Preservar lo intangible

El pasado viernes 7 de abril, en vísperas de la Semana Santa, el Consejo de Ministros declaró esta celebración Manifestación Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial, junto al Carnaval y la Trashumancia. Es la primera vez que el Gobierno ha aprobado un bien de estas características, en aplicación de la Ley 10/2015, de 26 de mayo, para la salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial. No obstante, en los últimos años España ha incorporado hasta trece registros a la Lista Representativa de la UNESCO, de alcance mundial. Las primeras inscripciones comenzaron en 2008, el Misterio de Elche y la Patum de Berga, y continuaron ininterrumpidamente hasta el pasado año, cuando fueron elevadas a este rango las Fallas de Valencia y la cetrería.

Pero la reciente declaración es, de momento, de repercusión meramente nacional. La nota de prensa reconoce la diversidad de modelos en las celebraciones en las diferentes latitudes del territorio nacional, a pesar de compartir unos rasgos comunes. Pero, además de la práctica religiosa, que a veces queda al margen, la propuesta presta atención a otros valores culturales: su papel identitario en las poblaciones, la vinculación a los oficios artesanales, su relevancia como vehículo de conocimientos tradicionales, su proyección internacional en Latinoamérica, así como las obras artísticas, muebles e inmuebles, que están implicadas en la festividad.

Como reconoce el Real Decreto 384/2017, de 8 de abril, la riqueza de la Semana Mayor reside en la heterogeneidad de manifestaciones a lo ancho de toda la geografía española, donde podemos encontrar diferencias notables entre unas y otras. En este sentido, este reconocimiento, aplicado de forma genérica a todo el país, solo ha de ser un preámbulo para futuras declaraciones que atiendan a las singularidades de cada lugar. Así pues, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte delega esta responsabilidad a las Comunidades Autónomas, que deben tener en cuenta estas consideraciones.

De esta manera, es el turno del gobierno de Castilla-La Mancha, que hasta el momento solo cuenta con dos Bienes de Interés Cultural de carácter inmaterial: la Fiesta de los Toros, de ámbito regional, y la Tamborada de Hellín, ambos en 2011. En este punto, es pertinente aclarar que la Fiesta de Interés Turístico Regional, Nacional o Internacional es tan solo un instrumento de promoción turística; por el contrario, el Bien de Interés Cultural es una figura jurídica que garantiza la conservación de los bienes que representan la identidad de una población. Es menester, pues, un reconocimiento legal de los valores culturales de estas celebraciones, que tienen lugar en numerosos pueblos y ciudades de nuestro territorio autonómico.

Nuestro ámbito más inmediato, la provincia de Ciudad Real, tradicionalmente considerada un lugar de paso, es, en efecto, un espacio de encuentro entre las costumbres de Castilla y Andalucía durante la conmemoración de la Pasión, muerte y resurrección. Desde su consolidación en el siglo XVII, los cortejos procesionales asimilaron influencias del norte y del sur de la península. No obstante, el influjo andaluz y, más concretamente, el sevillano, ha sido el más acusado desde las últimas décadas del siglo XX hasta la actualidad. En ocasiones, la imitación de las cofradías hispalenses ha logrado borrar la impronta original de las procesiones de La Mancha: en la forma de portar los pasos, en el exorno floral, en el acompañamiento musical o en el atavío de las imágenes.

Afortunadamente, muchas localidades han conservado o han recuperado antiguas tradiciones, con una trayectoria secular. En primer lugar, el modo de cargar los pasos en andas, como es habitual en Campo de Criptana, donde la singular orografía del núcleo urbano hace difícil la implantación de los costaleros. En esta localidad, como en otros municipios de la zona, es significativo el riguroso orden cronológico de los pasos de misterio, que representan los últimos momentos de la vida de Cristo. No obstante, esta narración de los episodios evangélicos es precedida por alguna imagen alegórica del Niño Jesús, una prefiguración de la Pasión, las cuales también las encontramos en otros lugares, como Daimiel y Villarrubia de los Ojos.

Semana Santa de Campo de Criptana. Encuentro de Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores.

En estos municipios, además de los conjuntos escultóricos, ha perdurado la naturaleza teatral de las tallas individuales. Los encuentros de las imágenes de Cristo, la Virgen María, los apóstoles y las santas mujeres, para la puesta en escena del camino al Calvario, el entierro o la resurrección, tienen una naturaleza especialmente dramática, que remite a los orígenes de la festividad en los autos sacramentales.

Semana Santa de Ciudad Real. Fe, Esperanza y Caridad del Cristo del Perdón (Centro de Estudios de Castilla-La Mancha).

Pero la subsistencia de este vestigio medieval es más evidente en la participación de personas, habitualmente niños, que son vestidas a la manera de las alegorías de las virtudes cristianas o de los personajes bíblicos. Más frecuentes son, sin embargo, las soldadescas de “armaos”, sobre todo en el Campo de Calatrava. Estas centurias tienen un protagonismo especial en la dramatización del prendimiento en Getsematní, la lectura de la sentencia, la guardia junto al monumento del Jueves Santo o la resurrección. Por otra parte, hay que reconocer otros rasgos inherentes a la fiesta, con un cariz más lúdico y antropológico, como el tradicional Juego de las Caras.

R. Prieto, Compañía Romana en ValdepeñasVida manchega, 1915, año IV, n.º137.

En suma, todas estas peculiaridades componen un carácter especial, íntimamente vinculado a la idiosincrasia de cada pueblo. Se trata de una expresión colectiva construida con el paso de los siglos y, a menudo, enriquecida por el influjo de tradiciones de otros lugares. En los últimos años, el crecimiento inexorable de las hermandades ha contribuido a la incorporación de nuevos enseres y al engrandecimiento del patrimonio que atesoraban. Es inevitable, en este sentido, la asimilación de tradiciones foráneas, puesto que la Semana Santa de La Mancha es en sí misma un crisol de influencias. Pero en ningún caso esta integración ha de poner en peligro el auténtico carácter de nuestra festividad ni de los elementos que la definen.

La fragilidad en la conservación de los bienes culturales, es, si cabe, más acusada en las manifestaciones inmateriales. Por este motivo, después de la designación global emitida por el Consejo de Ministros, en este momento la pelota está en el tejado del gobierno de Castilla-La Mancha, que ha de considerar las singularidades de cada manifestación y discernir los matices de la festividad, que está dotada de acusadas diferencias, incluso dentro de una misma provincia. Indudablemente, la definición de un legado singular y consolidado es la muestra más sincera de nuestra identidad.