Una visión unifocal

El comienzo del siglo XX en Cuenca está marcado por los avatares de su catedral. El hundimiento de la torre del Giraldo en el lado norte el 13 de abril de 1902 se había cobrado la vida de al menos cinco niños –según el diario católico El siglo futuro– y el derrumbe del Arco de Jamete, una joya escultórica del Renacimiento español que daba acceso al claustro desde el interior del templo. A pesar de que las acciones de conservación preventiva a principios de siglo todavía acusaban cierta indefinición, el 30 de mayo de 1902 se eleva desde la Comisión provincial de Monumentos una instancia a la Real Academia de la Historia con informe del conquense Juan Catalina para solicitar la declaración de Monumento Nacional, necesaria para poder comenzar intervenciones de restauración.

El 23 de agosto del mismo año ve la luz el Oficio del traslado del Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de Real Orden por la que se declara Monumento Nacional la Catedral de Cuenca: “considerando que tiene gran importancia artística por reunirse en ella el arte románico y el ojival más puro, siendo notoria por otra parte la necesidad de atender con especial cuidado a su conservación para preservarla de la ruina que amenaza destruirla”. La catedral se convierte en la primera década en objeto de debate. La teoría de los estilos propició por parte de historiadores contemporáneos una lectura sintáctica de la arquitectura fundamentada en el análisis de cada estilema.

Cuenca: antigua fachada de la catedral. Zaragoza: Arribas. Centro de Estudios de Castilla-La Mancha

El informe que Juan Catalina emitía sobre el templo en el Boletín de la Real Academia de la Historia incidía en la existencia de caracteres propios que permitían hablar de una arquitectura ojival española y rechazaba las influencias anglonormandas. Sin embargo, los estudios del arquitecto provincial, Vicente Lampérez, desmintieron tal originalidad española en favor de las influencias extranjeras procedentes de la presencia de Leonor de Plantagenet, reina consorte de Castilla en el siglo XII.

Durante los años siguientes, los viajes realizados por la Sociedad Española de Excursiones fueron dirigidos por Lampérez. La crónica de la expedición de Juan Allende Salazar narra la jornada. Pasaron dos días en la ciudad y dedicaron especial atención a las intervenciones del arquitecto. Aunque cita otros templos como San Miguel o San Antón, afirma que fue en la catedral donde pasaron casi el total de la excursión, “monumento el más notable y acaso el único importante de Cuenca”, según expresaba en el Boletín de la sociedad.

El discurso que ilustraba la visita atendía en especial a los ejemplos más antiguos de la construcción, como su primitiva cabecera cerrada por bóvedas sexpartitas o su triforio, de marcado carácter anglonormando. Aunque también se detuvieron en otras riquezas como las rejerías o los relieves atribuidos a Berruguete de la Sala Capitular, fueron los elementos medievales los protagonistas de la jornada.

La mirada realizada tanto por Lampérez como por el grupo que después deja por escrita la crónica no es nada inocente. En 1903 el arquitecto había declarado en ruina la fachada y había solicitado a la Real Academia de la Historia el apoyo para la realización con premura de las obras. El artículo de Allende Salazar afirmaba que se había colocado ya el andamiaje para su demolición. En 1910 aparecen en la Revista Arquitectura los fotograbados de la maqueta de la nueva portada que contaría con dos torres, hoy inconclusas, propias de una concepción historicista que el arquitecto consideró más acorde con la unidad de estilo. En efecto, el antiguo frontispicio barroco fue eliminado y sustituido por uno neogótico.

Los avatares de las intervenciones de la catedral continuaron siendo el foco de atención durante la primera mitad del siglo XX ya que la prensa y los boletines de las instituciones se hicieron eco del estado de las mismas. A consecuencia, se creó una falsa concepción de que aquel templo era el único monumento de la ciudad. El resto de su patrimonio apenas fue objeto de apuntes secundarios, acompañados frecuentemente de denostaciones del arte del barroco o del neoclasicismo.

Maqueta del proyecto de restauración, Vicente Lampérez, 1910