Ana Rosa Fernández Miñán
PRIMER PREMIO
Concurso de Relato
#CreaCIC 2020

Tengo que irme

Yo recuerdo ese día como vivido dentro de otra piel, desdoblado. Por aquel entonces, tenía 26 años y acababa de volver de mi viaje de estudios. Ese día, recuerdo que fui a merendar con mi abuela tortas de manteca con azúcar y chocolate, mientras mi abuelo veía los toros en la tele.
Poco después, cogí la moto y me dirigí al lugar de siempre, donde nos juntábamos a beber vino y jugar a las cartas. Era un lugar que, para otros no tenía nada de especial, pero para nosotros era mágico: se situaba entre dos colinas de piedras escarpadas, rodeado de matorrales autóctonos y, en medio, había a un pozo tapado con losas y un palé de madera carcomida.

A mí me perturbaba pensar en el interior de aquel pozo. Creía que tenía una esencia especial. Y a nadie más le había importado. Cuando nos aburríamos, poníamos las botellas de vino vacías sobre el brocal y les tirábamos piedras con un tirachinas. Incluso una vez, robamos una escopeta en la feria y nos la turnábamos para disparar. Los veranos se pasaban así, aunque no todo era disparar y beber: se bañaban en el río, cincuenta metros más allá.

Pero ese día, cuando iba cayendo el sol y los pájaros volaban a sus nidos; cuando el olor de las plantas de romero se iba atenuando y el de la gasolina de la moto me recordó que había quedado con aquella chica de ojos claros para cenar en su casa; cuando mis recuerdos, aturdidos por el vino de la tarde volvieron a intensificarse y despertaron en mí el sentimiento de angustia y de desasosiego; cuando la tristeza del crepúsculo se apoderó de mis pensamientos, me quedé mirando el pozo.

Todo el mundo se había largado y estábamos solos aquel pozo y yo. Así que me acerqué con sumo cuidado y respeto por aquel amasijo de piedras amontonadas de mala manera. Quité el palé y aquella losa que protegía su interior. Al asomarme, vi mi reflejo en el agua, no muy profunda, bajo el fondo del cielo morado.

En ese reflejo, observé una figura afligida, con una barba desaliñada y unos ojos de alguien que, al sentir su piel como en otra piel distinta, como desdoblado, quisieron formar parte de aquel agujero oscuro dejando caer dos gotas de agua salada. Después me incorporé y observé el paisaje, casi oscuro, que me rodeaba. “Tengo que irme”, le dije a mi amigo. Y volví a sellarlo con la misma piedra que quité. Aquella piedra que no tuvo que ser levantada bajo ningún concepto.