Excursionistas del siglo XXI. La adaptación a los tiempos

A lo largo del siglo XIX tiene gran importancia en España la literatura de viajes. Las ciudades dañadas por los conflictos bélicos, las grandes fábricas eclesiales abandonadas a causa de las desamortizaciones y el éxodo rural motivado por una mejora de vida en las urbes conferían a las localidades de la península un aire evocador y cierto romanticismo.


Numerosos fueron los viajeros extranjeros que realizaron su travesía por el país y narraron en sus papeles las impresiones resultantes e incluso las acompañaron de vistas y paisajes realizadas por artistas. Pero no solo los foráneos apreciaron las riquezas y flaquezas de las tierras hispanas, también los oriundos plasmaron las sensaciones y recuerdos en sus libros de viajes. Incluso hubo quienes conformaron un tándem pintoresco.

En 1888 el pintor asturiano Darío de Regoyos realizó un viaje por la península en compañía del poeta belga Émile Verhaeren. Fruto del recorrido son una serie de textos a los que acompañan las ilustraciones xilográficas que muestran una España rural, tradicional, controlada por la religión y la superstición y llena de ruinas. Regoyos la denominó como la España Negra, título que da nombre a la edición de sus impresiones.
Frente a esta idea pesimista que había sido encarnada por los literatos de la Generación del 98 y pintores como Ignacio Zuloaga, entre otros, surgen nuevos conceptos sobre la idiosincrasia española ligados al pensamiento progresista y a una serie de instituciones liberales.

En este contexto nace la Sociedad Española de Excursiones en 1893. Enrique Serrano Fatigati, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, resulta una figura indispensable para comprender la creación de la organización, ya que su interés por la educación, la ciencia y la necesidad de la metodología empírica ven en la conformación de este colectivo, el fruto de sus desvelos.

Pero es más, contra la España Negra de Regoyos, la Sociedad tenía como fin “la obra de nacionalizar el arte, de nacionalizar el espíritu y el trabajo, de formar con los elementos ideales de diversos géneros un alma grande, con la seguridad de que, conseguida ésta, ella formará un pueblo y una nación grandes también” (Fatigati, 1904). En ese proceso de creación de una identidad española a través de lo cultural, tuvieron gran importancia los monumentos histórico-artísticos y yacimientos arqueológicos.

Las excursiones permitieron conocer in situ las empresas edilicias de las diferentes localidades españolas así como las ruinas antiguas, que con tanto afán se estudiaron a principios del siglo XX por los más reconocidos historiadores y que para muchos suponían los cimientos de la nación.

La declaración de intenciones de Fatigati se publicó como colofón a un artículo con motivo del cuarto centenario de la muerte de Isabel la Católica. Las conmemoraciones han sido siempre un pretexto para el recuerdo, pero también para la organización de diversas actividades, entre ellas la difusión del conocimiento de una figura o acontecimiento.
Nada ha cambiado a día de hoy. Si la Sociedad Española de Excursiones utilizaba sus boletines trimestrales para divulgar los monumentos y tradiciones de las localidades de España, las ciudades actuales cuentan con la herramienta de las celebraciones.

Concretamente en Castilla-La Mancha se rememoraron en 2016 dos efemérides de gran calibre: el trigésimo y vigésimo aniversario de la declaración de Ciudad Patrimonio de la Humanidad de Toledo y Cuenca, respectivamente, recibidas ambas en diciembre. Si bien Cuenca desarrolló su programa de festejos durante el año pasado y Toledo lo hará durante este 2017.

Aunque la declaración de UNESCO atiende principalmente a lo singular de sus construcciones en convivencia con la naturaleza así como su importancia histórica, no hay que olvidar que desde 2007 es norma en España el Convenio para la Salvaguarda del Patrimonio Inmaterial, redactado también por este órgano internacional. Viajeros, artistas e intelectuales ya registraron en sus anotaciones y retratos las impresiones sobre las festividades, tradiciones y en definitiva, los actos de la cultura popular celebrados en estas dos ciudades, escenarios sin igual. Pero en la actualidad gracias a las celebraciones éstos vuelven a ponerse en boca de todos.

Los resultados para ambas ciudades son similares: se han dado a conocer sus catedrales, las sendas estrechas y tortuosas que comunican antiguas zonas de las tres culturas, sus potencias museológicas y, en especial, aquellos bienes intangibles que completan su singularidad: sus tradiciones.

Las festividades populares son el epicentro de todas las artes y llevan aparejadas las manifestaciones de la cultura. En el caso de Toledo, la fiesta grande es el Corpus Christi, motivo por el que se adornan las calles del casco en la jornada festiva; en Cuenca, su centenaria Semana Santa. Ambas festividades aúnan las artes plásticas con las musicales, la tradición y el fervor popular.

Estas conmemoraciones se han convertido actualmente en el incentivo turístico y generador de nuevos excursionistas dispuestos a divulgar sus opiniones e impresiones de nuestro patrimonio cultural y con ello, asegurar su conocimiento y salvaguarda.

Corpus Christi, Toledo, Víctor Iniesta, 2016

El Salvador, Cuenca, Julia Martínez, 2016.