Archivo del Autor: FABIO MONSALVE SERRANO

Trincheras

Nos advierte Amin Maalouf en su estupendo “El desajuste del mundo” que hemos transitado de un mundo en que las divisiones eran fundamentalmente ideológicas y el debate incesante, hacia otro mundo en que las divisiones se construyen en torno a líneas identitarias dejando, por tanto, poco espacio al debate.

Nos encontramos, por tanto, en la actualidad con una política de trincheras en la que cada uno hace fuerte sus posiciones y ninguno osa adentrarse en la incierta “tierra de nadie” buscando puntos de encuentro. Esta política de trincheras se ve potenciada, en el caso español, por dos características muy nuestras, que incluso podrían considerarse una sola. La primera, el secular guerracivilismo español del “conmigo-o-contra-mí”. La segunda, el tener que comulgar con el paquete ideológico completo del partido. Obviamente, en España, si te gustan -o si no te gustan pero no criticas los toros- sólo puedes ser de derechas, monárquico, clerical, favorables a la privatización de los servicios públicos y el desmantelamiento del estado, anti-sindical, contrario a regulaciones laborales, ambientales… Mientras que si alzas la voz en favor de los derechos de los inmigrantes o contra la discriminación de género, has de ser anticlerical, federalista, republicano, defensor de un sector público invasivo de esferas privadas… En definitiva,
es un “todo incluido” irrenunciable, sin matices, sin zonas grises, sin discrepancias… una política de trincheras y forofos que se ha visto claramente reflejada en unas campañas políticas caracterizadas por las líneas rojas y el veto. Ya se sabe que es más fácil construir fidelidades en negativo (contra un enemigo) que en positivo (consensuando un proyecto común).

Esta deriva de los partidos en los últimos años se refleja, a su vez, en una creciente ausencia de diálogo político -y escucha- entre los ciudadanos. Es cada vez más difícil aventurarse en cualquier tema polémico en el ámbito familiar, con amigos, compañeros de trabajo sin que acabe en una ataque personal y etiquetado con todo el paquete doctrinario. Así que como nos advierten nuestras madres en nochebuena… “esta noche de política nada de nada”.

Estancia de investigación en NTNU


Tras seis semanas de estancia en el centro de investigación de Ecología Industrial (IndEcol) de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU) se acerca el tiempo de hacer balance. En mi caso, éste no puede ser más positivo. La estancia ha sido relativamente breve, y aun así ha habido tiempo suficiente para que se me amontonen, en torrencial desorden, aprendizajes, encuentros personales, conversaciones iluminadoras y experiencias que, indudablemente, Cronos filtrará, pero que, en su conjunto, me dejan la sensación de tiempo bien invertido.

Trondheim es una ciudad estupenda, en lo estético y en su ritmo vital: vibrante, turística, tranquila, cosmopolita, marítima, abordable a golpe de paseo, y orgullosa de su fiordo, su historia y su universidad. Quitados los contratiempos asociados a una climatología que te permite “disfrutar” de las cuatro estaciones en un mismo día y de un nivel de precios propio del país con la tercera renta per cápita más alta del mundo, la ciudad bien merece un alto en el camino.

En lo académico, visitar el programa IndEcol me ha permitido ver como se trabaja en un centro de referencia internacional en materia medioambiental. Desde tres perspectivas metodológicas -ciclo de análisis de vida, flujo de materiales y análisis Input-Output- un equipo multidisciplinar de estudiantes, investigadores y profesores tratan de diagnosticar y dar respuesta a los problemas que nuestro modo de vida desencadena en el planeta. Sin duda, es un programa de éxito, como avalan sus proyectos, publicaciones, ser editores europeos del “Journal of Industrial Ecology” y participar en la elaboración de los informes del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas, publicar una base de datos de referencia multiregional como es Exiobase. Además, cuentan con unos programas de postgrado que atraen a alumnos de todo el mundo. Pero por encima de los anteriores méritos, que ya conocía previamente, la estancia me ha permitido descubrir un equipo humano que conjuga, en mezcla bien equilibrada, juventud, pasión, experiencia, sana presión competitiva y medios para llevar a buen puerto sus inquietudes.

Personalmente, fui invitado por el profesor Richard Wood, reconocido investigador en análisis Input-Output Medioambiental. Con generosidad, el profesor Wood me ha introducido en el “Análisis estructural de caminos” (Structural Path Analysis); una técnica que permite detectar aquellos “caminos” sectoriales por los que transcurren la parte más importante de los efectos negativos (o positivos) que se quieren evaluar. Esta técnica permite responder, por ejemplo, a la pregunta de qué sectores (y a través de que caminos) son los que más contribuyen directa e indirectamente al agua requerida o las emisiones de gases de efecto invernadero generadas para producir un bien de consumo cualquiera.

Finalmente, venir a un país como Noruega, que demuestra con hechos -99% de producción eléctrica con energías renovables, mayor número de coches eléctricos per cápita en el mundo, política de reembolsos por reciclaje …- y no sólo con discursos políticos “para-hacerse-la-foto”, te permite descubrir que el medio ambiente sí puede ser un tema prioritario en la agenda política y ciudadana.

Charlas: Dejando Huella (II)

Durante el mes de mayo he vuelto a hablar sobre la “huella que dejamos” ante dos nuevos colectivos. Primero con los amigos de Ecologistas en Acción de Albacete, en el marco de su ciclo de conferencias de “Los lunes ecologistas”; allí compartí estrado con Javier Avilés (de Justicia y Paz) y Jose Manuel Lozano (de Ecologias en acción). En segundo lugar, en el marco de la XXIII semana de Cáritas en Hellín, de nuevo con Javier Avilés.

En ambas, tras mi presentación “más técnica” sobre el desafío del desarrollo sostenible, se habló de la encíclica del papa sobre el Medio Ambiente. Un documento que merece la pena ser leído – con independencia de las referencias religiosas de cada cual. El documento relaciona de forma valiente el cuidado del medio ambiente con la justicia social y la paz interior. Además, como señala Peter Singer – autor de uno de los libros sobre ética más influyentes en la actualidad y conocido en los círculos ecologistas por la negación de la prioridad del ser humano sobre el resto de animales – la encíclica se desvincula de la corriente dominante de la iglesia que otorgaba al hombre “dominio” sobre la creación, para matizar el carácter absoluto de ese dominio y entenderlo como “administración responsable”.

Como me comentó un ecologista, ex-diputado autonómico del PSOE madrileño, y nada sospechoso de actitudes pro-católicos: “jamás pensé que acabaría recomendando la lectura de una encíclica”.

Charla: Dejando Huella

Este miércoles, invitado por el Departamento de Análisis Económico y Economía Política y por la Cátedra de Economía de la Energía y del Medio Ambiente  de la Universidad de Sevilla impartí una charla sobre el difícil reto que para la humanidad supondrá a muy corto plazo proveer recursos que garanticen una vida digna a una población creciente, sin desigualdades extremas y en el contexto de un planeta finito y al límite de su resiliencia climática. El Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible son la respuesta más articulada de la comunidad internacional al anterior trilema.  Sin duda son el camino; pero la urgencia del problema climático y la tibieza de los compromisos de las partes en el Acuerdo de París plantean un duda más que razonable sobre si vamos a llegar a tiempo. [Aquí la Charla]

Charla: Ética, Economía y Crisis

 

Hace unos días tuve la oportunidad de poder compartir con los alumnos del Seminario UNIVERSITAS, de nuevo, mis reflexiones sobre las relaciones entre Ética y Economía intentando explicitar, primero,”los límites morales del mercado” -con algunas pinceladas cinéfilas-, segundo, “los orígenes morales de la gran recesión” y, finalmente, si es posible “pensar en otra economía”. [Aquí la Charla]

Cálculo de Emisiones CO2eq (con Matlab)

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GHG) y sus consecuencias sobre  el calentamiento global se han convertido en uno de los grandes problemas a los que se ha de enfrentar la humanidad en los años venideros. En este sentido, calcular, con precisión, las emisiones y atribuir correctamente la responsabilidad e las mismas es un primer paso necesario para que gobiernos, empresas, organismos y ciudadanos puedan adoptar las decisiones oportunas en el camino que hemos de recorrer en la lucha contra el cambio climático.

Desde el punto de vista científico, los modelos Input-Output Multiregionales han mostrado su robustez para computar las emisiones y atribuir responsabilidades a lo largo de las cadenas globales de la producción. La metodología que subyace a estos modelos  es relativamente sencilla y, ciertamente, con algunas décadas ya a sus espaldas. Sin embargo, es en los últimos años y asociado al desarrollo computacional y de grandes bases de datos Multiregionales (WIOD, EORA, EXIOBASE) cuando el modelo empieza a mostrar verdaderamente su potencialidad en el ámbito de la sostenibilidad.

Comparto a través del siguiente enlace (aquí y aquí) un código de Matlab que permite calcular las Emisiones de Co2 equivalente asociadas a un vector de demanda final. El código calcula las Emisiones de la base de datos WIOD del año 2009 (último disponible). Ahora bien, todas las variables están parametrizadas y es, relativamente sencillo, adaptarlo a otras base de datos y años.

Espero que les sea útil.

Artículo para Justicia y Paz España: “Incentivos, Ética y Economía”

La Comisión General de Justicia y Paz España, me hizo llegar una petición de colaboración para que hablase sobre “Ética y Economía”, como miembro y colaborador de Justicia y Paz de Albacete.

Aquí os dejo el enlace al artículo, en el que tomando prestado el subtítulo del libro de Samuel Bowles “The Moral Economy“, trato de reflexionar porqué los buenos incentivos nunca podrán ser sustitutos de los buenos ciudadanos.

http://m.juspax-es.org/products/etica-incentivos-y-economia/

 

Habitos saludables (en politica) y efecto ancla

En psicología se denomina “efecto anclaje” a la tendencia que tenemos a establecer un punto de partida antes situaciones nuevas o a cómo la mente se “ancla” a una determina percepción. La sabiduría popular ya identificó el fenómeno en el famoso dicho “la primera impresión es la que cuenta”.

En economía hablamos de “precio ancla” para resaltar la importancia del primer precio que el consumidor relaciona con un producto. Dan Ariely, en su estupendo libro Las trampas del deseo, cuenta un ejemplo clásico del marketing: el de Salvador Assael. Este señor, conocido como el rey de las perlas, compró un lote de perlas negras en Tahití que, sin embargo, no consiguió vender en Estados Unidos. Lejos de resignarse decidió perseverar. Esperó un tiempo, mejoró la calidad y volvió de nuevo a la carga, pero cambiando de estrategia. Acudió a un amigo joyero en Nueva York para que expusiera las perlas en el escaparate de su tienda en la quinta avenida junto a diamantes, esmeraldas y otras piedras preciosas y, aquí viene la genialidad, a un precio exorbitante. Esta estrategia, junto con anuncios en las principales revistas de moda, convirtió a las perlas negras en símbolo de glamour y objeto de deseo por la alta sociedad Neoyorquina. Assael hizo una fortuna. La “primera impresión” forjada por la inteligente campaña de Assael hizo que nadie aceptara comerciar con las perlas a los precios anteriores e inferiores, cuando nadie conocía su devaluada existencia. Ariely, a través de varios experimentos de economía conductual, demuestra lo poderoso del efecto ancla en el comportamiento de los consumidores.

Me viene esta historia a la memoria a raíz de la noticia “El constitucional permite al gobierno eludir el control al congreso“. Es la primera vez que la democracia española vive un período tan largo de gobierno en funciones; por tanto, muchas de las opciones que se tomen quedarán “ancladas” como referentes para el futuro. El gobierno ha decidido eludir el control de congreso amparándose en que no tiene que rendir cuentas ante una cámara que no le dio su confianza. Esta táctica le puede rendir rédito a corto plazo al Partido Popular, evitando desgastes innecesarios en controles parlamentarios; pero a largo plazo, está “anclando” un comportamiento ante una situación novedosa que hace un flaco favor  a la salud democrática.

El PSOE de Felipe González “ancló” en España la dinámica de que aquí las dimisiones iban a ser la excepción más que norma. Se consolidó la cultura de que nadie iba a dimitir a no ser que se lo llevaran esposado a la cárcel. Por eso nos sorprende que en otros países dimitan ministros por cuestiones como falsear una línea de currículum o plagiar su tesis, y aquí no dimite nadie aún estando imputado/investigado. Es cierto, que la situación empieza a cambiar, pero no por limpieza democrática de los partidos políticos, sino por la presión social de lo que ya es insostenible. El caso del ministro Soria es paradigmático: dimite cuando no le queda otra, y tienen la desvergüenza de querer “recompensarlo” con un cargo de lujo. En definitiva, una cultura de la no-dimisión y de la recompensa a los amiguetes que quedó anclada en los primeros años de la democracia.

Se insiste en los medios pedagógicos de que para acabar con la obesidad infantil lo mejor no es acudir a dietas temporales, sino educar en hábitos saludables; pues estos transforman poco a poco y te acompañan de forma inconsciente. Pues bien, la política española tiene una asignatura pendiente con los “hábitos de salud democrática”. La clase política piensa que el problema de la obesidad de la corrupción se resuleve con una liposucción, extirpando a los corruptos más ínclitos, pero no es así. La solución pasa por “anclar” hábitos saludables en las organizaciones políticas y tolerancia cero frente a la corrupción y las prácticas de amiguismo y oscurantismo.

 

Brexit, Desigualdad y la idea de Europa

1463930761_323429_1463930815_noticia_normal_recorte1En un discurso pronunciado en Washington el 30 de abril de 1952, Jean Monnet sentenció que con el proyecto de unificación europea “no coaligamos Estados, unimos personas”; frase que se debería adoptar como lema fundacional del proyecto Europeo en su versión más idealista, progresista, romántica y ciudadana. La famosa sentencia subraya la primacía del ciudadano europeo, sobre cualquier otro tipo de consideración ya sea política o económica. Realmente el visionario Monnet anticipaba ya el posterior debate entre la construcción de una “Europa de los Ciudadanos ” o una “Europa de los mercaderes”. Si lo pensamos con perspectiva histórica, la Unión Europea sólo ha avanzado cuando la dimensión idealista y ciudadana ha predominado sobre la dimensión mercantil; cuando los principios de solidaridad y cohesión han conseguido imponerse a los intereses creados y a los “I-Want-my-money-back”. Sólo tenemos más Europa cuando ésta se construye en torno a los ciudadanos y no en torno al dinero. Y parece que en los últimos tiempos predomina la vía mercantilista, sobre la vía ciudadana. ¿Cómo si no puede explicarse que Jean Claude Juncker, arquitecto de la política fiscal que ha transformado Luxemburgo en un paraíso para las grandes fortunas dentro de la propia Europa, sea el encargado de pilotar el proyecto Europeo? Resulta aún más paradójica su actuación ante el Brexit. “Out means Out” clama contra los Ingleses. “Que haces tú aquí” le pregunta a Nigel Farage. ¿No se da cuenta de que él ha contribuido a ello?

Hablar de la Europa de los Ciudadanos y de la Europa de los Mercaderes no implica considerarlos como grupos antagónicos. Unos y otros pueden beneficiarse, y deben beneficiarse, de la unidad de Europa. No es un juego de suma cero. Es más, una Europa mercantilmente próspera es condición sine qua non para una Europa socialmente más justa. El problema surge cuando Europa, de facto, se está convirtiendo en más próspera, pero socialmente más injusta como atestiguan los recientes informes que alertan sobre el crecimiento de la desigualdad. Los ciudadanos perciben entonces que sólo el 1% más rico, los bancos (rescatados con ingentes cantidades de dinero público) y las grandes corporaciones (evasoras de impuestos a través de ingeniería fiscal) son los beneficiarios del proyecto europeo y, por extensión, de cualquier proceso de globalización económica. Por tanto, la causa última del Brexit no hay que buscarla en el racismo o en sentimiento antieuropeístas (Que son más bien consecuencias) sino en la creciente desigualdad que se va extendiendo como un cáncer en nuestras sociedades y que poco a poco va deteriorando el consenso sobre el que se ha construido la estabilidad del mundo occidental tras la II Guerra mundial: la certeza de que todos podemos disfrutar de la prosperidad común.

El primer presidente 2.0, que pierde las elecciones

1467046950_022371_1467047009_noticia_normal_recorte1Se ha repetido muchas veces que en lo que llevamos de democracia, en nuestro país, las elecciones nunca las gana la oposición sino que las pierde el partido en el poder. Así ocurrió con Felipe González, que realmente no entendió el mensaje de las urnas del 1993 y perdió los comicios frente al Aznar del “váyase señor González“; quien a su vez los perdió frente al Zapatero del “no a la guerra”; quien a su vez los perdió Frente al Rajoy que le reclamaba “reconocer la crisis” . Ni Aznar, ni Zapatero, ni Rajoy ganaron las elecciones, sino que la ciudadanía soberana mandó al partido gobernante a la oposición, bien por la insostenible corrupción y el régimen clientelista de un partido que tentacularmente llegó a confundirse con el Estado, bien por la soberbia de meternos en una guerra a la que no queríamos ir, bien por la incompetente gestión de una crisis económica que no se quiso ver.

Personalmente creo que en estas elecciones se vuelve a cumplir esa regla no escrita de nuestra democracia. Pablo Iglesias adoptó la figura institucional de presidente “in pectore” y cómo tal articuló la campaña electoral. Se sintió seguro habiendo sometido a IU, aupado por las encuestas y por una Ley electoral que ahora sí le iba a ser favorable. Ofreció vicepresidencias al PSOE, referéndums por doquier y pintó líneas rojas hasta quedarse sin tinta. Además, se hizo socialdemocrata. Todo apuntaba bien. La Moncloa le esperaba, al igual que lo habían hecho las plazas llenas de indignados. Pero el electorado, de nuevo, se mantuvo fiel a su principio: castigar al presidente y al gobierno que, con soberbia desconecta de la sociedad y de los problemas reales de la gente y se cree que que todos los demás están equivocados. Le pasó a González; le pasó a Aznar, le pasó a Zapatero, le pasó a Rajoy en diciembre y, ahora, le pasa a Pablo Iglesias. Su personal tragedia es que “in pectore” no es los mismo que ostentar el cargo real. Podríamos decir que ha sido el primer presidente 2.0; ha creído ser presidente sin serlo y le han echado del cargo como a todos los anteriores. Nada nuevo bajo el sol.

Lo que sí es real es que pudo mandar a Rajoy a hacer senderismo por esos mundos de Dios; y no lo hizo. Que pudo haber calculado el mínimo común múltiplo con PSOE y Ciudadanos y haber contribuido la regeneración en una legislatura corta; y no lo hizo. Que pudo…; y no lo hizo.

Una última reflexión: Que el principal granero de votos de los independentistas catalanes sea el ínclito Mariano Rajoy y que el principal granero de votos de del ínclito Mariano Rajoy sea Pablo Iglesias es algo que sólo puede pasar en este país.

 

Rajoy y la máquina de escribir

il_570xn-455996805_c4zdEl otro día en mi vieja habitación de la casa familiar me encontré con mi antigua máquina de escribir; una máquina de gama medio-baja pero que cubría estupendamente bien las necesidades de un estudiante de Bachillerato de finales de los 80. Pues bien, no sé porqué (quizá llevado de ese impulso nostálgico de los que estamos en una edad que no sabemos si vamos o venimos o que lo mismo nos sale una cana que un grano p…..) pues decidí desempolvarla, apretar las teclas y…¡voila! funcionaba a las mil maravillas.  Y pensé: ¿con al aura nostálgico-romántica que tienen las máquinas de escribir, porque no mantengo mi blog con mi antigua Olympia verdoncha?¿Quizá las musas me sean más propicias? Total, que no sé si el angelillo del hombro derecho o el diablillo del izquierdo me decían: “coge tu vieja máquina y déjate de ordenadores y chiches que enturbian más que esclarecen el pensamiento”.  Por supuesto, la máquina se quedo en casa de mis padres y yo ando tipeando esta entrada en mi ordenador y viendo cómo se desplaza el cursor delante de una estupenda pantalla LED de 27″. Obviamente, una anécdota no hace categoría, pero a veces el poder evocador es tan poderoso que puede convertirse en cuento con moraleja.

A estas alturas de la película, creo que no sorprende a nadie el inmovilismo épico de nuestro presidente del gobierno. Dejar las cosas como están es una manera tan legítima como otra de entender el servicio público. Y si sus votantes lo avalan, pues nada que objetar. Ahora bien, lo que me rechina enormemente es el argumento: “Si las cosas funcionan para qué vamos a tocarlas”. En la entrevista de Jordí Évole la idea sobrevoló buena parte de sus intervención, justificando con convicción su inmovilista manera de entender la política. Y la idea, lejos de ser una más de entre las cientos que rellenan los discursos, se está convirtiendo en el eje central de su mensaje electoral con el doble objetivo de convencernos, primero, de que las cosas funcionan y, segundo, del daño que pueden hacer aquellos-que-quieren-cambiarlo-todo. No es que yo defienda ponerlo todo patas arriba; si no no ser maximalista en los postulados.

Pues bien, creo que a Rajoy le vendría bien repensar su posición del “si-funciona-para-que-cambiarlo” mirando empresas como Olivetti (por seguir en el sector de las máquinas de escribir) o de Kodak (en el sector fotográfico) o de Nokia (telefonía móvil). Empresas que teniéndolo todo, siendo las auténticas líderes mundiales y partiendo de una excelente posición de salida se dejaron adelantar por la derecha por starts-up (firmas más pequeñas o más creativas) que sí creyeron en qué se podían cambiar las cosas que funcionaban.  Algo parecido pasa en el sector del cine y la TV; mientras que los grandes estudios siguen presionando a gobiernos para conseguir leyes más estrictas, al tiempo que anacrónicas e inútiles, y extensiones temporales de los derechos de autor, otras nuevas compañías, como NEtflix, perciben que los modos de hacer negocio han cambiado y triunfan donde las grandes sólo saben lamerse las heridas.

En definitiva, ese inmovilismo del Sr. Rajoy me suena a viejuno, a tratar de que se pare el mundo porque yo no soy capaz de adaptarme. Creo que nuestra clase política y la sociedad en general ganaría mucho si supiéramos diferenciar entre los viejo y lo viejuno. Lo viejo y lo antiguo puede incluir elementos dignos de preservarse y cuando todo en ellos es excepcional lo etiquetamos como clásico; pero lo viejuno es otra cosa, es una manera casposa, sectaria y torpe de intentar frenar todo aquello que no cuadra con mi inmovilista visión del mundo.

Rajoy y la máquina de escribir es un cuento con moraleja, sobre unos políticos analfabetos digitales que no se enteran de cómo ayudar a su país a ser más competitivos en un entorno tan cambiante y de suelo tan resbaladizo. Por supuesto, que el ser humano se encuentra más a gusto en la certeza del tiempo pasado; pero el cambio es de dimensiones tan épicas que el “si-las-cosas-funcionan-vamos-a-dejarlas-como-están” no nos va a servir para nada más que para perder, de nuevo, como tantas otras veces, el tren de la historia. Y mientras tanto, seguiremos tipeando en máquinas de escribir… porque esas sí que funcionan.

Mínimo común múltiplo y pactos post-electorales.

 

He de reconocer que de mis años de EGB (ahora tan de moda) me quedan pocos recuerdos nítidos de lo que allí aprendí; sabría localizar ríos y cordilleras más por haberlos recorrido a lo largo de los años, que por recordar fijarlos en aquellos mapas físicos de multicopista en blanco y negro. No obstante, hay un algunas cosas que si se grabaron indeleblemente en mi memoria, entre ellas “la canción del pirata”, con su evocadora visión aventurera, y el mínimo común múltiplo (MCM) y máximo común denominador (MCD), de nombres tan rimbombantes que, por aquel entonces, me parecían el súmmum de la ciencia. Es cierto que volví sobre ellos innumerables veces en bachillerato y Universidad; pero lo que permanece fijo en mi memoria son aquellos iniciáticos cálculos en libreta cuadriculada, con lápiz bien afilado y refondeados números, que bien quisiera tener ahora. Y de los dos, el que más me gustaba era el MCM; me parecía fascinante que hubiera un “número” que los demás pudieran tener en común.Pues bien, en esta larga etapa post-electoral -que más bien parece de pre-campaña- no puedo quitarme el concepto de MCM de la cabeza.

Me parEl-Roto-Eleccionesece un despropósito monumental que tengamos que volver a repetir las elecciones. Es cierto, que los políticos se encuentran más a gusto con mayorías estables (ni digamos si es absoluta) para poder cumplir/incumplir con tranquilidad cuatrianual su programa electoral. Pero quizá ese es un “paraíso” perdido. Los sondeos indican que los resultados no serán muy diferentes a los actuales y los pactos serán necesarios. Por ello, no puedo entender que habiendo sustanciales e importantes cosas en común entre los bloques políticos no decidan fijarse, por el momento, sólo en lo que les une, dejando para futuras convocatorias electorales aquellas otras propuestas más propias. Pues nada de eso, nuestros políticos se empeñan en la vía maximalista y en el “yo-contigo-no-voy” con independencia de que coincidan en las mínimas cuestiones básicas. A mi juicio, prima el postureo estratégico-político para contentar a los propios, sin importar el interés general y el hartazgo ciudadano. En particular es una pena que teniendo tantos puntos en común que el bloque PSOE-Ciudadanos-Podemos no hayan sido capaces de articular un acuerdo de gobierno que permitiera una “legislatura corta” en la que abordar las cuestiones básicas y urgentes en las que todos estamos de acuerdo. 2 años serían suficientes para aprobar unas leyes de contenido REGENERADOR que devolvieran a la ciudadanía la confianza en lo público y en las posibilidades de el esfuerzo conjunto. Cuestiones como dotar de mayor independencia a la justicia y a la radio televisión pública, hacer más transparente la administración, potenciar las libertades civiles y la protección a los más desfavorecidos y, en definitiva, regenerar la vida pública… son elementos que unen a los tres partidos; son un MCM que podrían llevar a cabo en una legislatura de urgencia y con gran legitimidad social.

La “Capacidad” de elegir

En su famosísimo libro “libertad de elegir” Miltron Friedman argumentó convincentemente sobre las bondades del mercado para mejorar nuestra calidad de vida y ampliar las libertades personales. El libre mercado, sustanciado en el papel coordinador de los precios y en un marco jurídico que permita la máxima autonomía en los intercambios voluntarios, es una condición para la prosperidad y la libertad. Ahora bien, conviene matizar claramente que no es lo mismo la “libertad-de-elegir” que la “capacidad-de-elegir”, como bien advierte Amartya Sen en su estupendo libro “Desarrollo y libertad“. La “capacidad ” está relacionada con las libertades reales que la gente puede disfrutar, y no solamente con las nominales. Un par de ejemplos, del propio Sen ilustran claramente la distinción. No es lo mismo el derecho al voto, que la capacidad de votar. Imaginemos que un país recoge en su ordenamiento jurídico el sufragio universal, este reconocimiento será un derecho meramente nominal si la gente no puede ejercerlo realmente, como sería el caso de que no supieran leer/escribir o de que se ejerciera un control caciquil o de que las urnas estuvieran muy lejanas y mal distribuidas, etc… En definitiva, la ley reconoce al voto, pero algunos ciudadanos no tendrían la capacidad de ejercerlo por la existencia de unas barreras que suponen obstáculos insalvables o que requieren un elevado esfuerzo desincentivando el ejercicio de esa libertad. Un segundo ejemplo es, quizá, aún más ilustrativo: no es lo mismo ayunar voluntariamente que no tener nada con que alimentarse. Las consecuencias fisiológicas son similares (desnutrición por la ausencia de ingesta de alimentos) pero en el primer caso es una “libertad” ejercida voluntariamente (bien por motivos religiosos o de protesta política, como en el caso de las huelgas de hambre, o incluso estéticos) mientras que en el segundo es una imposición de la realidad que limita la “capacidad” de la gente.

Me viene  a la cabeza todo esto porque hace poco tiempo “decidí” voluntariamente darme de alta en un tratamiento de fisioterapia en el que llevaba varios meses. En la decisión valoré el coste temporal, los resultados ya alcanzados y el poder continuar por mi cuenta. La decisión fue totalmente libre, pero la pude tomar porque tenia la “capacidad” para hacerlo. Capacidad que venía dada porque en España gozamos de un estupendo sistema de Seguridad Social que me “ofreció” la posibilidad de ser tratado. En aquellas otras regiones del mundo donde tal posibilidad no existe (sistemas médicos privados o sistemas públicos deficientes y/o saturados) la gente no es “libre” para tomar esa decisión. Este complaciente párrafo sobre mi experiencia sanitaria, no me hace olvidar que tal como se está poniendo el patio en España la “capacidad” sanitaria se está resintiendo por problemas asociados a la falta de medios y las listas de espera. Si estoy meses y meses y meses a la espera de un tratamiento mi “libertad” efectiva se ve claramente mermada.

La moderna visión del desarrollo que debemos a Sen insiste claramente en que frente a las “libertades-para-elegir” nominales, el verdadero desarrollo se centra en las capacidades efectivas o las “libertades-para-elegir” reales que la gente puede disfrutar. Sin ser exhaustivo, Sen reconoce algunas libertades sustantivas y básicas para que podamos hablar de desarrollo, entre ellas: ser capaz de evitar privaciones como pasar hambre, estar malnutrido, escapar de la mortalidad prematura, gozar de las libertades asociadas a la alfabetización, disfrutar de la participación política y de la libertad de expresión. Es por todo ello, que Sen concluye que el verdadero desarrollo se sitúa más en el ámbito de la expansión de las libertades que en el del mero crecimiento económico (sin que ambos sean excluyentes). Habrá más desarrollo cuando haya más libertades efectivas o, en sentido negativo cuando se eliminen las mayores fuentes de no-libertad como son: pobreza, la tiranía, al escasez de oportunidades económicas, la privación social, la ausencia de infraestructuras públicas socio-sanitarias, la intolerancia o la represión política. Como bien advierte Sen el elemento más favorable al libre mercado es la libertad en sí misma, más que el mecanismo. Es por tanto, en la expansión de las libertades donde hay que centrar los esfuerzos.

Todas estas Ideas conviene tenerlas bien presentes en un contexto de creciente desigualdad económica. Como ya he comentado  varias veces (aquí, aquí, aquí) la desigualdad extrema puede convertirse en el gran desafío socio-económico para el siglo XXI. Un cierto grado de desigualdad alienta e incentiva, diría incluso que es necesario para que la gente se esfuerce por prosperar y por recibir la adecuada remuneración de su valía, pero la obscenidad de que 62 personas tengan lo mismo que las 3.500.000 millones más pobres sólo puede ser un caldo de problemas e inestabilidades, amén de una profunda injusticia.

Sobre el gasto sanitario

Circunstancias personales me están llevando (contra mi voluntad, todo sea dicho) a hacer un uso intensivo de intensivo de la sanidad pública española; castellano-manchega más concretamente (Que parece que la diferenciación empieza a ser relevante).

Con su más y sus menos (los menos asociados a detalles menores), el servicio está siendo estupendo y el personal sanitario unos enormes profesionales. ¡Y todo esto a precio de ganga! ¿no se lo creen? Pues fíjense en el siguiente gráfico publicado en el nada sospechosos The Economist; en concreto, en la línea de burbujitas correspondiente a la línea de salud (Health). Si comparan el dato USA/EU-28 el diferencial en el tamaño de las burbujas no puede ser más elocuente.

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El gráfico recoge el dato agregado para EU-28 lo que puede esconder diferencias interesantes entre países (aquí tienen el gráfico desagregado). Al margen de las diferencias entre países, la conclusión fundamental es que Estados Unidos gasta muchísimo más en salud que la Unión Europea (Sorprende, por ejemplo que, mientras en España una operación de cadera cuesta sobre 7.700 $ en Estados Unidos cuesta (o cobran por ella) más de 40000$). Y todo este mayor gasto sin que la calidad sea superior. Si nos fijamos en algunos recursos por 100.000 habitantes, vemos que EU es superior en plazas hospital y médicos y USA en enfermeras y dentistas.

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Por otra parte, la esperanza de vida al nacer y la esperanza de vida saludable al nacer son similares en ambas regiones (más datos en el informe de Eurostat “The EU in the world” 2015, capítulo 4).

Todo esto es algo ya sabido, pero conviene recordarlo para seguir apostando por una Sanidad pública que es símbolo de eficiencia, barata-frente-a-otras-alternativas y de buena calidad. No es que me oponga yo a la sanidad privada complementaria de la pública para quien desee pagarla, pues en un entorno de libertad debemos garantizar el “derecho a elegir” de los ciudadanos. Los más libertarios dirán que no hay verdadero derecho a elegir si se expropia, via impuestos, parte de la renta a los contribuyentes para pagar la sanidad, pues en sentido estricto el que pone el impuesto ya están eligiendo por el ciudadano. Razón llevan, pero el “derecho a elegir” debe ser compatible con el interés general de tener una sanidad pública y universal que sea garantía de un servicio de calidad para todos. Todo esto sin valorar la enorme externalidad que es la salud pública, (con menores tasas de enfermedades infecciosas todos vivimos más seguros).

Creo, por tanto, que hay que pagar la sanidad publica entre todos y el que quiera adicionalmente otro tipo de sanidad que la pague adicionalmente. Ceder a las presiones corporativas de seguros privados de salud, puede alentar el crear unos lobbies que luego resultarán difíciles de controlar como bien ha aprendido Obama en sus propias carnes con su intento de reforma sanitaria.

En resumen: tenemos una excelente Sanidad que merece la pena defender; que el palpable deterioro (listas de espera, masificación…) está más relacionado con los recortes que con la ineficiencia del sistema y que la alternativa privada es una opción estupenda, para quien quiera contratarla… ¡aparte!; pues como los datos demuestran, cuando lo privado expulsa a lo público en el ámbito sanitario todo se vuelve más caro (véase USA) y no necesariamente de mejor calidad.

beneficencia

 

 

 

La “mediocracia” a examen

Quizá hayas muchas cosas nuevas bajo el sol, pero algunas, que pudieran parecer novedosas, son bien antiguas. Decía Maquiavelo allá por el Siglo XVI

“El primer juicio que hacemos, desde luego, sobre un príncipe y sobre su espíritu no es más que conjetura; pero lleva siempre por fundamento legítimo la reputación de los hombres de que se rodea este príncipe. Cuando ellos son de una suficiente capacidad y se manifiestan fieles, podemos tenerle por prudente a él mismo, porque ha sabido conocerlos bastante bien y sabe mantenerlos fieles a su persona. Pero cuando son de otro modo, debemos formar sobre él un juicio poco favorable; porque ha comenzado con una falta grave tomándolos así.”

Dicho así es fácil dar consejos, pero, ¿y cómo puede el Príncipe discernir entre la buena y la mala hierba?

“He aquí un medio que no induce jamás a error. Cuando ves a tu ministro pensar más en sí que en tí, y que en todas sus acciones inquiere su provecho personal, puedes estar persuadido de que este hombre no te servirá nunca bien. No podrás estar jamás seguro de él, porque falta a la primera de las máximas morales de su condición. Esta máxima es que el que maneja los negocios de un Estado no debe nunca pensar en sí mismo, sino en el príncipe, ni recordarle jamás cosa ninguna que no se refiera a los intereses de su principado

 

2011-05-17

Efectivamente, parece que no enteran. La “novedad” del final del bipartidismo, a mi juicio, no es más que el castigo de la ciudadanía a la mediocridad imperante en los partidos políticos; a una selección de élites menos pensada en el servicio a la sociedad que en la disciplina de partido. La corrupción no es la causa del derrumbe de los partidos dominantes sino que es más bien la consecuencia de una política de recursos humanos nefasta.

Recuerdo de mis años de estudiante de Ciencias Políticas que una de las misiones fundamentales de los partidos políticos es la “selección de las élites”. Es decir, los partidos se justifican institucionalmente dentro del sistema (por eso reciben ayudas públicas) como vehículo que canaliza los votos hacia los mejores representantes. Pues bien, creo que las mayorías absolutas condujeron a ciertas soberbias que hicieron pensar a los líderes de los partidos que estaban por encima de los votantes. Convirtieron los aparatos de los partidos,  los cargos de confianza, e incluso las plazas de funcionario, en sinecuras con las que recompensar a los fieles, a los aduladores, a lo voceros… a gente, salvo honrosas excepciones, sin más currículum que el carnet del partido. Esta desastrosa selección pudo ser premeditada (para que el segundón no hiciera sombra al líder) o no; en cualquier caso, la consecuencia ha sido unos partidos mediocres en los que muchos encontraron más un puesto para medrar que una oportunidad para servir. Y claro, al final, los esforzados ciudadanos se indignan con que el más mediocre de la clase se dé ínfulas de virrey en coche oficial con los cristales muy oscuros. La única aptitud que exigían los partidos fue la de repetir con convicción, y ferocidad si era asunto de oposición,  los comunicados internos  que cada lunes repartía el partido.

 

Con otra política de Recursos Humanos quizás los ciudadanos hubieran sido más benevolentes con la casta política ante los envites de la crisis; pero lo que nos ofrecieron y nos siguen ofreciendo es una legión de mediocres al servicio del partido. Un constante “y tú más”; un  permanente mirarse al obligo, un aferrarse al sillón… que produce hartazgo y un impulso instintivo a hacer zapping ante determinadas caras y mensajes.

Insumisión al Tribunal Supremo pues lo de las cláusulas suelo no convence.

Lo de las cláusulas suelo lleva camino de convertirse en un culebrón jurídico; divertido, por otra parte, si no fuera por el coste que tiene para millones de hogares que se esfuerzan en pagar sus hipotecas. Vamos por partes: (Jack el destripador dixit).

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El Tribunal supremo (TS), en sentencia del 09/05/2013, declaró nulas las cláusulas suelo no transparentes, pero con carácter irretroactivo, de tal manera que aunque fuesen injustas sólo podrían reclamarse los perjuicios económico a partir de la fecha de la propia sentencia. El TS justifica esta sorprendente consideración basándose básicamente en que “generaría riesgos de trastornos graves en trascendencia al orden público económico”. En otras palabras, que a los bancos les “dolería” devolver lo cobrado de más y puede que toda la economía se resintiera con tanto dolor bancario. Como ya le contaba en la entada anterior, lo  que de hecho suponía la sentencia es que al final “Gana la banca… como siempre“, pues aunque se reconoce el abuso jurídico, el causante del mismo no paga totalmente por los daños infringidos. No me digan que no es un estupendo incentivo para las prácticas abusivas.

Pues bien, a los órganos jurídicos inferiores no les convenció mucho el dislate jurídico, hicieron de su capa un sayo y, según casos, siguieron condenando a devolver las cuantías cobradas desde el inicio del contrato amparándose en que en los casos individuales (no acciones colectivas) devolver la totalidad no afectaría al sistema económico español; dejando en papel mojado la irretroactividad del TS. Total que unos tribunales la aplicaban, otros no, otros en parte… ¿Que hacer? Pues nueva sentencia para volver a unificar criterios. La sentencia de abril del 2015 reafirma la irretroactividad incluso en los casos individuales, pues si los miles de afectados reclamaran individualmente la banca volvería a pasar un mal rato. ¿Queda así zanjada la cuestión.?

Pues resulta que no. Una juez de Zaragoza, el pasado 27 de abril (once días después de la sentencia del TS) dice que el Derecho de la UE tiene primacía sobre el derecho nacional, incluso el del TS y que si la cláusula es abusiva debe aplicarse la retroactividad. Parece pues que el juzgado mercantil número 2 de Zaragoza se hace insumiso al TS.

La verdad es que todo este asunto de la cláusulas suelo está resultando un poco vergonzante. Están los poderes más preocupado por proteger a la banca que a los derechos de los consumidores. El legislativo (PP) también se cubrió de gloria cuando rechazó anular las cláusulas suelo; no sólo las antiguas (que ya quedarían en manos de los tribunales) sino las eventuales que se formalizaran de nuevo. Pues no lo entiendo (aquí lo explico). Si son un abuso pues que se prohíban y que el legislativo ejerza su función de proteger a los ciudadanos y no abocarlos a que cada uno con sus medios acuda a los tribunales.

En definitiva, un culebrón, que poniéndonos hermenéuticos o interpretativos podríamos relacionar con la famosa tesis extractivo-inclusivo de Acemogly y Robinson o con el capitalismo castizo de César Molinas sobre las que ya les hablé (aquí y aquí) . Parece ser el nuestro un país de instituciones extractivas, que ejercen su influencia para beneficiar a unas élites y no a toda la sociedad.

Gana la “banca”… como siempre.

Imagínense que por algún avatar de la vida -cómo la crisis de la mediana edad, la envidia ajena al ver un callejeros de “cómo viven los ricos” o creerme que por que yo lo valgo y la vida no me recompensa- me da por cometer una flagrante injusticia para enriquecerme, ya sea timo, engaño, robo o similares. Fruto de mi fechoría me enriquezco indecentemente. Al cabo de cierto tiempo los afectados me localizan y se querellan. No nos engañemos, la justicia rápida, lo que se dice muy rápida no es. Total que entre idas y venidas, abogados,  procuradores, plazos legales, traslados de expedientes, bajas laborales, fiestas patronales, saturación de juzgados, resoluciones en primera instancia y, posterior, elevación a órganos superiores transcurren unos cuantos años hasta que el Tribunal Supremo se pronuncia. Como la injusticia era flagrante, el Supremo da la razón a los querellantes y me condenan, pero, con un matiz: dado que la condena obviamente, me supone un trastorno grave para mi situación económica decide que sólo me haga responsable desde que la fecha de la propia sentencia; con lo cual lo estafado con anterioridad me lo quedo. ¿A que les suena estrambótico?

2013-06-18-trampasPues algo similar ha pasado con la última sentencia del Supremo sobre las cláusulas suelo. El alto tribunal ha apelado al “trastorno económico” que supondría para la banca devolver todos lo cobrado de más y establece que las cantidades a devolver sólo serían desde el 9 de mayo de 2013, fecha en que declaró nulas todas las cláusulas suelos que no fueran transparentes. Existe un importante matiz entre mi hipotético caso y el de la Banca, matiz que es el nudo gordiano de la sentencia. Una sentencia individual no alteraría la macroeconomía española, pero sí la resolución colectiva de todas las cláusulas suelo. O como dice el Supremo “la afectación al orden público económico no nace de la suma a devolver en un singular procedimiento, que puede resultar ridícula en términos macroeconómicos, sino por la suma de los muchos miles de procedimientos tramitados y en tramitación con análogo objeto”. Las cifras no las dan (quizá en la sentencia); con lo cual, de momento, no sabemos con exactitud cual sería el trastorno económico, pero tampoco nos debería importar aunque fuese enorme (aquí dan algunas cifras). Si algo es injusto, la cuantía no debería entrar en la ecuación. De lo contrario cuanto mayor fuera el abuso, menor el castigo jurídico.

Se me rompe así uno de los más importantes mitos de la justicia: que es ciega. Es decir, que la situación particular del que comete injusticia influye en la decisión sobre la misma. Me lo cuentan y no me lo creo. Peligrosa puerta se abre entonces. Muy peligrosa. Si no me equivoco una cláusula abusiva es nula de pleno derecho y puede ser declarada irretroactiva (conserva los efectos hasta la declaración de nulidad) o retroactiva (se revierten los efectos hasta el origen). Pues bien, nuestro Tribunal Supremo ya la consideró irretroactiva en 2013 y ahora, la reciente sentencia, insiste en que ni se nos ocurra pedir la devolución del abuso antes del 9 de mayo de 2013; ni a los tribunales concederla, pues muchos hicieron oídos sordos de la irretroactividad, creo que por justicia torera, aunque argumentando para que el Supremo no protestará que un caso particular no tendría efectos letales para la economía.

De todo esto extraigo dos lecciones; dos tristes lecciones:

Primera.- Los conocidos bancos como “Too Big Too Fail” (bancos sistémicos que son demasiado grandes para caer”) fortalecen su posición dominante. Ya no sólo es que el Estado inyectará las cantidades necesarias para salvarlos o los nacionalizará, sino que pueden cometer abusos en la negociación con sus clientes, pues los tribunales tendrán en cuenta que las sentencias no les hagan mucha pupa.

Segunda.- La justicia se pone, supuestamente, al servicio de la macroeconomía primando el trastorno económico sobre las garantías jurídicas; y esto es tremendo.

 

La desistitucionalización de España.

Como ya les comentaba en una entrada anterior (aquí) está haciendo fortuna la tesis sobre las “instituciones inclusivas y extractivas” para explicar “por qué fracasan las naciones“. La idea básica es que las primeras sientan las bases del desarrollo, mientras que las segundas benefician sólo a grupos o élites determinadas. Entre las primeras destaca: las garantías sobre la propiedad privada, un sistema legal imparcial y una provisión de servicios públicos que beneficia a todos por igual y donde todos pueden intercambiar libremente. Estas instituciones alientas la inversión y conducen al desarrollo. Por el contrario, las instituciones extractivas, extraen la riqueza de la comunidad en beneficio de unos pocos que ejercen toda sus influencia para perpetuar sus beneficios particulares. César Molins ha desarrollado una versión castiza de la teoría, capitalismo castizo lo llama, en el que denuncia cómo este país lo controlan un grupo de selectas estirpes empresariales con conexiones políticas (puertas giratorias se les denomina ahora) que han ido haciendo fortuna al amparo del BOE. De hecho parte de la moderna “armada invencible” española: Telefónica, Repsol, Tabacalera, Endesa… sólo se entiende a partir de los proceso de privatización y de las contratas públicas.

Transparencia

Toda esta introducción no es sino un pretexto para alertar sobre los peligros de las instituciones/políticas/élites extractivas que presionan al gobierno de turno o capturan al regulador (como se dice más sofisticadamente en economía) para que legisle en su poder. En este sentido los 3 años de gobierno del PP han sido especialmente nefastos; lo cual no quiere decir que el PSOE no tenga pecados que purgar en este sentido. Bien por presiones de grupos de interés o bien por política partidista, el PP no ha dejado de minar la independencia de instituciones garantes y protectoras de los intereses generales. Como muestra un botón (o varios):

– El gobierno aprobó a final de año el denominado canon AEDE también conocido como “Tasa Google”. Ampliamente criticado en redes sociales, que motivó el cierre de Google News en España (único país en el mundo) y que pretende beneficiar (si al final lo hace) a un selecto grupo de editores.

– Todo el sistema de regulación de la tarifa eléctrica, no es sino una concesión a uno de los lobbies más importantes del país. Para ser rigurosos, el PSOE también tendría que hacer penitencia en este sentido. Si les interesa el tema (aqui).

– La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) de reciente creación tras fusionar los organismos reguladores y autoridades de competencia suscita dudas sobre su ideonidad (aquí). Si bien su presidente parece que está haciendo valer su independencia, lo cual no está gustando al gobierno, de nuevo activista en favor de los grandes (aquí)

Pero lo más llamativo es la instrumentalización política de instituciones de las que, hasta ahora, nadie dudaba. El caso de la Agencia Tributaria es para nota. La ridiculez del informe “por imperativo legal” ante la petición del Juez Ruz en el caso de los papeles de Bárcenas para exonerar al PP no tiene nombre. Lástima de los técnicos y excelentes profesionales de hacienda que se ven obligados a navegar bajo esa bandera.

El penúltimo caso (el último está por llegar) es el del gobernador del Banco de España que sostiene que la austeridad y los recortes son patrióticos. El adjetivo desde luego le ha quedado fino. Patriótico. Máxime teniendo en cuenta que los beneficios de la austeridad son discutidos todavía a nivel académico por muchos economistas e instituciones nada sospechosas (aquí). Aunque para ser justos, el Banco de España nunca escapó a los afanes de control del PSOE.

En fín que en vez de apostar por instituciones estables, independientes, garantistas y que den certeza a los ciudadanos… mejor vamos cortándolas a nuestra medida y ponemos a amiguetes en ellas.

 

 

La “Felicidad” de los economistas

MafaldaLa ONU, a modo de santoral laico, se mantiene en su empeño de dedicar una día internacional a aquellas cosas que considera importantes para la humanidad. (La verdad es que no sé que hará cuando llegue a 365. ¿o quizás es que no hay tantas que merezcan la pena?. Bueno eso es harina de otro costal). Continúo.Uno delos últimos días en llegar ha sido el “Día Internacional de la Felicidad”. Concepto elusivo donde los haya; y Quizá la meta más íntima y última del ser humano. Con motivo de tal efeméride, internet se ha llenado de artículos que diseccionan el tema (aquí) y, sobre todo, de recetarios para conseguir tan ansiado estado; entre otros (aquí). Cuya búsqueda, por otra parte, fijó como un derecho inalienable la Declaración de independencia Americana al mismo nivel que el de la vida y la libertad. Y los Economistas, ¿que opinan al respecto?. Pues opinan mucho, de hecho hay una completa rama denominada “Economía de la Felicidad” que trata desvelar las relaciones que existen entre Economía y Felicidad, si es que existen. Uno de los retos fundamentales de esta disciplina es tratar de responder a la conocida como “paradoja de Easterling“, en la que se verifica que,una vez las necesidades básicas están cubiertas, los niveles medios de felicidad comparables entre países no están relacionados tanto con el dinero absoluto: un americano de clase media con cuatro veces más renta que un español de clase media, no es cuatro veces más feliz. Ademas, otro dato crucial es que el aumento sustancial de la renta desde los años 50 del siglo XX, no ha aumentado los niveles de felicidad. Lo que parecería indicar que no existe una correlación directa entre dinero y felicidad, superado el umbral de las necesidades básicas. Llevaría razón entonces Woody Allen en su famosa frase: “El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”.

El año pasado tuve la suerte de tutorizar un Trabajo Fin de Grado sobre las relaciones entre Felicidad y Economía, abordadas desde el Pensamiento Económico. El alumno se centró en diseccionar las dos concepciones sobre la Felicidad que parecen recorrer la Historia del Pensamiento Económico. La primera, que denominamos hedonista, hundiría sus raíces más lejanas en el epicureísmo, si bien adquiriría carta de naturaleza en la disciplina económica con el utilitarismo o la idea de “proporcionar el mayor placer al mayor número posible”.Esta concepción hedonista articulada en torno al utilitarismo y el concepto de interés propio sería la predominante en la Economía convencional actual y cuya filosofia subyace en los complejos modelos neoclásicos actuales. La segunda concepción, que dimos en denominar humanista, hundiría sus raíces en Aristóteles y su concepción de la felicidad como consecución de las virtudes que ennoblecen y dignifican al ser humano: fortaleza, templaza, justicia, inteligencia o la prudencia. La felicidad como actividad de perfeccionamiento y no como meros estados placenteros. Pese a la influencia Aristotélica en el pensamiento occidental, su “visión” de la felicidad no caló entre los economistas en su etapa de formación como disciplina científica, guiados únicamente por el concepto de utilidad. Smith intentó frenar el egoísmo del  “interés propio” con la moderación que debe introducir en el hombre virtuoso la empatía por la situación de los demás, pero no convenció mucho, y sus seguidores se quedaron básicamente con que cuando uno va a lo suyo toda la sociedad se beneficia. Entre los grandes economistas, tendríamos que esperar hasta Keynes y su concepto de “la buena vida” para recuperar la concepción más humanista de la felicidad. Para Keynes, la tecnología nos libraría del trabajo y entonces el ser humano podría dedicarse realmente a las cosas que ennoblecen el alma y proporcionan verdadera felicidad, tales como la amistad, la búsquedad de la belleza, la salud, disfrutar de la naturaleza y el tiempo libre, sentirse bien con uno mismo, sentirse amado y amar. Skidelsky, en un reciente libro, actualiza el mensaje Aristotélcio y Keynesiano para decirnos que realmente el umbral de lo suficiente para ser felices no es tan caro como pensamos. Acabo con una advertencia de Skidelsky que ya comentaba en un post anterior sobre el tema (aquí), La buena vida no es aquella que simplemente se desea, sino aquella que es deseable o merecedora de ser deseada según unos criterios éticos relacionados con la dignidad humana. En otras palabras, nuestro objetivo como individuos y ciudadanos no es meramente ser feliz (como sucesión de estados placenteros) sino tener rezones para ser feliz. El matiz es importante pues introduce el compromiso moral con nuestros congéneres.

Y tú, con qué concepción te quedas: ¿la hedonista o la humanista?

Leyendo sobre… materiales y desmaterialiación

En el seminal informe de 1972 “los límites del crecimiento“, el Club de Roma concluyó de forma rotunda que con las tendencias actuales (año 1972) de crecimiento poblacional y sobreexplotación de recursos, la tierra alcanzaría su límite absoluto de crecimiento en los próximos 100 años. El estudio se ha reeditado y ampliado en varias ocasiones, en la última de 2012 los autores sostienen que ya hemos alcanzado esos límites. En 1987 se publicaría el otro de los informes primigenios sobre la sostenibilidad: “nuestro futuro en común: el Informe Brundtland” en el que, de nuevo, se ponía de manifiesto las capacidades limitadas del planeta tierra y se introducía el concepto de “desarrollo sostenible”. Con independencia de su precisión, estos informes lograron despertar la conciencia ecológica, abrir un campo de investigación sobre los límites del planeta y, sobre todo, introducir en la agenda política la preocupación medioambiental.

Ahora bien, conviene señalar que cuando hablamos de los “límites” del planeta, debemos diferenciar entre el “límite” de los recursos y el “límite” de los ecosistemas para absorber perturbaciones sin que se altere su funcionamiento; lo que conocemos como resiliencia. En los primeros años, las alertas y el alarmismo ecológico se centraba en el agotamiento de los recursos: ¿cuanto años podremos funcionar con las reservas de carbón o petroleo? La reciente evidencia científica, sin embargo, incide en que mas preocupante que el agotamiento de los recursos, es la capacidad de la tierra de absorber los impactos de la actividad humana. Por eso, las reservas de petroleo ya no son el problema. Concretamente y, a modo de ejemplo, si mantenemos el objetivo de limitar el calentamiento global en 2ºC, alcanzaríamos ese nivel consumiendo entre un 8-10% de las reservas de petróleo.

En su excelente libro “making the modern world”, Vaclav Smil llega a conclusiones similares a través del análisis exhaustivo del consumo de materiales que requiere la actividad humana y la supuesta dematerialización asociada a la nueva economía. Tres conclusiones destacaría de este libro.

La primera es que el Siglo XX ha visto un incremento absoluto en el consumo de todas las categorías materiales, con un declive relativo en la la importancia de los biomateriales (maderas) y un aumento de los materiales asociados a la construcción y de los metales. Ahora bien, los avances tecnológicos han permitido que un creciente consumo de recursos, sea compatible con un nivel estable de las reservas. Es decir, los usos más eficientes y nuevos formas de explotación permiten sacar más producción de una unidad de recurso, por lo que el volumen de reservas de los principales materiales no ha cambiado en las últimas décadas.

La segunda es la contundente negación de la desmaterialiación de la economía. Algo que se nos ha vendido como otro de los grandes logros de los desarrollos tecnológicos. Intuitivamente podría pensarse que un smartphone te ahorra una cámara de fotos, una agenda, un reproductor de música, muchos papel postal, etc…. Ahora bien, la realidad no es tan evidente; al menos por dos razones: en primer lugar, los centros de datos y otras infraestructuras necesarias asociados a las tecnológicas de la información y la comunicación suponen un enorme consumo de recursos y energía. Por otra parte, en términos absolutos una población creciente demanda más cantidad de bienes.

La tercera, y la que a mí me parece más interesante, es la apuesta por la “desmaterialización” de la felicidad. El autor apela por una nueva sociedad en la que, una vez cubiertas las necesidades vitales, el bienestar y la satisfacción se deriven de experiencias no directamente correlacionadas con la expansión de las posesiones materiales y el consumo de energía. ¿Que cómo se puede lograr esto? Pues sobre ello, ya me he extendido con anterioridad hablando de lo que constituye o debería constituir la buena vida.

De momento… han podido

El sábado Podemos decidió sacar a la gente a la calle… y lo consiguió.

el-roto-manifestacion-puerta-del-sol-580x681Fue un éxito participativo. Quisieron y pudieron tomar las calles de Madrid. Nadie lo niega; ni siquiera los voceros de casta. Ante el poder exhibido, tertulianos en nómina y lineas editoriales de medios afines a las moquetas ministeriales y sedes de partidos se han visto obligados a esforzarse en el nivel de la crítica. Van dejando atrás “los experimentos mejor con gasesosa”, “la alegre chiquillada” y la “algarabía perro-flauta de clases ociosas” en favor de análisis críticos más elaborados del discurso. El mensaje central que ahora se quiere lanzar desde dentro del sistema a la ciudadanía en relación con el discurso es que no hay discurso. Critican un mensaje que sólo apela a los sentimientos, a los sueños, a los idearios, a las utopías, pero que carece de propuestas concretas, de hojas de rutas, de filosofías políticas que le den solidez intelectual como alternativa política.

Y ahí, precisamente ahí, es donde se equivocan. Apelar a los sentimientos y conseguir despertarlos, sin que suenen a discursos precocinados, es lo más concreto y práctico desde el punto de vista político. Con una ciudadanía tan jodida ante el austericidio macroeconómico y la desvergüenza y soberbia de los timoneles públicos y privados que han antepuesto los intereses de grupo al bien común, ¿a que más se puede apelar?

Yo no lo viví en primera persona, pero me da la sensación de que el éxito de la transición fue apelar a los sentimientos de deseos de libertad y solidaridad, sin que los líderes de la alternativa al régimen tuvieran muy claro la hoja de ruta. Quizá no se deba hablar de improvisación, pero sí de que Suarez y el resto de líderes fueron apagando los fuegos día a día. El principal activo de la transición fue el valor de los sentimientos. ¿Les suenan ahora mejor las referencias al Quijote y a los sueños? Por el momento, esto les vale. Y si tocan poder, pues ya abordaran los retos de su etéreo programa económico. Ahora no es el momento de la calculadora, sino de la lírica.

En cualquier caso, algo tangible han conseguido: meterle el miedo en el cuerpo al PP y hacer que el PSOE se vista el traje de la irrelevancia en la izquierda con sus 110 diputados.  Y que quieren que les diga, algo de justicia poética hay en todo ello, por la soberbia con que pasaron de las americanas de pana a los mocasines de marca.

El desafío de la desigualdad o los “Versalles” del siglo XXI

El año nuevo suele ser época habitual para (re)formular anhelados deseos de transformación de aquellas cosas de nuestra existencia con las que nos terminamos de encontrarnos a gusto. A tenor de los temas que van ascendiendo en las preocupaciones en los ránkings de los economistas, la desigualdad y cómo acabar con ella debería convertirse en el “buen-propósito” para este año… y los venideros.

Como nos alertaba Stiglitz en un seminal artículo en la revista Vanity Fair (aquí), los ricos no han aprendido bien la lección histórica que supuso la revolución francesa. Llegó un momento en que las pauperizadas masas de parisinos no pudieron soportar más las obscenidades de la suntuaria vida en Versalles, al tiempo que sus hijos morían de hambre. Nada pudo detener la ira de un pueblo que respondía visceralmente a la insensibilidad absoluta de los aristócratas de pelucas empolvadas y egos autocomplacientes. La verdad es que no lo vieron venir, ni podían haberlo visto encerrados, como vivián, en los dorados salones de baile. Pues bien, si como decían los clásicos “quien no conoce la historia está condenada a repetirla”, sería hora de que nos pusiéramos las pilas sobre el principal desafío que, a mi juicio, acecha los stándares de bienestar alcanzados en la sociedades occidentales durante la segunda mitad del siglo XX: el de la riqueza extrema. Cuando 85 personas físicas poseen los mismo que 3.500 millones algo no funciona bien.

Por el momento, esos 3.500 millones de personas no asaltarán el “Versalles” en el que viven los 85 más ricos, básicamente, por razones geográficas; ya que la concentración de los más pobres se da en zonas muy alejadas de los ricos centros capitalistas. Problema distinto es el de la pobreza en el seno de los países ricos. Aquí el problema es más complejo. Existen tres razones que evitan, por el momento, el asalto. Pero sólo por el momento, como ya veremos. En primer lugar, la conciencia existente en las democracias meritocráticas occidentales de que todo el mundo puede enriquecerse con el fruto de su esfuerzo; la posibilidades de ser uno de los 85 más ricos está al alcance de cada cuno. En segundo lugar, los sistemas de bienestar que redistribuyen y palían la pobreza extrema. Y, finalmente, en tercer lugar, los sistemas de jurídicos y de orden público encarnados en el Estado con capacidad de ejercer el monopolio legítimo de la violencia para mantener el orden. Todo estos argumento sin embargo no son tan poderosos como parecieran. En relación con el primero, no alerta Piketty en su famoso libro “el capital en el Siglo XXI” de que las posibilidades de ascender en la escala social son más una ficción que una realidad, pues dependen cada vez menos de los méritos propios cuanto de la riqueza familiar. Avanzamos hacia sociedades patrimoniales en detrimento de las meritocráticas. En segundo lugar, el ataque, en aras de la eficiencia del mercado, de los sistemas de protección social debilitará en los años venideros ese muro de contención. Y, finalmente, si falla el ideal meritocrático y de igualdad de oportunidades así como la solidaridad social que subyace en los sistemas de bienestar social, dudo mucho que sólo el imperio del orden y la fuerza sea capaz de proteger los modernos “Versalles” del Siglo XXI.

El siglo XX ha sido un camino de ida y vuelta en el ideal redistributivo. Tal y como muestra el siguiente gráfico, del nada sospechoso The Economist”, en el prinicipio del Siglo XXI, la sociedad americana está desandando todo el camino igualitario que recorrió tras las II Guerra Mundial, y qye tanta prosperidad y bienestar social les proporcionó. Actualmente se está volviendo a los niveles de desigualdad extrema de los años previos a la Gran Depresión. Les aconsejo que enlacen a la página de la revista y le echen un vistazo al gráfico interactivo. No tiene Desperdicio

DesigualdadUSA

 

Felices buenos-propósitos para este año.

Si queréis leer algo más sobre desigualdad…

 

La pp-política por los suelos, con las cláusulas suelo.

Les comentaba en la entrada anterior… que la exigencia de justicia de un contrato recae no menos en los términos que en su cumplimiento; si bien los sistemas jurídicos actuales tienden a proteger mucho más lo segundo que lo primero. Es más fácil denunciar -y ganar- ante un tribunal de justicia el incumplimiento de un contrato que el abuso en los términos -cláusulas- del mismo.

vinetas-de-humor-hipotecario-la-cara-comica-del-drama3Esta semana, la vergonzante actuación del pp en el congreso “rechazando anular las polémicas cláusulas suelo de las hipotecas” nos ofrece una magnífico ejemplo para seguir reflexionando sobre el tema. Argumenta Teodoro García, diputado del PP, que “La cuestión no es si deben existir o no las cláusulas suelo, sino que los ciudadanos deben ser informados adecuadamente sobre ellas.” Lo cual me parece una tremenda dejación de la responsabilidad que el gobierno debería tener con la supervisión de que los “términos” de los contratos sean los más justos posibles para sus ciudadanos. Sustituir la “obligación” por la “información” como sugiere este diputado, haría innecesario todo un caudal de legislación prohibicionista. ¿porqué me obligan a ponerme el casco cuando conduzco mi moto? bastaría con que me informasen de que si me caigo me puedo abrir la cabeza (obviedadpor otra parte); ¿porqué me obligan a revisar mi instalación de gas? bastaría con que me dijesen que puede explotar; ¿porqué impiden que los ciudadanos pueden disfrutar plenamente de transporte (uber) o alojamiento (airbnb)? bastaría con que me informasen de los riesgos del servicio… y así podríamos seguir. No entiendo, pues, la desvergüenza de dejar recaer en la mera “información” la protección de los derechos de los consumidores, en un caso tan sensible y vital (derecho a la vivienda) como el el “consumo” de hipotecas.

Merece la pena, por tanto, insistir en la diferencia entre los “términos del contrato” y el “cumplimiento del contrato”. Ambas cosas son diferentes y requieren protecciones diferentes. La segunda la garantiza plenamente el poder judicial; la primera también, pero requeriría de una mayor regulación-protección por parte del legislativo. Es responsabilidad del gobierno proteger a los más débiles y evitar que el sistema abuse de forma generalizada de sus ciudadanos.

Tampoco me creo el argumento del encarecimiento del crédito. En parte porque el daño ya está hecho y no afectaría a futuro; es decir, ninguna entidad financiera (que yo sepa)  incluye cláusulas suelo en los nuevos contratos; ni siquiera informativamente. Además en las cláusulas suelo que nos ocupan, tan grave como la ausencia de información es la desproporcinalidad de la cláusula al tener un suelo muy alto y un techo muy altos (3-4%; 12-14-%), con lo cual es muy díficil que los hipotecados pudieran beneficiarse de una subida de tipos cómo si se han visto perjudicados por la bajada.

El argumento del encarecimiento del crédito ya se esgrimió cuando se planteó la posibilidad de la dación en pago de los inmuebles. En este caso tampoco me lo creo. Puede que al principio, subiera el coste de los créditos pero al final acabaría ajustándose si se garantizase un mercado competitivo entre las entidades financieras. En otros países existe y el mercado se ajusta. De hecho, las hipotecas constituídas tras la crisis son sensiblemente más caras (maryor diferencial respecto al Euribor) sin que se hayan modificado los supuestos que estamos comentando. Con lo cual, no me vale el argumento.

Me parece que lo que realmente está en juego son los miles de millones de Euros que la banca ha estafado a los hipotecados y que, de tener que ser devueltos, requerirían de una nueva inyección de fondos en las entidades más débiles. Al final, todo se reduce a lo mismo: dinero. Y si éste contradice mis principios de protección para con mis ciudadanos-electores, no preocupo, pues como decía el genial Groucho Marx: “Tengo otros”.

 

Los “términos” de la justicia

Les comentaba en la entrada anterior… que  seguir ciegamente órdenes y normas entraña sus peligros. Paradójicamente -como demuestra la tesis de “la banalidad del mal“-  puede llegar a ser profundamente injusto y perverso actuar siguiendo las “normas” y leyes establecida. Obviamente este sería es el caso extremo, pero si que podríamos pensar en multitud de pequeños abusos derivadas de leyes, presumiblemente justas, pero que aplicadas con rigor y descontextualizadas generan situaciones profundamente injustas en los “términos”.

1341848513_298384_1341848602_noticia_normalEsta idea es particularmente interesante en el caso de los contratos de índole económica. En cualquier contrato mercantil la justicia de dicho contrato puede evaluarse desde una doble perspectiva: los “términos” del contrato y el “cumplimiento” de los mismos. En primer lugar, podemos decir que un contrato es “justo” cuando existe equidad entre ambas partes; cuando pagamos un precio justo por un bien; cuando la contraprestación monetaria “equivale” según el mercado a las cualidades intrínsecas del bien; o, en términos más economicistas, cuando el precio pagado equivale a la utilidad que el consumidor espera obtener del bien. Por ejemplo, si compramos un coche o una casa con sustanciales defectos ocultos, estamos pagando un precio excesivo; pues el precio que pagamos corresponde a un bien sin esos defectos y la utilidad que espera obtener el comprador es  menor de la que finalmente disfrutará. El vendedor estaría actuando de “mala Fe”, pues nos vende gato por liebre; lo cual es a todas luces injusto. En segundo lugar, decimos que se cumple con la justicia de un contrato, cuando ambas partes cumplen son su obligación. Si contrato unos pintores para que pinten mi casa, espero que cumplan con su parte del contrato (pintar) y ellos que yo cumpla con la mía (pagar). Un contrato justo sería aquel que satisface las dos condiciones; es decir, es justo en su términos y se acaba cumpliendo.

Pues bien, si nos detenemos un poco a pensar en el asunto, no creo que ambas condiciones tengan la misma protección en nuestros Estados de Derecho. Sencillamente es mucho más fácil denunciar -y ganar- un juicio por incumplimiento de contrato que por abuso en los términos del mismo. Un ejemplo paradigmático sería el de las cláusulas-suelo de las hipotecas en España (sobre lo que escribiré en breve). Las consecuencias éticas de esta deriva jurídica son esenciales para entender la “desaparición de la responsabilidad moral” de los agentes económicos en los contratos mercantiles. Yo cumplo con la ley si cumplo con el contrato, con independencia de que intente “engañar” poco o mucho a la contraparte.

Desde Aristóteles hasta el final del Siglo XVIII la filosofía jurídica concedió igual relevancia a ambas perspectivas. Por ejemplo la doctrina económica escolástica -principal aportación española al pensamiento económico-  contempló claramente ambas dimensiones y sus farragosos tratados casuísticos no fueron si no un intento de analizar la justicia de cada contrato “en los términos” y en “su cumplimiento”; aunque , quizá y dado el contexto moral, concediendo mayor relevancia al primero. De hecho, no cobrar un precio justo era causa frecuente de anulación del contrato. Sobre esto temas he escrito un par de artículos académicos (aquí y aquí). El tránsito, que se produce durante el siglo XVII, del paradigma escolástico económico al  liberal y al predominio de los filósofos del derecho natural supone un punto de inflexión en la concepción de la responsabilidad moral del agente económico. La obligación del sujeto jurídico va a ser primariamente cumplir con el contrato; la justicia de los términos se presupone en el acuerdo al que llegan ambas partes, ratificado en la firma. ¡Que les voy a contar de los ejemplos en que ésto es un chiste¡ Tomemos, por ejemplo, como paradigmático el ejemplo de las preferentes y el calvario judicial que están sufriendo para demostrar que “abusaron” de ellos.

La principal conclusión que saco de todo esto es que hemos construido unas sociedades en que lo legal determina lo que es moral; confundiendo lo que la norma dice que es justo con lo que es “de justicia”. Una pena.

 

 

La obligación “moral” de pensar

Les comentaba en la entrada anterior, que me cuesta entender aquellos comportamientos de los que nunca tienen suficiente y, lo peor, de la ausencia de conciencia del delito que están mostrando los usuarios de las tarjetas opacas de Caja Madrid- Bankia. Esto me recuerda la tesis de la “banalidad del mal“, cuya génesis queda muy bien retratada en el biopic “Hannah Arendt” de la directora alemana Margarethe von Trotta.

La película, realmente, más que una biografía sobre la persona es una biografía sobre el momento en que la filósofa-política toma conciencia de la ideHannah_Arendt_Film_Postera y cómo le va dando forma. Buscando una especie de catarsis personal (que le enfrentara a su pasado de perseguida judía) Arendt presionó a la revista “The New Yorker” para que la enviara como reportera a cubrir el juicio del pueblo judío contra Adolf Eichmann, responsable directo de la “solución final”, eufefismo con que los nazis denominaron el plan de exterminio del pueblo judío. Pues bien, durante el juicio Eichman insistió en que todo lo que hizo, lo hizo por “deber” y fidelidad al juramento; es decir, se presentó como un burócrata, eficiente aplicador de unas normas y protocolos, cuya responsabilidad se limitaba a aplicarlos pero no a evaluarlos moralmente. Para Arendt fue un shock, no encontrar en Eichmann el demonio monstruoso, sádico y cruel que ella esperaba; pues encontrar un culpable suele facilitar la digestión del horror. Ahora bien, lo que Arendt se encontró fué con un burócrata cuya principal responsabilidad no estaría en su capacidad para el mal sino en su mediocridad e incapacidad para evaluar moralmente el sistema del que formaba parte. Ser malvado o disfrutar con el mal, exige inteligencia y capacidad de pensar y razonar, que Arendt no encontró en Eichman; sólo vió un mediocre y grisáceo funcionario alemán.

La “banalidad del mal”, desde entonces, se toma como paradigma del comportamiento de aquellos individuos que, eficiente cumplidores de las normas del deber, no se paran a evaluar sus actos ni sus consecuencias. Como seres humanos racionalizamos la maldad atendiendo al beneficio que extraen los malvados de su ejercicio (dinero, placer…) y confiamos en la justicia para que prevenga y castigue esos comportamientos; ahora bien, lo que escapa a todo raciocinio es que se pueda infringir un mal tan absoluto como el genocidio y que los ejecutores se sintieran satisfechos con su diligente trabajo, sin que les asaltar la más mínima dura moral, pues las órdenes son las órdenes. Planteada de esta manera la “banalidad del mal” es aterradora. Nos enfrentamos entonces a un mal sistémico y desencarnado, sin rostro al que atribuirle la culpa. Sin beneficiarios, incluso “Sin culpables”.

La tesis de la “banalidad del mal” tiene una lectura interesantísima en la presente “Gran Recesión“; cuyos orígenes se explican tanto o más por razones morales (o de su ausencia) que por razones técnico-financieras. El actual diseño del sistema económico-financiero premia un determinado tipo de eficiencia a la vez que libera a sus integrantes de la responsabilidad moral de sus actos. Un sistema que, en principio, no está diseñado para el mal, pero que puede causar una mal atroz, sobre todo cuando no ves el rostro de los miles de clientes a los que se venden productos financieros complejos con pingües beneficios.

Ante tan lúgubre perspectiva, Arendt lanza un mensaje de esperanza relacionado con lo más constitutivo del ser humano: su capacidad de pensar. Como le dice Heidegger en la película, la filosofía puede que no sea útil, pero no podemos escapar de ella; como seres racionales estamos obligados a pensar al igual que como seres vivos estamos obligados a vivir. Y previsamente la razón es lo único que puede luchar contra la “banalidad del mal”

 

Tarjetas sin limite

Hay que reconocer que la corrupción y el saqueo en España nos ha dejado momentos sublimes. A mí el que más me gusta, es el “Míreme a los ojos, Señor Rubio, si todavía le queda algo de vergüenza” por parte de quien ahora se enfrenta al banquillo por, tolerar una cultura del crédito en la CCM en la que no siempre primaron los criterios técnico-financieros. Toda una metáfora poética del fariseísmo y cinismo político que parece ser asignatura bien aprendida entre muchos de nuestros representantes. Ahora bien desde el punto de vista cutre-nacional se lleva la palma aquellas fotos en gallumbos del Ex-Director de la Guardia Civil, Luis Roldán. Según el sumario, Lo de Francisco Correa se aproximaba a aquello pero, en mi humilde opinión, el nivel de cutrería-castiza de Luis Roldán y el testimonio gráfico en tonos sepia es insuperable; ahora bien la nueva oleada de corrupciones varias que aflora en los juzgados, promete dejarnos también momentos interesantes.

Entre ellos, lo de las tarjetas de Caja Madrid va a ocupar un lugar prominente. La desfachatez con la que los consejeros gastaron dinero de una caja a la deriva es indignante. Aunque, quizá, lo más indignante fuera la conciencia de que no hacían nada malo, pues era una adecuada remuneración al los valiosísimos servicios que sus privilegiadas inteligencias prestaban a la caja.  Yo de verdad les creo cuando insisten en que no creían estar actuando de forma ilegal. Y eso es quizá lo más triste, los bajos estándares morales que nos han gobernado (¿gobiernan?) en los últimos años. Como bien dice el profesor Antonio Argandoña en un interesante paper sobre las dimensiones éticas de la crisis, “…hubo comportamientos de orgullo, arrogancia y vanidad entre los financieros, pero también entre los economistas, reguladores y gobernantes; todos ellos convencidos de la superioridad de su conocimiento y habilidades, lo que les hizo pensar que no necesitaban la supervisión de otros o, incluso, que estaban por encima de la ley”.

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Me acuerdo en estos momentos de una expresión que utiliza mucho mi madre, “¿y que les pasará a esta gente por la cabeza?”. Yo no lo puedo entender. Parece que no les bastó el éxito social y político, las estupendísimas remuneraciones en “A”, el ser la salsa de muchas fiestas y actos…todo ello no fue suficiente. Querían más. Y entonces pensaron en unas tarjetas con altísimos límites para para “gastos de representación” que, con pudor ajeno, estamos descubriendo en qué se utilizaron.

Me viene de nuevo a la mente lo que les comentaba la semana pasada de que parece que el capitalismo nos ha inoculado el virus de la insaciabilidad y no tenemos conciencia de ¿Cuanto es suficiente?. O quizá, como bien refleja la viñeta de Mingote, es que te quedas con cara de primo si tú no te subes al carro…

El error de Keynes…

Todavía no me queda muy claro si el trabajo es una castigo divino (“Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”) o bien un elemento con un distintivo carácter humanizador; quizá sea ambas cosas o quizás haya trabajos que encajan mejor en cada una de las dos categorías.  Hay gente que reniega de trabajar, y gente que es lo único que desea; bien porque no lo tiene o bien porque es adicta a él. Lo que es indudable es que como individuos y como sociedad estamos dedicando una creciente parte de nuestro tiempo a trabajar en detrimento del tiempo libre. Lo que sin lugar a dudas y, a pesar del enriquecimiento de la dimensión humanizadora del trabajo, es un claro empobrecimiento personal y social. Una de las esperables consecuencias del tremendo progreso tecnológico sería que cada vez deberíamos dedicar una cantidad menor de nuestro tiempo a trabajar para cubrir nuestras necesidades vitales. Así, al menos, lo predijo Keynes, en su famoso ensayo “Las posibilidades económicas de nuestros nietos“. Pero Keynes, parece que se equivocó pues como individuos y como sociedad, dedicamos una parte creciente de nuestras vidas al trabajo.

Como bien analiza Skidelsky en su libro “¿Cuánto es suficiente?“, del que ya hablé con anterioridad (aquí), múltiples causas podrían explicar el fracaso predictivo de Keyne. Skidelsky, analiza, concretamente tres; en primer lugar, el placer que proporciona trabajar; en segundo lugar, la presión que tenemos por trabajar para poder subsistir; y, en tercer lugar, la insaciabilidad que caracteriza una sociedad típicamente consumista. Puede que la explicación no sea única, si no más bien una combinación de las tres, pero, a mi juicio, la tercera ha adquirido una relevancia mayor de lo deseable.

Si lo que realmente importa y nos hace felices son bienes particularmente “baratos” (gozar de salud, seguridad, respeto, personalidad, armonía con la naturaleza, amistad y ser querido, tiempo de ocio), ¿porqué invertimos tanto esfuerzo en conseguir dinero a la par que nos quedamos sin tiempo para las cosas realmente valiosas?

Traigo todo esto a colación, pues esta semana he podido tratar el tema en una asignatura optativa, estupendamente moderado por un par de alumnas (aquí y aquí, las presentaciones).

Y como reflexión final:

Carta publicada en El País: Investigación y sexenios (…y correspondencia CNEAI)

Transcribo más abajo la carta que envié a El Pais (aquí) en la que, sin cuestionar el sello de excelencia que suponen los sexenios de investigación, sí criticaba que el sistema tiende a “menospreciar” la investigación en campos minoritarios, como puede ser el de la Historia del Pensamiento Económico.
Me explico:
En el Campo 8 “Ciencias Económicas y Empresariales” para obtener un sexenio la CNEAI establece que “Con carácter orientador, se considera que para obtener una evaluación positiva en las áreas de Ciencias Económicas y Empresariales, al menos dos de las cinco aportaciones deben ser artículos publicado en revistas con impacto significativo dentro de su área en el «Social Sciences Citation Index» o en el «Science Citation Index»; o bien que las cinco aportaciones sean artículos publicados en revistas recogidas en dichos índices.” Es decir, con dos publicaciones de”alto impacto” podría obtenerse un sexenio. Ahora bien, en campos como el Pensamiento Económico, al ser muy reducido el número de investigadores, el propio método de cálculo hace casi imposible que el factor de impacto sea alto; de hecho sólo hay cuatro revistas indexadas, y con un bajísimo nivel de impacto. En consecuencia, para obtener un sexenio si te dedicas al Pensamiento económico te va a “costar” siempre y en todas las ocasiones cinco artículos mientras que en otros campos podría “costarte” dos, y todo ello pese a publicar en las revistas más prestigiosas de Pensamiento Económico; con un proceso durísimo de revisión-publicación que se extiende entre 20-30 meses.
La nada sospechosa revista nature, que ocupa el número 2 en el ranking, crítica la excesiva dependencia del factor de impacto a la hora de orientar la investigación (aquí).
Los franceses, que en esto y en otras muchas cosas, nos llevan la delantera,  han solucionado el problema y la Comisión de Evaluación de la Actividad Científica Francesa creando su propio ranking de revistas lo que les permite contextualizar las investigaciones y sus impactos. (Aqui las de Economía y Gestión).

Carta al director. El País. 26 de junio.

Recientemente se han resuelto las evaluaciones de la actividad investigadora del año 2013. Los conocidos como “sexenios” de investigación se han convertido en el patrón de excelencia investigadora del profesorado universitario español. Un “sello” de calidad altamente valorado entre la comunidad científica. El sistema presenta muchas luces y alguna sombra, como la sacralización del “factor de impacto” como casi exclusivo índice de calidad.
Dicho factor, calculado a partir del número de veces que un artículo es citado, sirve de aproximación cuantitativa al interés y relevancia que dicha publicación suscita entre la comunidad científica. Los índices más utilizados son los de la empresa Thomson-Reuters. Este sistema provee a los evaluadores del ministerio de una herramienta precisa y barata para evaluar a los científicos. El problema es que tiende a infravalorar aquellos ámbitos de investigación minoritarios, en los que no existe una masa crítica de investigadores y publicaciones que eleven el número de citas.
¿Debemos por ello abandonar esos ámbitos o asumir que un “sexenio” nos va a “costar” siempre más publicaciones? El ministerio debería ser sensible a esta problemática y tomar ejemplo de Francia, cuyo Centro Nacional de la Investigación Científica elabora sus propios rankings de revistas, atendiendo a criterios más amplios que el del “factor de impacto” de la empresa Thomson-Reuters.—
Modificado el 14 de julio de 2014, para incluir la carta que remití al Presidente de la CNEAI sobre la problemática y la respuesta que me ofrecieron
La contestación tiene tienes esperanzadores, pero juzguen vds. mismos.

CARTA PRESIDENTE CNEAI
D. Fabio Monsalve Serrano
Profesor CD – Historia del Pensamiento Económico
Facultad De CC. Económicas y Empresariales
Universidad de Castilla-la Mancha
D. Jorge Sainz González
Presidente de la Comisión Nacional de Evaluación de la Actividad Investigadora
Estimado Sr.
Mediante la presente vengo, en primer lugar,  a reconocer el alto valor añadido que la Evaluación de la Actividad Investigadora encomendada al organismo que vd. preside otorga al profesorado universitario. El trascurso de los años ha dotado de prestigio a un proceso que, por su rigor, supone un reconocible sello de calidad al investigador que alcanza las evaluaciones positivas.
Ahora bien, y en segundo lugar, el sistema presenta algunas fallas, de no difícil subsanación, que en su corrección podrían aumentar cualitativamente su eficiencia, transparencia y rigor. Particularmente desearía atraer su interés sobre aquellos campos de investigación que, por minoritarios en la Academia, se ven necesariamente infravalorados. Esta situación afecta especialmente a la Historia del Pensamiento Económico con sólo cuatro revistas incluidas en el «Social Sciences Citation Index» y un bajísimo nivel de impacto; atribuible no tanto a la falta de calidad científica cuanto a su carácter minoritario. Tener en cuenta casi exclusivamente el factor de impacto -como parece deducirse de los criterios de evaluación vigentes en el campo 8- puede devenir en un importante agravio comparativo para ámbitos de investigación minoritarios. Es mi opinión que, el actual sistema de evaluación de la actividad investigadora desalienta los esfuerzos investigadores en determinados ámbitos
El “Comité National de la Recherche Scientifique” francés ha afrontado y resuelto el anterior problema elaborando anualmente una clasificación de revistas según dominios de investigación que permite contextualizar las publicaciones y sus impactos. Un sistema similar sería deseable en España pues de él se derivarían numerosos beneficios, entre ellos: no dejar languidecer la investigación en campos minoritarios, reconocer la calidad de revistas no incluidas en el SSCI y potenciar la investigación en castellano.
Esperando que mis consideraciones sean de su interés y contribuyan a mejorar la calidad de un sistema que tanto bien está haciendo a la investigación en España, me despido atentamente.
RESPUESTA CNEAI
Estimado Sr. Monsalve:
Hemos recibido su sugerencia presentada el 23 de junio […] en relación a que la CNEAI realice una clasificación de revistas según dominios de investigación que permita Contextualizar las publicaciones y sus impactos.
En primer lugar, queremos agradecerle la presentación de su escrito que nos ayudará a mejorar el servicio que ofrecemos. En cuanto al contenido de su sugerencia, le comunicamos la respuesta recibida desde la Dirección General de Política Universitaria:
Le agradecemos la sugerencia que nos hizo el 23 de junio de 2014, de que la CNEAI realice una clasificación de revistas según dominios de investigación que permita contextualizar las publicaciones y sus impactos. Tendremos en cuenta su sugerencia para futuras convocatorias y reformas de la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora. La contestación a su consulta sólo tiene efectos informativos. La contestación a esta consulta no tiene carácter vinculante para la Dirección General de Política Universitaria. Por lo tanto, sobre la materia objeto de consulta, siempre prevalece lo que disponga la legislación administrativa y universitaria que sea de aplicación.
Cordialmente,
Dirección General de Política Universitaria,
Unidad de Quejas y Sugerencias
Oficina de Atención al Ciudadano.
Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Draghi, el tibio intento de alegrar el patio y la bronca alemana que le espera

Les comentaba en la entrada anterior… que hay cosas que el dinero no puedo comprar como el amor, la amistad o un premio nobel, pues el mero y simple hecho de sugerir la idea de la compra las destruye. No se puede alquilar un amigo (que preciara llamarse como tal) ni comprar un premio nobel (pues acabaría con su prestigio, como las sombras que se ciernen sobre el nobel de la paz). Por otra lado, hay cosas que el dinero puede, pero no debe comprar pues cuando los valores sociales o altruístas compiten con los valores económicos… siempre acaban perdiendo los primeros (poner un precio a la donación de sangre más que un estímulo que aliente la generosidad, implica un cambio en la lógica valorativa; habrá gente que por sentido social esté dispuesta a “sufrir” un pinchazo y una pérdida de tiempo, pero no por dinero). Estas reflexiones, no cuestiona el papel vital del dinero en unas economías de mercado, que tanta prosperidad (sin negar las sombras) generan. Más bien, precisan para lo que no sirve el dinero, a la vez que refuerzan para lo que sirve; básicamente para “engrasar” la economía a través del crédito bien utilizado y para asignar más eficientemente los recursos en el presente y entre el presente y el futuro.

La reflexión anterior sobre el “papel” del dinero y la responsabilidad de quien lo gestiona viene al hilo de la reciente decisión del BCE de dar un giro radical a su política monetaria. Por fin, ha decidido darle una utilidad que va más allá del mero medio de intercambio y abordar directamente uno de los principales lastres de las economías europeas (sobre todo del sur) en su camino hacia la recuperación: la deflación. El dinero no puede comprar la amistad; pero si puede puede resultar muy útil en la lucha contra la congelación de precios, que tanto sufrimiento está provocando, sobre todo en el Sur de Europa. En unas economías sobre-endeudadas y con escasa capacidad de consumo, la deflación profundiza la crisis al incrementar el coste de la deuda y posponer las decisiones de consumo. Es cierto que la inflación genera incertidumbre y supone  una re-distribución aleatoria de la riqueza de los prestamistas a los endeudados, pero en la actual coyuntura moderados niveles de inflación aliviarían el peso de la deuda y no perjudicarían en exceso a los ahorradores; por lo que sería la menos mala de las alternativas. Las medidas del BCE no destacan por su valentía, pero es un primer paso en la dirección que muchos economistas venimos reclamando (aquí).
Dicen que los economistas, somos incapaces de anticipar el futuro y que lo que hacemos realmente bien es explicar el pasado. Pues bien, en algunos casos, como el que nos ocupa de la errónea-política-monetaria y excesiva-austeridad-fiscal el análisis es de manual de primero de economía y hace cinco años Krugman vino a España y ya nos contó que nos atásemos los machos, pues tocaba sufrir (aquí). Pienso, por tanto, que si las medidas se hubiesen tomado antes como hizo la FED americana, quizás parte del sufrimiento generado por la deflación salarial se podría haber ahorrado. Leo con estupor, por ejemplo, que el problema de la pobreza no sólo está asociado al desempleo, sino a los bajos salarios.
Por otra parte, en Alemania no deben andar muy contentos con Draghi; de hecho Merkel ya lo ha llamado para que pase por recepción. Alemania nunca ha querido escuchar ningún mensaje distinto al del euro fuerte (le beneficia en sus exportaciones, dada su inelasticidad) y al del supositorio fiscal que purgue a los perezosos y derrochadores países del sur. Nadie discute el derecho de la competitiva-disciplinada-eficiente Alemania a quejarse del Sur, pero estamos todos en la misma nave por lo que debemos consensuar el rumbo. La deriva nacionalista de la ciudadania europea en las pasadas elecciones es un claro toque de atención. Pero en esto Alemania anda muy, pero que muy despistada como ya he comentado (aquí, aquíaquí). Una nave de la que Alemania, por cierto, extrae pingües beneficios dada su capacidad exportadora al resto de países miembros. En un estudio que estoy ultimando, se ve claramente como una de las principales beneficiarias indirectas de la política de desarrollo rural es Alemania, vía importaciones de bienes alemanes de los países beneficiarios de los fondos.
Bueno, para concluir, deseemos mucho ánimo a Draghi para que aguante dignamente el tirón de orejas de Merkel y, si es posible, tire para adelante con medidas “inflacionarias” más valientes.

Leyendo sobre… “Lo que el dinero no puede comprar”

Les comentaba en la entrada anterior… que ciertos estudios experimentales están demostrando que ascender en la escala social puede incidir en el desarrollo de comportamientos o actitudes menos éticas. A tenor de estas investigaciones parece que el dinero nos “transforma” y nos vuelve más egoístas. Por ejemplo, el análisis de que los coches de gama alta suelen detenerse menos ante los pasos peatones que los de gamas inferiores, puede parecer anecdótico, pero resulta ilustrativo. Quizás estemos llevando los valores de mercado demasiado lejos sin darnos cuentas de que hay “límites morales al mercado” pues hay cosas “que el dinero no puede comprar”, como nos cuenta Michael J. Sandel (libro, Artículo)

El libro cuestiona la colonización por parte de los mercados (y de los valores de mercado) de esferas de la vida que no le son propias. Predomina es nuestras sociedades la idea de que “todo está en venta”. Sandel insiste en que esto no es así o, al menos, no debería serlo. El mercado es un modo eficiente de asignar los recursos (con grandes ventajas respecto a otros como la planificación, el racionamiento o las loterías), pero no deja de ser una “metodología”, un instrumento con sus límites. El problema surge cuando queremos aplicar la metodología del mercado a esferas que no le son propias bien porque las condiciones iniciales de los participantes son diferentes y se produciría una gran injusticia (fairness argument), o bien porque el objeto se corrompería con la simple acción de compra-venta (corruption argument). Un claro ejemplo de lo primero sería el vender los puestos en la lista para el trasplante de órganos. Un ejemplo de lo segundo, sería la amistad -la propia idea de que puede comprarse o venderse la destruye- o el premio nobel -que perdería todo su alto reconocimiento de saberse que se vende.
Hay ciertas cosas que el dinero no puede (no debe) comprar pues las transforma; es lo que Hirsch bautizó como “efecto mercantilizador” (commercialization effect). Según Hirsch, en ocasiones al ofrecer un pago para incentivar cierto comportamiento lo que obtenemos es menos y no más. Un ejemplo ampliamente estudiado es el de la donación de sangre, que suele funcionar mejor en sistemas con esquemas gratuitos que en sistemas con contraprestación. La racionalidad es clara: cuando no hay dinero de por medio el ciudadano puede verse impulsado por motivaciones intrínsecas relacionadas con el deber, el altruismo, la solidaridad con los necesitados, la obligación mutua..; ahora bien, si se introduce el dinero, dichas motivaciones se sustituyen por una análisis coste-beneficio que llevará a muchos ciudadanos a renunciar al sacrificio (coste) pues nos les recompense el precio (beneficio).
Otro análisis ilustrativo del libro, al hilo de la regulación de los mercados de emisiones, es que dicha regulación supone sustituir la multa (regulación jurídico-política) que incluye un componente de condena moral por la tarifa (regulación económica) que diluye o externaliza la responsabilidad. Obviamente la segunda es más eficiente, pero la primera nos sitúa en el ámbito de los principios y de los valores morales.
El mercado no es sólo un mecanismo ni es “moralmente neutro” en relación con los bienes que se intercambian. Hay cosas que el dinero no puede comprar (amor, amistad, premio nóbel) pues el sólo hecho de comprarlas las destruye y hay otras que el dinero puede, pero nunca debería comprar… (procreación, cuotas refugiados, órganos). Por eso, en bienes sociales y comportamientos morales/altruístas «pagamos un altísimo precio, cuando pagamos un precio»
La tesis fundamental que recorre el libro, podría resumirse en que estamos transitando de una economía de mercado (un modo de organizar la producción y distribución de recursos, enormemente eficiente y que ha mejorado nuestra calidad de vida) a una sociedad de mercado (un estilo de vida que implica poner precio a todo para poder situarnos y relacionarnos con el mundo que nos rodea)

Aunque culturalmente nos “deslumbre” el dinero, debemos plantearnos si deseamos vivir en una sociedad donde todo está a la venta; teniendo en cuenta además que cuantas más cosas puede comprar el dinero más relevante será la riqueza (o la falta de ella).

 

La pobreza de ser rico

Les comentaba en la entrada anterior… el altísimo coste de oportunidad de la decisión judicial de “donar” y no “subastar” los famosos trajes de la denominada trama Gürtel. Aparte de esta re-lectura microeconómica, el caso de los trajes goza de un largo recorrido mediático como epítome de una forma de entender y practicar la política, cuando menos desesperanzadora. La pregunta que no dejan de formularse los ciudadanos de a pie, es por qué políticos reconocidos en sus cargos y con salarios dignos de sus función y labor, deciden arriesgar su dignidad y la de todo el colectivo por dinero. A mí la pregunta se me hace más compleja, al pensar en que muchos de ellos indudablemente entraron en política alimentados por románticos y sinceros sueños de trabajar por una sociedad más justa y mejor. ¿Tanto ciega el poder y el dinero?
No sé la respuesta, pues no me he visto en la tesitura y, realmente, no sé si quiero verme.
Todo esto viene a cuento, del vídeo que les propongo. Un breve reportaje elaborado a partir de las conclusiones del estudio científico “Ascender en la escala social predice el aumento de comportamientos menos éticos“. El vídeo parece confirmar la extendida intuición de que la riqueza nos vuelve más egoístas.

https://www.youtube.com/watch?v=S6k0rTdI5fk

Del vídeo se extraen dos conclusiones muy interesantes. La primera es que los estudios experimentales muestran que la clase alta se comparta de una manera menos ética que clases inferiores. La segunda es que la desigualdad es profundamente perniciosa para la salud tanto del individuo como de la sociedad.
Cuestiones que ya he comentado con anterioridad. Las más recientes (aqui, aquí, aquí y aquí).

Un microeconomista en el juzgado

Les comentaba en la entrada anterior… que nos estamos empeñando (con  ímprobo esfuerzo, digno de mejores causes) en en sustituir la “buena vida” (la que merece ser vivida, que nos ennoblece y nos hace moralmente felices) por “pegarnos la buena vida” (dedicada al mero consumo placentero). Pese a la constatación diaria y mediática de esta imparable transformación sociocultural, sigo sorprendiéndome cuando veo cómo servidores públicos decidan arriesgar la dignidad y honores del cargo por corruptelas de de sainete. Aunque no me guste para nada la expresión; podría decirse que nuestros servidores públicos son mediocres y cutres hasta para delinquir. Todo esto viene a cuento del famoso caso de los trajes de la trama Gürtel y de la curiosa disposición judicial al respecto de los mismos que publicaba el diario el país (aquí).

Disponen los jueces que los trajes deben entregarse a entidades benéficas, con lo cual 18 prendas por valor de 13.500€ vestirán a otros tantos necesitados. Una decisión que podría parecer oportuna e incluso solidariamente justa pero que cualquier buen microeconomista tacharía de disparate y desperdicio de recursos por el alto coste de oportunidad envuelto en la operación. Me explico, que el beneficio revierta en entidades benéficas es una decisión estupenda; ahora bien que sólo 18 personas se beneficien es una aberración económica. ¿cuanto dinero podría sacarse en una subasta pública por trajes de tan alta calidad e incluso valor mediático? Coleccionistas y fetichistas hay de todos los gustos y seguro que pagarían un buen dinero por acceder a estos trajes; y aunque no fuera así el valor de mercado seguro que es sustancial en tiendas de segunda mano de ropa de calidad. No sé la cifra final que se podría obtener por los dichosos trajes, pero seguro que unos buenos miles de euros con los que vestir a mucha, mucha gente necesitada.
En definitiva, vestir de Milano y forever Young a 18 personas es un disparate, como cualquier alumno de Microeconomía sabe perfectamente.
Parece necesario pues, poner un  microeconomista en el juzgado, o al menos dar un par de cursos de formación al respecto.

Hemos decidido renunciar a vivir… para consumir

Les comentaba en la entrada anterior… que una de las aportaciones más originales de Galbraith fue considerar el comunismo y el capitalismo como sistemas económicos igualmente planificadores de los procesos de producción-consumo. En el primer caso, hablamos de una planificación política, burocratizada y explícita; en el segundo caso, la planificación proviene del sector industrial, la realiza la tecnoestructura y es más sútil (publicidad). Pero, en esencia, en ambos casos podemos afirmar que las decisiones del consumidor se hayan mediatizadas o bien no son plena y conscientemente libres. Obviamente existe un abismo entre la “libertad-de-elegir” colorista  y variada del capitalismo y el “todos-igual” grisáceo y pobretón del comunismo. Yo, personalmente, me quedo con la primera; pero siendo consciente de que la “soberanía” del consumidor y, por extensión, la libertad del agente económico se ve restringida tanto en uno como en otro sistema.

Quizás, cuestionar en sentido positivo la libertad del agente económico sea una afirmación complicada de defender en nuestras económicas de mercado occidentales, en cuanto que a nadie le obligan a consumir. Más bien, cabría interpretar la pérdida de soberanía en sentido negativo, entendida como una cierta esclavitud auto-impuesta por nosotros mismos a la hora de elegir el consumo como el único “modus vivendi” que realmente tiene sentido. Esta esclavitud psicológica, se transforma en esclavitud física y temporal cuando nos auto-obligamos a trabajar más, a ser más competitivos, más feroces, para consumir más; renunciando a un tiempo precioso en términos de ocio y relaciones personales.
Este sinsentido se agrava cuando el consumo se convierte en posicional o conspicuo, de tal manera que lo relevante no sólo es adquirir bienes, sino adquirirlos mejores que mi vecino. La satisfacción no reside ya en el mero consumo, sino en la sensación de superioridad o victoria de tener un mejor coche o una TV más grande, como ya comenté (aquí).
Insistimos en sustituir la “buena vida” (la que merece ser vivida, que nos ennoblece y nos hace moralmente felices) por “pegarnos la buena vida” (dedicada al mero consumo placentero). Entre una y otra hay un abismo; el abismo que va de situar la felicidad no en la acumulación de chiches, sino en gozar de salud, de seguridad, de ser querido y respetado, de tener amigos, de una naturaleza viva.
Sobre todo ello ya he hablado en otras ocasiones (aquí, aquí y aquí). Lo traigo de nuevo a colación, a raíz de la lectura del interesante artículo de Luis Garicano en el que cuestiona ¿Por qué no trabajamos menos horas?. Con una riqueza creciente, las necesidades básica (alimentación, techo, vestido…) pueden cubrirse con menos horas de trabajo,pero, sin embargo, trabajamos mucho más para mantener un nivel de vida que nos hemos fijado “posicionalmente” como mínimo.
Puede parecer frívolo, un análisis “posicional” o conspicuo del consumo con la que está cayendo en cuanto a niveles crecientes de pobreza y miseria;  pero el mensaje de fondo permanece. La actitud social ante la crisis es apretar los dientes y esperar que pase, anhelando retornar donde estábamos; síntoma claro de que confundimos pretéritos niveles de consumo con escenarios de felicidad.
Seguimos sin aprender a distinguir lo que importa de lo que reluce.

Planificación VS Mercado

Les comentaba en la entrada anterior…  que, pese a la extendida creencia de que en España hay un elevado número de funcionarios, los datos confirman que realmente no es así y que el porcentaje de empleo público respecto al total de la fuerza laboral es de los más bajo del estudio comparativo internacional. Ahora bien, aunque parezca paradójico, pueden aún sobrar funcionarios aunque tengamos pocos. Todo depende del nivel de competencias y servicios públicos que el Estado quiera proporcionar. Si el Estado deja de prestar servicios, los funcionarios (aunque sean muy pocos sobran). Si lo recuerdan, hace ahora un año del debate que el presidente de la patronal, Joan Rosell, quiso lanzar sobre el tema (aquí); debate, por cierto, que no tuvo mucho recorrido.
El tema es recurrente. Cada cierto tiempo se nos alerta sobre el exceso de burocratización de la administración y de un Estado que, con vocación expansiva, va ganando día a día espacios a la esfera privada. Se deja caer la idea de que más burocracia implica menor espacio de libertad para el ciudadano. Y no digo yo que, con frecuencia, cierto laberinto kafkiano-burocrático no nos saque de nuestras casillas al ir de ventanilla en ventanilla, pero lo primero no necesariamente implica lo segundo.
Lo que les quiero comentar hoy es que el mercado, puede llegar a ser igual de opresivo para el ciudadano. Y no solo porque imponga unas condiciones extremas para los excluidos del sistema, sino porque puede resultar tan planificador como cualquier estado comunista en sus mejores tiempos. Al menos, esa era la tesis de Galbraith en su  famoso libro del año 1967 “el Nuevo Estado Industrial”. Un libro escrito hace 45 años, pero cuyos análisis sobre el comportamiento estratégico de las grandes corporaciones resulta todavía esclarecedor.
La tesis fundamental de Galbraith es que el capitalismo conduce a una economía tan planificada como el comunismo, aunque de una manera mucho más sutil. El lenguaje y los métodos son distintos, pero el objetivo es el mismo: controlar la producción y la demanda. En la economía de mercado no se habla de “planificar” pero sí de adoptar estrategias para “reducir la incertidumbre”. Entre ellas: el control de precios (a través de acuerdos oligopolistas); el control de la demanda privada (a través de la publicidad persuasiva-agresiva); el control de la demanda pública (a través de presiones sobre gobierno para contratas o “capitalismo del BOE“; la estabilidad de precios (a través de la teología anti-inflaccionaria  dominante que antepone el control de precios a cualquier otra consideración de política económica); la estabilidad de salarios (a través de legislaciones laborales favorables); el control de la formación (a través de las recomendaciones para una formación más técnica y menos humanista. Por tanto, la economía de mercado, al final, resulta también una economía ciertamente planificada. Y no puede ser de otra manera dadas las exigencias inversoras asociadas a la complejidad tecnológica. Veamos porqué. La tecnología se ha convertido en el protagonista de la nueva economía de mercado; esta tecnología requiere inversiones masivas de capital y ningún gerente, en su sano juicio, se arriesgará a invertir sin tener mínimamente controlado (planificado) el resultado. Un solo producto fallido, puede conducir a la quiebra a una gran empresa.
Para organizar y coordinar toda esta compleja planificación, aparece una nueva burocracia, propia de la economía de mercado que Galbraith bautizó con el afortunado nombre de “tecnoestructura”. Esta burocracica de mercado se nutre de técnicos de marketing, juristas, contables, ingenieros, expertos lobbying… todos ellos con la misión fundamental de “planificar” el mercado para garantizar la supervivencia de la empresa. Este celo planificador puede resultar tremendamente perjudicial para el consumidor al tener que pagar precios más altos (acuerdos oligopolistas de fijación de precios)  o consumir bienes que no necesita o desea (publicidad persuasiva).
Además, la vertiente jurídico-administrativa de las grandes corporaciones puede resultar tan kafkiana y opresiva como cierta burocracia estatal. Por ejemplo: el otro día me llegó una carta de mi compañía de telecomunicaciones que me puso de muy mal humor. Me indicaban que salvo que manifestara lo contrario (A través de un formulario web) mis datos serían tratados comercialmente. ¿No sería más lógico y razonable que me pidieran permiso en sentido positivo y no mi renuncia? ¿Porqué tuve que andar perdiendo el tiempo para proteger mi privacidad? Otro ejemplo paradigmático es intentar cambiar de compañía o rescindir la prestación de un servicio por teléfono. Seguro que les suena.
Como ya he dicho muchas veces, creo firmemente que el mercado funciona razonablemente bien, pero hay que estar atentos a los abusos que pueden producirse en su seno.
Como bien decía Galbraith la diferencia entre capitalismo y comunismo es que “bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre y bajo el comunismo es justo lo contrario”.

¿Hay muchos o pocos empleados públicos?

Les comentaba en la entrada anterior… que la riqueza extrema puede convertirse en una de los desafíos más importantes del Siglo XXI y en una amenaza tan grande para la estabilidad, pero sobre todo para la dignidad de la especie humana, como la pobreza extrema. Es obsceno, injusto, desproporcionado, esquizofrénico y cancerígeno que 85 personas tengan la misma riqueza que 3.500 millones. Se mire como se mire. Una desigualdad bien entendida alienta el espíritu emprendedor, mientras que una desigualdad monstruosa acaba fagocitando as sus propios hijos; cual Saturno devorador. Y no haya más.
En esta creciente desigualdad algo tiene que ver, a mi juicio, la arrolladora fortaleza ideológica anti-Estado del Consenso de Washington y su percepción de que cualquier cosa que huele a público, huele a ineficiencia e, incluso, a podrido. Es cierto que lo público, se ha ganado a pulso, parte de esta mala percepción; pero no lo es menos que más allá de corruptelas políticas y mordidas de algún empleado público, hay toda una legión de profesionales que están manteniendo la dignidad de los servicios públicos básicos contra vientos y mareas desmanteladoras. Son como la última barrera de contención que permite mantener la esperanza en la protección de la la comunidad frente a las inclemencias del tiempo y de la vida. Aunque nos quieran convencer de lo contrario (Aquí y aquí)
Personalmente no soy un acérrimo defensor del funcionariado, sino más bien de que el servicio se preste tutelado y financiado por el sector público de la forma más eficiente. Por ejemplo, si el servicio de recogida de basuras se presta más eficientemente (menor coste para el erario) a través de contratas que con funcionarios, pues bienvenido sea. Ahora bien, téngase en cuenta que la mayor eficiencia no es siempre el menor coste. Los tratamientos sanitarios suelen ser muy costosos y una reducción lineal de costes (disminución de plantillas, elminación de postoperatorios, derivación a tratamientos privados…) puede devenir en el deterioro del servicio.
Pues bien, respondiendo a la pregunta que intitula la entrada de hoy resulta evidente, según recoge el gráfico siguiente del The Economist, que España, al menos en términos comparativos, no tiene el exceso de empleados públicos que se predica.

Otra cantar es la asignación de los efectivos públicos. El exceso de unidades administrativas, la burocracia con tintes kafkianos, la duplicidad de competencias y ventanillas, los miles de empresas públicas y “dedos divinos” para nutrirlas con colegas y amigotes… En resumen toda una fuerza laboral con capacidad de mejorar la vida del ciudadano (excluidos los amigotes) pero con la falta de voluntad e imaginación política para “activarlos”. Pero eso ya es otro problema.

En cualquier caso, de la lectura del grafico sacó una conclusión bien triste: Da pena pensar, que con tan bajo porcentaje de empleados públicos (según muestra el gráfico) la ciudadanía tenga la sensación de que aún sobran.

El problema de la “riqueza extrema”

Les comentaba en la entrada anterior… que seguramente la desigualdad va a salirnos muy cara. Como bien advierte Stiglitz un sistema desigual es menos socio-políticamente menos estable y económicamente menos eficiente.

Esta misma semana aparecía un informe de Oxfam internacional que apunta en el mismo sentido(aquí). Cuando “la mitad de la renta mundial está en manos del 1% más rico de la población” o cuando sólo 85 personas físicas poseen la misma riqueza que 3.500 millones estamos entrando en escenarios de “riqueza extrema”; expresión que trata de, acertadamente, evocarnos el concepto de “pobreza extrema” para indicar que tan devastadora para la estabilidad del sistema puede ser tanto una como la otra.
En el resumen ejecutivo, el informe deja bien claro, para desmarcarse de romanticismo colectivos-expropiatorios, que “Un cierto grado de desigualdad económica es fundamental para estimular el progreso y el crecimiento, y así recompensar a las personas con talento, que se han esforzado por desarrollar sus habilidades y que tienen la ambición necesaria para innovar y asumir riesgos empresariales.” Ahora bien, entre la justa desigualdad estimuladora del talento y la obscenidad moral de una riqueza creciente y banal hay un trecho que nunca deberíamos haber empezado a recorrer.
La conclusión fundamental del informe es profundamente descorazonadora. No sólo ha aumentado la concentración de los ingresos y la riqueza en manos de unos pocos (Cap. 1) sino que la tendencia es de crecimiento exponencial: en parte porque “dinero llama a dinero” y en parte, porque con tan debordante cantidad de dinero las élites pueden manipular el sistema en su favor (Cap 2) a través de fuertes campañas de presión a políticos (lobbies) y de (des)información a ciudadanos (control medios de comunicación).
El mundo Occidental está olvidando de forma acelerada el bienestar en términos de estabilidad social y riqueza compartida que fueron los años que abarcan desde la posguerra hasta la revolución conservadora de Reagan y Thatcher. 
Hasta ahora se ha soportado la creciente desigualdad por el aumento de riqueza, pero ¿cómo afrontará una sociedad con amplios derechos democráticos y altos niveles pretéritos de bienestar el hecho de empobrecerse mientras unos pocos se enriquecen obscenamente? 
Parece que a las élites les empieza a preocupar poder ver de nuevo a los sans-culottes a las puertas de Versalles y el tema va ganando posiciones a las agendas de debate, como en el último foro de Davos. Veremos en que queda la cosa y si cambia el reparto de la tarta.

Leyendo sobre… El precio de la desigualdad

Les comentaba en la entrada anterior… que leer sobre economía puede ser divertido y allí les recomendaba algunos libros del género de moda “economics-made-fun” que tantos best-seller está proporcionando. Otras lecturas de Economía son, quizás menos divertidas, sin dejar de ser recomendables e instructivas. Es el caso de “el precio de la desigualdad” del premio Nóbel de Economía Stiglitz, del que ya he hablado con anterioridad (aquí).

Pues bien el libro no es que no sea divertido, es que transmite un mensaje de fondo, que ciertamente, hace honor al calificativo de “ciencia lúgubre” con el que se apellida habitualmente a la economía. Stiglitz esboza un futuro sombrío para Estados Unidos (y, por extensión, al resto del mundo) en base a la creciente desigualdad y el altísimo precio que habremos de pagar de seguir por la senda que vamos.

La lectura es de lo más pertinente, pues este año 2014 se nos está presentando como el del retorno al crecimiento económico pudiendo atisbar en el horizonte el paraíso del que nos sacó la crisis. Pero no todo será igual. A la tierra prometida no
llegaremos todos, ni en las mismas condiciones.
Tras unas décadas -las que van desde el final de la segunda Guerra Mundial hasta la “Reagonomics”- de amplio consenso social sobre la importancia del esfuerzo conjunto y de la redistribución económica, estamos pasando a un profundo descrédito de lo público como sinónimo de derroche e ineficiencia (cierto es que motivos hay), lo que alienta el discurso de la eficiencia económica del mercado y la necesaria desregulación. Un discurso que, a juicio de Stiglitz, no es sino una postura interesada, dentro de una estrategia bien diseñada de “búsqueda de rentas” (presionar por regulaciones favorables) que sólo favorece a los más ricos.
A lo largo del libro Stigliz aporta numerosísimos datos que muestran el crecimiento de la desigualdad y como el 1% más rico se está quedando a pasos agigantados con porciones crecientes del pastel económico. Los ricos, pues son y se hacen más ricos día a día. (lo que ya comentamos). En España ocurre tres cuartos de lo mismo. Por ejemplo, ha tenido gran difusión mediática estos últimos días el reciente estudio (aquí) que afirma que los directivos parece que capean mejor la crisis que los empleados y que ilustra claramente el siguiente gráfico.
Estudio EADA – ICSA. Evolucion-poder-adquisitivo
La tesis fundamental del libro de Stiglitz es que “estamos pagando un precio muy alto por nuestra desigualdad, pues el sistema económico es menos estable y menos eficiente, hay menos crecimiento y se está poniendo en peligro nuestra democracia ” y con un colofón demoledor: “El 1 % de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, los mejores médicos y el mejor nivel de vida, pero hay una cosa que el dinero no puede comprar: la comprensión de que su destino esta ligado a cómo vive el otro 99 %. A lo largo de la historia esto es algo que esa minoría solo ha logrado entender… cuando ya era demasiado tarde” 
PS. Este libro tiene un origen, cuando menos curiosos; un artículo en la revista Vanity Fair del que ya hablé anteriormente (aquí). Curioso, por el lector habitual del medio en que Stiglitz publicó originalmente su tesis sobre el excesivo precio que pagamos por la desigualdad

Economia Divertida

Les comentaba en la entrada anterior… Que la Economía no es realmente tan aburrida como nos empeñamos los economistas que parezca. Buena muestra de ello, es el enorme éxito de ventas del nuevo subgénero dentro de la literatura económica que se ha que se ha venido en denominar “economics-made-fun” o Economía Divertida; (título que no nos debe llevar a confundir con tomar a cachondeo la cuestiones económicas o con que los asuntos económicos son graciosos). Siguiendo a Vromen, en uno de los primeros estudios sobre el tema, podemos caracterizar este subgénero por: i) presentar la teoría económica de una forma “light” y accesible, aunque no por ello menos rigurosa y; ii) por mostrar cómo los principios y herramientas de la teoría económica pueden ser utilizados para explicar toda una variedad de temas interesantes y desvelar la cara oculta tras un buen montón de fenómenos sociales.

Buena parte del material, lo nutren experimentos en el ámbito de la economía del comportamiento, pero también investigaciones enmarcadas en la tradición económica más convencional. Así pues, la “Economía Divertida” no es una corriente alternativa ni nada por el estilo, es más bien una metodología pedagógico-literaria que trata de despertar la curiosidad por una rama del conocimiento que hasta el momento parecía un algo lúgubre y bastante sosa.
Como ya hemos mencionado, a tenor de las cifras de ventas, parece que a la gente le gusta esta nueva forma de hablar sobre Economía. Los pioneros en este campo han encontrado un filón; por ejemplo, Levitt y Dubner están explotando al máximo su Best-seller Freakonomics, creando un visitado website, un programa habitual de radio e, incluso, una película. Otros reconocidos trabajos son los de Tim Hardford (El economista camuflado), Tyler Cowen (Discover your inner economist), Dan Ariely (Las trampas del deseo) o Robert Frank (el economista naturalista). Por cierto, es interesante resaltar como aunque hablamos de un mismo género los planteamientos son bien distintos entre los autores; mientras que los dos primeros son fieles a la racionalidad económica convencional del maximizador Homo Oeconomicus; los dos segundos, se manifiestan más críticos con dichos postulados, en la línea de los pioneros estudios psicológicos del premio nobel Daniel Kahneman y Amos Tversky en los que se ponía de manifiesto que los seres humanos no se comportan como seres hiperracionales y maximizadores, sino siguiendo más bien siguiendo patrones de comportamiento que les son suficientes para satisfacer (no maximizar) sus necesidades y deseos. Personalmente, me atrae mucha más este enfoque que el primero, pues presenta un ser humano que es capaz de “tropezar” varias veces en la mis piedra, tomar decisiones erróneas des del punto de vista del análisis coste-beneficio e, incluso, pensar en algo más que su propio interés y egoísmo personal; en definitiva, estudios que tratan de “humanizar” al ser humano y olvidarse del robot que es el Homo Oecnomicus.
En el blog, ya he ido comentado algunos libros (aquí, aquí) o videos (aquí, aquí) dentro de este subgénero, que permite recuperar el placer de leer o informarse sobre la ciencia del intercambio y sus circunstancias.

Baste por el momento con esta pequeña lista por si les interesa divertirse leyendo de Economía y sobre la economía…
Bueno una última recomendación algo más académica aunque peculiarmente científica: me refiero a la metáfora-parábola que fue el famoso y citado artículo Life among the econ de Leijonhufvud.
Pues eso, a divertirse… y olvidarse un poco de los ExpertosEconomistas tan revestidos de autoridad y lugubrez, que no hay quien entienda y que, últimamente, están haciendo el agosto.

El reto de la enseñanza de Economía

Recientemente un compañero me hizo llegar la carta pública de la Asociación de Estudiantes de Económicas de la Universidad Autonóma de Madrid, en la que denuncian la “profunda crisis en la formación de los estudiantes de Economía” (firmar); donde denuncian la abstracción intelectual y a-moralidad que la corriente Neoclásica ha impuesto en la forma de entender, estudiar, investigar y practicar la Economía. Opinan los alumnos que la mirada sobre el hecho económico propuesta en los planes de estudios covencionales, resulta claramente empobrecedora del “modo de ser” economista en el Siglo XXI.
La protesta de los estudiantes de Economía no es algo nuevo. En esta, como en otras revoluciones, Francia nos lleva la delantera. Ya en el año 2000, estudiantes franceses publicaron una petición contra el dogmatismo y la falta de realismo de la economía neoclásica, dando lugar al movimiento de Economía Post-Autística.
En el mismo sentido, el nada sospechoso y bien financiado “Institute for New Economic Thinking”, del tiburón de las finanzas reconvertido en filántropo, George Soros, dedica uno de sus cinco programas de investigación (liderado por Robert Skidelsky) a reflexionar sobre el cambio en el currículum de la Economía.

Todo lo anterior viene a colación del brevísimo artículo (aquí) publicado el 2002 en la American Economic Review, por Robert H. Frank, (famoso autor del manual de referencia de Microeconomía), en el que cuestiona el modo actual de enseñar Economía, centrada en que los alumnos memoricen tangencias de curvas y complejas condiciones de equilibrio matemático. Se pregunta, si no sería más útil enseñarles a “pensar como economistas”, centrando la docencia en conceptos (como el coste de oportunidad) que permitan al alumno observar la realidad de la economía cotidiana e interpretar las razones y los incentivos que mueven a los agentes en su desempeño económico. Para ilustrar la necesidad del cambio didáctico-docente, establece una interesante comparación con la evolución en el modo de enseñar idiomas. Décadas atrás todo se centraba en memorizar reglas gramaticales y vocabulario, con pésimos resultados, hasta que la enseñanza pasó a centrarse en habilidades orales que permitan desenvolverse con facilidad.

La propuesta de Frank es conseguir que los estudiantes de economía se conviertan en “economistas naturalistas“. Al igual que estudiar biología faculta para observar y maravillarse con el mundo natural, estudiar economía debería otorgar a los estudiantes una capacidad similar de observación  y de maravillarse con el entorno económico que les rodea. Para ello, puede ser más interesante responder a preguntas ¿porqué las aerolíneas cobran más por los tickets de último minuto, y los teatros actúan justamente al revés?, o ¿Por qué un fabricante de sanitarios dibuja una mosca común en el centro de los urinarios? que esforzarse en memorizar condiciones de tangencia.

Los éxitos de ventas de libros centrados en este enfoque denominado “economía-divertida” (economics-made-fun), nos deberían confirmar a los docentes que la economía SÍ interesa a la gente, SÍ puede maravillar a los estudiantes, pero nos empeñamos en convertirla en una “Ciencia lúgubre , no sólo por sus tétricos pronósticos (Thomas Carlyle dixit) sino también por la aburridísima pedagogía.

Moral y Eficiencia en los mercados

Ando estas semanas explicando a mis alumnos de Microeconomía Avanzada los fundamentos del modelo del Equilibrio General, considerado por muchos como la Teoría de las Teorías en Economía; es decir el núcleo sustancial del Análisis Económico. Pues bien, puesto en la pizarra, el modelo es de una elegancia y precisión asombrosa. Todo cuadra. Los mercados se vacían y no hay recursos ociosos. Es la metáfora de la mano invisible” en su versión más científico-matemática. Claro, con la que está cayendo, la reflexión es inmediata: todo eso del modelo matemático es muy bonito, pero la realidad es tozuda y lo que tenemos actualmente es una crisis monumental y una enorme cantidad de recursos desempleados. Es decir, todo no cuadra. (Quizá, porque como ya dije en otra parte, la realidad es la que es y es el modelo el que debe adaptarse a ella y no viceversa.)

¿Cuestiona esto mi fe en el modelo y en la eficiencia asignativa de la economía de mercado? Pues no y sí. No; porque la historia nos ha demostrado que el mercado es el menos malo de los sistemas económicos y, por tanto, creo que “puede cumplir” razonablemente bien el cometido de distribuir los recursos. Sí, porque el “puede cumplir” es hipotético y requiere de un escenario moral que, hoy por hoy, no se da; es más, podríamos hablar de un deterioro del mismo.

Para que la economía de mercado funcione razonablemente bien deberían darse, al menos, las siguientes dos condiciones morales:
Primero.- Comportamiento de los agentes económicos respetuoso con ciertos principios éticos básicos; entre los que destacarían el de los intercambios justos (ausencia de abusos), el no aprovecharse de las posiciones de debilidad del otro (compulsión), el de la transparencia en la información (no engañar en los defectos ocultos) y, en general; considerar que el intercambio comercial es una relación de cooperación.
En definitiva, un paradigma ético-económico que nos lleve a pensar tanto en el interés individual (potente fuerza motriz de nuestros desempeños) como en el bien común (espacio convivencial sin el que no podríamos subsistir; pues nos necesitamos unos a otros). Algo así como la economía del bien común.
Segundo.- Hay ciertos límites morales que el mercado nunca debería traspasar. No todo está en venta, hay cosas “que el dinero no puede comprar” e intentar mercantilizarlas no es ni eficiente desde el punto de vista económico, ni justo desde el punto de vista social. Un ejemplo rápido, la donación de sangre funciona de forma más eficiente cuando se rige por principios altruistas que por principios de mercado (pagar por donación). Los defensores del libre mercado consideran que la oferta y demanda no imprime juicios morales sobre los bienes intercambiados pero, ¿realmente es así? ¿Podemos comprar una amigo con la certeza de que su amistad sea sincera y verdadera? ¿Podemos comprar justicia sin que se corrompa? ¿Podemos comprarnos una novia o un novio? ¿Podemos comprar órganos humanos? Es cierto, que existe mercado para todo ello, pero de alguna manera entrar en esos mercados nos degrada como seres humanos, nos mercantiliza y hace que no seamos los mismos.

Adam Smith, lo tenía claro. Estableció cuáles eran las condiciones materiales de “la riqueza de las naciones“, pero también las condiciones éticas y los “sentimientos morales” para que aquellas prosperaran. Es cierto que Adam Smith consideraba “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”, pero también lo es que “por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros de tal modo, que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciales”. Además, “cada hombre, sin duda, es impulsado por su naturaleza a preocuparse de sí mismo; prefiere cuidarse él por encima de cuidas a otras personas, y es correcto que esto sea así… en la carrera por la riqueza, los honores y el ascenso debe esforzarse tanto cuanto pueda y esforzarse con todos sus nervios y músculos en aventajar a sus competidores. Pero debe hacerlo justamente, de lo contrario, no gozará de la indulgencia de los demás. Es una violación de la justa contienda (fair play) que no se puede admitir“. Por tanto, la competencia y, por extensión, el mercado, no son malos siempre que se sometan a ciertos límites de justicia, no en el sentido jurídico sino en el moral. Pues otro de los grandes problemas actuales es confundir lo legal con lo justo.

En definitiva, si el mercado se somete a ciertos principios éticos y, además, deja fuera ciertos bienes que no le son propios puede que finalmente, los mercados sean realmente eficientes en la asignación de recursos escasos tal y como predice el modelo del Equilibrio General.

Legados de la crisis (I): Ricos y Más Ricos

Dice nuestro ínclito presidente que lo peor de la crisis ya ha pasado. Y, la verdad, no tenemos por qué dudar de su palabra, más allá de que hay que ir calentando motores para una carrera electoral en la que, por cierto, el PP anda un pelín bajo de forma. Pero bueno, seamos bien pensados y consideremos que a nuestro presidente lo que le motiva es ser transparente con los datos e insuflar esperanza a una alicaída ciudadanía. Además, el hecho de que la oposición y los organismos independientes lo confirmen elimina cualquier suspicacia electoralista. Centrémonos, por tanto, en que “lo peor de la crisis ya ha pasado”. Sería pues el momento de ver los destrozos del temporal. Pues bien, parece que a no todo el mundo le ha ido mal.

Como bien refleja el siguiente gráfico en “The Economist”, en el año 2012 12 millones de personas superaron el umbral que, técnicamente, les otorga el status de millonarios (tener 1 millón de dólares en activos invertibles); esto es 1 millón más de nuevos ricos respecto al 2011.
Además, no sólo hay más ricos sino que los que había son aún más ricos, en concreto un 10%. Por otra parte, los 3,4 millones de ricos americanos, los 1,9 millones de japoneses y el millón de alemanes acaparan más de la mitad de la riqueza mundial. En resumen, mayor número de ricos y, además, más ricos.
La crítica (que por facilona me despierta cierto pudor demagógico): las crisis no ha sido igual para todo el mundo, ni todos arriman el hombro de la misma forma. Con estos mimbres, no es de extrañar que se cuestione el Estado del Bienestar desde uno de sus santuarios.
El consuelo: Mis lectores ya me han escuchado la cantinela de que “el dinero no da la felicidad” (aquí y aquí) y que quizás “no somos tan pobres“, al menos comparativamente. Por tanto, tiremos de sabiduría popular y concluyamos con que “el que no se consuela es porque no quiere”.

¿Cómo va la vida?

Soy un apasionado de la tecnología y, algo menos, de la economía (¿qué le vamos a hacer?).  Por eso decidí crear un grupo de etiquetas (lateral izquierdo) denominado EcoTechs, donde iré recogiendo herramientas tecnológicas (apps, webs interactivas…) de utilidad económico-docente. Algunas de ellas han sido ampliamente publicitadas y son bien conocidas en la blogosfera económica, otro no lo son tanto.
Traigo hoy una, recientemente puesta en marcha, por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que trata de medir “cómo nos va la vida” más allá del PIB. Numerosísimos filósofos sociales, economistas incluidos (menos, a decir verdad), y, sobre todo, el sentido común nos vienen alertando que el objetivo existencial del ser humano no radica en perseguir la riqueza, sino la felicidad, la armonía con uno mismo y con el entorno ambiental y afectivo que le rodea. Pues bien, si esto es así, medir el bienestar de una sociedad únicamente con índices económicos parece, cuando menos, incompleto y, en cualquier caso, sintomática de una cierta manera capitalista de entender las relaciones humanas (lo cual es bastante marxista, por cierto). En definitiva la “riqueza no es sinónimo de bienestar“. El Índice de Desarrollo Humano (IDH), la Felicidad Interior Bruta (FIB), el Índice del Planeta Feliz (IPF), el “Legatum Prosperity Index“, entre otros, intentan medir “lo que realmente importa y no sólo lo que reluce“.
A los anteriores índices se une ahora el “Índice para una vida mejor” que trata de “comparar el bienestar entre distintos países básandose en 11 temas que la OCDE ha identificado como esenciales para las condiciones de vida materiales y la calidad de vida”. Lo he incluido en la sección EcoTechs pues la web te permite “jugar” con las estadísticas modificando la importancia que se otorga a cada uno de los 11 ítems. Por ejemplo, con la ponderación inicial España se sitúa en el nivel 20/36, pero si concedemos más importancia a la comunidad, la salud y el balance vida-trabajo ascendemos 3 puestos.
En definitiva, el “Better Life Index” nos proporciona una nueva estadística que viene a reafirmar que, aunque el dinero ayuda, realmente no da la felicidad; y que quizás, los humanos hemos perdido el sentido de “cuanto es suficiente

Armas económicas de destrucción masiva

En una entrada anterior (aquí) comentaba que la crisis financiera global podría interpretarse como la consecuencia del desarrollo de una nueva generación de armas de destrucción masiva: los productos financieros tóxicos. La expresión la acuñó, el nada sospechoso, Warren Buffet afirmando que “los derivados financieros, efectivamente, son armas de destrucción masiva” para la economía. Paralelamente, la existencia de armas de destrucción masiva nos remite al concepto de “crímenes económicos contra  la humanidad“. El desarrollo de ambos conceptos desde el punto de vista jurídico y politológico resulta realmente interesante como contrapunto al desarrollo descontrolado de un modo de entender el capitalismo al que le sientan muy mal los corsés reguladores y para el que cualquier intervención política es una intervención mala. (En este sentido, algo de culpa tiene la propia política cuando asume su rostro mas corporativo y mezquino y tan alejado de la prostituidas expresiones “interés general” y “cosa pública”).
Traigo todo a esto a colación de un reciente post en “The Economist” que me ha hecho pensar en una nueva modalidad de armas “económicas” de destrucción masiva: la ingeniería fiscal.
El gráfico es lo suficientemente elocuente para ilustrar el argumento que titula el artículo: La recaudación impositiva de las grandes corporaciones cae a pesar del aumento de los beneficios.

Los circulitos de la de la derecha son contundentes. En el año 1947 la recaudación impositiva fue del 36,7% sobre los beneficios. En el año 2012 descendió al 12,4%. Sobran las palabras.
Personalmente, considero esta “ingeniería fiscal” tan desestabilizadora y tan”crimen económico contra la humanidad” como la desregulación financiera. Pues sin “arrimar el hombre” es muy difícil que la “res publica” (que decían los romanos) pueda funcionar adecuadamente. Los estados de bienestar occidentales, sustentados sobre un amplio consenso contributivo y que tanta paz social y calidad de vida han proporcionado en las últimas décadas, no pueden funcionar cuando los “pícaros fiscales” se aprovechan legalmente de los resquicios de la ley; cuando los agentes económicos con mayor capacidad contributiva eluden “alegalmente” sus responsabilidades. Así la cosa no funciona. Y no hay más.

Keynes “en directo”, sobre el patrón oro.

La crisis actual ha llevado a algunos economistas a cuestionar el sistema monetario tal y como lo tenemos montado. Un sistema de reservas fraccionarias en el que los bancos sólo necesitan mantener en caja un mínimo del dinero que depositan sus cliente. En la zona Euro el coeficiente de caja oscila entre el 0% y el 1%. Un coeficiente caja inferior al 100% otorga la posibilidad de crear dinero a la banca comercial, vía la concesión de depósitos. Si alguien me abre una cuenta con 100€ y el Banco Central Europeo, sólo me obliga a mantener 1€, puedo prestar los 99 restantes; de hecho, ahí radica mi negocio. Pero es que los 99 pueden volver a ser depositados y prestado el 99%… Es decir, es la banca comercial la que crea dinero y no las autoridades monetarias.
La corriente austríaca de Economía se está mostrando especialmente beligerante con el tema, atribuyendo a las reservas fraccionarias buena parte de la culpa del ciclo económico; por eso defienden una radical reforma del sistema monetario articulada en torno al coeficiente de caja del 100%, la supresión de los bancos centrales y el retorno al patrón oro. Algo que, ciertamente, parece “de otra épocas”. La corriente post-keynesiana ha conseguido mostrar convincentemente que el dinero es endógeno; es decir, que en ausencia de la suficiente moneda legal que “engrase” la actividad económica, el propio sistema encontrará la solución, bien mediante el aumento del número de veces que un billete pasa de mano en mano (Velocidad) o desarrollando métodos de pago alternativos… Esto de la endogeneidad siempre me recuerda las palabras de Tomás de Mercado al afirmar que en las ferias mercantiles en el siglo XVI, pese a todo el oro que llegaba a España no se veía ni blanca y eran una “fragua de cédulas”. ES decir, la falta de “blancas” no entorpecía la actividad económica y los mercaderes creaban sus propios medios de pago.

A estas ferias van de todas las naciones, de Sevilla, de Lisboa, de Burgos, de Barcelona, de Flandes y Florencia, o a pagar seguros, o a tomar cambios, o darlos, finalmente es una fragua de cédulas, que casi no se ve blanca, sino todo letra. Las cuales son de dos maneras, unas en banco, otras en contado…

La endogeneidad viene a decir que la masa monetaria es como una nube de límites imprecisos y que crece o decrece según las necesidades de la actividad económica. En este sentido, volver al patrón oro, parecería meterse en un corsé demasiado rígido, que impediría respirar a la economía.
Así lo entendió Keynes al defender, en el siguiente vídeo, los beneficios de abandonar el patrón oro en Inglaterra.

El “casi” peor de los escenarios posibles

En materia de política económica no estamos en el peor de los escenarios posibles, pero casi. Como es bien sabido la actual estrategia económica se ha construido en torno a dos pilares fundamentales: la austeridad y las reformas; dando lugar a una situación que, a juicio de muchos, está alargando la salida de la crisis y, lo que es peor, la agonía y el sufrimiento de miles de ciudadanos. A la luz de los parcos resultados cabría preguntarse tanto si los tratamientos -gasto público y reformas estructurales- como las dosis son las correctas. A mi juicio SI y NO. ¿Las variables a tratar son las adecuadas?; pues SI. ¿El enfoque adoptado es adecuado?; pues NO. Vamos por partes.
Si consideramos que cada una de las dos variables objetivo admite dos estrategias (y una sucesión de estados intermedios entre ellas), la combinación nos daría lugar a cuatro escenarios. En relación con la variable gasto público no moveríamos entre el estímulo y la austeridad y en relación con la variable reformas nos moveríamos entre avanzar en el camino reformista o quedarnos quieto. Así pues los cuatro escenarios serían:

  1. Estímulos con reformas
  2. Austeridad con reformas
  3. Austeridad sin reformas
  4. Estímulo sin reformas

La particular ordenación corresponde a lo que, a mi juicio, sería una gradación del mejor al peor escenario. ¿Adivinan en cual nos encontramos? Pues no en el peor, pero sí en el siguiente.
El estímulo sin reformas es un pésimo escenario por muchas razones, pero básicamente por su insostenibilidad en el tiempo si vienen mal dadas. Esta es una estrategia de muy corto plazo y abocada al fracaso cuando la crisis persiste más allá de un intervalo muy corto de tiempo. Fué, si no recuerdan mal, lo que intentó nuestro ínclito anterior presidente del gobierno con su política chupi-güay de “mas madera” y buen rollito para todos los miembros y miembras de nuestra sociedad, sin querer ver que la crisis era mucha crisis, incluso para la conjunción astral Obama-Zapatero. Al final se cayó del guindo y el 10/05/2010 giró el timón y puso rumbo al escenario número 3. En el cual nos encontramos todavía; pues aunque el PP publicita a bombo y platillo a Mariano Rajoy como “reformator”, las cosas no son tan así. El PP dice situarse en el escenario 2, pero aún anda a medio camino.
Los costes principales de las empresas son los laborales, los financieros y los energéticos. Si analizamos cada uno de ellos veríamos que las reformas están muy lejos de alcanzar un escenario que fomente la competitividad. La reforma laboral complica, más que clarifica, el escenario de las relaciones laborales (multitud de contratos, judicialización,…). La reforma financiera no ha incrementado el crédito a disposición de las empresas y familias. El sector energético, si alguien entiende cómo se fija el precio de la energía, pues que me lo explique. En definitiva, mucha austeridad, pocas reformas y ninguna de calado que nos haga salir de este capitalismo castizo (recomendable lectura), controlado por pocas estirpes empresariales y dependiente del BOE, que dificulta enormemente la competencia. Por no extenderme demasiado, ya no hablo de la reforma de administración o de la reforma del sistema educativo que cada 4 años toca.
En cualquier caso, el escenario 2 tampoco nos va a sacar de la crisis.

Parece que Rajoy, al igual que Zapatero, también ha caído del guindo y empieza a reconocer que el escenario que eligió tampoco es el correcto. Es necesario moverse al escenario número 1. Pero en este sentido, al gobierno le faltan bemoles para liderar un bando con los países del Sur y Francia que hagan ver al bloque germánico que así no se puede. Que los estímulos son necesarios como reconoce la Reserva Federal, el Banco de Japón, el FMI… y multitud de organismos y economistas menos los “econócratas” europeos con nuestra amiga Merkel a la cabeza.
En definitiva, reformas que nos saquen de nuestro capitalismo castizo SI, pero con estímulos.

¿Cuanto cuesta la felicidad?

Para la sabiduría popular, parece “que el dinero no da la felicidad”. En innumerables ocasiones hemos oído este famoso adagio, que la literatura y otras artes se han encargado de sancionar contándonos mil y una historias con el argumento de que “los ricos también lloran”. Y la verdad es que no nos los acabamos de creer, por eso se suele añadir la coletilla de que “no dará la felicidad, pero ayuda”.

La cuestión no ha pasado desapercibida a los economistas que han desarrollo un específico campo de estudio denominado Economía de la Felicidad. Richard Easterlin fué uno de los pioneros al preguntarse en el  año 1974 si “el crecimiento económico mejoraba la felicidad“, descubriendo que los datos empíricos avalaban parcialmente la sabiduría popular. Es cierto que el dinero importa y sí que da la felicidad, pero hasta un cierto punto; es decir, en una sociedad dada, la gente más rica es más feliz que la más pobre. Ahora bien, los incrementos sustanciales de renta per cápita no se traducen en incrementos en los indicadores de felicidad. Es más, las comparaciones entre países, con distintos niveles de riqueza, muestran como los índices medios de felicidad declarada no cambian, una vez satisfechas las necesidades básicas… lo que obviamente contradice la teoría económica dando lugar a lo que se conoce como “Paradoja de Easterlin
Baucells y Sarin, en la misma línea argumetnal que Easterlin, sostienen que “definitivamente, el dinero no da la felicidad” debido a la particular psicología del ser humano. Por una parte, el “poder de adaptación” hace que la gente se acostumbre a niveles de vida más altos conforme aumentan sus ingresos, considerándose el nuevo stándard la situación normal y, por tanto, no aportando felicidad o bienestar adicional. La segunda explicación es la “comparación social” ( o teoría del “salario del cuñado”) que relaciona nuestra felicidad con el entorno social y no con nuestras circunstancias materiales absolutas. En resumen, el dinero da la felicidad hasta un cierto nivel (8.000$-25.000$, según estudios) a partir del cual los incrementos sustanciales de riqueza proporcionan incrementos residuales de felicidad.
Parece sin embargo que esta interpretación convencional no es la correcta a juicio de Stevenson y Wolfers que consideran que el dinero sí puede comprar la felicidad. La tesis central es que no hay evidencias empíricas de la existencia del punto de saciedad o saturación y que, por tanto, la gente nunca se cansa de ganar más dinero.

El gráfico (reelaborado por The Economist) refleja claramente que a mayores ganancias, mayor bienestar subjetivo para los individuos. Sin cuestionar la conclusión fundamental, podríamos hacer dos matizaciones. El gráfico utiliza una escala logarítmica, por tanto pasar, por ejemplo, de 1.000$ a 2.000$ gráficamente tiene la misma importancia que pasar de 64.000$ a 128.000$ y, no me negarán, que lo mismo, lo mismo pues no es. En otras palabras, el “coste económico” de incrementar la satisfacción crece exponencialmente lo que implica que aumentar un punto requiere de muchísimo más dinero cuando ya se es rico. Una idea que se aproxima bastante a que existe un “punto de saciedad” que es la tesis que pretenden rebatir. En segundo lugar, cuando un país se acerca a elevadas satisfacciones (cercanas a 10) el “coste económico” del incremento es enorme.En definitiva, el estudio redefine logarítmicamente la relación ingresos-bienestar, pero no resuelve la Paradoja de Easterlin.

Robert Skidelsky, en su muy recomendable libro ¿Cuanto es suficiente? reflexiona sobre lo que nos hace felices y “lo poco que cuestan” las cosas realmente importantes. Skidelsky dedica el capítulo cuatro a cuestionar la “Economia de la Felicidad” por no resolver adecuadamente dos irracionalidades: una individual y otra colectiva. La primera es que la gente sobreestima la felicidad futura asociada al consumo y menosprecian las satisfacciones presentes como el ocio, la educación  la amistad y otros intangibles. La segunda es que colectivamente no todo el mundo puede estar en lo alto de la escala. En una sociedad de dos individuos el éxito del individuo A debe ser necesariamente a expensas del fracaso de B.
Skidelsky relaciona la felicidad con la idea “the good life” (la buena vida). Un concepto ético y no meramente subjetivo. La buena vida no es aquella que simplemente se desea, sino aquella que es deseable o merecedora de ser deseada según unos criterios éticos relacionados con la dignidad humana. En otras palabras, nuestro objetivo como individuos y ciudadanos no es meramente ser feliz sino tener rezones para ser feliz. El matiz es importante pues introduce el compromiso moral con nuestros congéneres.
Para Skidelsky los bienes básicos son la salud, la seguridad, el respecto, la personalidad, la armonía con la naturaleza, la amistad, el ocio y tiempo libre… todos ellos bienes que proporcionan felicidad a un “bajo coste”. Teniendo en cuenta, pues, lo que verdaderamente merece ser deseado conviene preguntarse ¿cuanto es suficiente para conseguirlo?. Veremos entonces que la felicidad no es cara y que el problema de la insatisfacción personal en las sociedades avanzadas no es económico sino moral. En otras palabras, no somos más felices no porque no podamos “comprar la felicidad” sino porque no sabemos donde buscarla.

¿Y si soy más rico de lo que pienso?… Comparativamente hablando

 Decía Keynes que “El problema político de la humanidad consiste en combinar tres cosas: eficiencia económica, justicia social y libertad individual”. Todas ellas deben desarrollarse paralelamente y en la proporción adecuada para evitar un crecimiento atrofiado de la humanidad. La eficiencia económica sin justicia social genera sociedades desiguales y “cuartos mundos” que son la vergüenza de las sociedades capitalistas avanzadas. La eficiencia económica sin libertad individual está relacionada con dictaduras y colectivismos que anulan la importancia del individuo sacrificado al bien de la comunidad (Ex-URSS o la China actual). El mismo sinsentido colectivista se da en situaciones de justicia social sin libertad individual (Cuba). La combinatoria a que da lugar los anteriores tres aspectos es múltiple. Habrá quienes defiendan la riqueza y el crecimiento económico por encima de todo lo demás, pues alcanzando éste lo demás viene dado. Para otros, es preferible menores crecimientos económicos pero más repartidos, pues el sufrimiento y explotación humana no compensa.
En cualquier caso el problema que plantea Keynes es pertinente en un día como hoy, dedicado al trabajo. Realmente, si lo pensamos despacio, el trabajo es uno de los factores determinantes en la solución del anterior problema. Un capital humano competitivo y trabajando (no en el paro) hace a un país más eficiente, lo que permite distribuir las ganancias de dicha eficiencia a través de los salarios y de mecanismos de protección social que, a su vez, permiten al ciudadano afrontar con autonomía y libertad sus proyectos vitales. Todo encaja, ¿no?. Pero la realidad dista mucho de ser así: hay desempleo masivo, explotación laboral y falta de libertades, escandalosas distribuciones de la riqueza… También hay sólidas clases medias, con trabajos adecuadamente remunerados y escenarios vitales que permiten una vida digna y libre, pero, desde luego, la mayoría de los más de 6 mil millones de habitantes del planeta no se encuentran en esas islas de bienestar, ni tiene fácil acceso.
Podríamos preguntarnos ahora, ¿dónde nos encontramos nosotros? Aunque la pregunta tiene un elevado componente subjetivo, el aspecto económico-monetario también es importante y una comparativa, en este sentido, no viene mal para reflexionar sobre “lo afortunados” que podemos ser. En Global Rich List, puedes ver cómo de rico comparativamente eres entre todos los habitantes del planeta.
Luego me cuentas.

Leyendo sobre… Economía por y para humanos

En una entrada anterior reflexionaba sobre el objeto de la Economía más allá de la insatisfactoria (no por incierta, sino por incompleta) definición convencional de la “ciencia que estudia la asignación eficiente de los recursos escasos”. Dicha definición no me convence por dos motivos. Primero, por la imprecisión del concepto eficiente, pues está ligado al criterio de eficiencia escogido (económica, social, medioambiental…). Segundo, por la relatividad cultural y geográfica del concepto escasez; dependiente de desiguales distribuciones de recursos y de insatisfechos apetitos y deseos. Por tanto, a mi juicio, cuando la Economía se hace interesante, no es cuando resuelve problemas de asignación (optimización matemática), sino cuando reflexiona sobre los criterios de eficiencia (maximización utilidad y beneficio) y escasez (satisfacción de necesidades vs satisfacción de deseos); es decir, cuando reflexiona sobre los incentivos que mueven a los seres humanos en su “modus operandi” en la arena económica.
Me convencería más la definición convencional si hablara de “provisión” y no de “asignación”. De hecho, creo que el último sentido de la actividad económica no es otro que proveer bienes y servicios para el bienestar de los seres humanos. Preocuparse por proveer no es lo mismo que preocuparse por asignar. El matiz es importante. En otras palabras, la preocupación por proveer pondría la Economía al servicio de los humanos y no al revés.
En ultima instancia, es de lo que trata el interesante libro de Julie A. Nelson, “Economics for Humans“.

Nelson es una de las autoridades mundiales en Economía Feminista y unas de las autoras que más ha contribuido a dotar de autonomía y solidez intelectual a esta corriente de pensamiento heterodoxa.
En un tono divulgativo, el libro reflexiona sobre el mecanicismo matemático que impera en la ciencia económica actual de herencia ilustrada-newtoniana (metáfora del mundo como una perfecta maquinaria) y su alejamiento de la realidad y cotidianidad de los problemas económicos a los que la gente realmente se enfrenta. La presunción de eficiencia que otorga el apartado matemático deja de lado consideraciones como justicia, salud, superveniencia y sostenibilidad. Además, es sumamente interesante comprobar como toda la sofisticación matemática de la metáfora mecanicista-newtoniana ha contribuido en poco o muy poco a generar instrumentos económicos útiles.
El nudo gordiano del libro se encuentra en el capítulo 4, cuando Nelson reflexiona sobre la motivación de los individuos y enfrenta los conceptos de amor y dinero. En las actuales circunstancias parece que todo lo mueve el dinero y esta es nuestra única motivación. Cuando realmente, si lo pensamos, no lo es o, al menos, no debería serlo. Las relaciones interpersonales, sobre todo, a escala cercana se rigen por principios como el cuidado, la atención, la empatía y la ayuda (familia, amigos, comapañeros…). No podemos abandonar la responsabilidad ética que tenemos con nuestros congéneres y que nos confiere dignidad como seres humanos. Lo cual no quiere decir, como bien advierte, Nelson que caigamos en la ingenuidad del anti-economicismo y la anarquía faciloide, sino en apostar por modelos de relaciones económicas-humanas donde se armonicen las motivaciones del dinero y del amor. Donde nos preocupe lo que ocurre más allá de nuestra individualidad. La realidad es muy tozuda y nos mostrará como la Economía-Economicista puede generar mayores ingresos para un grupo selecto, pero la Economía-Humana es más eficiente desde el punto de vista de la estabilidad social y el bienestar de la humanidad.

Sobre riqueza e igualdad

Periódicamente, estamos acostumbrado a leer y escuchar titulares del tipo el X% de la población más rica acapara el Y% de la riqueza mundial o el Z% de la población mundial vive con menos de 1$ al día. Son titulares impactantes, dramáticos que reflejan el egoísmo sistémico del capitalismo y la anestesia moral del primer mundo. Pues bien, aunque todos esos titulares nos suenan ya a sabidos, el siguiento vídeo los presenta de una manera gráfica, distinta y, si cabe, más impactante. Merece la pena invertir 3,52 minutos en repensar en “como asignamos los recursos escasos eficientemente” y recordar la lección-advertencia de Stiglitz sobre los peligros revolucionario de la desigualdad y el consejo de Skidelsky sobre la buena vida.
Ps. El video está en Inglés, pero se entiende extraordinariamente bien.

Los “austeros” también se equivocan

Esta semana la blogosfera económica ha estado muy entretenida con los errores metodológicos y de cálculo de Reinhart y Rogoff, prestigiosos académicos y autores de un estudio de historia económica que venía a demostrar empíricamente la tesis de la “austeridad expansiva“. Este trabajo se había convertido en uno de los textos sagrados de los tecnócratas adalides de la austeridad… hasta esta semana.
Un nuevo estudio de Thomas Herdon, un estudiante de 28 años, avalado por sus profesores Ash y Polín, ha puesto al descubierto relevantes errores metodológicos y de cálculo en el trabajo de Reinhart y Rogoff, quienes no han tenido más remedio que reconocerlo. Esos sí, manteniendo que los pequeños errores en el cálculo no alteran, en lo sustancial la tesis central del artículo: elevadas deudas públicas se traducen en decrecimientos del PIB. Desde luego como actitud científica no tiene desperdicio. Planteo una hipótesis, la corroboro empíricamente (no dudo de la honestidad científica) y, cuando la demostración se confirma inválida, mantengo la conclusión principal. Ó parafraseando el conocido adagio periodístico: que la realidad no te estropee una buena tesis científica, máxime si encaja en la más pura ortodoxia económica.
No obstante, dado que la realidad se manifiesta tozuda, el “sostenella pero no enmedalla” se complica. El siguiente gráfico del, nada sospechoso, “the economist” parece contradecir la insistencia de Reinhart and Rogoff

Claramente se ve, como por debajo de deudas del 90%, los resultados de uno y otro estudio difieren en las magnitudes, pero no en el sentido del crecimiento; lo relevante ocurre en países con deuda muy elevada. Aquí ambos estudios muestra conclusiones radicalmente diferentes. Y, por el momento, el de Reinhart y Rogoff es el único estudio con errores demostrados. Por tanto, la pretendida generalidad científica de la austeridad expansiva, no se ve avalada por los hechos.
La consecuencia del dislate, no es menor. FMI y UE han articulado toda su estrategia económica anti-recesió, en torno a la verdad científica de la “austeridad”. Si ya no es tan verdad, ¿recapacitarán nuestros “econocratas” y corregirán el rumbo? Me temo que no. Y eso, a pesar de que desde dentro del FMI ya se cuestionó a principios de año los efectos positivos de la austeridad, reconociendo que en sus estudios podrían haber subestimado el efecto de los multiplicadores fiscales y, por tanto, el impacto de la reducción del gasto público sobre la economía. Es cierto, que desde el FMI y la UE algunas voces reclaman más tiempo y menos austeridad para los ajustes pero, por el momento, desde Alemania no se afloja la cuerda.
Ya comenté en una entrada anterior que lo de la “austeridad expansiva” me sonaba a “Oxímoron poético”. Una política austera, podrá ser beneficiosa (tengo mis dudas que siempre y en cualquier circunstancia) pero expansiva, lo que se dice expansiva nunca podrá ser. Mantener esta idea, no implica defender el gasto y el despilfarro, simplemente reconocer que a base de recortes exclusivamente no se puede crecer. La ciencia no lo avala (por el momento) y la realidad lo confirma.