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Nada parece haber cambiado desde hace cincuenta años en Estados Unidos en lo tocante a conflictos raciales. La visión de esta intensa producción es una buena muestra de ello.

Recoge los cinco días de julio de 1967 de disturbios, muertes y estado de sitio vividos en una de sus ciudades industriales por excelencia. Al respecto, es interesantísimo prestar atención a esos rótulos y gráficos iniciales que ponen en situación.

Para ser aún más preciso, gira en torno a los hechos reales que tuvieron lugar en el Motel Algiers la noche del 25 de aquél mes. Esto ha generado cierta polémica porque para recrear los mismos se han basado en los testimonios de algunos supervivientes implicados y en dramatizaciones en parte supuestas, no del todo fiables sino más bien posibles.

En cualquier caso da igual. La –en todos los sentidos, mide encima 1,84- imponente cineasta Kathryn Bigelow vuelve a añadir una espléndida yesca a una filmografía prácticamente impoluta, de la que tan solo afearía la petulante y plomiza EL PESO DEL AGUA (incluso su debut en 1982, la pandillera THE LOVELESS, merece consideración).

Y llegado a este punto creo que conviene que proceda a algunas precisiones para que el que asista a verla no se lleve grandes chascos. Una muy importante, y es que a la primera y única mujer en ganar un Oscar (por la soberbia EN TIERRA HOSTIL), firmante además de las sensacionales LA NOCHE MÁS OSCURA, LE LLAMAN BODHI, ACERO AZUL, K-19, LOS VIAJEROS DE LA NOCHE o DÍAS EXTRAÑOS (atención a esta obra maestra protagonizada por Ralph Fiennes y un tanto olvidada con el paso del tiempo), sobre todo lo que le importa es la fisicidad, la adrenalina, la acción entendida esta no tanto en su acepción más evidente –que también- sino en la más tensionada.

Por eso, quien vaya buscando excesivos rasgos psicológicos en sus personajes o las razones del racismo que adornan a unos (la pasma) o las credenciales que adornan a otros, a los maltratados y asesinados (negros que no son precisamente activistas ni concienciados sociales respecto a su causa), podrían verse defraudados. Tampoco van a encontrar una profunda exploración en las causas, en las raíces de esa violencia (diría que ni hace falta, son suficientemente sabidas), pero es que además no resulta necesario dada la elocuencia de lo mostrado.

Lo suyo no es eso, no es ponerse en modo socióloga o excesivamente reflexiva, aunque sus imágenes lleven implícitas algunos de esos rasgos. Lo suyo es más bien ser una retratista inapelable de la ferocidad del ser humano (lo ha llegado a indagar hasta en la vertiente fantástico-vampírica: en la anteriormente citada LOS VIAJEROS DE LA NOCHE). Ese constituye el nudo gordiano de la mayor parte de su filmografía.

Sí es consustancial en un elevado porcentaje de su obra son las consecuencias que esa violencia tiene en sus supervivientes, los traumas generados. Por ejemplo el pavor que experimenta hasta en un supermercado el enganchado artificiero Jeremy Renner de EN TIERRA HOSTIL o el definitivo rechazo a tocar en garitos del solista de The Dramatics.

A mí me parece apasionante todo lo que cuenta esta espléndida cineasta a lo largo de los140 minutos de metraje aquí expuestos. Me genera una crispación, una angustia enormes. Por momentos estoy de acuerdo, tal como ha señalado algún colega, que parece más una película de terror que un drama racial.

Y, desde luego, en estos tiempos tan confusos, no vacila en tener claro quién son los malos y los buenos, los lobos y corderos, los verdugos y las víctimas. Me parece perfecto. Ya basta de buenismos que no conducen nada más que a la confusión de lo que es obvio, aunque la obviedad o la verdad siempre puedan ser puestas en entredicho, admito que hasta es conveniente y necesario… pero hasta cierto punto.

Alguno también le ha achacado a Bigelow ese uso excesivo de la cámara manual, por enfatizar en exceso el sufrimiento de los torturados y la brutalidad de sus martirizadores. Esto también se le reprochó en su anterior película, la de la captura y eliminación de Bin Laden. Por mi parte lo considero un mérito. Al igual que esa pátina documental conferida, muy apropiada, de ahí  esas profusas imágenes iniciales de archivo que ya casi indican una declaración de intenciones.

Consigue otra vez vomitar cine potente, eléctrico, adrenalítico, poderoso, acompañado intermitente de una excelente música de soul o de rhythm and blues (la Motown era una de las reinas discográficas de aquél entonces), lo que mejor prefieran, que nunca solapa o relega la fuerza de lo narrado, siempre en segundo término. Y lo más difícil todavía, la recreación histórica resulta personal y no cae en el alegato para volver a contar un enésimo episodio sobre racismo lindando con el sadismo e impunidad policial.

José Luis Vázquez