía conductual, demuestra lo poderoso del efecto ancla en el comportamiento de los consumidores.

Me viene esta historia a la memoria a raíz de la noticia «El constitucional permite al gobierno eludir el control al congreso«. Es la primera vez que la democracia española vive un período tan largo de gobierno en funciones; por tanto, muchas de las opciones que se tomen quedarán «ancladas» como referentes para el futuro. El gobierno ha decidido eludir el control de congreso amparándose en que no tiene que rendir cuentas ante una cámara que no le dio su confianza. Esta táctica le puede rendir rédito a corto plazo al Partido Popular, evitando desgastes innecesarios en controles parlamentarios; pero a largo plazo, está «anclando» un comportamiento ante una situación novedosa que hace un flaco favor  a la salud democrática.

El PSOE de Felipe González «ancló» en España la dinámica de que aquí las dimisiones iban a ser la excepción más que norma. Se consolidó la cultura de que nadie iba a dimitir a no ser que se lo llevaran esposado a la cárcel. Por eso nos sorprende que en otros países dimitan ministros por cuestiones como falsear una línea de currículum o plagiar su tesis, y aquí no dimite nadie aún estando imputado/investigado. Es cierto, que la situación empieza a cambiar, pero no por limpieza democrática de los partidos políticos, sino por la presión social de lo que ya es insostenible. El caso del ministro Soria es paradigmático: dimite cuando no le queda otra, y tienen la desvergüenza de querer «recompensarlo» con un cargo de lujo. En definitiva, una cultura de la no-dimisión y de la recompensa a los amiguetes que quedó anclada en los primeros años de la democracia.

Se insiste en los medios pedagógicos de que para acabar con la obesidad infantil lo mejor no es acudir a dietas temporales, sino educar en hábitos saludables; pues estos transforman poco a poco y te acompañan de forma inconsciente. Pues bien, la política española tiene una asignatura pendiente con los «hábitos de salud democrática». La clase política piensa que el problema de la obesidad de la corrupción se resuleve con una liposucción, extirpando a los corruptos más ínclitos, pero no es así. La solución pasa por «anclar» hábitos saludables en las organizaciones políticas y tolerancia cero frente a la corrupción y las prácticas de amiguismo y oscurantismo.

El primer presidente 2.0, que pierde las elecciones

Se ha repetido muchas veces que en lo que llevamos de democracia, en nuestro país, las elecciones nunca las gana la oposición sino que las pierde el partido en el poder. Así ocurrió con Felipe González, que realmente no entendió el mensaje de las urnas del 1993 y perdió los comicios frente al Aznar del «váyase señor González«; quien a su vez los perdió frente al Zapatero del «no a la guerra»; quien a su vez los perdió Frente al Rajoy que le reclamaba «reconocer la crisis» . Ni Aznar, ni Zapatero, ni Rajoy ganaron las elecciones, sino que la ciudadanía soberana mandó al partido gobernante a la oposición, bien por la insostenible corrupción y el régimen clientelista de un partido que tentacularmente llegó a confundirse con el Estado, bien por la soberbia de meternos en una guerra a la que no queríamos ir, bien por la incompetente gestión de una crisis económica que no se quiso ver.

Personalmente creo que en estas elecciones se vuelve a cumplir esa regla no escrita de nuestra democracia. Pablo Iglesias adoptó la figura institucional de presidente «in pectore» y cómo tal articuló la campaña electoral. Se sintió seguro habiendo sometido a IU, aupado por las encuestas y por una Ley electoral que ahora sí le iba a ser favorable. Ofreció vicepresidencias al PSOE, referéndums por doquier y pintó líneas rojas hasta quedarse sin tinta. Además, se hizo socialdemocrata. Todo apuntaba bien. La Moncloa le esperaba, al igual que lo habían hecho las plazas llenas de indignados. Pero el electorado, de nuevo, se mantuvo fiel a su principio: castigar al presidente y al gobierno que, con soberbia desconecta de la sociedad y de los problemas reales de la gente y se cree que que todos los demás están equivocados. Le pasó a González; le pasó a Aznar, le pasó a Zapatero, le pasó a Rajoy en diciembre y, ahora, le pasa a Pablo Iglesias. Su personal tragedia es que «in pectore» no es los mismo que ostentar el cargo real. Podríamos decir que ha sido el primer presidente 2.0; ha creído ser presidente sin serlo y le han echado del cargo como a todos los anteriores. Nada nuevo bajo el sol.

Lo que sí es real es que pudo mandar a Rajoy a hacer senderismo por esos mundos de Dios; y no lo hizo. Que pudo haber calculado el mínimo común múltiplo con PSOE y Ciudadanos y haber contribuido la regeneración en una legislatura corta; y no lo hizo. Que pudo…; y no lo hizo.

Una última reflexión: Que el principal granero de votos de los independentistas catalanes sea el ínclito Mariano Rajoy y que el principal granero de votos de del ínclito Mariano Rajoy sea Pablo Iglesias es algo que sólo puede pasar en este país.

Rajoy y la máquina de escribir

il_570xn-455996805_c4zdEl otro día en mi vieja habitación de la casa familiar me encontré con mi antigua máquina de escribir; una máquina de gama medio-baja pero que cubría estupendamente bien las necesidades de un estudiante de Bachillerato de finales de los 80. Pues bien, no sé porqué (quizá llevado de ese impulso nostálgico de los que estamos en una edad que no sabemos si vamos o venimos o que lo mismo nos sale una cana que un grano p…..) pues decidí desempolvarla, apretar las teclas y…¡voila! funcionaba a las mil maravillas.  Y pensé: ¿con al aura nostálgico-romántica que tienen las máquinas de escribir, porque no mantengo mi blog con mi antigua Olympia verdoncha?¿Quizá las musas me sean más propicias? Total, que no sé si el angelillo del hombro derecho o el diablillo del izquierdo me decían: «coge tu vieja máquina y déjate de ordenadores y chiches que enturbian más que esclarecen el pensamiento».  Por supuesto, la máquina se quedo en casa de mis padres y yo ando tipeando esta entrada en mi ordenador y viendo cómo se desplaza el cursor delante de una estupenda pantalla LED de 27″. Obviamente, una anécdota no hace categoría, pero a veces el poder evocador es tan poderoso que puede convertirse en cuento con moraleja.

A estas alturas de la película, creo que no sorprende a nadie el inmovilismo épico de nuestro presidente del gobierno. Dejar las cosas como están es una manera tan legítima como otra de entender el servicio público. Y si sus votantes lo avalan, pues nada que objetar. Ahora bien, lo que me rechina enormemente es el argumento: «Si las cosas funcionan para qué vamos a tocarlas». En la entrevista de Jordí Évole la idea sobrevoló buena parte de sus intervención, justificando con convicción su inmovilista manera de entender la política. Y la idea, lejos de ser una más de entre las cientos que rellenan los discursos, se está convirtiendo en el eje central de su mensaje electoral con el doble objetivo de convencernos, primero, de que las cosas funcionan y, segundo, del daño que pueden hacer aquellos-que-quieren-cambiarlo-todo. No es que yo defienda ponerlo todo patas arriba; si no no ser maximalista en los postulados.

Pues bien, creo que a Rajoy le vendría bien repensar su posición del «si-funciona-para-que-cambiarlo» mirando empresas como Olivetti (por seguir en el sector de las máquinas de escribir) o de Kodak (en el sector fotográfico) o de Nokia (telefonía móvil). Empresas que teniéndolo todo, siendo las auténticas líderes mundiales y partiendo de una excelente posición de salida se dejaron adelantar por la derecha por starts-up (firmas más pequeñas o más creativas) que sí creyeron en qué se podían cambiar las cosas que funcionaban.  Algo parecido pasa en el sector del cine y la TV; mientras que los grandes estudios siguen presionando a gobiernos para conseguir leyes más estrictas, al tiempo que anacrónicas e inútiles, y extensiones temporales de los derechos de autor, otras nuevas compañías, como NEtflix, perciben que los modos de hacer negocio han cambiado y triunfan donde las grandes sólo saben lamerse las heridas.

En definitiva, ese inmovilismo del Sr. Rajoy me suena a viejuno, a tratar de que se pare el mundo porque yo no soy capaz de adaptarme. Creo que nuestra clase política y la sociedad en general ganaría mucho si supiéramos diferenciar entre los viejo y lo viejuno. Lo viejo y lo antiguo puede incluir elementos dignos de preservarse y cuando todo en ellos es excepcional lo etiquetamos como clásico; pero lo viejuno es otra cosa, es una manera casposa, sectaria y torpe de intentar frenar todo aquello que no cuadra con mi inmovilista visión del mundo.

Rajoy y la máquina de escribir es un cuento con moraleja, sobre unos políticos analfabetos digitales que no se enteran de cómo ayudar a su país a ser más competitivos en un entorno tan cambiante y de suelo tan resbaladizo. Por supuesto, que el ser humano se encuentra más a gusto en la certeza del tiempo pasado; pero el cambio es de dimensiones tan épicas que el «si-las-cosas-funcionan-vamos-a-dejarlas-como-están» no nos va a servir para nada más que para perder, de nuevo, como tantas otras veces, el tren de la historia. Y mientras tanto, seguiremos tipeando en máquinas de escribir… porque esas sí que funcionan.

Mínimo común múltiplo y pactos post-electorales.

 

He de reconocer que de mis años de EGB (ahora tan de moda) me quedan pocos recuerdos nítidos de lo que allí aprendí; sabría localizar ríos y cordilleras más por haberlos recorrido a lo largo de los años, que por recordar fijarlos en aquellos mapas físicos de multicopista en blanco y negro. No obstante, hay un algunas cosas que si se grabaron indeleblemente en mi memoria, entre ellas «la canción del pirata», con su evocadora visión aventurera, y el mínimo común múltiplo (MCM) y máximo común denominador (MCD), de nombres tan rimbombantes que, por aquel entonces, me parecían el súmmum de la ciencia. Es cierto que volví sobre ellos innumerables veces en bachillerato y Universidad; pero lo que permanece fijo en mi memoria son aquellos iniciáticos cálculos en libreta cuadriculada, con lápiz bien afilado y refondeados números, que bien quisiera tener ahora. Y de los dos, el que más me gustaba era el MCM; me parecía fascinante que hubiera un «número» que los demás pudieran tener en común.Pues bien, en esta larga etapa post-electoral -que más bien parece de pre-campaña- no puedo quitarme el concepto de MCM de la cabeza.

Me parEl-Roto-Eleccionesece un despropósito monumental que tengamos que volver a repetir las elecciones. Es cierto, que los políticos se encuentran más a gusto con mayorías estables (ni digamos si es absoluta) para poder cumplir/incumplir con tranquilidad cuatrianual su programa electoral. Pero quizá ese es un «paraíso» perdido. Los sondeos indican que los resultados no serán muy diferentes a los actuales y los pactos serán necesarios. Por ello, no puedo entender que habiendo sustanciales e importantes cosas en común entre los bloques políticos no decidan fijarse, por el momento, sólo en lo que les une, dejando para futuras convocatorias electorales aquellas otras propuestas más propias. Pues nada de eso, nuestros políticos se empeñan en la vía maximalista y en el «yo-contigo-no-voy» con independencia de que coincidan en las mínimas cuestiones básicas. A mi juicio, prima el postureo estratégico-político para contentar a los propios, sin importar el interés general y el hartazgo ciudadano. En particular es una pena que teniendo tantos puntos en común que el bloque PSOE-Ciudadanos-Podemos no hayan sido capaces de articular un acuerdo de gobierno que permitiera una «legislatura corta» en la que abordar las cuestiones básicas y urgentes en las que todos estamos de acuerdo. 2 años serían suficientes para aprobar unas leyes de contenido REGENERADOR que devolvieran a la ciudadanía la confianza en lo público y en las posibilidades de el esfuerzo conjunto. Cuestiones como dotar de mayor independencia a la justicia y a la radio televisión pública, hacer más transparente la administración, potenciar las libertades civiles y la protección a los más desfavorecidos y, en definitiva, regenerar la vida pública… son elementos que unen a los tres partidos; son un MCM que podrían llevar a cabo en una legislatura de urgencia y con gran legitimidad social.

Sobre el gasto sanitario

Circunstancias personales me están llevando (contra mi voluntad, todo sea dicho) a hacer un uso intensivo de intensivo de la sanidad pública española; castellano-manchega más concretamente (Que parece que la diferenciación empieza a ser relevante).

Con su más y sus menos (los menos asociados a detalles menores), el servicio está siendo estupendo y el personal sanitario unos enormes profesionales. ¡Y todo esto a precio de ganga! ¿no se lo creen? Pues fíjense en el siguiente gráfico publicado en el nada sospechosos The Economist; en concreto, en la línea de burbujitas correspondiente a la línea de salud (Health). Si comparan el dato USA/EU-28 el diferencial en el tamaño de las burbujas no puede ser más elocuente.

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El gráfico recoge el dato agregado para EU-28 lo que puede esconder diferencias interesantes entre países (aquí tienen el gráfico desagregado). Al margen de las diferencias entre países, la conclusión fundamental es que Estados Unidos gasta muchísimo más en salud que la Unión Europea (Sorprende, por ejemplo que, mientras en España una operación de cadera cuesta sobre 7.700 $ en Estados Unidos cuesta (o cobran por ella) más de 40000$). Y todo este mayor gasto sin que la calidad sea superior. Si nos fijamos en algunos recursos por 100.000 habitantes, vemos que EU es superior en plazas hospital y médicos y USA en enfermeras y dentistas.

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Por otra parte, la esperanza de vida al nacer y la esperanza de vida saludable al nacer son similares en ambas regiones (más datos en el informe de Eurostat «The EU in the world» 2015, capítulo 4).

Todo esto es algo ya sabido, pero conviene recordarlo para seguir apostando por una Sanidad pública que es símbolo de eficiencia, barata-frente-a-otras-alternativas y de buena calidad. No es que me oponga yo a la sanidad privada complementaria de la pública para quien desee pagarla, pues en un entorno de libertad debemos garantizar el «derecho a elegir» de los ciudadanos. Los más libertarios dirán que no hay verdadero derecho a elegir si se expropia, via impuestos, parte de la renta a los contribuyentes para pagar la sanidad, pues en sentido estricto el que pone el impuesto ya están eligiendo por el ciudadano. Razón llevan, pero el «derecho a elegir» debe ser compatible con el interés general de tener una sanidad pública y universal que sea garantía de un servicio de calidad para todos. Todo esto sin valorar la enorme externalidad que es la salud pública, (con menores tasas de enfermedades infecciosas todos vivimos más seguros).

Creo, por tanto, que hay que pagar la sanidad publica entre todos y el que quiera adicionalmente otro tipo de sanidad que la pague adicionalmente. Ceder a las presiones corporativas de seguros privados de salud, puede alentar el crear unos lobbies que luego resultarán difíciles de controlar como bien ha aprendido Obama en sus propias carnes con su intento de reforma sanitaria.

En resumen: tenemos una excelente Sanidad que merece la pena defender; que el palpable deterioro (listas de espera, masificación…) está más relacionado con los recortes que con la ineficiencia del sistema y que la alternativa privada es una opción estupenda, para quien quiera contratarla… ¡aparte!; pues como los datos demuestran, cuando lo privado expulsa a lo público en el ámbito sanitario todo se vuelve más caro (véase USA) y no necesariamente de mejor calidad.

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La «mediocracia» a examen

Quizá hayas muchas cosas nuevas bajo el sol, pero algunas, que pudieran parecer novedosas, son bien antiguas. Decía Maquiavelo allá por el Siglo XVI

«El primer juicio que hacemos, desde luego, sobre un príncipe y sobre su espíritu no es más que conjetura; pero lleva siempre por fundamento legítimo la reputación de los hombres de que se rodea este príncipe. Cuando ellos son de una suficiente capacidad y se manifiestan fieles, podemos tenerle por prudente a él mismo, porque ha sabido conocerlos bastante bien y sabe mantenerlos fieles a su persona. Pero cuando son de otro modo, debemos formar sobre él un juicio poco favorable; porque ha comenzado con una falta grave tomándolos así.»

Dicho así es fácil dar consejos, pero, ¿y cómo puede el Príncipe discernir entre la buena y la mala hierba?

«He aquí un medio que no induce jamás a error. Cuando ves a tu ministro pensar más en sí que en tí, y que en todas sus acciones inquiere su provecho personal, puedes estar persuadido de que este hombre no te servirá nunca bien. No podrás estar jamás seguro de él, porque falta a la primera de las máximas morales de su condición. Esta máxima es que el que maneja los negocios de un Estado no debe nunca pensar en sí mismo, sino en el príncipe, ni recordarle jamás cosa ninguna que no se refiera a los intereses de su principado

 

2011-05-17

Efectivamente, parece que no enteran. La «novedad» del final del bipartidismo, a mi juicio, no es más que el castigo de la ciudadanía a la mediocridad imperante en los partidos políticos; a una selección de élites menos pensada en el servicio a la sociedad que en la disciplina de partido. La corrupción no es la causa del derrumbe de los partidos dominantes sino que es más bien la consecuencia de una política de recursos humanos nefasta.

Recuerdo de mis años de estudiante de Ciencias Políticas que una de las misiones fundamentales de los partidos políticos es la «selección de las élites». Es decir, los partidos se justifican institucionalmente dentro del sistema (por eso reciben ayudas públicas) como vehículo que canaliza los votos hacia los mejores representantes. Pues bien, creo que las mayorías absolutas condujeron a ciertas soberbias que hicieron pensar a los líderes de los partidos que estaban por encima de los votantes. Convirtieron los aparatos de los partidos,  los cargos de confianza, e incluso las plazas de funcionario, en sinecuras con las que recompensar a los fieles, a los aduladores, a lo voceros… a gente, salvo honrosas excepciones, sin más currículum que el carnet del partido. Esta desastrosa selección pudo ser premeditada (para que el segundón no hiciera sombra al líder) o no; en cualquier caso, la consecuencia ha sido unos partidos mediocres en los que muchos encontraron más un puesto para medrar que una oportunidad para servir. Y claro, al final, los esforzados ciudadanos se indignan con que el más mediocre de la clase se dé ínfulas de virrey en coche oficial con los cristales muy oscuros. La única aptitud que exigían los partidos fue la de repetir con convicción, y ferocidad si era asunto de oposición,  los comunicados internos  que cada lunes repartía el partido.

 

Con otra política de Recursos Humanos quizás los ciudadanos hubieran sido más benevolentes con la casta política ante los envites de la crisis; pero lo que nos ofrecieron y nos siguen ofreciendo es una legión de mediocres al servicio del partido. Un constante «y tú más»; un  permanente mirarse al obligo, un aferrarse al sillón… que produce hartazgo y un impulso instintivo a hacer zapping ante determinadas caras y mensajes.

La desistitucionalización de España.

Como ya les comentaba en una entrada anterior (aquí) está haciendo fortuna la tesis sobre las «instituciones inclusivas y extractivas» para explicar «por qué fracasan las naciones«. La idea básica es que las primeras sientan las bases del desarrollo, mientras que las segundas benefician sólo a grupos o élites determinadas. Entre las primeras destaca: las garantías sobre la propiedad privada, un sistema legal imparcial y una provisión de servicios públicos que beneficia a todos por igual y donde todos pueden intercambiar libremente. Estas instituciones alientas la inversión y conducen al desarrollo. Por el contrario, las instituciones extractivas, extraen la riqueza de la comunidad en beneficio de unos pocos que ejercen toda sus influencia para perpetuar sus beneficios particulares. César Molins ha desarrollado una versión castiza de la teoría, capitalismo castizo lo llama, en el que denuncia cómo este país lo controlan un grupo de selectas estirpes empresariales con conexiones políticas (puertas giratorias se les denomina ahora) que han ido haciendo fortuna al amparo del BOE. De hecho parte de la moderna «armada invencible» española: Telefónica, Repsol, Tabacalera, Endesa… sólo se entiende a partir de los proceso de privatización y de las contratas públicas.

Transparencia

Toda esta introducción no es sino un pretexto para alertar sobre los peligros de las instituciones/políticas/élites extractivas que presionan al gobierno de turno o capturan al regulador (como se dice más sofisticadamente en economía) para que legisle en su poder. En este sentido los 3 años de gobierno del PP han sido especialmente nefastos; lo cual no quiere decir que el PSOE no tenga pecados que purgar en este sentido. Bien por presiones de grupos de interés o bien por política partidista, el PP no ha dejado de minar la independencia de instituciones garantes y protectoras de los intereses generales. Como muestra un botón (o varios):

– El gobierno aprobó a final de año el denominado canon AEDE también conocido como «Tasa Google». Ampliamente criticado en redes sociales, que motivó el cierre de Google News en España (único país en el mundo) y que pretende beneficiar (si al final lo hace) a un selecto grupo de editores.

– Todo el sistema de regulación de la tarifa eléctrica, no es sino una concesión a uno de los lobbies más importantes del país. Para ser rigurosos, el PSOE también tendría que hacer penitencia en este sentido. Si les interesa el tema (aqui).

– La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) de reciente creación tras fusionar los organismos reguladores y autoridades de competencia suscita dudas sobre su ideonidad (aquí). Si bien su presidente parece que está haciendo valer su independencia, lo cual no está gustando al gobierno, de nuevo activista en favor de los grandes (aquí)

Pero lo más llamativo es la instrumentalización política de instituciones de las que, hasta ahora, nadie dudaba. El caso de la Agencia Tributaria es para nota. La ridiculez del informe «por imperativo legal» ante la petición del Juez Ruz en el caso de los papeles de Bárcenas para exonerar al PP no tiene nombre. Lástima de los técnicos y excelentes profesionales de hacienda que se ven obligados a navegar bajo esa bandera.

El penúltimo caso (el último está por llegar) es el del gobernador del Banco de España que sostiene que la austeridad y los recortes son patrióticos. El adjetivo desde luego le ha quedado fino. Patriótico. Máxime teniendo en cuenta que los beneficios de la austeridad son discutidos todavía a nivel académico por muchos economistas e instituciones nada sospechosas (aquí). Aunque para ser justos, el Banco de España nunca escapó a los afanes de control del PSOE.

En fín que en vez de apostar por instituciones estables, independientes, garantistas y que den certeza a los ciudadanos… mejor vamos cortándolas a nuestra medida y ponemos a amiguetes en ellas.

 

 

De momento… han podido

El sábado Podemos decidió sacar a la gente a la calle… y lo consiguió.

el-roto-manifestacion-puerta-del-sol-580x681Fue un éxito participativo. Quisieron y pudieron tomar las calles de Madrid. Nadie lo niega; ni siquiera los voceros de casta. Ante el poder exhibido, tertulianos en nómina y lineas editoriales de medios afines a las moquetas ministeriales y sedes de partidos se han visto obligados a esforzarse en el nivel de la crítica. Van dejando atrás «los experimentos mejor con gasesosa», «la alegre chiquillada» y la «algarabía perro-flauta de clases ociosas» en favor de análisis críticos más elaborados del discurso. El mensaje central que ahora se quiere lanzar desde dentro del sistema a la ciudadanía en relación con el discurso es que no hay discurso. Critican un mensaje que sólo apela a los sentimientos, a los sueños, a los idearios, a las utopías, pero que carece de propuestas concretas, de hojas de rutas, de filosofías políticas que le den solidez intelectual como alternativa política.

Y ahí, precisamente ahí, es donde se equivocan. Apelar a los sentimientos y conseguir despertarlos, sin que suenen a discursos precocinados, es lo más concreto y práctico desde el punto de vista político. Con una ciudadanía tan jodida ante el austericidio macroeconómico y la desvergüenza y soberbia de los timoneles públicos y privados que han antepuesto los intereses de grupo al bien común, ¿a que más se puede apelar?

Yo no lo viví en primera persona, pero me da la sensación de que el éxito de la transición fue apelar a los sentimientos de deseos de libertad y solidaridad, sin que los líderes de la alternativa al régimen tuvieran muy claro la hoja de ruta. Quizá no se deba hablar de improvisación, pero sí de que Suarez y el resto de líderes fueron apagando los fuegos día a día. El principal activo de la transición fue el valor de los sentimientos. ¿Les suenan ahora mejor las referencias al Quijote y a los sueños? Por el momento, esto les vale. Y si tocan poder, pues ya abordaran los retos de su etéreo programa económico. Ahora no es el momento de la calculadora, sino de la lírica.

En cualquier caso, algo tangible han conseguido: meterle el miedo en el cuerpo al PP y hacer que el PSOE se vista el traje de la irrelevancia en la izquierda con sus 110 diputados.  Y que quieren que les diga, algo de justicia poética hay en todo ello, por la soberbia con que pasaron de las americanas de pana a los mocasines de marca.

El «político» como problema

Shakespeare, en su conocida tragedia sobre el asesinato de «Julio César«, pone en boca de Bruto unas memorables palabras sobre la corrupción del poder político: «El abuso de la grandeza viene cuando en ella se divorcia la clemencia del poder. A decir verdad, nunca he visto que las pasiones de César dominasen más que su razón; pero es cosa sabida que la humildad es una escala de la ambición incipiente, a la que vuelve el rostro trepador; pero una vez en el peldaño más alto, da entonces la espalda a la escala, tiende la vista a las nubes y desdeña los humildes escalones que le encumbraron. Igual puede César; luego evitémoslo antes que lo hiciere«. Con estas palabras quiso Bruto  legitimar su papel ante la historia en la conspiración que acabó con la vida de Julio César. Queda a cada cual juzgar si fue el héroe del tiranicidio legítimo o el villano ávido de poder que quiso derrocar con el puñal y no con la fuerza de la oratoria. En cualquier caso, resulta pertinente rememorar este pasaje al hilo del descrédito que sufre nuestra actual clase política. Nos recuerda Bruto el carácter de servidor público al que se debe el político y con qué facilidad dicho político lo olvida cuando asciende hacia el Olimpo de los poderosos.

Soy de los que creen que la actividad política es la más noble de las profesiones. Renunciar a una carrera privada por servir a los demás merece el respeto y reconocimiento de la ciudadanía en favor de la cual trabajan. Dada la nobleza de espíritu y buenas intenciones que presupongo a la vocación por la cosa pública, no me indigna el status económico y jurídico atribuidos al cargo, pero sí el que esas asignaciones vayan a parar a cualquiera de los políticos, mediocres, torticeros y criados al regazo de los brazos de los aparatos de organización que se aferran al cargo y que han hecho de la cosa pública un modo de vida y un espacio de compadreo. Diferencio, pues, claramente el cargo y la dignidad que se merece del político que eventualmente lo asume, en algunos casos con honor y sentimiento de servicio, pero en otro mucho con desvergüenza. El problema, por tanto, no lo veo en las prebendas sino en la mediocridad de los candidatos. Los privilegios no me parecen excesivos al pensar en el cargo, pero sí al pensar en quien los ocupa. En castellano claro: no se ganan el sueldo y por eso andamos indignados con esta fauna. De ellos son en buena parte responsables los partidos políticos, por dejación de una de sus funciones más emblemáticas: la selección de las élites. Tras 35 años de democracia y de organizar el cotarro se nos presente con una «cosecha» de políticos bastante mejorable. Gente sin arrestos, sin ideas, sin templanza para alzar la voz.
No vayan a creer que pienso que todos los políticos son unos arribistas. También los hay vocacionados que con fortaleza de ideales se lanzan a transformar el mundo, aunque muchos de ellos antes o después acaban perdiendo el norte (que es y siempre será el servicio a los demás) tendiendo la vista a las nubes y desdeñando las humildes escalones que los encumbraron. 
Así pues, entre los arribistas sin vocación y los que inicialmente sí la tuvieron pero de ella se olvidaron al ascender en el escalafón, nos encontramos con una falta de liderazgo moral atroz. Que no digo yo que sea la causa de la actual crisis, pero todo ayuda. Los discursos y las agendas políticas ilusionan menos a la población que una visita al dentista.
Que con la que está cayendo, la clase política sea parte del problema y no parte de la solución es para nota.
Y claro no me extraña que con este panorama pongamos toda nuestra esperanza de redención ante el destino en 11 chavales vestidos de rojo, que parece ser el único mínimo común denominador de esta tierra llena de envidias yen la que todo, absolutamente todo se considera arma política. En vez de estar pensando en gobiernos de concentración, lealtades más allá de los partidos y pactos de Estado que recompongan nuestra ilusión como nación, aquí seguimos dándonos garrotazos. Parece que poco o nada ha cambiado desde que Goya retratara con tanta precisión nuestra alma más profunda.


Sobre la «casta» política

Comentaba en una entrada anterior (aquí), al hilo del caso Berlusconi, que la defenestración de un político por parte de los mercados no es el orden natural de las cosas en las democracias occidentales. Un político dimite por voluntad propia o por la presión popular pero no debería dimitir por la presión de los mercados.(materializada en el diferencial de deuda). Otra cuestión bien distinta es que se lo tenga merecido y que buena parte de la ciudadanía italiana duerma más tranquila con Mario Monti al timón. Pero en democracia, las formas son importantes, muy importantes.
Lo anterior, sin embargo, no exime de exigir responsabilidad a la clase política. Los casos de corrupción se suceden en las cabeceras de los periódicos dejando en la ciudadanía la sensación de que los políticos se lo han estado llevando crudo; de que este es un país de amiguetes (quien no tiene padrino…), de despilfarro y obras faraónicas, de clientelismo, de que el que venga detrás que arree… y no es así; o al menos yo así lo quiero creer. Entre administración local, comarcal (según casos), provincial, regional, nacional y europea son miles los políticos de este país, muchos de ellos no remunerados (administración local) que ejercen su cargo con vocación de servicios a sus ciudadanos. No obstante, la amplificación mediática de los escándalos, su relativamente gran número y lo escabroso de los detalles oscurece ese labor y provoca que los ciudadanos metan en el mismo cesto de la casta-política-privilegiada-e-insensible-a-los-problemas-del-ciudadano a todo cargo electo. Y esto no es justo.
Ahora bien, donde sí veo una culpa colectiva por parte de la clase política es, primero, en no apartar con la suficiente diligencia las manzanas podridas del cesto y, segundo, en anteponer sus problemas e intereses corporativos, orgánicos y electorales a los del interés general del país. Estas dos actitudes son las que, a mi juicio, explican el desapego y distanciamiento de los españoles hacia su clase política.
No puede ser que con la que está cayendo los ciudadanos perciban a la clase política y a los partidos como el tercer gran problema del país (aquí) y no como la solución. Algo no funciona.

El «imperium» de los mercados

En Historia de la Teoría Política se conoce como la «cuestión de las investiduras» al conflicto, que a finales del siglo XII, enfrentó a papas y emperadores del sacro imperio romano germano. La cuestión la podemos resumir de la siguiente forma: si el papa es la máxima autoridad religiosa, en él recae la facultad de investir a los clérigos y a él le debe obediencia; ahora bien, los feudos territoriales eclesiásticos prestaban vasallaje, al igual que los laicos, al rey quien, por tanto, quería controlar también los nombramientos. Esta cuestión no era sino un enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre a quien debe obediencia el clero y, en definitiva, sobre quien recaía el «imperium» o la capacidad de ejercer el poder. Ambas trataban de fundamentar teológicamente la fuente de su poder: el papado esgrimía ser el representante de Dios en la tierra; el emperador que gobernaba «por la gracia de Dios». Al final se impuso una distribución de competencias: el papa consagraba y el emperador nombraba titular de un feudo; eso sí, con la capacidad de veto del emperador sobre candidatos conflictivos. Ya se sabe que lo terrenal nos pilla más cerca que el castigo divino.

Me acordaba de esta historia de conflicto de competencias y de confusión de roles a la luz de los recientes acontecimientos en la política italiana que han culminado en la dimisión del primer ministro Silvio Berlusconi. No seré yo quien levante la mano en favor de dicho personaje, pero sí por la forma en que han transcurrido los acontecimientos. Puede que la ciudadanía italiana estuviera harta de su primer ministro, de su desvergüenza, de su descaro, de su falta de escrúpulo al mezclar la esfera público-privada, de su falta de respeto por la dignidad del cargo y por la ética de la profesión política. de su…  ahora bien,  una cosa es que dimita por la presión popular y otra que tenga que huir a la carrera por la presión de los mercados, lo cual parece haber sido el caso.
Si no recuerdo mal de cuando estudiaba teoría política, la soberanía popular reside en el pueblo y, en democracia, se manifiesta en las elecciones y el subsiguiente proceso de votaciones para escoger a los representantes del pueblo (otro día hablaremos de lo poco que hace la clase política por dignificar el cargo). Los mercados no tienen capacidad legal para elegir o destituir (en este caso por la vía de los hechos) a los representantes; sin embargo, parece que el «imperium» moderno reside en estos entes abstractos con la increíble capacidad de determinar con detalle las políticas públicas e, incluso, derrocar gobiernos.
No tengo especial animadversión contra los mercados financieros ni una percepción diabólica de los mismos. Son instituciones que ejercen un papel fundamental: canalizan los ahorros y el dinero en busca de inversiones provechosas y al hacerlo proporcionan el aceite necesario para que funcione el engranaje de la economía de mercado. No obstante, cuando los mercados funcionan de forma descontrolada y desordenada, cuando «todo vale» por ofrecer cifras que aplaquen a las fieras-agencias de rating, cuando se abandona el parqué para entrar en el casino algo deja de funcionar como debe. La teocracia del mercado puede sancionar los cargos y dar su bendición al nuevo gobierno pero la elección es y debe ser del pueblo y sólo de él.

Un país en la calculadora (electoral)

Saltaba la semana pasada la noticia de que en algunos círculos del PSOE se barajaba la posibilidad de un adelanto electoral para el próximo otoño. Noticia que, como ya viene siendo habitual, fue rápidamente desmentida. Un inciso y abro paréntesis: ¡qué difícil lo tiene una agente económico con expectativas racionales para crearse un escenario estable con este gobierno! Cualquier rumor o noticia confirmada o incluso ley aprobada va seguida de su contrario. Cierro paréntesis. La razón para el presunto adelanto electoral no radica en la razón de Estado o el supuesto interés general del país, sino en el cálculo electoral de: a) ¿será capaz el presente gobierno de aguantar o cada día que pasa la fuga de votos es mayor?; b) el previsible buen dato del empleo tras el verano puede ser debida y mediáticamente apropiado por el gobierno y así atribuirse un éxito en materia económica del cual extraer rédito político.
Esta estrategia meramente electoralista y cortoplacista encarna el modo y espíritu de hacer política en España de los últimos años. Primero el partido y su superviviencia, que se ha convertido en un fin en si mismo. Luego, y sólo luego, importa el país. Y encima oídos sordos a las miles de personas que salen a la calle clamando, entre otras cosas, por que la clase política deje de ser el primer problema del país y un adecuado funcionamiento de las instituciones.

Pero no. La regeneración institucional-democrática no está en la agenda; sólo el «cuántos votos ganaré o perderé si adelanto las elecciones» o, en la otra parte, «mejor callados que ya se hunden ellos solitos». Con la crisis de confianza en el legislativo, ejecutivo y judicial nadie habla de pacto de Estado y grandes acuerdos marco o, incluso, de reformas constitucionales. No. Lo único que importa es llevar siempre una calculadora en el bolsillo y ver como la realidad y los escenarios previsibles van sumando o restando votos. Cuando se llegue a una cifra que, dadas las circunstancias, minimice el desastre pues finalizamos el recuento y, se convocan elecciones; y a empezar a de nuevo.

Las relaciones internacionales que nos merecemos

Tenemos el panorama geopolítico y geoestratégico internacional que nos merecemos; el mismo que hemos ido construyendo, poco a poco, a golpe de «realpolitik»; de estrategias cortoplacistas; de pensar sólo en la dimensión práctica y material de la realidad (¿habrá marxistas encubiertos en los ThinkTank neocon?)
Las relaciones con el mundo árabe son un ejemplo de manual. Se apoya a dictadores y se les pasea como amigos de occidente. Interesan por su papel estabilizador en la zona, por su suministro energético y por ser unos excelentes compradores-pagadores de armas. El problema que tienen los dictadores autocráticos es que no sabes nunca por dónde te van a salir. El férreo control de la población y el culto al líder les empieza a afectar la sesera y, a partir de ahí… incontrolables. Pasó antes; pasa ahora.
Con urgencia, se busca desesperadamente el apoyo de la Liga Árabe para que la actual intervención en Libia, por razones humanitarias que no dudo, tenga legitimidad en el mundo árabe y no aparezca como una invasión imperialista occidental.
Así no se puede. Hay que apostar por unas relaciones internacionales más Kantianas, basadas en una legalidad consensuada y aprobada por todos (la ONU es un chiste) y que se respete a rajatabla, con independencia del oportunismo del momento.
Cuando estudiaba pensamiento político siempre me gustó más Kant que Maquiavelo. Menuda ingenuidad pensará Kissinger, que a base de realpolitik consiguió un nobel de la paz. 🙁

Acuerdos sospechosos

En un país en el que los dos grandes partidos de la oposición están permanentemente enfrentados, merece la pena estar atentos a los acuerdos a los que llegan. Leo indignado el último (aquí). Me parece correcto que las televisiones públicas distribuyan proporcionalmente el espacio publicitario electoral. Ahora bien, ¿el de las televisiones privadas?
Por otra parte, poner la primera piedra y la inauguración de cualquier obra pública está prohibido pero no las visitas intermedias. Menuda forma de retorcer el espíritu de la ley para prolongar el bipartidismo. Menuda forma de velar por la libre competencia democrática en periodo electoral. Menuda cara.
Por cierto, la proporcionalidad de los espacios publicitarios parece un principio nada sospechoso. Pues también podría interpretarse en términos bipartidistas: ¿porqué eligen como criterio el número de escaños y no el de votos? A fin de cuentas, ¿que refleja mejor la voluntad popular? ¿los votos individuales de cada ciudadano o los escaños obtenidos según una determinada regla electoral?

Sobre salud democrática y dimisiones

Leo, que la vicepresidenta del gobierno catalán pudo falsear su curriculum atribuyéndose una licenciatura que, a falta de unas asignaturas, todavía no tiene (aquí). Caso, por cierto, que parece no ser algo aislado (aquí). Si el error fue consciente, debería dimitir, por falta de honestidad. Si, como afirma, se debió a un error de transcripción… debería plantearse la dimisión por no estar atenta a una información de la que ella es la última responsable. Parece, no obstante, que las explicaciones dadas satisfacen al presidente (no a la oposición) y le permiten mantenerse en el cargo. Me recuerda este caso a la reciente dimisión del ministro alemán de defensa (por cierto, el más valorado del gabinate) por plagiar su tesis doctoral (aquí). Dos casos significativamente paralelos, si bien con desenlace político distinto. No es mi intención escribir este post para exigir una dimisión al hilo de la actualidad, sino para reflexionar sobre la escasa utilización del recurso a la «dimisión» en España.

La fortaleza de una democracia se sustenta en un complejo entramado de elementos tangibles e intangibles. Los primeros vienen determinados formalmente en el marco jurídico-institucional constituyente y su posterior desarrollo legislativo. Los segundos, a mi juicio más importantes, los van definiendo las prácticas políticas y ciudadanas que, poco a poco, van conformando una «cultura» democrática de la que es muy difícil sustraerse. Pues bien, y retomo el tema del post, ¿cual es esa cultura en relación con las dimisiones? Pues sencillo… Aquí no dimite nadie; uno se agazapa a esperar que escampe y santas pascuas. Solamente si la presión es insostenible se deja caer al político afectado, a modo de cabeza de turco.
Pues es una pena, pues la dimisión es un saludable recurso democrático para salvaguardar la honorabilidad de la clase política en su conjunto. Si la más mínima mancha recae sobre un político, éste dimite lo que permitiría al resto llevar con orgullo el nombre de su profesión. Pero no… En esas no estamos, más bien en a ver cuanto resisto.

Esta manera de percibir las dimisiones no es ajena a la práctica de los primeros gobiernos democráticos que contribuyeron, de forma notable, a forjar el «aquí no dimite nadie». La segunda etapa de Felipe Gónzalez fue especialmente significativa para crear ese «código de buenas/malas prácticas»;  y el PP de Aznar tampoco hizo nada, cuando le llegó su turno, por dar un ejemplo distinto. A su vez, los presidente autonómicos, cual alumnos aventajados, han perpetuado ese clima y ante un escándalo prefieren tapar a descubrir y proteger a cesar. Luego se queja la clase política de que los recientes barómetros del CIS sitúan a los políticos como una de las principales preocupaciones de los españoles (aquí).
Realmente es una pena, pues la historia nos concedió la oportunidad de diseñar una democracia, prácticamente desde cero, sin vicios arrastrados. Que distinto sería todo ahora, si ante los primeros casos de deshonestidad política el responsable hubiera actuado firmemente y no hubiera tolerado ni la más sombra de duda sobre su ministros, consejeros o concejales. O el propio político presentara su dimisión irrevocable.  
Esto me recuerda el caso de un profesor Titular de Universidad que mintió sobre su formación académica, y falseó documentos públicos para atribuirse unos títulos que no tenía. Obviamente cuando se supo, fue fulminantemente desposeído de su plaza de funcionario. Alguien podrá decirme que no es lo mismo, que para ser profesor titular necesitas, como mínimo, ser Doctor, mientras que para ser político necesitas al menos ser…  Aquí es donde está el problema, que para ser político se necesita ser, como mínimo, honesto pero ¿quien expide el título?

Por cierto, hay otra caso reciente de plagio de tesis doctoral y que, a diferencia del ex-ministro alemán, no ha implicado la dimisión del afectado (aquí). Aunque, según las noticias de estos días parece que lo van a cesar desde el exterior. Menuda metáfora para politólogos. Pues eso.